El espacio entre nosotros 2. Maeve
6%

2. Maeve

Maeve

La fiera salvaje de la ansiedad atacó a Maeve apenas se despertó al día siguiente.

Su cuestionamiento era preocupante. Alguna duda había contemplado a lo largo de los años, ¿quién no?

La Abadía era lo único que conocía. Sus padres habían elegido dejarla y ofrecer su vida y su talento a los santos.

Era un honor y un privilegio que ella haría bien en no desperdiciar.

No había espacio para objeciones, no cuando los santos le habían dado tanto.

Además, en cuanto la hicieran iconógrafa líder, no tendría necesidad de preguntarse nada.

A las náuseas le crecieron colmillos, la culpa la mordió.

Cuestionar mostraba falta de devoción y Maeve no era nada si no era devota.

Había pasado años envolviendo sus preguntas en pulcros paquetes y enviándolos a los recovecos más recónditos de su mente con la esperanza de olvidar la verdad: que la superficie sobre la que se presentaba como acólita, como creyente, estaba resquebrajada. Se estaba desmoronando y marchitándose.

Pronto, sus preguntas la llevarían a la ruina.

Si obtenía el puesto de iconógrafa líder, quizá eso le permitiera rascar los secretos que envolvían a la Abadía; por ejemplo, la habilidad de los santos para responder los rezos o por qué su comunidad debía permanecer aislada del mundo exterior.

Incluso tal vez pudiera convencerlos de relajar las reglas sobre la amistad entre los acólitos.

Desmontar los rígidos confinamientos no sería fácil, tampoco podría hacerlo sola, pero como iconógrafa líder, podría fomentar el proceso.

Pero aún no.

Aún no podía plantearse cuestionamientos.

Maeve salió de la cama para arrodillarse. Se imaginó a Felix con el aspecto que tenía su ícono. Pintura y lienzo y no carne y hueso. Alguien que no podía verla en su totalidad. Alguien más seguro en la distancia. La plegaria para el perdón vino a sus labios con facilidad.

Demasiado pronto, resquebrajaron el aire las campanadas que llamaban a la comida matinal.

Ezra era madrugador. ¿Por qué no había ido a verla todavía? Le había dicho que una buena noche de descanso le podría aportar claridad, que él hablaría con ella al día siguiente, o sea, hoy, ahora.

Y sin embargo... nada.

Se impulsó contra el suelo para ponerse de pie y se frotó el dolor en la espalda cuando las campanas terminaban su tañido.

Mantenía su espacio ordenado y limpio. Jerséis, abrigos y vestidos en el ropero.

Zapatos bajo el escritorio, con los cordones por dentro.

Los pinceles recién limpiados, en un frasco de vidrio que había rescatado del mar.

Las monedas apiladas en un cuidadoso montón, una sobre otra.

Sentada frente al pequeño espejo, desenredó su cabello grueso, claro, con un cepillo de cerdas de jabalí antes de trenzarlo para que cayera hacia atrás sobre su espalda.

Se inclinó hacia el espejo, se tocó con las yemas de los dedos donde la fina piel debajo de los ojos se amorataba.

Otra señal de una noche sin dormir y poca luz solar.

Se dispuso a abrir la puerta, la encontró destrabada.

Quizá había imaginado el eco metálico que había hecho Ezra al echar el cerrojo la noche anterior, o quizá él le había dicho que acudiese a su estudio y ella lo había olvidado.

De cualquier modo, si no se apresuraba, iba a perderse el desayuno.

Salió al pasillo y echó una última mirada a su habitación.

Gotas que parecían perlas salpicaban la ventana enrejada y resbalaban por el vidrio en pequeños arroyos escurridizos.

La luz del sol iluminaba algunas motas de polvo movedizas.

Por un momento, el polvo destelló de oro.

Sus pasos vacilaron. Parpadeó una, dos veces, mientras un escalofrío le recorría el cuerpo.

Descartó los pensamientos y siguió avanzando.

Una fría ráfaga de aire marino cruzó el pasillo cuando ella se acercaba a las escaleras que conducían al patio.

A pesar de ser tan temprano, el patio estaba medio lleno de acólitos que iban de acá para allá.

Aunque cada uno tenía asignado un horario para comidas, rezos, horas de estudio u oficio, la interacción entre ellos era mínima en extremo.

Incluso tras una década en la Abadía, Maeve no estaba segura de poder considerar a ninguno de sus colegas acólitos verdaderos amigos; que era lo que los sabios deseaban.

Barrió el patio con la mirada en busca de Ezra.

En su lugar, vio a Brigid dirigiéndose hacia las puertas abiertas que llevaban al salón comedor.

Dejó escapar un suspiro de alivio. Precisamente la persona con la que debía hablar.

Si había alguien que podía saber qué extraño fenómeno había completado el ícono, tenía que ser la iconógrafa líder.

