El espacio entre nosotros 1. Maeve #2
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1. Maeve #2

Felix obedeció y se colocó de tal manera que quedó casi por completo de perfil.

El lado izquierdo de la cara con la cicatriz no se podía ver desde la posición de Maeve frente al caballete.

Normalmente, los santos miraban de frente, con una mano alzada y la otra en el regazo. Así posaba en su boceto.

Tomó un pincel e intentó no pensar en el incómodo silencio.

Necesitaba pedirle que se moviera, pero ¿lo ofendería al hacerlo?

Él parecía completamente absorto en la ventana.

Si no hubiese sido por la tensión en sus hombros o el sutil movimiento que hacían sus dedos bajo el puño de la túnica, Maeve habría dudado que el santo fuera consciente de su presencia.

No podía pintarlo así. A Ezra no le gustaría nada, y ella necesitaba que el ícono de Felix fuese perfecto.

—¿Felix? —Maeve titubeó. La tensión le decoloró los nudillos alrededor del pincel—. ¿Podrías...? Digo, por favor, ¿podrías moverte para mirarme de frente?

La miró fugazmente a los ojos.

—No.

—Necesito ver tu rostro entero para el ícono —explicó, con una voz que se iba apagando con cada palabra.

Los dedos del santo comenzaron a moverse con más rapidez bajo el puño de la túnica, un frenético restregar del índice contra el pulgar.

—Esto tendrá que bastar —repuso él tras una pausa intensa.

Maeve mojó el pincel en la pintura. Era factible, pensó.

Podía dejar su dibujo del cuello para abajo y, aun así, que el rostro mirara hacia un lado.

Se le ocurrió algo mientras trazaba en dorado la curva donde el cuello se encontraba con el hombro, al delinear los contornos del halo que rodeaba el rostro: ¿quería ocultar su cicatriz?

La textura no era como la de las cicatrices de su propio cuerpo o las que había visto en los hombres que había conocido en el pueblo; aunque prefería no pensar en sus amoríos secretos en estos momentos, temiendo que Felix pudiera de algún modo saber qué pensamientos le rondaban por la cabeza.

Estaba pintando su ícono, después de todo, y más allá de su habilidad para responder plegarias, sus santos poderes eran, en gran parte, un misterio.

La Abadía no sabía que a ella le gustaba pasar algunas noches fuera en la cama de otra persona, y quería que siguiera siendo así.

Algunas cosas eran una gratificación privada, solo para ella, delicias con un dejo de remordimiento.

Una eterna vacilación entre dejar que la culpa la devorara y rebelarse contra la retórica de la Abadía sobre la castidad.

Como iconógrafa, se le exigía castidad. Sus sentimientos personales no importaban bajo el peso de su título.

Sus pensamientos se fueron extendiendo a medida que pintaba y se hacía más profundo el silencio.

Había un santo en su estudio. ¿Alguna vez volvería a tener ese honor, un objeto de su devoción tan cerca? ¿ Solo , sin oídos atentos al acecho?

Si obtenía el puesto de Brigid, sin duda. Si no... Maeve no sabía qué derroteros podría tomar su vida. Intentó apartar el pensamiento corrosivo de su mente. Le ocultaban tanto sobre la Abadía. Si se convertía en la iconógrafa líder, tal vez eso cambiara...

Lentamente, sus ojos se alzaron hacia Felix.

Un santo frente a ella. Preguntas en la lengua.

Interrogantes que llevaban tiempo fermentándose acerca de la santidad, su santa magia, el misterio alrededor de su mismísima existencia. Las plegarias de la propia Maeve lanzadas empecinadamente al mundo. Preguntas prohibidas e incluso dudas más insidiosas.

Pero no podía preguntar. No podía.

No a Felix, ni a Ezra... A nadie. No había nadie a quien pudiera preguntar, nadie que pudiera reconfortarla.

Se obligó a redirigir la mirada a la pintura. Levantó el pincel. Le creció una presión justo detrás de los ojos.

Las olas golpeteaban al otro lado de la ventana, alentando una agradable relajación en las extremidades de Maeve.

La acción de deslizar el pincel sobre el lienzo salía por instinto.

El sol débil se transformó en sombra, la sombra en oscuridad crepuscular.

Su mirada se esforzó por concentrarse solo en lo que las cerdas tocaban.

Una oreja. El pliegue de una capa. El arco de su pómulo iluminado por un siena puro.

Pasaron minutos, horas quizá.

Su respiración se volvió superficial, se le tensaron los músculos de los hombros y la muñeca.

No quedó nada más que él. No podía existir más que lo que ella formaba con la pintura y el pincel.

La luz áurea de las velas parpadeaba en los extremos más recónditos que alcanzaba la vista.

Quizá había sido un error mantener la ventana cerrada, el fuerte olor de la pintura le llenaba los pulmones.

Un zumbido bajo se filtró en sus oídos.

Con él, una voz. Una sugerencia susurrada.

Tal vez podría pedirle lo que quería. Quizá podría rogarle que respondiera sus plegarias, que invocara sus gloriosas habilidades y le concediera todas sus súplicas.

