3. Maeve
Maeve
Ezra vino a buscarla cuando el sol se ponía.
Maeve estaba en su estudio. El ícono de Felix ya no estaba ahí.
Toda partícula de polvo de oro había desaparecido por completo, de tal modo que Maeve se preguntó si no había sido todo fruto de su imaginación.
Solo las suelas polvorientas de oro de sus zapatillas le recordaban que su memoria no iba errada.
De algún modo, Felix había terminado y secado el ícono.
Y pronto Ezra le pediría algo que Brigid le había exigido que aceptara.
Llegó el golpe en la puerta. Maeve fue hasta ahí. Su mano flotó sobre el picaporte. Apretando los dientes y reuniendo hasta la última gota de confianza de la que era capaz, abrió.
Ezra no era un hombre alto, tan solo medía algunos centímetros más que ella, pero cuando se erguía para alcanzar su altura máxima y asumía el aire de sabio de la Abadía, presentaba una silueta formidable. Sus ojos azul claro le clavaron una mirada calculadora.
—Te necesitamos.
Maeve asintió con la cabeza y dejó que la puerta se cerrara con suavidad detrás de ella. Su respiración, superficial, agitada y demasiado fuerte, hacía eco a través del laberinto de pasillos mientras Ezra la llevaba hacia la basílica.
Una silenciosa reverencia envolvía el descomunal espacio como una mortaja sepulcral. Maeve alzó la vista instintivamente. En lo alto, el rosetón aclaraba la piedra y el infinito desfile de retratos multicolores con la puesta del sol.
Toda la pared a su izquierda estaba cubierta de íconos; algunos, centenarios. Los halos dorados se ondulaban cuanto más los miraba, superficies bañadas en un dorado acuoso y bruñidas como un metal reluciente. Reconoció decenas de sus propios íconos observándola al pasar.
El estilo de su obra había cambiado de forma drástica con el tiempo.
Había comenzado su capacitación especializada en iconografía a los trece años, cuando ya llevaba seis en la Abadía, pero sus íconos no habían sido considerados lo suficientemente buenos para la basílica hasta su decimoséptimo aniversario.
Aun así, le dio vergüenza ver sus primeras pinturas colgadas en la pared.
Había estado demasiado obsesionada con los adornos al principio.
Pero, como en todo, con práctica, paciencia y pura determinación de ser la mejor, había perfeccionado sus habilidades.
Ahora sus pinturas eran tan realistas que casi respiraban.
Tanto como para querer tocarlas, como si la mera proximidad pudiera otorgar la santidad.
Si ese fuera el caso, Maeve habría sido ella misma una santa, dada la cantidad de santos que había producido a lo largo de los años.
Ezra la llevó hasta justo debajo del rosetón, donde incidía la luz del sol y la hacía fluir carmesí y cerúlea sobre sus hombros, un dorado tan brillante que dolía mirarlo. Una sombra oscurecía su expresión.
Maeve bajó la cabeza y esperó a que él hablara. Si algo lo conocía, sabía que la haría pasar unos momentos de tensión antes de sacarla de su miseria. Solo porque podía hacerlo.
Aunque los santos representaban el nivel más alto de poder, los sabios eran quienes realmente tenían el control.
Eran quienes decidían las normas y reglamentos, quienes dirigían la vida diaria, quienes monitoreaban las venas que conectaban a todos y cada uno de los acólitos con el corazón palpitante de la Abadía.
Más importante aún, los sabios impulsaban a los acólitos a la santidad a través de visiones sagradas.
Una habilidad sagrada que solo los sabios poseían, que se mantenía tan en secreto como el poder santo de responder plegarias.
Lo único que ella sabía era que una vez que veían una señal en una persona, se la marcaba como santa con un tatuaje: una línea vertical intersecada por tres horizontales.
La runa para santo entintada para siempre en la clavícula izquierda.
Con frecuencia Maeve se preguntaba cuáles eran los primeros signos de santidad en una persona. ¿Era como un ícono, una corona que se formaba alrededor de la cabeza que solo los sabios podían ver? ¿Se le aparecía al sabio en sueños o pasaba en tiempo real?
Por fin, Ezra se aclaró la garganta.
Maeve alzó la cabeza. El silencio era asfixiante, los espacios vacíos parecían venírsele encima desde todas las direcciones. Ezra tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza frente a sí que la sangre no le corría en absoluto por los nudillos.
Surgió un pensamiento, el esfuerzo que conllevaba la esperanza era condenatorio en su intensidad.
Quizá no la habían convocado allí para castigarla. Quizá en realidad se trataba de una recompensa. Lo que había pasado entre ella y Felix, ¿había sido una prueba de su lealtad?, ¿un paso importante en su camino hacia el puesto de iconógrafa líder?
O... ¿había arruinado sus oportunidades de ascender al preguntarle a Brigid?
Debería haberse quedado callada.
Las posiciones de liderazgo no llegaban tan fácilmente, en especial para los iconógrafos.
La ilustración, la escritura, la mampostería...
eran todos trabajos importantes y difíciles de dominar, pero ninguno alcanzaba el estatus que la iconografía ostentaba, tampoco el nivel de aislamiento.