A esta hora de la mañana, la escalera que llevaba al patio estaba muy concurrida por los acólitos más jóvenes, que salían de la basílica. Maeve observó sobre sus cabezas al llegar a la planta baja, buscando la familiar mata de pelo gris de Ezra. ¿Quizá había acudido a los primeros rezos?

Una brillante oleada de luz atravesó el hueco entre las enormes puertas que llevaban a la basílica, inundando temporalmente su vista. Parpadeó. El golpeteo de las pisadas de los acólitos desapareció escaleras arriba.

De repente, un grito fracturó el aire.

Dos sabios luchaban con un muchacho de la basílica antes de arrojarlo físicamente contra los ásperos adoquines.

Uno se arrodilló y agitaba un dedo sobre la cara del chico.

Maeve estaba demasiado lejos para ver qué estaban diciendo, pero lo bastante cerca para advertir que el joven palidecía al levantar la mirada.

El desorden de rizos rubios se deslizó hacia atrás, despejando su rostro.

Una lágrima, vívida contra el azul brillante de sus ojos.

Maeve comenzó a avanzar, no estaba segura aún si para intervenir o para mirar más de cerca.

También la habían echado de la basílica en sus primeros años por chismorrear, escarbar los bancos, retrasarse en los rezos. Aun así, el muchacho no se merecía que lo trataran con brusquedad. Se le encogió el corazón al ver la sangre alarmantemente roja que manaba de su sien.

Maeve se quedó helada a medio camino.

Algo sobre la túnica del muchacho le resultaba extraño.

El cuello se abría en dos solapas puntiagudas que le cubrían los hombros, con un intrincado ribete bordado.

Maeve no había visto ese estilo en años, y quizá solo en íconos.

Tenía que ser de hace al menos unos veinte años.

Quizá más viejo. Les proporcionaban nuevas túnicas cada año, y unas diferencias sutiles marcaban el estilo de ese año.

Siempre gris oscuro para los acólitos. Como las de años anteriores se recogían para reutilizarse...

no había motivos para que el muchacho usara algo tan notoriamente anticuado.

El chico se estiró hacia ella, aferrándose al hombro de un sabio con una mano. El sabio se apartó con brusquedad y su mano voló hacia el rostro del muchacho para darle una bofetada con la palma abierta.

—¡Maeve! Maeve .

Maeve se volvió a la velocidad de un látigo. Le temblaban las piernas, sentía una punzada en los pulmones como si hubiese estado corriendo.

No había nadie allí.

Un cuervo negro azabache despegó desde lo alto del claustro arqueado. El batir de sus alas llenó el aire cuando se elevó hacia el cielo gris perlado y desapareció entre las nubes.

El pulso le golpeaba en la garganta de forma irregular.

Despacio, regresó a las puertas firmemente atrancadas de la basílica.

Había estado mirando algo, había una razón por la que se había detenido...

, ¿no? Un dolor de cabeza punzante comenzó a latirle detrás de los ojos, como si hubiera estado mirando al sol.

Maeve cerró los ojos, se presionó los párpados con las yemas de los dedos. En sus oídos resonó un grito fantasmal.

De repente, el dolor se fue tan rápido como había venido.

Abrió los ojos. Tenía la espalda presionada con fuerza contra la pared, una piedra sobresalida se le clavaba en la columna.

La Abadía estaba inmóvil y en silencio alrededor de ella.

Era la hora del desayuno. Ella estaba allí para encontrarse con alguien, ¿cierto?

«Brigid.» Había visto a la mujer abriéndose camino hacia el salón comedor.

Despacio, Maeve se despegó de la pared y sacudió con fuerza la cabeza. Se deshizo de la extraña inquietud que se arremolinaba en su estómago y entró en el salón. La estancia estaba medio llena; las fuentes colocadas en medio de las largas mesas, casi vacías.

La mano de Brigid tembló ligeramente sobre un trozo de carboncillo cuando Maeve se sentó a su lado y tomó una tostada. Estaba a mitad de algún tipo de naturaleza muerta; Maeve no sabía qué era con certeza. Una panera vacía, tal vez, con una especie de paños que sobresalían del borde.

Maeve ladeó la cabeza y miró con más atención. Se atragantó con la tostada y se apresuró a bajarla con un trago de té tibio. No era una panera, sino un moisés.

Brigid dejó caer su carboncillo.

—Cielo santo, Maeve. ¿Es necesario que tosas tan fuerte?

—Lo siento —respondió con esfuerzo Maeve. Se obligó a apartar la mirada del moisés y se tomó un momento para recuperarse.

—¿Necesitas algo? —preguntó Brigid, punzante. Le echó una mirada sobre el hombro—. No deberías sentarte tan cerca.

—Sí. Yo... Bueno. —Maeve hizo una pausa. No quería precipitarse con sus preguntas. O revelar demasiado—. ¿Sabías que Felix está aquí?

Brigid colocó el carboncillo en la lata correspondiente y cerró la tapa con fuerza.

—Por supuesto.

—Me sorprende que no fueses tú la encargada de pintar su ícono.

