El espacio entre nosotros 7. Jude
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7. Jude

Jude

Jude no sabía qué lo había incitado a dejar su sillón esa mañana y dirigirse escaleras arriba.

Había estado sentado en lo que a Elden le gustaba llamar un estado de «calma forzada», mirando los páramos por la ventana y contando pájaros, con Olive acurrucada sobre su regazo, cuando había comenzado a sentir un cosquilleo en la nuca.

Un impulso irreprimible de investigar el paradero de su indeseada huésped.

Desde que la había dejado en la habitación, había tratado de olvidar su existencia.

Por desgracia, la imagen de su camisola empapada y sus furiosos ojos oscuros lo habían perseguido hasta en sueños.

La casa se sentía distinta con ella dentro. El silencio parecía más fuerte. Más pesado.

A él le gustaba su privacidad. Le gustaba la rutina y la previsibilidad. Lo que no le gustaban eran las iconógrafas entrometidas observando hasta el más mínimo detalle. Se imaginó que podía oír sus pasos incluso a través de las capas de madera y piedra que los separaban.

No podía soportarlo más. Jude se puso de pie de golpe y se dirigió hacia las escaleras.

El pánico lo invadió cuando encontró la habitación de ella vacía.

No podía ser..., no podía haber empezado ya...

Ahí, arrodillada frente a la puerta de su biblioteca, estaba la iconógrafa.

Tenía la cabeza inclinada sobre las manos, que apoyaba sobre la madera; una trenza clara le bajaba por la espalda.

Un presentimiento le apretó el corazón con un puño de acero cuando se acercó.

No había ninguna razón válida que él pudiera conjurar por la que Maeve estuviera arrodillada frente a la puerta de su biblioteca.

Ninguna razón para que estuviera tan concentrada como para ignorar su presencia.

Salvo.

Caminó con pasos largos, la agarró de los hombros y la apartó de la puerta sin resistencia.

A ella se le abrieron los ojos de par en par, luego los cerró con fuerza, formó palabras ininteligibles con los labios.

Jude puso una mano entre la pared y el cráneo de ella cuando esta sacudió la cabeza hacia atrás.

Un miedo le clavó las garras en la columna a Jude, al verle el gesto de desvanecimiento.

—¿Qué mierda estás haciendo?

Los roncos balbuceos de la iconógrafa llenaron el espacio entre ellos.

Jude repitió la pregunta más fuerte, sacudiéndola ligeramente.

Maeve volvió en sí con una inhalación rápida y profunda.

Por un agonizante segundo, se miraron el uno al otro.

Se tocaban de pies a pecho. La cara de ella estaba tan cerca que él podía verse reflejado en los ojos casi negros de la mujer.

Un intenso rubor se extendió por las mejillas pálidas de Maeve y bajó hasta el cuello abierto de su camisón.

Jude parecía no poder separar su mente de su cuerpo; y su cuerpo estaba completamente preocupado por la iconógrafa presionada contra él. Una voz insistente le recordó que había pasado mucho mucho tiempo desde que alguien que no conocía lo había tocado.

Maeve levantó las manos, las plantó sobre el pecho de Jude y empujó.

— ¡Apártate!

Su trenza le azotó el rostro al santo cuando se libró de su agarre de un codazo. Sin pensarlo demasiado, él la cogió por la parte superior del brazo y la hizo girar para que lo mirara cuando ella intentaba irse.

Jude sintió un escozor en el fondo de la mente al observarle la cara por primera vez bajo la luz del día.

El cabello descuidadamente trenzado, el nerviosismo en sus ojos huidizos y la respiración agitada, familiares de un modo que no podía ubicar.

Prácticamente podía imaginarla de rodillas otra vez, sosteniendo un ícono sobre los labios.

El odio le bulló en la sangre. Qué perfecta representación de la Abadía que era ella.

—¿Qué estabas haciendo en la puerta? —gruñó Jude.

Ella se cruzó de brazos y alzó el mentón.

—¿Dónde está mi ropa?

Él alzó la mirada al techo. Esa delgada camisola decididamente no era un atuendo típico de la Abadía.

Sobre todo porque la tela había quedado casi traslúcida por la lluvia de la noche anterior.

Se concentró en el dolor de las uñas que se clavaba en la palma, recordando que ella no sabía quién era.

Anoche había preguntado cuándo conocería al santo, y él casi se había echado a reír frente a la ironía.

—¿Cómo podría saberlo? —preguntó él.

—Dónde. Está. Mi. Ropa.

—Una respuesta por otra respuesta.

Los ojos le destellaron con ira a la iconógrafa antes de que apartara la mirada. Como una polilla que va hacia una llama, su mirada regresó a la puerta. El pecho se le elevó y bajó con una respiración brusca.

—¿Qué hay ahí dentro?

