1. Maeve
Maeve
El tañido de las campanas de la Abadía quebró el silencio. Maeve se enderezó con el sobresalto.
La luz fragmentada del sol se arqueaba sobre el techo de la basílica como el costillar de un gran leviatán.
A aquella hora del mediodía estaba sola en la gigantesca sala, algo por lo cual estaba secretamente agradecida.
Rezar la hacía sentir vulnerable, sentía dolor en las rodillas y un hormigueo punzante en la nuca a causa del frío.
Prefería tener privacidad con los íconos a oír las peticiones susurradas de los otros acólitos.
Sus íconos.
La santa que ella había elegido, una mujer de mediana edad llamada Siobhan, la observaba con su usual hieratismo.
La pared frente a ella contenía los cientos de íconos de la Abadía; cada uno de ellos cuidadosamente enmarcado y colgado de largas sogas aterciopeladas que se extendían de un extremo a otro de la sala.
A pesar de todas las opciones frente a las que podía arrodillarse, Maeve regresaba a Siobhan porque le gustaba el color de su túnica.
El amarillo cadmio era muy difícil de conseguir últimamente.
Examinó el suelo de piedra bajo el reclinatorio, la mancha roja que había al lado de su rodilla izquierda. La quitó raspándola con la uña, luego observó los restos que se le quedaron pegados en el pulgar. «Rojo óxido.»
El guardia apostado en la entrada de la basílica hizo un chasquido de desaprobación cuando abrió las puertas dobles para dejarla salir.
Maeve bajó la vista, tratando de ignorar el rubor que sentía en las mejillas y el peso de la mirada del hombre cuando las atravesaba.
Se había quedado más tiempo del que le correspondía.
Los acólitos solo podían entrar en la basílica bajo estricta supervisión, pero su estatus de iconógrafa le daba cierta libertad. Aun así, Maeve no debía abusar.
Una capa salobre de agua de mar cubría el pasillo que conducía a su estudio.
La habitación ocupaba un solitario rincón de la Abadía, lejos de otros acólitos.
A Maeve le gustaba el aislamiento; pintar era una actividad que, en su opinión, se realizaba mejor en solitario, pero el camino desde y hacia la basílica con frecuencia se le hacía eterno.
Sus botas resbalaron sobre la piedra mojada cuando aceleró el paso.
Necesitaba llegar a su estudio antes de que la pintura al óleo se endureciera hasta el punto de quedar inutilizable.
Ezra estallaría de furia si dejaba que otra pintura se echase a perder.
Maeve ya le había suplicado a su mentor dos veces ese mes que le diera unas monedas para comprar más ónice y ocre.
Además, Felix tal vez llegara temprano y ella no podía soportar la idea de que el santo la estuviera esperando.
Obtener una audiencia con Felix era un privilegio ganado con años de devoción, estudio y dedicación a su arte. Aunque estaba preparada para pintar un ícono con apenas una vaga descripción, el honor de que un santo posara para ella no podía tomarse a la ligera.
Felix era su primera sesión en persona, el primer santo de su nivel que plasmaría en un lienzo al óleo.
No pudo eludir el dardo de esperanza que le atravesó el pecho; quizá era algo más que un honor. Quizá era una señal.
Brigid, la iconógrafa líder, pensaba retirarse en los próximos meses. Su puesto quedaría vacante.
Podría ser de Maeve... Tal vez. Si iba con cuidado y demostraba su devoción, podría ascender y hacer que su voz tuviera peso en la jerarquía estrictamente reglamentada de la Abadía.
Se le permitiría formar amistades con otros iconógrafos, sentarse en el cónclave mensual de los sabios y artistas superiores, donde se decidía cada instante de la vida de la Abadía.
Después de quince años de habitar los pasillos de piedra caliza, finalmente se movería entre bambalinas.
Su vida ya no se limitaría a preguntas y confianza ciega.
Propósito y pertenencia: dos cimas que se había fijado durante tanto tiempo, por fin estaban al alcance.
Siempre y cuando su ícono de Felix cumpliera con los despiadados estándares de Ezra, claro.
Tareas sencillas, sin duda.
La rigidez que sentía en los hombros finalmente se relajó al ver su estudio vacío. Felix aún no había llegado.
Se retiró el pañuelo que le cubría el pelo y se quitó las botas con las puntas de los pies para calzarse un par de zapatillas mullidas. El estudio era pequeño, apenas más grande que un armario, pero era suyo. Era más de lo que mucha gente podía decir que tenía, y estaba agradecida por ello.
Una corriente de aire se coló a través de la ventana entreabierta, inundó el espacio y le acarició el cuello con dedos helados.
Maeve cruzó la habitación y la cerró bien.
Normalmente la dejaba abierta para airear el constante olor a aguarrás y óleo, pero, a medida que el invierno fuese afilando sus garras, tendría que soportar los gases... o congelarse.
