El espacio entre nosotros 9. Maeve
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9. Maeve

Maeve

Los días siguientes transcurrieron rápido y Maeve aún no había visto a Jude.

Había alcanzado a verlo apenas segundos.

Vestigios, como una mancha de ceniza después del fuego.

El borde de una capa negra al doblar una esquina.

Media taza de té sin terminar, aún tibio.

Sus botas cubiertas de lodo, amontonadas junto a la puerta.

Se dijo a sí misma que no importaba si la estaba ignorando.

Era el final de la semana. Había prometido presentarse a su primera sesión.

Tendría tiempo para observarlo entonces.

Y eso era lo que haría: observarlo.

Había dormido hasta más tarde de lo habitual esa mañana.

La pequeña gata negra, Olive —según se había enterado—, se había hecho un hogar enroscada a los pies del edredón.

Encontró una bandeja con una tostada ligeramente quemada, mermelada de grosellas silvestres y té frío esperando al otro lado de su puerta. Elden, sin duda.

Escribir su primera carta a Ezra no le había llevado demasiado tiempo.

No tenía mucho que informar, además de lo que había averiguado de Elden y su promesa de que empezaría el ícono de Jude de inmediato.

Agregó unas frases para detallar el viaje y cómo se estaba adaptando, pese a que una pequeña parte de ella le susurró que probablemente Ezra se saltaría esos fragmentos, así que ¿para qué molestarse?

Aún le faltaba firmarla, porque tenía la esperanza de poder agregar algo más tras la primera sesión con Jude.

Había pasado la mayor parte de esa primera semana tratando de inspeccionar la casa, en parte para buscar información y en parte para encontrar una habitación que usar como estudio.

Para su frustración, solo había encontrado una habitación casi vacía en el primer piso que estaba abierta, al lado de la misteriosa puerta frente a la cual Jude la había pillado arrodillada.

Dentro, presionó todas las tablas del suelo, toqueteó un rulo de papel pintado suelto y examinó cada centímetro de zócalo.

No había nada más interesante que el conejo de juguete raído de un niño tirado en un rincón y una serie de arañazos en el alféizar que parecían palabras garabateadas.

Estaban solo ella, un taburete de tres patas y sus pinturas.

Maeve puso la mano en el cristal frío de la única ventana.

Lentamente, una atadura se le aflojó en el pecho al contemplar las vistas que tenía frente a ella.

Un arroyo atravesaba incesante dos colinas azotadas por el viento, la figura de un roble solitario resaltaba contra el cielo gris acero.

Una formación de aves en las grandes alturas.

Los estrechos confines de la Abadía siempre la habían ahogado, por más que odiara admitirlo. Necesitaba que el aire frío rozase como un fantasma su piel sin ataduras. Nutría una cierta parte salvaje que en todos los años en la Abadía no había logrado erradicar.

Normal que aquí, de entre todos los lugares, encontrara saciada su necesidad de libertad.

Ordenó su hilera de pinceles sobre el alféizar mientras esperaba. Había completado decenas de pinturas a lo largo de los años. La mayoría, con poco más que una breve descripción.

Sin embargo, la perspectiva de pintar a Jude parecía imposible.

Una parte vengativa de ella quería pintarlo como una bestia espantosa en vez de como un hombre.

Otra más cruel quería pintarlo ligeramente mal como para hacerle dudar de su propia apariencia.

Quizá si ella le hacía creer que su aspecto exterior coincidía con la irritabilidad que le había mostrado hasta ahora, ella se sentiría satisfecha.

Maeve suspiró, alejándose del vidrio. Su mano había dejado una huella empañada que se desvanecía con cada segundo que pasaba.

Le había llevado más tiempo montar el estudio improvisado de lo que había imaginado.

No faltaba mucho para anochecer y Jude aún no había aparecido.

La luz comenzaba a escasear en las colinas, dando paso a un atardecer morado, resaltado por el más profundo ocre.

Las vistas le oprimían el corazón. Un profundo anhelo por algo para lo que no tenía palabras.

Maeve se preguntó si sería nostalgia.

No le gustaba estar aquí, no disfrutaba la sensación inquietante que la casa de Jude le imponía. Extrañaba su habitación en la Abadía, con sus rincones familiares y su olor a lavanda empapada de mar. Quizá eso era la nostalgia: una apremiante desesperación por regresar a un lugar más estable.

Cuando se marchó, no tuvo tiempo de considerar cómo se sentiría al estar tan lejos de Ezra y la Abadía. Era como perder el gran peso de un collar alrededor de la garganta. Liberador, de algún modo, pero aterrador. Como si pudiera tropezar en cualquier momento.

Apoyó la frente otra vez contra el cristal. Era el momento de afrontar la realidad, Jude no iba a venir. Dudaba de que jamás hubiese planeado hacerlo.

Una parte secreta de ella se alegró. No quería una repetición de aquella extraña fuerza que la había poseído la última vez que había usado un pincel.

El zumbido en el cráneo, el paso líquido del tiempo y el recuerdo...

¿Había sido realmente obra de la magia de Felix? ¿Era Jude capaz de hacer lo mismo?

Consideró las diferencias entre Felix y el santo al que la habían enviado a pintar. ¿Era blasfemo que no pudiese ver a Jude como el santo que era? ¿Que quizá no fuese tan especial después de todo?

Maeve se quitó el pensamiento de la cabeza, al sentirse mal.

No podía permitirse albergar semejantes pensamientos, semejantes dudas.

Lo que fuese que había pasado con su pintura había sido solo Felix.

Felix el santo, con un poder demasiado grande como para entenderlo; su gloria, incognoscible para una acólita.

¿Quién era ella para dudar de cómo funcionaba?

