El espacio entre nosotros 6. Maeve
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6. Maeve

Maeve

Con el transcurso de un día tras otro de viaje, Maeve pronto advirtió que la emoción de salir de la Abadía no era tal como había imaginado. En la última hora, al mismo tiempo que impulsaba al caballo a subir un cerro y bajar otro, había tenido que parar dos veces a vomitar.

El paisaje implacable no ayudaba. Ni el brezo que azotaba sus pantorrillas ni la jaqueca que la asaltó mientras cruzaba un gélido arroyo montañoso y bordeaba un oscuro valle boscoso en el que juraría haber sentido que unos ojos la observaban.

Para distraerse, intentó imaginarse el Goddenwood escondido entre los pliegues de las colinas.

Cómo llegaría a la cima de una estribación y vería el legendario pueblo como una perla, con todos sus tejados resplandecientes y sus calles pulcras.

Aunque no era una santa, sin duda habría una cama tibia esperándola, ¿cierto?

Habría panaderías y librerías y amplias vidrieras frente a las que podría pintar.

Cada deseo sería respondido. Cada plegaria secreta, una realidad.

Encontraría en el Goddenwood esa sensación de hogar que más de una década en la Abadía no había podido proporcionarle.

Un lugar al que pertenecer, completa y verdaderamente. Por fin.

Pero ni la más fuerte de las imaginaciones podía librarla del peso que sentía en el estómago, por más que lo intentara.

La Abadía contaba con su talento y sus habilidades para cumplir con su misión. Fracasar no era una opción, no si quería ver su hogar otra vez.

Maeve nunca se había considerado particularmente valiente, pero cuando cruzó el portal abierto de la propiedad de Jude, no pudo evitar sentir que le habían arrebatado el soporte, dejándola sola para enfrentar la tormenta, sin Ezra para guiarla.

Tenía que ser valiente.

No quedaba otra opción.

Se le hundió el pie en el lodo al bajar del caballo y perdió la bota derecha, que fue succionada por el barro.

—¡Ugh, por los santos...! —masculló, estirándose hacia el portón de entrada a la imponente casa, no más que una figura de sombras contra el cielo morado.

Había un nombre grabado en una placa: Á NHAGA . Una palabra desconocida en un idioma largamente olvidado.

El caballo la siguió detrás, empujándola con el hocico entre los omóplatos mientras lo ataba a la verja.

Maeve sintió escalofríos cuando el viento le azotó la piel expuesta del cuello y las muñecas.

Inclinó la cabeza hacia atrás para quedar frente a la casa.

Tenía que ver qué la estaba esperando ahí, en medio de la nada.

Ánhaga le devolvió la mirada para darle la bienvenida, oscura salvo por una sola vela parpadeante en una ventana de la planta baja.

Un mirlo se lanzó al cielo desde el alero.

Se quedó planeando en el lugar, suspendido por el viento y la lluvia, antes de cambiar el curso hacia la ondulación de páramos apenas visible a través de la neblina.

El único atisbo esperanzador en la desoladora y premonitoria imagen que se presentaba como su nuevo hogar.

Cuanto antes terminara su pintura, antes podría irse.

Meses, pareció aullar la tormenta. Podría llevar meses que la pintura secara lo suficiente para viajar, más si contaba el tiempo para bosquejar. Y quién sabía cuánto más supondría entregar los secretos de Jude... o qué encontraría en el proceso.

El miedo se encendió con fuerza, ardiente y brillante.

Metió una mano en el bolsillo. El suave contorno de una moneda la recibió.

Un ícono, aunque no estaba segura de qué santo.

Pasó los dedos sobre este, añadiendo una súplica al movimiento.

Fortaleza, guía, un hombro sobre el que apoyarse.

Tenía que creer que le serían concedidos, incluso aquí, en este lugar olvidado.

Se acercó a los escalones que llevaban a la puerta. Se detuvo.

Una silueta aguardaba en las sombras.

El silencio palpitaba como la vibración de energía previa al impacto de un rayo. Un miedo animal le lanzó el corazón a la garganta cuando se acercó un paso, luego otro. Por un momento, Maeve habría jurado que lo había conocido antes.

La intensidad de sus rasgos afilados como un cuchillo le envió un torbellino de miedo a través de la columna vertebral.

Este extraño no podía ser Jude. Un santo, incluso uno como él, no saldría a recibirla así, en un abrigo que no le entraba y con botas cubiertas de lodo.

¿No había dicho Ezra que alguien más vivía aquí? ¿Un casero?

—Entra. —Su voz era un chirrido bajo—. Me ocuparé del caballo más tarde.

La negrura persistente detrás de la puerta a medio abrir se lo tragó y desapareció en el interior de la casa.

