El espacio entre nosotros 8. Maeve #2
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8. Maeve #2

—En la parte de fuera —respondió Jude.

—¡Por el amor ... ! —gruñó Elden, sorprendiéndola con la confianza cómoda que tenía con el santo—. Yo te llevaré, Maeve. Hay un baño cerca de tu habitación que puedes usar. —Le lanzó a Jude una mirada de desaprobación al caminar hacia el vestíbulo.

Maeve encontró la mirada de Jude, ignorando cuánto quemaba hacerlo.

—Me gustaría empezar con tu ícono mañana. ¿Después del almuerzo te va bien?

—¿Mañana? —Jude se dio unos golpecitos en el mentón—. No, tengo planes.

Maeve intentó mantener una expresión neutral.

—¿El día después, entonces?

—Digamos al final de la semana.

Ella soltó un leve resoplido por la nariz.

—Bueno. Sí. Está bien.

—Genial. —Una sonrisa irónica jugueteó en las comisuras de su boca—. No puedo esperar.

—Gracias —masculló ella en voz baja. El amargor en la voz de Jude la irritaba.

Para su sorpresa, Elden sonreía mientras la guiaba hacia la parte delantera de la casa.

—A Jude le gusta bromear, pero es inofensivo.

—No debe de ser fácil que se instale una extraña a tu hogar —ofreció ella cuando subían la escalera.

—No. Especialmente para alguien como él.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Maeve, con la esperanza de que no se le notara en la voz la desesperación por obtener información sobre Jude.

Más entarimado sin alfombrar, más paredes vacías y puertas cerradas los rodeaban.

Elden abrió una de un empujón cerca del extremo para revelar una bañera con patas estilo garra.

Maeve nunca había visto una imagen que agradeciera tanto en su vida.

—Ha estado aquí un largo tiempo —respondió Elden mientras abría un armario y desenterraba una toalla. Hizo una pausa, aún mirando el armario. Se le movió el hombro al suspirar—. Bueno. A Jude le gusta su rutina.

—No hay nada malo en la rutina —repuso Maeve, suavemente. Elden le caía bien por ahora, pero algo le decía que su franqueza se esfumaría si ella curioseaba demasiado. No obstante, tenía un trabajo que hacer. Necesitaba presionarlo tanto como pudiera—. ¿Cuánto tiempo hace que está aquí? —preguntó.

Elden echó una mirada a la puerta abierta y dio medio paso hacia allí.

—Ocho años, más o menos.

¿Ocho años?

Eso significaba que él tenía... ¿Cuántos años?, ¿unos catorce cuando lo habían marcado como santo?

La veneración no era una rareza a tan corta edad, pero la habilidad para responder plegarias normalmente surgía un poco más tarde, hacia los veinte.

Sin embargo, el estudio intenso y la presión mental a veces hacían que apareciera antes.

Maeve se preguntó si eso era lo que le había pasado a Jude.

¿Qué sabio había sido el primero en ver los signos de santidad en él?

¿Quién le había grabado el tatuaje de santidad en la piel?

Rememoró la última vez que había sido testigo de la veneración de un santo.

Una joven mujer. Tenía el cabello tan rizado como alborotado; la luz entraba por el rosetón de la basílica y resaltaba los mechones dorados entre los marrones intensos.

Había caído sobre el brazo del sabio que la sostenía para el ritual del tatuaje.

La boca de la mujer se había aflojado hasta quedar abierta cuando la aguja le tocó la piel, los ojos se le habían cerrado.

Si había sido en éxtasis o agonía, Maeve aún no estaba segura. Quizá ambas cosas.

Parpadeó para salir del recuerdo. No había vuelto a ver a la mujer desde entonces. Ni siquiera había conocido su nombre.

A veces, los santos recién marcados se quedaban en la Abadía meses después de la veneración; otras, se iban apenas terminaba.

Si se quedaban, ya no acudían a las comidas, a los rezos, intercesiones...

Todo lo que les permitiera tener un ápice de normalidad o comunidad era eliminado.

Se preguntó qué les decían para convencerlos de entrar en una vida tan aislada, si el intercambio de comunidad por santidad era fácil o simplemente un sacrificio necesario en su camino hacia el Goddenwood, donde sería recompensado cien veces.

Maeve regresó su atención a Elden.

—¿Jude ha estado aquí todo este tiempo? —cuestionó—. ¿Desde su veneración?

Elden jugueteó con el borde de la toalla.

—Sí, eso creo. Aunque solo he estado aquí algunos años. No sé cómo era la vida para él antes de eso.

—¿Sabes si estaba solo antes?

El rostro de Elden se cerró en una expresión inescrutable.

—No puedo decir que sepa mucho. —Dejó la toalla en una banqueta baja al lado de la bañera—. Debo regresar al estofado antes de que Jude lo arruine.

—Por supuesto —murmuró Maeve, enfadada consigo misma por presionar demasiado. Debía tener más cuidado la próxima vez. Lo último que quería era que Elden sospechara algo. La mirada atenta de Jude ya era problema suficiente—. Gracias —repitió—. Por el baño. Y por la hospitalidad.

Elden asintió mientras salía al pasillo. Sostuvo la puerta justo antes de cerrarla.

—Quizá lo mejor sea que hagas tu trabajo y vuelvas a casa. Deja que Jude regrese a su rutina. ¿Sí?

Maeve se estremeció.

—Por supuesto.

Elden cerró la puerta tras de sí. Maeve cerró los ojos, se llevó una mano al pecho para sentir el movimiento de su respiración. No importaba lo que ella quisiera. No importaba si les caía bien. Lo que importaba era la Abadía. Sus misiones. Su ícono.

Se llevó una mano a la garganta. No importaba cuán habituada estaba al gesto: tratar de tragarse sus deseos nunca le iba a resultar fácil.