—Rechacé el ofrecimiento —explicó Brigid. Una luz solar acuosa entraba por la ventana frente a ellas y se hundía en los pliegues de su rostro—. Mi tiempo como iconógrafa está llegando a su fin, como bien debes de saber.

Maeve tomó otro sorbo de té para ocultar su incomodidad.

—¿Lo has pintado anteriormente?

Los labios de Brigid se crisparon hacia abajo.

—Sí.

«Santos.» Era como sacar sangre de una piedra.

—¿Qué opinas de él?

—¿Por qué lo preguntas?

—Es el primer santo con el que me he encontrado, a solas los dos —respondió Maeve—. No estaba segura de qué esperar. De él o sus habilidades. Nunca consideré que él pudiera...

—Ya basta —interrumpió Brigid, con un tono tan severo que sobresaltó a Maeve. Miró a su alrededor y bajó la voz hasta apenas un susurro—. ¿Has perdido la cordura, Maeve?

Los ojos oscuros de Brigid estaban muy abiertos bajo sus párpados caídos. Temerosos .

Maeve tragó con fuerza.

—Lo siento —respondió, temblorosa.

Dudar, incluso emitir preguntas en voz alta, estaba estrictamente prohibido. Todos los acólitos sabían que las respuestas solo se buscaban en el estudio y el rezo. Nunca en otros. Brigid tenía más libertad como iconógrafa líder..., pero no Maeve. Todavía no.

Aun así, debía preguntarle a alguien .

—Sé que no me corresponde preguntar, y menos aún a ti —susurró Maeve. Los ojos de Brigid se entrecerraron—. Pero algo ocurrió y creo... creo que Felix me mintió al respecto.

Tan rápido como pudo y antes de que Brigid pudiera protestar, le contó sobre el extraño zumbido que había inundado su cuerpo, su desvanecimiento y cómo al despertar había encontrado la pintura terminada y la habitación bañada en oro... Y cómo Felix lo había negado .

Brigid hizo un gesto rápido con la mano, urgiendo a Maeve a que dejase de hablar, pero ahora que había comenzado, no iba a detenerse.

—Felix quería marcharse de inmediato a buscar a Ezra, pero este llegó antes de que pudiera hacerlo y vio el ícono.

Felix intentó convencerlo de que yo tuve un ataque de histeria o algo.

Pero Felix lo hizo, fuera lo que fuese, terminó el ícono.

—Respiró—. ¿Pueden las habilidades de un santo hacer eso? ¿Sabes si...?

—Maeve —interrumpió Brigid—. Por favor. Por favor , deja de hablar. Ya.

Maeve apretó los dientes con tal fuerza que le provocó un dolor lacerante en la mandíbula.

Despacio, Brigid se movió para mirar hacia delante una vez más. Miró por la ventana. En la distancia, las chimeneas y los tejados de Whitebury se desdibujaban con la neblina matinal. Maeve trataba de respirar. El pánico le atenazaba el pecho.

—¿Le hablaste a Ezra sobre el oro? —preguntó con cuidado Brigid.

—Lo vio. La habitación estaba totalmente cubierta.

Brigid asintió con la cabeza. Abrió la boca. La cerró. Volvió a asentir.

—Hay cosas que nosotras no debemos saber —sentenció con un tono terminante en la voz—. O contar.

El corazón de Maeve se hundió aún más cuando Brigid abrió su lata de carboncillos y retiró un trozo. Bosquejó un símbolo en el papel en blanco. Maeve supo qué iba a ser antes de que la iconógrafa comenzara.

Un semicírculo con tres líneas que se abrían en abanico en la parte superior. Una versión minimalista de la insignia de la Abadía, que consistía en dos manos ahuecadas que sostenían un sol. Uno de los primeros símbolos que todo nuevo acólito aprendía.

Cada rayo tenía un significado: «Piedad», «Fe», «Devoción».

El símbolo de la distancia sagrada entre santo e intercesor.

La gloriosa magia de la Abadía; una fuerza incognoscible en la que creer.

No dudar. No cuestionar. Aunque Brigid supiera más de lo que estaba reconociendo, no se lo diría a Maeve.

Ella debía creer. Debía confiar por completo, incluso sin respuestas.

Maeve estiró los dedos sobre los muslos e hizo un gesto de dolor al sentirlos rígidos.

—¿Comprendes? —preguntó Brigid—. Quizá pronto ocupes mi lugar. Necesito que me digas que comprendes lo que te estoy diciendo.

—Sí —susurró Maeve—. Comprendo.

Brigid cerró su cuaderno y se puso en pie. Se agachó para recoger la bolsa que había empujado debajo del banco, el polvo se arremolinaba a través de la luz solar acaramelada. Maeve mantuvo la vista al frente, con obediencia, respirando lentamente por la boca.

El susurro contra la oreja de Maeve fue inesperado.

—Ezra te convocará esta noche. Debes aceptar cualquier cosa que te pida.

Maeve se giró hacia Brigid para preguntar qué quería decir eso, para verle la cara...

Ya se había ido.

El enorme salón comedor estaba vacío.