1. Maeve #3
Algo se alzó en Maeve cuando él se dispuso a marcharse, más fuerte que cualquier otro impulso que jamás hubiese sentido. Un fuego candente, fantasmal, sobre su piel. Una pregunta sobre su lengua que no podía recordar haber puesto allí. Abrió la boca como si buscara aire después de estar ahogándose.
—Tu cicatriz —preguntó ella con voz ronca—. Es de un incendio, ¿no es cierto?
Felix se detuvo de espaldas a ella. Se volvió lentamente. Sus miradas se encontraron.
Antes de que pudiera responder, sonó un golpe en la puerta.
Una lámpara de aceite colgada de la pared envolvió a Ezra en un halo de luz desde los hombros hacia arriba. Los bajos de su túnica marrón oscuro estaban empapados en agua de mar.
—Felix. Maeve —saludó—. Estaba terminando mis rondas vespertinas cuando oí vuestras voces. ¿Va todo bien?
Antes de que ninguno de los dos pudiese responder, se le abrieron los ojos ante al estado de la habitación, el polvo de oro que cubría cada superficie.
El ícono de Felix observaba desde la esquina.
Ezra dio unos pasos para dejarlos atrás y acercarse a la pintura.
Pasó los dedos suavemente sobre los picos secos, sobre su firma en la esquina.
—¿Ya está terminado? —Se volvió hacia Maeve, su mirada azul claro llena de confusión—. ¿No acabas de comenzarlo?
Maeve abrió la boca para responder cuando su mirada captó la de Felix.
Los ojos del santo se clavaron en los de ella con una intensidad enloquecedora. Cada momento que él se había negado a mirarla se fusionó ahora en su mirada; algo tan ferviente que Maeve sintió que él estaba tratando de hablar directamente dentro de su mente.
Indignación y algo parecido a la confusión se revolvieron en su estómago.
¿Cómo podía Felix ponerla en esta posición?
¿Qué se suponía que debía decirle ella a Ezra?
Así como no podía permitir que su carrera quedase en entredicho debido a la magia que Felix hubiese desplegado para terminar su ícono, tampoco podía mostrarse irrespetuosa ni dudar del santo que tenía frente a ella.
La verdad, entonces. Su única opción.
Se volvió hacia Ezra.
—He comenzado con los óleos hoy. Estaba trabajando y había una luz dorada y el crepúsculo...
Felix se acercó unos pasos. Maeve lo miró. Algo parecido al pánico se asomaba en su semblante. ¿Era su imaginación o acababa de decirle que no con la cabeza?
Abruptamente, el miedo la invadió. ¿Por qué estaba tan nervioso? ¿Qué había hecho Felix?
¿Y estaban a punto de echarle la culpa a ella?
—¿Maeve? —la apremió Ezra.
Se obligó a devolver la mirada a su mentor. A su expresión plácida, alentadora. Ezra le apoyó una mano en el hombro y lo apretó con suavidad.
—Sea lo que sea que haya pasado, puedes decírmelo.
Maeve inhaló, temblorosa.
—Bueno... Me comenzó a dar vueltas la cabeza. Creo que me desmayé, y cuando...
—Parecía que no estabas bien —interrumpió Felix—. Un desvanecimiento. A las mujeres les pasa a veces. Histeria.
—No lo creo —Maeve logró decir atravesando la ira que le cubría la garganta—. ¿Cómo explicaría eso la pintura seca? Además... —Hizo una pausa mientras sopesaba sus palabras—. Tú estabas aquí. ¿Qué has visto?
Felix cerró los ojos un instante, exhalando con fuerza por la nariz.
—Eso, Felix, ¿qué? —murmuró Ezra.
Maeve quería preguntar más, exigirle a Felix que le contara a Ezra toda la historia. Era su carrera la que estaba en juego, después de todo. Pero ¿qué podía ganar si hacía enfadar a un santo?
La gravedad de lo que estaba pensando la golpeó de lleno en la cara; quizá era ella la que estaba equivocada.
¿Quién era ella para cuestionar a un santo?
Maeve bajó la cabeza frente a la mirada opresiva de Felix. La culpa le inundó el pecho.
—Se hace tarde —continuó Ezra—. Quizá sea mejor que regreses a tu habitación, Maeve. Necesito hablar con Felix. Hablaremos de esto a primera hora de la mañana. —Con una sonrisa en la cara la tomó del hombro invitándola a marcharse—. Una buena noche de descanso sin duda te aportará claridad.
Felix desapareció por el pasillo opuesto mientras Ezra la guiaba afuera de la habitación. Sus pasos sonaban como un repique de campanas en la mente aletargada de Maeve.
—Maeve —llamó Ezra en voz baja.
Ella buscó su mirada.
La luz de las antorchas titilaba, lamiendo las paredes de piedra caliza con largas llamas.
El peso que Maeve sentía en los hombros aumentó.
La sonrisa de Ezra pareció suavizarse en respuesta.
Una sensación de ardor invadió su pecho al tiempo que su lengua se agriaba como una fruta del bosque poco madura.
Cuando él le habló, su voz sonó apagada y lejana.
Había anticipado irritación por sus preguntas, por su impertinencia, pero no...
eso: esa sonrisa suave, esa mano guiadora.
—Déjame acompañarte a tu habitación —propuso Ezra.
Pronto, Maeve estuvo sentada al borde de su cama, frotando el dobladillo de su falda entre el pulgar y el índice.
Las sombras perseguían a Ezra, que se movía por la habitación.
La penumbra se ondulaba en el espacio liminar entre las zapatillas de Maeve y el marco de la puerta.
Más densa que el aire, menos que el agua.
Cuando se recostó contra las almohadas, la luz detrás de sus ojos se apagó hacia una oscuridad de noche profunda.
Se cubrió la cara con el pliegue del codo.
Ezra cerró la puerta tras de sí. El cerrojo se deslizó a su lugar con un chasquido metálico.