Su curiosidad fue como un martillo directo a la parte posterior del cráneo de Jude. Le hormigueaba la piel. Tenía que ser una coincidencia. Tenía que estar interesada en la biblioteca porque estaba cerrada, porque era un misterio que quería husmear. Porque era una maldita espía.

No por la magia. Cualquier cosa menos la magia.

Maeve le rozó el hombro al pasar, sacándolo de sus pensamientos.

—No me has respondido —señaló Jude, retrocediendo un poco. La siguió dos escalones por las escaleras y se detuvo. La trenza le oscilaba entre los hombros, más gruesa que su muñeca.

—Tú tampoco —observó ella.

—Tu bolsa está en la cocina en la planta baja —cedió él—. Elden lavó tus prendas anoche. Debes agradecérselo.

Maeve se detuvo a mitad de las escaleras; su rostro estaba pálido cuando se volvió para mirarlo.

—¿Elden?

—El casero —respondió Jude. Se cruzó de brazos mientras esperaba su reacción.

—El casero —repitió ella, y luego tragó con dificultad—. Tú eres el santo...

—Así es. —Su nombre flotó en el espacio entre ambos, pesado en el silencio—. Jude.

—Jude —repitió Maeve, más suave de lo que él se esperaba. El pecho de la iconógrafa se elevó y bajó con una respiración temblorosa. Agarró la barandilla con más fuerza.

—Mantente lejos de este piso —ordenó Jude cuando ella no respondió.

Ella asintió ligeramente en señal de sumisión. Algo pequeño y miserable se encogió de miedo en él al verla bajar los ojos. Pero por más que odiara su título, odiara la forma en que sus ojos caían en deferencia, verla encogerse de vergüenza no resultaba doloroso.

Jude se marchó escaleras arriba antes de poder verla bajar otro escalón. Ella encontraría la cocina por su cuenta. Elden sin duda la estaría esperando, probablemente con un desayuno medio quemado pero bien intencionado, preparado junto a su bolsa.

El casero había revisado con esmero su contenido esa mañana, había lavado las prendas empapadas y las había colocado junto al fuego para que se secaran, apoyando con cuidado los pinceles en el alféizar para que las cerdas no se doblaran.

Y Jude había registrado el resto.

La mirada de decepción de Elden le había acalorado la nuca mientras hojeaba el cuaderno de bosquejos y abría la pequeña caja esmaltada que contenía un collar de cuentas y varios íconos del tamaño de una moneda, cuyas caras estaban ya suaves y desgastadas de tanto contacto.

Sin duda uno de los múltiples íconos acuñados.

Él solía encontrarlos por todas partes en la Abadía, desperdigados como migas de pan.

Quizá lo más importante era que había encontrado un sobre cerrado metido en un pequeño bolsillo en la parte exterior de la bolsa. Lo había sostenido a contraluz, tratando sin éxito de leer su contenido, antes de meterlo en el bolsillo de su chaqueta cuando Elden no estaba mirando.

Lo abriría más tarde, cuando se sintiera lo bastante justificado por el fisgoneo de la iconógrafa como para husmear él también. O cuando la crudeza de la violación de la Abadía se volviera demasiado dura de soportar sin devolver el golpe.

Después de echar una mirada a su espalda para asegurarse de que la iconógrafa hubiese desaparecido escaleras abajo, Jude abrió la puerta de la biblioteca, entró y la cerró con firmeza tras de sí. La sutil agitación de aleteos imaginados hizo eco en sus pensamientos cuando cerró los ojos.

La biblioteca respiró lentamente a su alrededor.

Estaba siendo inhospitalario, pero ¿a él qué le importaba?

La Abadía representaba dos cosas: control y coerción.

Pese a sus afirmaciones de que ofrecía a sus seguidores respuestas a sus plegarias, no eran más que verdugos disfrazados que fingían liberarte cuando en realidad estaban ajustando el nudo corredizo.

No había otra forma de mirarlo: Maeve era ingenua y tonta si seguía siendo devota.

Ánhaga se ciñó con más fuerza en torno a él.

Jude aún estaba ahí, aún estaba vivo. Quizá no era demasiado, pero, para él, lo era todo.

Tenía su casa, su gata. A Elden. El mínimo número de libertades imaginable, pero no las cedería sin luchar.

Aunque quería librarse de la Abadía por completo, se conformaría con volver a su vida de antes de la llegada de la mujer.

Jude sobreviviría a los ojos intrusos de la Abadía. Sobreviviría a ella .

Tenía que hacerlo.

Mucho de su tiempo en la Abadía se había perdido en la memoria, pero no todo.

Había algunas cosas que su mente se negaba a ceder.

Las palabras dichas contra su oído cuando era un niño mientras unas manos lo sostenían bocabajo contra el suelo de piedra, el olor a sangre en el aire, era uno de ellos...

«Has hecho tu elección, Jude, y ahora cosecharás las consecuencias.»