Si ella consiguiese pintar un ícono digno de él, un ícono que la impulsara hacia el puesto de iconógrafa líder, entonces tendría la seguridad que anhelaba con tanta desesperación.

Lo único que Maeve quería era pertenecer.

Ser reconocida. Que le confiaran los secretos de la Abadía.

Quería ser tallada en la historia de forma tan firme como los íconos que ella misma retrataba.

Solo tenía que dar lo mejor de sí y todo lo que ella quería podía ser suyo.

Todo.

Se sentó en la cúspide, el precipicio justo antes de la caída.

El viento le golpeaba la espalda. Nunca se había acercado tanto al borde.

¿Qué se sentiría al saltar? ¿Romper todas las reglas y preguntar, preguntar, preguntar?

Romper el espejo y abrir la puerta. Ver por completo la gloria de la Abadía a la que sin reparos le había entregado cada ápice de fe inquebrantable que tenía para dar.

Una oleada de dolor le bajó desde el brazo a los dedos acalambrados alrededor del pincel para luego deslizarse deprisa hasta detrás de los ojos y quedarse allí. Se le comenzó a nublar la vista.

En el espacio entre respiraciones, Maeve se inclinó hacia atrás sobre su banqueta.

Parpadeó lenta, muy lentamente.

Arriba, el techo daba vueltas y se hundía mientras el mundo se tornaba tenue, diáfano, metálico. La realidad se desenrolló como un hilo. Un calor le subió por los brazos, le recorrió los hombros y bajó en espiral alrededor de la columna. Un suave espacio de acogedora nada. Un sueño sin dormir.

Un empujón en el hombro. Dedos sobre el pulso...

Maeve volvió en sí con una inhalación ahogada.

Felix estaba inclinado sobre ella, una figura inmóvil y espectral.

Maeve se incorporó de un salto desde donde había estado tirada en el suelo.

Sintió una oleada de náuseas mientras la vista le seguía dando vueltas.

Una delgada capa de polvo cubría todo en la habitación, tenue y titilante como el polvo de oro.

¿Cuánto tiempo?

¿Cuánto tiempo había estado en el suelo? La sequedad de sus ojos y el dolor en la parte baja de la espalda le indicaron que debía de llevar un buen rato.

—¿Felix? —La voz de Maeve sonó áspera y ahogada en el silencio profundo.

Él no respondió, solo miraba fijamente. Pero no a ella, sino a su ícono.

Maeve se volvió.

Frente a ellos se imponía un Felix al óleo, realizado con todo detalle, que los miraba desde el caballete con una autoritaria curvatura en los labios.

Despacio, ella se estiró hacia las finas líneas blancas pintarrajeadas en la esquina del lienzo: su firma, una M cuyos bordes se enroscaban en un círculo alrededor de la letra.

La pintura estaba dura al tacto. Le habría llevado días finalizarlo y semanas para que la pintura al óleo se secara por completo.

Estaba soñando. Tenía que estarlo.

Presionó los dedos con más fuerza contra la pintura seca para comprobar que no se lo estaba imaginando.

Había polvo de oro por todas partes y le doraba la mano.

Había pintado la sombra bajo el mentón de Felix hacía menos de una hora, teniendo en cuenta el paso del tiempo según se movían las sombras en su regazo.

Las capas gruesas de pintura al óleo formaban picos como el merengue sobre el lienzo.

Y, sin embargo, estaba seca .

«Imposible.»

Maeve se volvió hacia Felix. El mismo polvo de oro que la cubría rozaba los hombros y los puntos sobresalientes del rostro del santo. Una figura sagrada, que demandaba su respeto inquebrantable.

Pero, aun así ...

—¿Tú has hecho esto? —preguntó con voz ronca.

Felix tragó con fuerza.

—No he sido yo.

Ella lo miró incrédula.

—¿No fuiste tú?

—No —respondió, igual de breve, casi despectivo.

Su tono irritó algo en lo más profundo de Maeve, una parte que le oprimía el pecho cada vez que un sabio la ignoraba cuando hablaba o cuando Ezra rechazaba uno de sus pedidos de más suministros. Ese tono de menosprecio no era desconocido, pero eso no lo hacía más tolerable.

La mirada de Felix bajó al suelo. La frustración de Maeve se enardeció, virando hacia el enfado.

¿Quién más podría haberlo hecho? Él era quien tenía magia corriéndole por las venas.

Él era el santo. De algún modo, él había secado su pintura, le había quitado horas de vida en el proceso, ¿y se atrevía a tratar de convencerla de que no era él quien estaba detrás?

—Felix —comenzó a decir Maeve firmemente.

Tenía que hacerle frente de algún modo. La había involucrado en su acto de magia, había involucrado su trabajo, y eso sin lugar a dudas merecía explicaciones, pero encontrar las palabras para exigirlas sin ofender su posición resultaba difícil—. Creo que yo...

—Ezra —interrumpió Felix—. Debemos buscar a Ezra.

Maeve cerró los ojos brevemente, mientras intentaba tragar las espinas que sentía en la garganta antes de volverse hacia la puerta. Una mano en su muñeca la detuvo.

—No. Yo lo haré —sostuvo Felix, negando con la cabeza—. Yo lo encontraré. Tú quédate aquí.