El espacio entre nosotros 8. Maeve
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8. Maeve

Maeve

Maeve se dejó caer contra la pared al pie de las escaleras y metió la mano en el bolsillo de su camisola.

Solo necesitaba un poco de consuelo. Incluso un contacto con el ícono de metal sería suficiente para aliviarla...

Hasta que recordó que su ícono favorito estaba en el bolsillo de su capa; el resto, aún en su bolsa.

Había dejado su abrigo en una pila junto a la puerta de entrada, ¿verdad?

La vergüenza la atacó repentinamente. No podía creer cómo había tratado a Jude.

Aún era un santo, sin importar de qué había sido acusado.

Cada partícula de su ser le gritaba por la descarada falta de respeto que le había mostrado.

Y, para colmo, en su casa. Ya fuera que esperara su piedad o no —al fin y al cabo, él había dado la espalda a su santidad, había dejado que su magia se corrompiera—, su posición requería deferencia.

Su comportamiento era un reflejo de la Abadía.

No podía soportar pensar que ya la había representado de una forma tan sacrílega.

¿Qué debía de pensar de ella?

Había traído lodo a la casa y había dejado el caballo para que él se ocupara, incluso le había preguntado cuándo conocería al santo. Se negó a pensar en la reverencia que sin duda le había colmado la voz en esa pregunta en particular.

Maeve se estremeció. Se había desvestido delante de él.

Los recuerdos de la noche anterior estaban inundados y borrosos, pero estaba segura de que él la había regañado por su falta de consciencia del entorno. Una reprimenda que sin duda alguna se merecía.

Al menos su camisola no estaba tan traslúcida como lo había estado anoche.

Desechó el recuerdo al separarse de la pared. Si iba a cumplir con sus tareas allí, no podía permitirse quedarse absorta en errores que no podía cambiar. Solo podía mirar hacia delante.

Con eso en mente, siguió el leve repiqueteo de cacerolas hasta la cocina.

La estancia era húmeda aunque acogedora, con cálidas alacenas de madera y una cocina de hierro cubierta con algo ligeramente humeante.

Las ventanas empañadas daban a un huerto trasero y a un invernadero enmarcado por la suave pendiente de los páramos cubiertos de brezo.

Junto a la cocina, un hombre le daba la espalda, enfocado por completo en un cuchillo que aferraba con fuerza con la mano izquierda.

Maeve se aclaró la garganta.

—¿Hola?

Él se volvió, golpeando una jarra en precario equilibrio en el proceso. Maeve se apresuró a estabilizarla y solo se volcó algo de leche por el lado de la cerámica azul y blanca. Ella sonrió ante el precipitado agradecimiento del casero.

El hombre se limpió las manos con un trapo antes de extenderle una.

Tenía la palma cálida y seca, y envolvió la suya por completo.

Rizos rubios como la arena le rebotaban sobre los ojos azules cuando le sonrió.

Maeve le devolvió la sonrisa. No era mucho más alto que ella, y tenía los hombros tan anchos que podía ocupar todo el marco de la puerta.

Parecía rondar los treinta años, si no menos.

—¿Maeve, supongo?

Ella asintió, recordando el nombre que Jude le había dado.

—Y tú eres Elden.

—Ese soy yo. —Le apretó la mano una última vez antes de soltarla—. ¿Le has conocido?

—Anoche —respondió Maeve, sin querer entrar en detalles—. Yo, eh..., llegué bastante tarde. Me abrió. Creo que también llevó el caballo al establo.

Elden frunció el ceño.

—No tenemos establo. Debe de haberlo llevado al de los vecinos.

«¿Anoche?»

Maeve se mordió el labio al recordar la intensidad de la tormenta. No había visto otra casa en kilómetros. Un dardo de culpa le atravesó el estómago.

—¿Qué te ha parecido Ánhaga? —preguntó Elden, su denso acento norteño se deslizó por la palabra.

—No he visto demasiado aún. Pero es..., hum..., muy acogedora. —Maeve hizo una pausa, con nerviosismo, preguntándose qué palabras usar para su petición—. Necesito encontrar una habitación donde colocar mis cosas. ¿Te dijo Jude que estoy aquí para pintar su ícono?

Elden asintió. Frunció los labios un momento demasiado largo mientras la observaba. De golpe, se dio la vuelta.

—Dejaré que él se encargue de encontrar la habitación.

Por alguna razón, Maeve dudó que el santo fuese a ser demasiado servicial; o al menos no después de sus interacciones previas.

Si Ánhaga tenía secretos escondidos entre sus paredes, tendría que desenterrarlos sola. Debía enviar la primera carta a Ezra antes de que finalizara la semana y, si lo conocía bien, no toleraría ninguna demora.

Maeve se inclinó contra la mesa de trabajo que tenía detrás y observó la pila de coloridos cuencos de cerámica, las tazas descascarilladas.

—¿Qué significa Ánhaga? No reconozco el idioma.

Elden levantó una cuchara y la hizo girar dentro de una olla sobre la cocina.

—Es un idioma antiguo. Yo ya no sé mucho de él.

Ella notó que Elden no respondió la primera parte de su pregunta... ¿Lo había ofendido al hacerla?

Una vez más, se maldijo por su lengua desatada.

