10. Jude
Jude
Los páramos no le estaban proporcionando el desahogo que normalmente le daban.
Los límites del huerto se transformaron en un bosque esquelético cuando el atardecer se iba tornando morado y Jude luchaba contra el viento para que la chaqueta se le mantuviera sobre los hombros.
Se la arrancó y la estrujó con el puño después de que un extremo del cuello se enganchara en una rama por tercera vez.
«Mierda.»
La imagen de la iconógrafa mirándolo con esos ojos oprimidos por la noche, con el ícono alzado entre ambos como si estuviera intentando protegerse de él, no le abandonaba la mente. Era una demanda simple: que no rezara en su casa. Su reacción había sido completamente fuera de lugar.
No había planeado asistir a la sesión de retrato. Ese ícono jamás iba a pintarse si él podía evitarlo. Prefería regresar él mismo a la Abadía y enfrentarlos cara a cara que dejar que los sabios renovasen su conexión con él.
Ni siquiera aunque verla pintar pudiese proveerle respuestas sobre cómo los sabios accedían a la magia de los santos o sobre cómo recuperarla, dos preguntas que necesitaba resolver con desesperación.
Pero Jude se había vuelto extremadamente adepto a ignorar la empalagosa voz de la razón.
Le haría preguntas a la iconógrafa cuando él estuviera listo y ni un segundo antes.
Y, a ser posible, sin arriesgar su mente o su magia.
No, no era su lado racional lo que le había impulsado a subir las escaleras, sino la inquietud bajo la piel ante la idea de que ella lo estaba esperando.
Encontrarla en la habitación donde él había pasado sus primeros años de exilio había sido una sorpresa desagradable.
Las cosas de ella acomodadas al lado del pequeño peluche con el que había pasado horas hablando porque no había nadie más.
El alféizar donde él había tallado su nombre una y otra vez porque temía olvidarlo, solo para tacharlo al día siguiente.
La ventana que había reflejado sus ojos llenos de lágrimas en incontables noches solitarias.
Había abandonado esa pequeña habitación al llegar Elden.
Ver a Maeve allí había sido un shock . Verla de rodillas, más todavía.
«Pintaré tu ícono y me iré. Tú volverás a estar solo.»
La frustración le recubrió la garganta. Había pasado demasiados años convenciéndose a sí mismo de que estaba bien para que ella lo sacudiera de la forma en que lo estaba haciendo.
Al caminar por los pasillos de su casa como buscando el sentido a todo; sus pisadas en el polvo eran la única señal de que tenía cuerpo.
Al principio, había esperado, seguro de que alguien vendría a por él, a llevarlo de regreso a la Abadía, el único hogar que había conocido.
Un poco más de cinco años atrás, había comenzado a tener conversaciones enteras en voz alta.
Ya había pasado tres años en aislamiento para entonces.
Años formativos, cruciales. Años en los que había crecido en altura; la voz se le había vuelto más grave; sus estados de ánimo, inmanejables y confusos.
Había dejado de ser optimista, de esperar.
Sus esperanzas se habían erosionado, lenta y firmemente, hacia el odio.
Nadie vendría a por él.
Había pasado años marcando los días en la pared para no perder la noción del tiempo.
Sentado al lado del portón durante horas, los días que enviaban la comida, con la esperanza de tener una breve conversación con el granjero que le traía las provisiones.
Con el tiempo, había empezado a marcarse los meses en la piel.
Los tatuajes habían ayudado al principio.
Un símbolo de santo al revés incrustado en el brazo para ser un reflejo del que tenía en el pecho, repasado tantas veces con la aguja y espesa tinta negra que sanar le llevó semanas, solo para que él volviera a abrir la herida otra vez.
Las marcas en el abdomen para cada mes que siguió pasando solo.
Signos para la piedad y la devoción, para el compromiso y la lealtad.
Jude fue formado por la Abadía en el arte de la ilustración, después de todo. La escritura estaba en su sangre.
Encontrar la biblioteca había ayudado de alguna manera.
Había respondido algunas preguntas. La colección de tomos sagrados que había dentro competía con la de la propia Abadía.
Fue allí donde Jude aprendió por primera vez cómo forjar una conexión entre su magia tenue y el suministro aparentemente infinito de libros con hojas en blanco, con papel más grueso y rugoso que los textos de la Abadía.
Los libros que su magia había llenado lentamente con recuerdos transcritos en palabras rúnicas que solo él podía leer.
Durante los años más oscuros de su arrendamiento, cuando sentía que su mente era una cama de arenas movedizas deseosas de tragárselo entero, la biblioteca era el único lugar que lo hacía sentirse a salvo. El único lugar donde sentía que no era una abominación.
