El espacio entre nosotros 5. Jude
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5. Jude

Jude

Jude se despertó cuando el cielo se aclaraba a un azul tormentoso, límpido.

No habría amanecer ese día; nada de rayos rojizos y ocres iluminando el mosaico que formaban los páramos.

La neblina difuminaba los bordes donde el huerto se encontraba con la pared del fondo, el rocío cubría cada rama envuelta por la red de líquenes.

Un delicado encaje de escarcha rodeaba su ventana.

La lluvia bien podría haber sido una tormenta eléctrica a juzgar por su dolor de cabeza.

Bebió el vaso que Elden había dejado en su mesita de noche en tres tragos.

Le dejó un regusto rancio, pero cualquier cosa era mejor que whisky.

Al borde de la cama, su gata Olive se estiró de forma ostentosa.

Caminó hacia él con suavidad y se frotó contra su brazo con la cola en alto.

Al menos alguien seguía mirándolo a los ojos después de sus payasadas de la noche anterior.

Se dejó caer de nuevo en la cama. «Mierda..., ¿en qué estaría pensando?»

No se emborrachaba nunca. Nunca . No solo por cómo afectaba a su flojo dominio de la magia, sino también por cómo lo hacía sentir al día siguiente.

Algo que claramente había decidido ignorar la noche anterior.

No había querido pensar en nada más que en cómo el whisky era algo más ahumado de lo que prefería.

Pensamientos simples. Pensamientos que no lo hundirían ni le llenarían la cabeza con miedos confusos, a medio recordar.

Jude se presionó los párpados cerrados con las yemas de los dedos.

Quizá podría empujarse los globos oculares adentro del cráneo e invocar una muerte rápida.

Al menos no había vomitado. Pequeñas misericordias.

Reprimiendo un quejido, se obligó a salir de la cama, meterse en la bañera y, finalmente, bajar las escaleras. La casa crujía a su alrededor. Un olor penetrante procedente de la cocina le indicó que Elden estaba cocinando.

Se detuvo en el umbral de la puerta, se frotó un ojo.

Elden estaba echado en el suelo, atizando los carbones que revestían el fondo de la cocina de leña y renegando en voz baja.

Incluso desde la entrada de la cocina, Jude se percató de que los carbones estaban demasiado calientes para preparar nada medianamente comestible.

El olor a quemado que emanaba de la escotilla abierta en la parte superior le revolvió el estómago.

Si Elden lo dejara cocinar, nada de esto estaría pasando.

—¿Esto es realmente necesario? —preguntó Jude con un suspiro.

Elden gruñó. Con una mano, palpó con fuerza el adoquín al lado de su cadera en busca de algo en el suelo. Aflojando la rigidez de sus piernas, Jude se agachó para recoger el atizador y deslizarlo a la palma ansiosa de Elden. El resoplido que hizo pareció ser de agradecimiento esta vez. Una mejora.

—Voy a preparar algo —le avisó Jude, poniéndose de pie antes de que Elden pudiera objetar.

Cogió el cuchillo y un puñado de zanahorias y las cortó en partes iguales.

Algo de la tensión que ceñía sus costillas cedió.

Le gustaba cocinar. Quizá haría un estofado para comer más tarde.

Pasó a la cebolla. A sus pies, Olive se enredaba en sus tobillos.

Jude dejó caer un trozo de pollo. La gata se encorvó sobre este; el pelaje negro destelló ámbar a lo largo de su columna.

—Jude —gruñó Elden, finalmente liberado de la cocina—. Déjame hacerlo.

Jude hizo girar una chirivía demasiado pequeña debajo de sus dedos para inspeccionar la decoloración alrededor de la base.

Tenía que pasar tiempo en el jardín preparándola para la bajada de temperaturas que se avecinaba.

Las mujeres que gestionaban el mercado de Oakmoor no aprobarían una selección medio podrida y encogida.

Puso la chirivía a un lado para inspeccionar una col de Bruselas.

Sheena le echaría la bronca la próxima vez que él bajara a la carretera, estaba seguro.

Elden se aclaró la garganta.

Jude olfateó el aire con olor a quemado.

—¿Qué intentabas preparar? ¿Pan? ¿O algo que se le asemejara?

Elden le quitó el cuchillo de los dedos.

—Vete a ser útil a otro lado. Déjanos solos a mi cocina y a mí.

Jude no tenía la energía para discutir ese día.

Le dio un codazo en las costillas a Elden al abandonar la mesa de trabajo.

Elden se contrajo de dolor, sus gruñidos aumentaron levemente.

El control de la cocina había sido una constante batalla entre ambos desde que Elden llegó, hacía ya unos años.

Para ser sinceros, el hombre había mejorado algo.

Elden tomó el cuchillo y partió una chirivía torpemente por la mitad, apenas eludiendo su dedo. El extremo de la chirivía rodó rápidamente al suelo.

Quizá Jude había sido demasiado generoso en su valoración.

La lluvia salpicaba las ventanas que rodeaban la cocina.

