3. Maeve #2
Las preguntas empezaron a surgir a borbotones.
Estaba desesperada por pronunciarlas, pero dudaba sobre cuánta indagación permitiría Ezra.
Es más, ¿acaso podía negarse incluso si no quisiera tener nada que ver con ese tal Jude y su corrupción de lo que ella consideraba lo más preciado, lo más sagrado?
Se humedeció los labios. Tenía que preguntar. Tenía que estar segura.
—¿Por qué un ícono? —preguntó—. Si ha sido... exiliado, ¿por qué necesitáis una pintura de él?
Ezra se acercó hasta que estuvieron a menos de un metro de distancia. El sol había abandonado el rosetón. Sombras oscuras se extendían en el espacio entre ambos.
—Los íconos son un puente entre santos y suplicantes. Les rezamos a sus imágenes y funciona . —Dejó escapar un largo suspiro—. Un misterio sagrado.
Maeve apretó los dientes. ¿Acaso los sabios como Ezra no sabían exactamente cómo funcionaba la magia de los santos? ¿No significaba eso que ella tampoco lo sabría?
«Piedad.» «Fe.» «Devoción.»
Maeve tragó las palabras como si fueran piedras, sintió el peso con intensidad en el estómago.
—He pasado años estudiando tu arte —continuó Ezra—.
Aprendiendo cómo el poder de los santos funciona.
Algunos días, me siento más cerca que nunca.
Otros... es como si estuviera plantado sobre un acantilado, esforzándome por ver más allá del horizonte.
Lo que existe más allá de mi vista es inalcanzable, sin importar cuánto nade. ¿Te has sentido así alguna vez?
—Sí —respondió con un suspiro; aliviada por la franqueza inesperada de Ezra.
Con frecuencia, ella había tenido la misma curiosidad acerca del rezo.
Había experimentado breves momentos de la magia de los santos en su propia vida: una cinta para el cabello perdida que había aparecido al día siguiente.
Una salida de un día a Whitebury. Quemaduras en un brazo que habían sanado más rápido de lo normal—. Siento lo mismo.
Ezra sonrió suavemente.
—Desconocemos al hombre que es hoy. Jude. Un nuevo ícono nos ayudará a evaluar el daño que le ha causado a su habilidad sagrada y a tomar medidas para evitar que él... haga daño a algún suplicante.
—Comprendo —aseguró Maeve.
Siempre había sentido una conexión con el santo que estaba pintando, como si estuviera creando un vínculo entre el pincel y su corazón que seguía existiendo mucho tiempo después de que el ícono estuviese terminado.
Era algo parecido a rezar, en cierto sentido.
Como si estuviera construyendo algo duradero, incluso aunque ella no pudiese verlo en ese momento; una conexión invisible, pero al mismo tiempo sólida como la piedra.
Era alentador saber que sus habilidades podían servir para proteger la Abadía, aun cuando la idea de ir a la casa de Jude, de espiar , le parecía particularmente aterradora.
En apariencia, la misión que le había propuesto Ezra se parecía mucho a aquello por lo que había estado rezando: libertad. Aire fresco en la piel. Un vistazo al mundo, pese a que le habían enseñado a ver la vida fuera de la Abadía como plagada de confusión y oscuridad.
La libertad como concepto era intrigante, pero como una realidad...
Maeve tragó. Quizá la ilusión de la elección era superficial.
—Acepto la misión si eso es lo que quieres de mí —respondió; exactamente lo que Ezra esperaba oír.
Él estiró una mano y se la apoyó en el hombro.
—No confiaría en nadie más que en ti, Maeve. Lo sabes, ¿no?
—Sí —murmuró ella, intentando convencerse de que era verdad.
—Más que nuestras propias vidas, hay que proteger nuestra mismísima seguridad, la habilidad de los santos. Hay que defender la santidad de su magia. Tal vez tú puedas proveer la información necesaria para detener la podredumbre que le corroe. Puedes hacerlo, ¿verdad?
—Sí —repitió, más fuerte, más segura—. Por supuesto.
—Él sabe que irás a pintar un ícono, pero nada más. Saldrás mañana y viajarás a través de los páramos. No debería llevarte más de un día a caballo. Su casero estará allí para recibirte. No estarás sola. —Ezra hizo una pausa y sopesó sus palabras—. Está cerca del Goddenwood.
Una pequeña semilla de excitación creció en el pecho de Maeve, que luchó para evitar que se le notara en la cara.
—¿Cuán cerca? —preguntó. No le permitirían visitarlo, pero un atisbo de su existencia la reconfortaría enormemente, la promesa de su cercanía era como un rayo de sol en su piel.
—A unas horas de distancia —respondió Ezra—. Deja que su cercanía sea un recordatorio de que la Abadía recompensa la lealtad. Un paraíso del que Jude podría valerse si se arrepiente y abandona su actitud corrupta.
Maeve atesoró las palabras de Ezra en su pecho, deleitándose en ellas.
¿Por qué querría Jude arriesgar su futuro en el Goddenwood?
¿Por qué rechazaría una vida de paz, de comunidad con sus pares?
De alguna manera, la idea de que les había dado la espalda por propia voluntad era más estremecedora que ninguna otra cosa que Ezra le hubiese dicho hasta entonces.
Cerró las manos en sendos puños a los costados. Quizá podría convencerlo de lo contrario. La Abadía sin duda la recompensaría si lo traía de vuelta al redil.
—¿Cuánto tiempo estaré fuera? —preguntó.
Ezra se acercó más. El bajo de su túnica rozó la piedra del suelo con un suave susurro. Tomó las manos de Maeve en las suyas. Su contacto, cálido y firme, lo bastante familiar para encogerle el corazón, la tranquilizó enormemente.
—El tiempo que haga falta, mi querida muchacha —señaló—. El que haga falta.