El año en que cumplió veinte, ya había tenido suficiente. Se había negado a rezar, en lugar de eso se había volcado en el papel. Escribir a la Abadía le había costado algo, pero sabía que no sobreviviría otro año si no rogaba compañía, una rienda más suelta.
Había intentado huir una vez. Cinco años atrás.
El granjero que le traía la comida lo había detenido una hora después en su travesía por los páramos.
Lo había golpeado tan severamente que no había podido soportar peso en la pierna derecha duramente meses.
Aún le dolían las costillas cuando el clima se volvía frío.
Jude no volvió a ver al granjero nunca más. Alguien más le entregaba la comida, sus ojos igual de vigilantes, igual de fríos. No importaba si el nuevo extraño trabajaba para la Abadía, la lección era la misma: si huía, la Abadía lo encontraría. El castigo sería rápido y sin piedad.
Había afrontado su primer viaje a Oakmoor el día que envió por correo la carta, había ido mirando a su espalda tan seguido que había desarrollado tortícolis.
Hasta entonces, había tenido demasiado miedo para visitar el pueblo, temeroso de ser reconocido, de que lo enviaran de regreso.
Para su alivio, lo habían observado, como a cualquier extraño en un pueblo pequeño, pero nada más.
La Abadía se había tomado su tiempo para responder, pero Elden había aparecido poco después.
Tras la llegada de Elden, Jude podía dejar Ánhaga durante períodos más largos. Podía visitar Oakmoor, caminar por los páramos de los alrededores. Sentía la mente más despejada también. La presión de sus recuerdos era menos intensa.
Otra razón por la cual Jude sospechaba que Maeve estaba aquí para espiar. Si el control que la Abadía tenía sobre él se estaba escurriendo de sus manos, harían cualquier cosa por renovar la captura de su magia.
Sus pensamientos se asentaron con firmeza sobre la iconógrafa.
Más específicamente, en lo que había visto al final de su enfrentamiento.
Por un momento, al estar frente a él, casi vibrando de ira, ella había resplandecido.
Eso había hecho retroceder la marea de furia lo suficiente como para que él la mirara no como una intrusa o una espía de la Abadía, sino como una mujer a la deriva.
Cuando su figura se mostró resaltada en oro, se vio reflejado en su rostro.
Jude había sido así de devoto una vez.
Había creído en los santos tanto como cada uno de los acólitos de la Abadía.
Había pasado sus días en el scriptorium copiando los textos y aprendiendo el arte de la ilustración.
El rezo había sido su compañero más cercano.
Había esperado con ansias el día en el que un santo fuese venerado, con la esperanza de poder ser él quien lo copiara en los libros de historia.
No había sido menos devoto que Maeve. Hasta que el mundo comenzó a resplandecer oro, había esperado vivir y morir en la Abadía.
Qué estúpido había sido al creer eso.
Jude regresó hacia Ánhaga. Su refugio, su prisión. Se frotó el tatuaje del pecho mientras observaba las ventanas brillantes en el segundo piso. Si se fijaba, ¿podría verla allí, en la habitación que estaba tan cerca de la suya? ¿Estaría observándolo igual que él a ella?
No se arrepentía del altercado en su vieja habitación, pero eludirla había sido un error.
Al entrar en la casa, Jude siguió el olor a comida hasta la cocina. A medida que se acercaba le llegaron sus voces y se detuvo junto a la puerta para escuchar. Lo primero que oyó fue la voz de Maeve, clara como una campana; esa perfecta dicción, tan irritante como la primera vez que la había oído.
—¿Cómo terminaste aquí? —preguntó sobre el entrechocar de sartenes.
Elden no respondió. Jude soltó un suspiro de alivio.
Pasos, suaves y cuidadosos, antes de que Maeve continuara:
—Disculpa. ¿Cómo terminaste...?
—Ya te he oído. —Elden apoyó la sartén ruidosamente. Jude frunció la nariz al oler cebollas quemadas. Elden no tenía paciencia para la caramelización—. Solo que... Bueno. No recuerdo exactamente.
Jude se puso tenso. Con cuidado, se acercó más a la puerta.
—¿No recuerdas? —insistió Maeve—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
Elden suspiró. A Jude le resultó preocupante que reconociera el sonido como un suspiro de resignación más que de frustración.
—Poco menos de tres años, quizá...
—¿Y es normal en ti? ¿Eso de no recordar cosas?
No. En absoluto.
Jude entró a grandes zancadas y se enfocó de inmediato en la iconógrafa.
—Ya te estás sintiendo como en casa recién instalada, ¿no es cierto? —preguntó. Ella se giró de inmediato hacia él, con una mirada que reflejaba culpa en sus ojos. Bien. Debería sentir culpa—. ¿Te gustaría revisar su habitación, o seguirlo hasta la bañera tal vez?
—Jude... —comenzó a decir Elden.
Abrió de un empujón la puerta que llevaba al jardín.