Un nuevo ataque de náuseas se apoderó de su estómago al mover una ristra colgante de ajos mientras perseguía con la mirada las gotas de agua que resbalaban por el vidrio.

Fuera, el cielo se había oscurecido casi a negro.

Una ráfaga de viento agitó los cristales. Un día para quedarse dentro.

Una luz titiló en los límites de su visión. Jude parpadeó.

De golpe, recordó: «La iconógrafa» .

Enterró la uña en la madera blanda, mojada, del marco de la ventana, pensando.

Estaría aquí al día siguiente. Necesitaba controlar la situación.

Aparte de su tarea, estaba seguro de que venía para informar de todo lo que viera a la Abadía, como la obediente acólita que era.

Sus movimientos, sus palabras, esta casa...

Todo estaría bajo su atento escrutinio. Él necesitaba que ella solo viera lo que él elegía revelar y nada más.

Se volvió de nuevo hacia Elden.

—¿Has visto el llavero?

Elden dejó caer el cuchillo sobre la tabla de cortar con el filo hacia abajo y escarbó en sus bolsillos hasta que sacó un manojo de llaves muy gastadas.

—Ten.

La fuerza del oro que se arremolinaba en su visión cegó a Jude por un momento cuando se acercó a coger las llaves, demasiado tarde para detener el impulso de su cuerpo en movimiento. Cuando la mano de Elden rozó la suya por accidente, el mundo de Jude dio vueltas y desapareció bajo sus pies.

Se sentó a una mesa de madera desgastada, pegajosa y con restos de licor.

Voces demasiado altas reverberaban a su alrededor; la luz de las velas, demasiado brillante para su mente febril.

Hacía poco tiempo que había empezado a sentirse más fuerte después de la enfermedad, pero no lo suficiente como para salir de casa por voluntad propia.

Sus dedos temblorosos agitaron una jarra medio llena.

Quería irse. Estar otra vez bajo el cielo abierto o bajo un edredón en el sofá.

En cualquier sitio menos allí. Había una razón por la que había dejado los pasillos de piedra caliza.

Aunque estuvieran a medio día de distancia, aún estaban demasiado cerca para sentirse tranquilo.

Pero iba a encontrarse con alguien. Alguien que le había prometido el medicamento que necesitaba para sanar esa enfermedad que había estado atormentando su cuerpo desde hacía meses. Necesitaba recuperar su salud si quería regresar a su trabajo, si quería mantener su libertad.

Sonaron pasos detrás de él, más fuertes que el andar de los clientes, que se mantenían a una distancia cautelosa de su figura amenazante.

Se quedó inmóvil, respiró hondo antes de volverse.

No sabía qué esperar. Sus ojos aterrizaron sobre el dobladillo oscuro de una capa.

Algo extraño, dado el calor del verano. Levantó la mirada, apenas distinguió la curva del mentón del extraño...

El aire apenas le entraba en los pulmones cuando Jude trató de sacudirse los recuerdos de Elden de la mente. Permanecían allí agitados como humo resplandeciente, con un matiz dorado. El pánico volvió sus movimientos bruscos cuando dio unos rápidos pasos atrás.

¿Se había dado cuenta Elden de lo que acababa de suceder?

Jude miró al hombre a los ojos, preocupado por lo que podía ver. Los ojos celestes estaban neblinosos, los iris destellaban casi metálicos antes de parpadear. Elden se frotó un ojo con el dorso de la mano. Cuando su mirada encontró la de Jude, ya volvía a estar despejada.

—¿Estás bien?

Jude tardó un momento en responder. Elden nunca había mencionado que hubiera luchado contra una enfermedad. Nunca lo había visto siquiera con la nariz congestionada. Y... quizá lo más importante de todo: ¿de verdad Elden no se había dado cuenta de que acababa de invadir sus recuerdos?

Por lo menos, aquello no era habitual. Solo había ocurrido dos veces con Elden y una vez, muy brevemente, con el tabernero Sean; nada más que un recuerdo borroso de una espalda desnuda y sábanas arrugadas.

Nunca a propósito, y siempre cuando Jude se sentía particularmente estresado, con poco dominio sobre sus emociones.

No tenía sentido. Nada lo tenía.

Por enésima vez desde que dejó la Abadía, Jude deseaba respuestas. En vez de eso, seguía sumido en la oscuridad, avanzando a trompicones y con solo su revoltosa magia de guía, contaminada por la mano de la Abadía. Más rota que íntegra.

—¿Jude? —La voz de Elden lo devolvió al presente—. ¿Lo estás? ¿Estás bien?

Su cerebro traqueteó despacio hasta ponerse en acción:

—Estoy bien.

—Olvidarías tu cabeza si no la tuvieses pegada —comentó Elden con cariño.

Jude intentó sonreír mientras Elden regresaba a la col de Bruselas que había picado hasta casi hacerla puré.

—Es probable. —Con eso, se escabulló de la cocina y se dirigió al vestíbulo.