Maeve se obligó a seguirlo, dejando rastros de lodo sobre la alfombra que se extendía en el vestíbulo mientras se quitaba la capa empapada y la bota que le quedaba, y las dejaba en una pila junto a la puerta.

Estaba demasiado desconcertada por la aversión de él para hacer otra cosa con la ropa.

Le temblaban los dedos con una mezcla de frío y energía palpitante, trémula.

Él reapareció en la esquina como una figura espectral, traía una lámpara de aceite y una manta.

—Gracias —murmuró Maeve, envolviéndose los hombros con la manta—. Fue un largo viaje. Estoy un poco... mojada. —Intentó reírse. Cualquier cosa para disipar la horrible tensión—. Como puede ver.

El casero la ignoró, tenía la mirada fija justo por encima de su hombro izquierdo. Irradiaba hostilidad.

—Tu habitación está por aquí.

Estaba molesta. No es que esperara una cálida bienvenida, pero la furia apenas contenida en sus ojos era injustificada y completamente desagradable.

Apretando los dientes, Maeve lo siguió hacia una escalera en un rincón.

Como la parte externa, el interior de la casa era frío, ventoso y hedía a abandono.

Expulsaba vaho en el aire gélido con cada respiración.

¿Por qué el casero no hacía algo respecto al estado de la casa? ¿No estaba aquí para eso?

¿Y dónde estaba Jude?

No había esperado que la recibiera en la puerta con galletas y té, pero sin duda sentiría curiosidad acerca de a quién había enviado la Abadía a su hogar. Aunque, con suerte, no demasiada curiosidad, dada su tarea.

—¿Conoceré al santo pronto? —preguntó Maeve mientras el casero la guiaba un piso más escaleras arriba. Los pasos del hombre vacilaron un instante antes de continuar. En silencio.

Ella frunció el ceño.

Otra escalera, varios pasillos de paneles oscuros y puertas cerradas más tarde, el casero se detuvo para abrir de un empujón una puerta que daba paso a una habitación pequeña, desangelada.

Una ventana entre un armario y la pared dejó entrar un débil destello de luz lunar al abrirse un hueco entre las nubes.

El hombre colocó la lámpara de aceite en la mesita de noche, iluminando el espacio al tiempo que entraba Maeve.

No era muy diferente a su habitación de la Abadía.

Las tablas del suelo toscamente labradas y las paredes de yeso desnudo resultaban algo desafortunadas, pero nada con lo que no pudiese lidiar.

El edredón azul descolorido que cubría la cama le recordaba al mar.

La infinita marea menguante y el flujo de las olas que podía oír desde su habitación habían desaparecido, reemplazadas por el silbido del viento y el crujir de la madera del suelo.

Maeve se retiró la manta antes de que se empapara al contacto con su ropa mojada e hizo una mueca ante lo pesado que estaba el vestido pegado a su piel.

El pelo le colgaba por la espalda en una mata enroscada.

Pensó que jamás se había sentido con tanto frío ni tan abatida.

Tiró del cuello del vestido mientras consideraba si le pedía al casero que la ayudara a llenar una bañera.

El agotamiento le aturdía los sentidos. Dormir primero, bañarse después.

En algún lugar detrás de ella, oyó el roce de algo con la madera; sería el casero que abría un cajón o una puerta que se cerraba. Decidió que no le importaba. Debía quitarse el vestido. Ya.

Tiró bruscamente de los botones, los aflojó lo necesario para quitárselo por encima de la cabeza y lo dejó caer como un charco a sus pies.

Siguió por las medias. El deslizamiento de la lana mojada contra sus piernas doloridas por la rozadura de tanto montar fue insoportable.

Su camisola no estaba mucho más seca, pero al menos ya se había librado del vestido.

—¿Te importaría?

Maeve se dio la vuelta.

El casero estaba plantado con los ojos desorbitados antes de recomponer su gesto.

—Al menos espera hasta que me vaya para desvestirte. Evidentemente tener consciencia de tu entorno es un concepto difícil para ti, pero te imploro que lo intentes.

Ella se cruzó de brazos a la altura del pecho, mitad avergonzada, mitad desafiante.

La oscuridad del pasillo absorbió el contorno del hombre, transformando el negro de su vestimenta en algo más profundo, cuando él le devolvió la mirada.

La luz de la lámpara de aceite aumentó, expandiéndose alrededor de él.

Maeve sintió que la lengua se le volvía inmanejable dentro de la boca.

—Yo no... —intentó—. El vestido...

La luz se amplió aún más, como un sol a través de cortinas que se descorrían. Destellos de oro aparecieron en la visión periférica de Maeve.

—Vete a dormir —dijo el casero. Su voz estaba apagada y sonaba lejos.