¿Cuántas veces tropezaría antes de lograr afianzarse?

Sus habilidades sociales estaban lamentablemente oxidadas, desarrolladas casi por completo por las breves interacciones de cuando se le permitía ir a Whitebury o las cortas y controladas conversaciones en la Abadía.

No era de extrañar que apenas se las arreglara para tener un intercambio directo sin meter la pata.

—Huele bien —señaló, acercándose para espiar el estofado que se cocía en la olla—. No soy mala cocinera, ¿sabes?... Si alguna vez necesitas ayuda... —Su voz se volvió vergonzosamente aguda al final.

—No la necesitará.

Maeve se dio la vuelta. El santo — Jude — estaba apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados.

¿Desde cuándo estaba escuchando?

El parecido con el ícono de su juventud era asombroso a la luz del día, algo que ella no había notado por el agotamiento la noche anterior.

Los mismos rasgos afilados como un cuchillo y el cabello oscuro, bien rapado donde una vez había sido lo bastante largo como para tener rizos.

Los mismos ojos color avellana cambiantes, en ese momento refulgentes de hostilidad cuando antes habían tenido una cuidadosa vacuidad.

Cuando él se movió hacia ella, la mirada de Maeve se posó en sus pantalones, que le quedaban ligeramente cortos y bastante ajustados en los muslos, así como en las mangas de su jersey verde, que no eran lo bastante largas para llegarle a las protuberancias de las muñecas.

Una gata negra apareció detrás de él, con la cola en alto. Jude se agachó para cogerla en brazos y la acunó contra su pecho. Sin decir ni una palabra, sacó una cuchara de un cajón abarrotado junto a la cocina y revolvió el caldo para llevárselo a la boca.

—Muy amable de tu parte presentarme a tu invitada —le reprochó Elden. Guiñó el ojo en dirección a Maeve. Ella se relajó lo suficiente para sonreír en respuesta. Así pues, no lo había ofendido del todo.

Jude espolvoreó sal de un cuenco en la encimera.

—Ella no es —otra pizca de sal— mi invitada.

La sonrisa de Maeve se desvaneció tan rápido como había aparecido.

No sabía cómo comportarse alrededor de él.

Ni un poco. Era tan diferente a Felix, con su extraordinaria túnica y su distancia inquebrantable.

Nada como los otros santos que había pintado basada solo en descripciones; siempre estoicos, como si existieran en algún plano superior que ella no tenía esperanzas de alcanzar.

Como debían ser, en su opinión.

Pero Jude... la conmocionaba con su indisimulada humanidad . No había otra palabra para eso. La forma en que se movía, la mueca de disgusto en su cara al saborear el estofado. Las palabras irreverentes que salían de su boca, hasta la gata... Nada de eso era lo que ella había esperado.

Había traicionado a la Abadía, se recordó Maeve a sí misma. El hombre frente a ella había corrompido la magia con la que tenía la suerte de haber sido bendecido. Ella había prometido averiguar cómo. Una promesa que tenía la intención de cumplir.

—Jude tiene razón —aclaró ella, atreviéndose a alzar la voz lo suficiente como para romper la silenciosa disputa entre ellos sobre la sal—. No soy su invitada. La Abadía me envió a pintar un ícono actualizado.

Jude depositó la gata en el suelo con una caricia en el lomo. Se levantó despacio y ladeó la cabeza para observarla.

—Un ícono...

—Sí. Un ícono.

—Sin embargo, en lugar de eso, te has pasado la mañana husmeando mi casa.

La primera reacción de Maeve fue de enfado ante su tono acusatorio.

Lo reprimió con rapidez. Debía andar con cuidado con él, eso era obvio.

No quería ofenderlo... Bueno, quizá no a Jude , sino a su posición.

Su santidad. Tampoco quería que él cuestionara por qué había estado arrodillada frente a la puerta antes, haciendo preguntas de las que ni siquiera ella sabía las respuestas.

Maeve dejó caer la mirada y bajó la voz, tal como le habían enseñado.

—Mis disculpas. Solo intentaba encontrar mi ropa.

Elden movió a Jude para acercarse a Maeve y extender una bolsa grande en su dirección. Jude vio cómo la bolsa pasaba a manos de la iconógrafa con ojos entrecerrados. Todo el cuerpo de Maeve se relajó al tocar el cuero gastado.

—Gracias —murmuró. Abrió la bolsa, dejando escapar un suspiro de alivio al ver la caja de pintura completamente sellada—. Estaba preocupada por mis pinturas.

—Pinturas —se burló Jude en voz baja.

Elden lo ignoró.

—Lavé tus prendas. La tormenta las había estropeado. Se están secando en un tendedero junto al fuego, pero puse algunas de las viejas prendas de Jude ahí dentro para que puedas usarlas mientras tanto.

Las mejillas de Maeve se ruborizaron ante el sonido de respuesta burlón de Jude. En ese momento en que parte de su pánico se había sosegado miró más de cerca su bolsa y pasó los dedos sobre el cárdigan de lana azul marino. Era un gesto amable, pero de ninguna manera iba a usar la ropa de Jude.

—Se lo agradezco. —Dio medio paso hacia la puerta—. ¿Hay algún lugar donde pueda darme un baño? —preguntó, dirigiéndose a Elden.