Si ella llegaba a ser la líder, todo eso cambiaría.
Podría expandir los límites de su arte como nunca antes.
Quizá podría visitar a otros pintores en los pueblos vecinos y aprender nuevas técnicas.
Tal vez podría pintar otras cosas que no fueran íconos.
Olas y pájaros y ondulantes montañas sin fin.
Quizá, solo quizá, podría despojarse lentamente de su soledad, centímetro a centímetro.
Incluso un solo amigo sería suficiente. Una persona con quien hablar abiertamente sin miedo.
Maeve barrió con la mirada la pared que tenía enfrente.
Se concentró en un ícono desconocido. Un muchacho de unos catorce o quince años de pelo oscuro intenso que se le rizaba en las sienes en contraste con la palidez de su piel, con una mirada curiosamente vacua.
Elevó una plegaria silenciosa al santo para no haber arruinado todo.
—Maeve —declaró Ezra—. Como sabes, en poco tiempo Brigid se retirará como iconógrafa líder.
Ha dedicado más de cuarenta años de servicio a la Abadía.
Ha pintado cientos de íconos, muchos de los cuales adornan nuestras paredes hoy.
—Extendió una mano hacia la pared que estaba frente a ellos—.
Reconozco algunos de los tuyos junto a los de ella, ¿cierto?
—Así es —respondió. Le tembló un poco la voz.
—Eso pensé. Eres muy talentosa... —Hizo una pausa. Maeve pasó de un pie a otro el peso del cuerpo—. Te traje aquí esta noche para informarte de que estamos considerándote para el puesto de Brigid. Pero hay algo que quiero que hagas antes. Una misión, por así decirlo.
Había cierta frialdad en la forma en que Ezra la observaba. De repente, se preguntó si el enfado que creyó ver en su mentor la noche anterior estaba resurgiendo de una forma completamente distinta a la que ella esperaba.
—Lo que sea por la Abadía —murmuró, enderezando la espalda y echando atrás los hombros.
Ezra ladeó la cabeza para mirar hacia el joven santo al que ella le había rezado apenas unos minutos atrás.
—¿Lo reconoces?
Maeve estudió el ícono. Una vez más, los ojos la impactaron. Vacuos, como una vela apagada.
Una imagen se abrió paso desde el recoveco más recóndito de su mente, difuso por el tiempo y algo distorsionado.
Un niño —¿ este niño?— con el rostro mirando hacia otro lado, arrodillado a los pies de un hombre, ambas manos extendidas frente a él.
Una cuerda delgada cruzaba las palmas del chico, alrededor de la cual emanaba sangre, que goteaba sobre el suelo.
Cabello oscuro, empapado de sudor en la nuca.
Tan rápido como había llegado, la evocación se desvaneció.
Evocación... , si acaso podía llamarlo así. Era una imagen demasiado borrosa para ser un recuerdo, demasiado fluctuante para ser fruto de su imaginación. Hizo todo lo posible por borrar de la mente la sangre color rubí contra el adoquín, vívida contra la escala de grises de los sueños.
—No —respondió Maeve con esfuerzo—. No lo reconozco.
Al menos no creía hacerlo.
—Su nombre es Jude. Un santo, como habrás adivinado —repuso Ezra—. Ya no es bienvenido en la Abadía ni en nuestra congregación. En otras palabras, ha sido exiliado.
Dio vueltas a las palabras en su mente, no le gustaba cómo sonaban. Se alentaba a los santos a vivir una vida apartada, pero esto era distinto. ¿Exiliado?
No parecía un castigo; era más una sentencia.
—¿Por qué? —preguntó, rogando que la pregunta estuviera permitida—. ¿Acaso él... hizo algo?
—Buena pregunta —murmuró Ezra, su acento se intensificó—.
Jude tomó el poder de los santos, la sagrada habilidad para responder plegarias con la que fue bendecido, pero lo utiliza malversando su propósito.
Una corrupción que tememos que aproveche para hacer daño a quienes le recen. Una reciente evolución, creemos.
—¿Cómo? —preguntó Maeve con un hilo de voz.
—No sabemos. No todavía. Es para eso para lo que necesitamos tu ayuda.
—¿Mi ayuda? —Su voz era más sumisa de lo que le hubiera gustado.
Echó una mirada al ícono de Jude. Tendría más o menos su edad ahora, según la fecha bajo el garabato indiscernible de la firma.
La pintura estaba realizada casi por completo en escala de grises excepto el halo que rodeaba el rostro.
Pese a sus años, el ícono permanecía tan brillantemente dorado como si hubiese sido pintado el día anterior.
—Queremos que vayas hasta él y pintes un ícono actualizado —anunció Ezra y Maeve le devolvió la mirada—. Queremos que nos informes sobre cualquier hallazgo que logres en su hogar.
—¿Queréis que espíe? —preguntó Maeve, sin poder evitarlo.
Ezra hizo una pequeña mueca.
—Espiar no. Más bien observar con cuidado. Y hacernos saber lo que encuentres.
«O sea, espiar.»