El espacio entre nosotros 4. Jude
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4. Jude

Jude

La tormenta acechante persiguió a Jude hasta el interior.

Sus pasos repiqueteaban sobre el mosaico del vestíbulo y dejaban rastros de barro en cada zancada.

Muchas cosas habían cambiado en los ocho años desde que llamaba a Ánhaga su hogar, aunque a veces sintiera un sobresalto de miedo casi infantil al caminar solo por los pasillos.

Especialmente en noches como aquella, cuando la tormenta buscaba entrar por las grietas de las piedras y la lluvia golpeaba las ventanas.

Tendría que desempolvar la vieja fregona del armario, conseguir un cubo y...

Jude se detuvo.

Había una carta en la mesita auxiliar que estaba junto a la puerta. Incluso a distancia, su nombre se destacaba claramente en negro en el sobre.

Elden, su casero gruñón de los últimos tres años y encargado de la cocina, no había mencionado la llegada de correo aquella mañana. Jude no había recibido cartas en ocho años, al menos no una que estuviese dirigida directamente a él.

Se acercó a esta lentamente; un desasosiego se le instaló en el estómago.

Solo había un lugar desde el que podía provenir. Solo una mano que le apretaba la garganta.

Jude la cogió, ignorando el temblor de los dedos. El sobre estaba impoluto, sin señales de lluvia ni travesías. Su nombre estaba trazado con precisión en la parte delantera; el contorno familiar del sello, igual de irrefutable.

Las manos ahuecadas y el sol de la Abadía.

La misma Abadía que hasta su decimoquinto aniversario había sido el único hogar que había conocido.

Arrugó los bordes rectos del costoso papel vitela al agarrarlo y notó el corazón encogido, reticente a bombear sangre a sus extremidades.

Se armó de valor —se negó a estremecerse de miedo, aunque ellos no lo estuviesen mirando— y abrió el sobre de un tirón.

Se le detuvieron los pulmones entre respiraciones.

Con un puñado de oraciones, su olvidada existencia dio un vuelco.

La Abadía enviaba a una iconógrafa. Una que estaban considerando para el puesto de iconógrafa líder, al parecer...

una mujer llamada Maeve. Algo en el nombre le resultaba familiar...

Quizá habían coincidido en la Abadía, pero no lo recordaba.

De cualquier forma, no importaba. Ella venía a pintar un ícono.

Algo que Jude, bajo ninguna circunstancia, podía permitir.

El odio se disparó en él como un látigo feroz. Tanto hacia ella como hacia la Abadía, que acechaba cada uno de sus pasos en busca de una nueva forma de controlarlo. Querían asegurarse de que se mantuviera aislado, que se autocontrolara. Solo y abandonado.

Y que enviasen a una iconógrafa, de entre todas las personas... Tenía que haber una razón para querer un ícono actual de él, un santo exiliado. ¿Por qué la enviarían ahora?

Releyó la carta. Bajo el escozor de la ira y la vulnerabilidad en carne viva que se negaba a reconocer, asomaba la más diminuta chispa de algo que era demasiado pesimista para llamar esperanza. Un presentimiento, quizá más gris que negro.

El año anterior Jude se había dedicado a investigar qué era lo que permitía a la Abadía y su insidiosa banda de sabios tener el control de su magia, de las habilidades de todos los santos.

Comenzó con un libro que había encontrado detrás de un estante en los polvorientos confines de la biblioteca: La iconografía y los santos.

Pese al título y el hecho de que claramente alguien lo había escondido, las huellas dactilares marcadas con polvo de oro en su lomo habían despertado su interés.

Quien fuera que había habitado Ánhaga antes que Jude había leído el libro y dejado su marca.

El texto apretado en su interior había confirmado algo que él hacía tiempo sospechaba: los íconos eran la manera en que la Abadía controlaba a los santos que tan diligentemente criaba y enviaba al exilio.

Habían pintado su último ícono justo antes de que se fuera.

Si su poder había estado debilitándose con los años...

, un nuevo ícono suyo le permitiría a la Abadía renovar su control sobre él.

Y si la iconógrafa tenía éxito, si se creaba un ícono renovado de Jude...

Entonces la conexión de la Abadía con él se restablecería. Todas las medidas que había tomado para protegerse a sí mismo y sus recuerdos no habrían servido de nada. No estaba seguro de estar preparado para liberarse una vez más.

Jude se presionó las palmas de las manos contra los ojos hasta que destellaron luces detrás de los párpados.

Los recuerdos nadaban en los recovecos más recónditos de su mente y rogaban acceso con voces acarameladas.

Una punzada de preocupación familiar se abría paso entre sus costillas y se recrudecía con cada inhalación entrecortada.

Se frotó el lugar con la palma de la mano, sintiendo cómo el pecho subía y bajaba.

Pero. Pero.

Ese maldito hilo de esperanza.

