El espacio entre nosotros Prólogo
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El espacio entre nosotros

El espacio entre nosotros

Por Kalie Reid

© inepub.com

Prólogo

Jude

Dos mirlos cruzaron el cielo a gran velocidad; un mal augurio, si la experiencia de Jude servía de algo.

Nubes de tormenta moteadas se acumularon donde la escarcha hacía resplandecer los páramos, cuyos bordes aparecían difuminados por la lluvia.

Miró a su espalda para asegurarse de que estaba solo antes de volver a concentrarse en el cielo.

Se le cortó la respiración en el fondo de la garganta; los dedos le temblaban en los bolsillos.

Jude haría lo que fuera por ver un tercer pájaro cruzando el tumultuoso horizonte.

Las sombras aladas se movían con una fluidez vertiginosa, visibles un instante e invisibles al siguiente; agitaban las plumas negras a través de la niebla como perros de caza en busca de sangre.

Aún sentía el aroma de los delgados abetos en los huecos entre las costillas y clavado bajo la lengua.

El aire estaba en silencio. Demasiado. No se había dado cuenta de cuánto extrañaba el canto de las aves hasta que el invierno extendió su manto y silenció el mundo a su alrededor.

Había comenzado este ritual de los pájaros cuando era niño, sentado solo en un alféizar, mirando el mar y sintiendo un peso en el estómago.

Tiempo atrás, cuando todavía era un ser completo.

Antes del exilio, antes de la santidad. Antes de que lo deshicieran y lo rehicieran precipitadamente.

La vieja superstición a la que se aferraba le susurraba en la mente como una melodía de la que no podía escapar.

Uno, coraje. Dos, desolación. Tres, esperanza.

«Malditos pájaros . »

Se dio por vencido y regresó caminando fatigado a la casa.

Tenía pintura reseca en los dedos cuando empujó la puerta que llevaba al sótano.

Se la limpió en la chaqueta, sin reparar en las manchas de lodo sobre la prenda, que había visto tiempos mejores.

Como toda su ropa, las mangas eran demasiado cortas, los pantalones le apretaban más de lo que hubiera deseado...

Se había confeccionado para un quinceañero; era normal que ya no le quedase bien a los veintitrés.

La puerta se cerró tras él con un quejido escalofriante.

Jude se estremeció. A modo de disculpa a la madera podrida, echó el cerrojo con suavidad.

Tendría que dedicar algo de tiempo a reparar las estructuras en mal estado antes de que cayera la temperatura de cara al invierno.

La casa estaba cada vez en peor estado, pero él trataba de hacer lo posible por mantenerla confortable.

Necesitaba que durase, hasta el último ladrillo agrietado y la última bisagra chirriante.

Aun así, no pudo evitar preguntarse qué se derrumbaría primero.

El estruendo de un trueno lo arrancó de sus pensamientos.

A través de la sucia ventana observó unas nubes negras acercarse, como un moretón en el cielo.

No tardaría en llover. Las montañas se ocultaban bajo la niebla.

Podía sentir el temporal en el aire, la humedad del suelo y la vibración intensa del relámpago.

Se dio la vuelta justo cuando una figura negra abandonaba uno de los manzanos, abriendo las alas emplumadas hacia la tormenta invasora.

Un tercer mirlo.