4. Jude #2
Le alegraba haber hecho la parada. Necesitaba el recordatorio de que la Abadía no estaba regresando a su vida: nunca se había ido.
La llegada de la iconógrafa simplemente la pondría un paso más cerca.
Jude se metió las manos en los bolsillos y se estrujó la carne blanda de las palmas con las uñas hasta que el revoltoso caos de su interior se acalló.
Rara vez visitaba Oakmoor, temeroso del alcance de las garras de la Abadía.
Sabrían si intentaba entremezclarse en la comunidad, de eso estaba seguro.
Los miembros de la Abadía iban con bastante frecuencia, ya fuera para recolectar las monedas del sagrario, vender fichas de peregrino o predicar en las calles.
Escondido en un rincón indómito de pueblos remendados y rodeado por los sombríos páramos del Wold, era un lugar fácil de olvidar.
Pero no se habían olvidado de él, susurró una voz punzante. ¿Por qué otro motivo enviarían a una iconógrafa?
Jude se hizo una promesa feroz: no volvería a pensar en la Abadía aquella noche, aunque eso le costara una botella de whisky completa.
La campanilla sobre la puerta de la taberna anunció su entrada. El olor a turba ardiente y cerveza agria le invadió los pulmones. Llevaba casi dos años acudiendo allí, desde que Elden lo había convencido de que dejar su jaula no solo era posible, sino bueno para él.
Aun así, nunca tuvo la sensación de ser bienvenido.
La taberna era pequeña, con ventanas también pequeñas y paredes decoradas con pinturas toscas y avisos del pueblo clavados.
Había un puñado de clientes reunidos alrededor de algunas mesas, bebiendo pintas y vasos de líquidos indeterminados.
Jude buscó rápido con la mirada a la anciana que normalmente le hacía compañía durante sus visitas, pero hasta ella estaba ausente esa noche.
—Buenas.
Sean, el tabernero, le sonrió desde el otro lado de la barra de madera llena de marcas. Levantó una jarra de peltre vacía y Jude asintió. Se sentó en una banqueta y lo observó trabajar, haciendo un esfuerzo por no pensar en nada que no fueran los movimientos veloces, expertos, del tabernero.
Al dejar una pinta junto al codo de Jude, el puño de Sean chocó contra la mesa en dos abruptos golpes. Jude puso los brazos debajo de la mesa para que Sean no lo tocara.
—¿Solo? —preguntó el tabernero.
Jude asintió. Era inusual que visitara la taberna sin Elden. Su casero era aficionado a la cerveza, aunque quizá el tabernero y su habitación en la parte de arriba eran lo que en verdad atraían a Elden.
—Lamento decepcionar —murmuró.
La comisura de la boca de Sean se alzó. Dio unos pequeños golpecitos al costado de la jarra de peltre de Jude.
—¿Quieres que la mantenga llena?
Con cuidado, Jude extrajo un brazo y se bebió media jarra de una vez. Reprimió una mueca frente al regusto amargo. La cerveza no era su bebida habitual. Alguna vez, había tomado sidra, dulce y ácida, un vaso compartido entre bocas jóvenes.
— Whisky , por favor.
Eso haría efecto más rápido, al menos.
Sean lo observó detenidamente. No eran amigos, lejos estaban de serlo, pero Jude no podía estar seguro de qué le había contado Elden al tabernero sobre él. No era que Elden tuviese que decir nada, pero Jude sospechaba que seguramente había dejado escapar algún que otro comentario.
—Ahora —se quejó Jude. Lo inundó la culpa cuando Sean se retiró abruptamente. Antes de que pudiera desenterrar unas disculpas, el tabernero ya se había ido; un vaso de whisky apareció un minuto más tarde.
Le ardió la garganta en protesta cuando lo tragó.
Un calor le invadió la cara; no estaba seguro de si era por la mirada curiosa de los clientes de la taberna o por el whisky .
Ir allí era un riesgo, pero era uno que estaba dispuesto a correr.
Era mejor ir acostumbrándose. La iconógrafa pronto lo observaría igual de cerca. Más de cerca.
Jude alzó la mano en el aire, haciéndole una seña a Sean para que trajera otro trago. Whisky o cerveza, no le importaba demasiado mientras cumpliera su parte del trato. Lamentaría el vicio por la mañana, pero de cualquier manera estaría hecho polvo. Era preferible ser miserable por acción propia.
—Anda ya. No puedes quedarte aquí toda la noche.