El borde de la cama le golpeó los muslos.

La incitó a dejarse caer y le dio la bienvenida con almohadones de pluma que se acumularon alrededor de su rostro mientras el agotamiento le consumía los sentidos.

Bien arriba, más alto de lo que pensó posible, los listones de madera del techo se expandían y contraían.

Se curvaban, formando un círculo. Manos.

Un sol. Cuando Maeve cerró los ojos y dejó que el sueño se apoderara de ella, la imagen se asentó como una manta pesada.

Asfixiante y reconfortante al mismo tiempo.

El día amaneció incluso más gris que el anterior.

Maeve se quedó mirando el cielo con las palmas apoyadas contra el colchón, le latían las puntas de los dedos.

No estaba segura de dónde había quedado su bolsa.

Quizá el casero la había dejado tirada fuera en el barro.

Sus pinturas estarían arruinadas, hecho más preocupante que todo lo demás junto.

Se incorporó.

El edredón no era completamente azul como había creído la noche anterior.

Había cuadrados de cobalto y cerúleo bordeados con esmeralda y oliva; cada uno, estampado con un sutil jaspeado blanco.

Unas plumas cubiertas de aceite habían protagonizado sus sueños.

Hundiría el pincel en óxido de hierro negro para trazar sus sombras si quisiera pintarlas. Lo mismo usaría para el casero.

Por la noche, su camisola se había secado en partes que se le habían pegado contra el esternón y entre los hombros. La inundó el olor a moho cuando se acercó el cuello de la prenda a la cara. Debía encontrar su bolsa y bañarse, lo que significaba abandonar la frágil seguridad de su habitación.

Su recuerdo de la noche anterior era borroso por el agotamiento y la vergüenza de cuán descaradamente se había quitado las prendas, pero de alguna manera reconoció el pasillo sombrío y la escalera al final cuando salió de la habitación.

El silencio persistía como el vapor. Había candeleros sin encender a intervalos regulares en las paredes, uno entre cada puerta cerrada.

¿Más habitaciones? ¿Cuartos de baño? ¿Armarios? La casa era más grande de lo que parecía desde fuera; demasiado espacio para un santo y su casero.

Se detuvo en la última e intentó mover el picaporte.

Estaba trabado. Cuando se agachó para espiar por la cerradura, solo la saludó el entarimado.

Siguió adelante, descendió por las escaleras al piso de abajo y se detuvo cuando estas dieron a una amplia extensión de baldosas en forma de tablero de ajedrez.

Había pinturas de los páramos que los rodeaban y otras escenas pastoriles colgadas en las paredes.

Eran rudimentarias en estilo, pero había algo tranquilizador en las representaciones desoladas.

Una puerta en el centro de la pared más lejana le llamó la atención, impulsándola a acercarse.

No había señales del casero. Estaba sola.

La expectativa le hizo sudar las manos. Quizá ese fuera un buen lugar para empezar a husmear. Despacio, se arrodilló y envolvió el picaporte de latón con los dedos. Estaba caliente al tacto.

Ocho años atrás, se había arrodillado al lado de otra puerta, ¿o no?

Estaba sola en su ala de la Abadía, los demás estudiantes habían asistido a sus áreas de estudio designadas.

Ella no se había sentido bien y había recibido un permiso especial para descansar, una rara cortesía en su vida reglamentada.

Recordó el humo que se filtraba por debajo de la puerta cerrada de su dormitorio.

El picaporte estaba lo bastante caliente como para hacerla saltar hacia atrás y examinarse la palma de la mano, antes de atar cabos y gritar «¡ FUEGO !

». Volvió al presente y sintió un escalofrío, se pasó una mano por el antebrazo, a sabiendas de que no había marcas a pesar de que recordaba la piel quemándose.

O bien sus heridas no habían sido tan terribles como pensaba o la piel en llamas había sido una pesadilla.

Intentó mover el picaporte otra vez. Estaba trabado. Miró más de cerca.

¿Resplandecía?

Algo le murmuraba en el fondo de la cabeza, una súplica para que abriera la puerta.

Si tan solo pudiera girar el picaporte; si tan solo no estuviera trabado. Necesitaba entrar, debía...

Unas manos la arrancaron de la puerta.

— ¡Aléjate!

Maeve soltó un grito ahogado cuando alguien la levantó y la empujó contra la pared con tanta fuerza que sus dientes se golpearon entre sí.

Cerró los ojos contra la luz que le dañaba la vista con manchas negras y azules.

Las manos la bloqueaban mientras luchaba por abrir los párpados, hasta que finalmente lo logró.

El casero le devolvía la mirada con ojos desorbitados.

—¿Qué mierda estás haciendo?