5. Jude #2
Debía visitar la biblioteca y liberar el veneno de su sangre como una sanguijuela agarrada a su piel.
Evitar que la magia arruinara la sensación de estabilidad que con tanto cuidado trataba de mantener.
Si no lo hacía..., bueno. Elden no era el único que estaba en riesgo de revelar sus recuerdos sin consentimiento.
La magia de Jude amaba los recuerdos, aunque los suyos propios pareciesen una sábana carcomida por las polillas.
Raídos y tan llenos de agujeros que eran inservibles.
Antes de que llegara tres años atrás, Elden había sido leñador en algún lugar al norte.
Cuando hablaba de su pasado, algo que no solía hacer, las palabras le salían forzadas y torpes de los labios, como si las estuviera desenterrando de algún rincón profundo en su interior.
Historias sobre los páramos y las tierras altas, los peligros del tiempo eternamente inestable y conversaciones con extraños bajo un cielo lleno de estrellas. Evocaba una vida tranquila. Simple.
Jude había alimentado la preocupación venenosa, tenaz, de que la razón por la que Elden no podía recordar demasiado de su vida anterior a Ánhaga era porque Jude había robado sus recuerdos. Un contacto accidental que había tomado más, mucho más de lo que podía controlar.
Elden tenía apenas unos pocos años más que él.
¿Habría crecido como Jude, con rezos y cabezas gachas, sal en la nariz?
Jude supuso que tendría alguna conexión con la Abadía; ¿quién más podría haberlo enviado?
En un principio eso lo había hecho sospechar, pero la silenciosa paciencia y la bondad del hombre con el tiempo le habían ganado por cansancio a Jude.
Si la Abadía había enviado a Elden por una razón perversa y no para mantenerlo con vida, ya la hubiera llevado a cabo.
La Abadía lo necesitaba entero si quería seguir usándolo.
Un cerdo al que se mantiene saludable para el matadero.
Jude se estremeció.
Elden tal vez no estaba trabajando con intenciones ocultas, pero la iconógrafa ...
Debía cerrar la casa. No habría ni una habitación, ni una sola alacena disponible para que curioseara sin que él lo supiera. Especialmente la biblioteca. Los secretos que guardaba allí eran para él y solo para él. En ningún universo tendría ella permitido jamás entrar en su biblioteca.
Su estudio, el salón comedor, los cajones en el aparador que nunca usaba estaban bien cerrados... Incluso el armario de la escoba, aunque albergara poco más que una fregona en vías de putrefacción y un puñado de arañas. Respiraba con más facilidad con el clic de cada cerradura.
Desentumeciendo los hombros, Jude subió las escaleras al primer piso y abrió la puerta de la biblioteca.
El olor de los libros y la magia lo golpeó como una ráfaga de viento caliente, el sutil ahumado de una vela apagada, resaltado por un suave matiz metálico que se le pegó a los pulmones cuando inhaló.
Cerró la puerta tras de sí y se frotó el pecho con la palma de la mano. Había postergado ir allí más semanas de las que debería. Era doloroso, a veces, volver a arrodillarse, aunque Jude nunca había huido de lo que más le dolía.
Los días en los que deseaba regresar a la devoción eran los peores.
Nunca estaba seguro de si extrañaba la persona que aún rondaba los pasillos de color rosado o si sentía congoja por la pérdida de esa vida escogida para él.
No era fácil escapar del impulso de agachar la cabeza y rezar.
Sería peor en cuanto ella estuviera aquí.
Un recordatorio constante de todo lo que había dejado atrás, tanto lo robado como lo olvidado.
Se quedó mirando la alta extensión de libros, sin poder deshacerse de la sensación de que había levantado la cabeza en la dirección incorrecta.
Su mente no estaba tan cenagosa como en los primeros días lejos de la Abadía.
Cada día, cada mes, cada año traía más claridad, como si el control que la Abadía tenía sobre él estuviera atado al final de una soga que se iba deshilachando poco a poco y de la que aún sentía un tirón.
Jamás estaría completamente libre de ella mientras tuvieran su magia.
Mientras los íconos siguieran existiendo.
El oro titilaba con creciente intensidad en su visión periférica. Las voces se volvían más fuertes en sus oídos, pasaron de tarareos a cánticos cuando cruzó el espacio hacia la ventana, en busca de una última señal desesperada que le devolviera la confianza.
La encontró en un pequeño petirrojo apoyado en el alféizar. Su pecho rojo anaranjado era vibrante contra la piedra gris y el cielo incluso más gris. El petirrojo ladeó la cabeza. Jude respiró hondo.
Entonces, sintió un aleteo en la biblioteca detrás de él. Una alteración, como si la habitación inhalara; el suave murmullo de unos pasos.
Jude se volvió.
Nada.
Se frotó el pecho de nuevo. No era la primera vez que sentía una presencia en la biblioteca.
Como si contuviera recuerdos de sus ocupantes pasados escritos en las paredes.
Se sacudió la sensación sacando un libro de la estantería, se arrodilló y lo acomodó abierto en el suelo frente a él.
No era uno de los tomos sobre los sacramentos ni sobre la historia de la Abadía dejados atrás por quien hubiera habitado la casa.
En lugar de eso, las páginas permanecían en blanco.
Blancas como la nieve y engañosamente inocentes por todo lo que tomaban de él.
Cerró los ojos y colocó las manos en el libro.
No le llevó mucho tiempo. Nunca lo hacía.