¿Quién era ella para declarar blasfemia?

Se retiró de la ventana y tropezó para caer de rodillas.

La respiración se le agitó en jadeos frenéticos mientras se arrastraba hacia delante, hasta que su bolsa estuvo al alcance.

Había solo una forma de encontrar el consuelo que tan desesperadamente necesitaba.

Solo una forma de arrepentirse. Sacó un ícono acuñado de su bolsa y se lo llevó a los labios, con los ojos cerrados.

Los bordes desgastados de su corazón, escocidos por la culpa.

«Es natural cuestionarse —se dijo Maeve a sí misma—. Siempre y cuando no vaya más lejos de unas preguntas.»

Imaginando el rostro de Felix, pidió claridad. Paz. Tranquilidad para terminar su misión y regresar a casa. Evitar la tentación de permitir que sus preguntas se transformaran en dudas. Confiar en él. En la Abadía, en Ezra y en todos los santos.

Casi todos los santos.

Una repentina oleada de luz solar manchó su visión de rojo. Cerró los ojos con más fuerza y agachó la cabeza.

—No encontrarás lo que buscas aquí.

Maeve se enderezó de golpe.

Jude estaba inclinado contra el marco de la puerta. Sus labios sonrieron con desdén mientras la miraba ponerse de pie con dificultad.

—Has estado esperando un buen rato, ¿verdad?

«Por los santos» , cómo la irritaba. Arrancó la mirada y la llevó hacia la ventana antes de decir algo que pudiera lamentar.

¿Por qué seguía él contradiciendo cada una de sus expectativas?

¿No era suficiente con maldecir el poder que había recibido?

¿Tenía que darle la espalda a la santidad por completo?

¿No tenía respeto alguno, no quedaba nada de piedad en él?

Ya no hacia la Abadía, sino hacia su posición. Hacia su don.

—Llegas tarde —repuso en voz baja. Se hundió las uñas en las palmas de las manos.

Los pasos acechantes de Jude eran silenciosos sobre el entarimado.

—¿Por qué estás aquí? En esta habitación.

El corazón de Maeve le saltó como un conejo en el pecho. ¿Por qué era tan especial esta habitación?

—¿No tengo permitido estar aquí, Jude?

Él se estremeció al oír su nombre de labios de Maeve y ella se preguntó con cuánta frecuencia lo escuchaba.

—No —respondió él—. No tienes permiso.

—¿Por qué no?

—Es mi casa. No eres bienvenida aquí. Especialmente en esta habitación.

—La perforó con la mirada a medida que iba acercándose a ella—.

Vienes a mi casa, creyendo tus mentiras, acunando tus creencias contra tu pecho como si fueran algo sagrado, pero no sabes nada sobre mí ni sobre la santidad. Y quiero que te vayas.

—Qué pena, ¿no? —siseó Maeve—. La Abadía me envió aquí a pintarte y...

—La Abadía —escupió Jude—. Que le jodan a la Abadía.

El shock le inundó el pecho y le quitó el aire como el agua helada a Maeve.

El hecho de que él fuera un santo quedó en el olvido.

En ese momento, él no era más que un hombre que avivaba las brasas de su ira con descuidado abandono.

Él no respetaba su propia posición, pues muy bien...

Si él no la respetaba, ¿por qué debería hacerlo ella?

¿Qué le exigía inclinar la cabeza hacia una posición que él evitaba con todas las fibras de su ser?

¿Cuando no solo se burlaba del sistema del que ambos eran parte, sino de su vida entera?

—No ...

—Y otra cosa —interrumpió Jude. Le aparecieron manchas de color en las mejillas blancas—.

No reces en mi hogar. No quiero ver tus íconos, mucho menos que vengas a mi habitación, en mi casa, y verte de rodillas como una perfecta acólita, deseosa de hacer cualquier cosa que la Abadía te pida solo para asegurarte a ti misma que estás haciendo lo correcto. Mantén eso lejos de mí.

Negó con la cabeza de una forma que parecía condescendiente y al mismo tiempo expresaba lástima.

—¡Mira qué obediente eres! Corres cuando te llaman.

Pintas a quienquiera que te pidan. Qué buena pequeña acólita, que reza cuando se le ordena.

—Se acercó unos pasos, el espacio entre ellos se fue quedando extraordinariamente sin aire.

Los ojos color avellana de Jude destellaban con una furia apenas contenida—.

¿Es realmente devoción cuando el miedo a negarse está intercalado en cada verso?

Un traspié, una pregunta de más y se acabó. Y te quedas sin nada y sin nadie.

Maeve se quedó helada por un largo y horrible segundo.

Nada, nada podría haberla preparado para él.

Respiró hondo.

—¿Igual que tú, entonces?

Jude se estremeció. Una expresión dolida cruzó su rostro un instante y desapareció al siguiente.

Maeve sostuvo el ícono en alto entre ambos.

—Esto no es de tu incumbencia. No me importa por qué odias a la Abadía. No me importa por qué te odias a ti mismo aún más. Tengo todo el derecho de estar aquí.

Las fosas nasales de Jude se dilataron, pero ella no había terminado.

—Pintaré tu ícono y me iré. Tú volverás a estar solo.

De repente, los bordes afilados de la cara de Jude se suavizaron brevemente en algo parecido a una conmoción desconcertante. Dio un rápido y torpe paso atrás. Maeve se impulsó hacia delante en respuesta, pensando que él se tropezaba. Su mano estirada quedó congelada en el aire.

—No —pidió Jude; la suavidad de su voz, más impactante que el tono cortante anterior—. No te acerques más. No me toques.

Antes de que ella pudiera responder, él dio media vuelta y se fue.