El libro no le había dicho cómo los sabios accedían a la magia contenida en los íconos, ni cómo devolver a los santos los recuerdos y la magia que les habían robado.

Quizá la iconógrafa lo supiera.

Ella, que elaboraba los íconos, que conocía el poder entre el artista y el modelo... ¿Era demasiado esperar que ella compartiera sus conocimientos?, ¿o acaso la Abadía le había clavado las garras lo bastante profundo como para evitar que ella descubriera la verdad entre las mentiras?

Estrujó la carta cuando la débil llama de esperanza comenzó a apagarse.

Era una iconógrafa. Completamente formada.

Seguramente más atrapada por las garras de la Abadía de lo que él había estado jamás y, además, cómoda en ese agarre.

El peligro sobrepasaba cualquier posibilidad potencial que tenía de liberarse, de curarse del amarre que la Abadía tenía sobre su magia —una contaminación tóxica que la convertía en algo que no era suyo—, de huir tan lejos de la Abadía como le fuera posible y asegurarse de que no pudieran tocarlo ni a él ni su magia nunca más.

Quizá entonces su vida finalmente sería suya.

Jude había hecho todo lo necesario cuando aceptó dejar la Abadía. Había llevado el título de santo, como le habían pedido. Un maldito ícono perfecto para cualquiera que buscase a qué rezarle.

Y, aun así, no era suficiente.

—¿Qué más puedo hacer? —le susurró a la casa; se le quebró la voz en cada sílaba.

Se obligó a inhalar despacio entre dientes.

Inhalar y exhalar, inhalar y exhalar, hasta que el veloz aleteo de su corazón se calmara.

Que la Abadía repentinamente recordara su existencia no podía suponer otra cosa que una amenaza a la frágil paz que había conseguido forjar para sí.

La redención no era algo en lo que podía tener esperanzas.

No podía .

Alisó la carta. Su atención aterrizó en la fecha de llegada de la iconógrafa.

Dos días a partir de hoy.

Jude se guardó la carta en el bolsillo y se dirigió a la puerta de entrada.

No podía quedarse allí encerrado como un hombre en una celda.

No esta noche. Si tuviera algún otro sitio que no fuera la casa a la que ellos lo habían enviado, allí es adonde iría.

Pero no lo tenía. No había ningún lugar donde estuviese a salvo de la Abadía, donde no pudieran encontrarlo.

Cada preocupación cíclica y miedo semirreprimido lo persiguieron hasta el exterior de la casa como una sombra de la que jamás escaparía.

Había huido una vez y podía hacerlo de nuevo. Para siempre, si hacía falta.

Caminó hacia el portón de entrada, cubriéndose la nuca con una mano para protegerse del azote del frío invernal.

El pelo corto le hizo cosquillas entre los dedos.

Había mantenido su cabello bien rasurado durante ocho años, sin permitir jamás que creciera lo suficiente como para que pudiesen agarrárselo.

Destellos de recuerdos le colorearon la parte posterior de los párpados.

Sangre y hierro y sal. Un fulgor metálico centelleó en los límites de su visión. Debía visitar su biblioteca y saciar la magia en su interior antes de que llegara ella; pero no esa noche.

Jude permitió que solo un pensamiento llegara a buen puerto mientras corría hacia el vecino pueblo de Oakmoor.

Quería emborracharse total y completamente.

Olvidar nunca había sido un problema para él, pero aquella noche quería que sus pensamientos estuviesen libres de todo, excepto del fondo de la copa.

Mantuvo la cabeza baja y los pies en movimiento al entrar en el pueblo.

Compuesto por solo dos calles principales, aunque eso era ser generoso, Oakmoor estaba desvencijado y era alarmantemente pobre; su población iba extinguiéndose con cada año que pasaba.

Estaba casi vacío a esta hora de la noche, lo que era perfecto para él.

No quería que lo reconocieran. No cuando tenía que hacer una parada antes del bendito olvido en el bar.

Demasiado pronto, el sagrario del pueblo le devolvía la mirada.

Era lo bastante pequeño como para que pudiera envolverlo con los brazos y arrancarlo de la pared si lo intentaba.

Otros pueblos tenían iglesias y catedrales, grandes lugares de culto con salones para cientos de creyentes, pero Oakmoor solo tenía el sagrario.

Pequeño y nada memorable, pero no para Jude.

La base era de madera tallada; arriba el santo presentaba un semblante desgastado por el tiempo y dedos desesperados, suplicantes.

La escarcha tornaba luminiscente el metal bajo la luz de la luna.

En la base había una pequeña ranura para monedas, para impulsar la oración o alguna otra afirmación de esas que les gustaba escupir a las pobres almas que aún creían.

Parpadeó contra el oro; un murmullo de recuerdos le golpeaba la parte de atrás del cráneo.

Ojos huecos lo observaron darse la vuelta e irse caminando.