¿Sería la habitación lo suficientemente cómoda para Felix? Fuera donde fuese que el santo pasaba su tiempo cuando no estaba en la Abadía, tenía que ser un lugar fastuoso.
Si vivía en el Goddenwood, entonces Maeve solo podía soñar con el lujo y la comodidad a la que él estaría acostumbrado.
El pueblo apartado en el que los santos más sagrados vivían en comunidad unos con otros era un misterio mítico en sí mismo.
Nunca le habían encargado pintarlo —su talento se focalizaba más en el retrato—, pero había estudiado suficientes representaciones como para imaginar con claridad los techos con gabletes de puntas doradas y los edificios en tonalidades de piedras preciosas.
Fuera del Goddenwood, los santos vivían en aislamiento, se recluían para centrarse mejor en las plegarias que solo ellos podían responder.
Maeve aspiraba a alcanzar su devoción, soñaba con ello, pero le resultaba difícil lidiar con la idea de tener una existencia tan solitaria. Quizá por eso solo a los más santos entre los santos se les permitía vivir en el Goddenwood; la comunidad era verdaderamente la mayor recompensa.
La vida monástica tal vez fuese una virtud, pero la soledad...
La Abadía ya era suficientemente aislante en sí misma.
Cientos de personas vivían en las habitaciones de piedra caliza —acólitos, artistas, sabios, guardias, criados—, pero las interacciones entre ellas se reducían a lo mínimo indispensable.
A veces, Maeve pasaba días sin hablar e incluso sin ningún tipo de contacto personal.
Sumada a la estricta censura de la Abadía a la información del exterior, la soledad con frecuencia se convertía en un peso real en el pecho que le impedía respirar.
Los santos valían cada pizca de sacrificio que exigía vivir en la Abadía. Maeve se sentía agradecida por la vida que le daban, la que sus padres habían elegido para ella a sus siete años. Estaría siempre agradecida por la oportunidad de rezar y pintar.
Los íconos que dedicaba su vida a crear eran más que meros retratos; eran objetos de concentración, símbolos diseñados para conectar al intercesor con el santo. Ella no se tomaba a la ligera su rol en la práctica sagrada, tampoco las plegarias que obedientemente enviaba a los santos que pintaba.
Con delicadeza, Maeve trazó el contorno del perfil de Felix con la punta del pincel.
Un estremecimiento recorrió sus dedos. Una paz que ardía lentamente, debilitada por el constante aleteo de la devoción, no muy distinto a lo que sentía durante el rezo o el canto de los himnos.
Una calidez brillante, dorada y avasalladora le recorría el pecho.
Ya había completado el boceto para la sesión con Felix.
Tenía la esperanza de que el resto del trabajo no le llevara más de cuatro o cinco sesiones, aunque la pintura al óleo era una bestia cambiante y quizá le iba a requerir más de lo que había planeado.
Los detalles podrían hacerse sin el santo, por supuesto, pero una parte de ella estaba tentada de alargar el proceso todo lo posible para poder mantenerse en su presencia.
Se le crispó la mano y manchó con una línea de ocre oscuro la mandíbula del santo.
Maeve dejó caer el pincel.
«No dudes.» Debía comportarse como una profesional. Y nada más.
Justo cuando recogía el pincel del suelo, llamaron a la puerta. Tras recriminarse para tratar de mantener sus nervios a raya, fue a abrirla.
Felix estaba al otro lado.
La realidad de su presencia la dejó sin respiración.
Un santo. Allí, en su estudio.
Felix era alto e imponente, de tez oscura, rostro cuidadosamente inexpresivo y huesos elegantes. Unos cinco o seis años mayor que ella, quizá. La observó por un instante antes de fijar la mirada en algún punto sobre su hombro izquierdo.
Unas palabras se formaron y murieron en la garganta de Maeve. Lo había visto en la distancia, pero nunca tan de cerca.
El amplio brocado de color platino que decoraba la túnica negra brillaba al arremolinarse sobre los hombros y bajar sobre el pecho de Felix.
Una cicatriz le recorría el lado izquierdo del cuello y se extendía como una telaraña hacia la mejilla y la mandíbula, arrastrando el rabillo del ojo hacia abajo.
Sobre el centro del pecho destellaba un medallón, que revelaba un centro hueco a cada respiración.
No era una reliquia, un medallón que representaba una conexión entre un sabio y un santo en particular, pero se parecía lo suficiente como para que ella diera un paso inconsciente hacia delante para observarlo más de cerca.
Estaba segura de que había visto algo mal en la luz que rebotaba contra el metal.
Felix se aclaró la garganta.
Maeve se sobresaltó y se echó a un lado para dejarlo pasar a la habitación.
—Disculpa. Muchas gracias. Bienvenido. —Se encogió de la vergüenza, tragándose otra oleada de palabras sin sentido, mientras Felix pasaba por su lado.
—¿Dónde quieres que me ponga? —preguntó. Tenía una voz grave, rasposa.
—Allí, por favor. —Señaló el taburete que había colocado cerca de la ventana.