Jude despegó los párpados de uno en uno. La luz le bailaba en la visión, multiplicándose en una confusa danza de fuego y rostros que daban vueltas. Tenía la lengua pegada al paladar. Intentó hablar, pero lo único que le salió de la boca fue un murmullo distorsionado. Todo era demasiado brillante .
—Uf...
—Sí. Eso suena bastante acertado.
Alguien le deslizó las manos debajo de las axilas y lo alzó hasta ponerlo de pie. Jude luchó para enfocar el rostro del sujeto. Ojos claros que lo miraban lascivamente desde más cerca. El destello de una cadena de plata...
—¡No! No... —Jude se sacudió, dando patadas. Debía liberarse. No podía dejar que el hombre lo tocara. Ni el pelo, ni la espalda, ni las muñecas ni las manos—. ¡Para!
—Está bien —murmuró la voz. Más suave—: Ya estás mejor...
Jude levantó la vista desde donde se había desplomado hasta sus rodillas. La cara flotó hasta enfocarse de forma difusa. Familiar. Segura.
—¿Sean?
El tabernero asintió, serio.
—Es hora de llevarte a casa.
Esta vez, Jude dejó que lo pusieran de pie y lo llevaran hasta la puerta.
No podía sentir las piernas y notaba los ojos rasposos como si tuviera arena.
Con cada parpadeo, veía destellos de oro desconcertantemente brillantes.
El alcohol influía en el control que tenía sobre su revoltosa magia, motivo por el cual solía abstenerse.
Su pérdida de control era otro punto en contra de la iconógrafa.
El viento gélido fue como un jarro de agua en la cabeza que le diluyó el efecto anestésico del alcohol. Parpadeó.
—¿Qué ha pasado?
Sean apoyó a Jude contra el costado del bar.
—Bebiste demasiado, amigo. ¿Estás bien?
—Yo lo ayudo.
Elden apareció de la nada en la penumbra con una boina sobre su cabello rubio. Le sonrió a Sean antes de despegar a Jude de la pared, con cuidado de sujetarle apenas el codo, sabiendo que a Jude no le gustaba el contacto.
—Vamos.
Se abrieron paso lentamente por el pueblo.
Los primeros revoltijos de las náuseas nadaron en el estómago de Jude cuando la casa estuvo a la vista, a los que se unieron la vergüenza de que Elden hubiese tenido que ir a buscarlo como a un niño díscolo.
Se detuvo en el portón, apoyando las manos sobre el hierro.
Había una pequeña placa montada en medio.
Jude pasó los dedos por encima para sentir la forma de las letras.
El nombre de la casa a la que había sido condenado.
Ánhaga. Ser solitario. Una morada para uno.
Las lágrimas le hacían arder los ojos cuando giró su nebuloso foco hacia los páramos que tenía a su espalda.
Aún faltaban horas para amanecer; el cielo, un profundo azul índigo.
El viejo roble se alzaba orgulloso, no demasiado lejos en la distancia.
Una figura espectral con ramas descomunales como sombras materializadas.
Una oleada de borrachera lo recorrió, tan infalible como la marea.
Le siguió el miedo, que aporreó todos sus bordes afilados hasta que se ablandaron con cansada reticencia.
Sintió el cuerpo ingrávido, como si no fuera del todo suyo, como si pudiera irse flotando en cualquier momento.
Sentía una inquietud en las venas insostenible a la par que desconocida por completo.
—Elden —preguntó Jude—, ¿qué me pasa?
Hizo la pregunta en voz baja, apenas un susurro entre exhalaciones.
Aun así, Elden se detuvo. Los ojos de ambos se encontraron.
Algo en las profundidades celestes de los del casero hizo dudar a Jude.
Se preguntó si alguna vez realmente conocería a este hombre.
Incluso después de tres años en la misma casa, a veces le parecía un extraño, lo cual no era culpa de Elden.
El cálido, amistoso Elden. Jude solo podía culparse a sí mismo.
—Vamos a llevarte a casa —murmuró Elden.
Jude se mordió el interior de la mejilla hasta sangrar.
Arrancó la mirada del casero y la dirigió al roble, más lejos, arriba.
Observó el horizonte en busca de guía, de pájaros.
Se permitiría al menos eso. Un momento de dolor y miedo, una plegaria enviada hacia un cielo indiferente, antes de dar media vuelta y caminar a duras penas hacia Ánhaga.