EPILOGO
El dolor de cabeza llegó antes que la consciencia.
Marcus abrió los ojos con lentitud, el simple acto de volver al mundo le pesaba demasiado. La luz que se filtraba por la ventana era cruel, blanca, implacable. Gruñó por lo bajo y se llevó una mano a la sien.
Había bebido demasiado.
Otra vez.
El sabor amargo en su boca, el olor rancio del alcohol mezclado con café seco, los papeles desordenados sobre su cama, todo era prueba suficiente. Pero no era la resaca lo que realmente lo estaba destrozando.
Era la preocupación.
El teléfono vibraba débilmente entre sus dedos cuando lo levantó. Casi por reflejo contestó.
—Ven a la plaza principal, Delarge. Tenemos un problema —dijo el detective Blanchard con la voz envuelta en preocupación y cansancio.
Marcus solo respondió que iría en seguida y colgó antes de incorporarse por completo.
Observó un momento más el celular entre sus dedos y en contra de su buen juicio marcó el número de memoria, como lo había hecho tantas veces en los últimos días.
—El número que usted marcó se encuentra apagado o fuera del área de servicio. Intente más tarde — escuchó la voz pregrabada desde la bocina de su celular.
Marcus cerró los ojos.
Siete días.
Siete días sin respuestas.
Siete días desde que Rita fue hallada muerta, y el nombre de Nirelle comenzó a filtrarse en los informes policiales como desaparecida.
Él había hecho todo lo que había en sus manos por ocultarlo, por hacer parecer que Nirelle era solo una víctima más del Escultor.
Y tenía la esperanza —necia, desesperada— de poder encontrarla antes de que cualquier otro lo hiciera.
Él podía ayudarla.
Lo sabía.
Lo sentía.
La amaba con una intensidad que le resultaba insoportable. Sabía que podía convencerla de entregarse a una institución mental, de encontrar una forma de declararla inimputable por su trastorno de identidad disociativo. Él había visto esa otra personalidad aterrorizarla, y quería protegerla.
Podía protegerla.
O, si era necesario, esconder la verdad hasta que el mundo olvidara al Escultor.
Marcus negó con la cabeza, ahora sabía su verdadero nombre, sabía de las torturas por las que había pasado en su infancia, sabía que, de no haber sido por esa otra personalidad, la mujer que conocía jamás habría asesinado.
No.
Nirelle no era capaz de algo así.
No ella.
No la mujer frágil que se quebraba por la ausencia de su hermana. No la artista que apenas lograba sostenerse en pie. La idea de que estuviera huyendo, perseguida por un crimen que no cometió —no realmente— lo carcomía por dentro.
Se lavó la boca, se cambió de ropa y salió a la calle.
El aire frío le golpeó el rostro, pero no lo despejó. Caminó sin rumbo claro, con el teléfono aún pegado al oído, deseando que en cualquier momento su voz fuera a romper el silencio.
Pero no lo hizo.
Solo estaba su respiración.
Y ese silencio pesaba más que la certeza de la muerte.
Y él solo quería decirle que era seguro volver, regresar a su lado donde pudiera ayudarla.
Él mismo lo había arreglado cubriendo todo, manipulando informes, desviando sospechas, sembrando dudas.
Había convencido a la policía de que estaban mirando en la dirección equivocada y que los Iluminados eran los verdaderos culpables.
Y gracias a él todos estaban demasiado ocupados intentando salvar a su preciada detective como para notar lo que él había borrado.
Como ella misma lo había hecho antes, con fuego.
Marcus se detuvo frente a la plaza principal. Observó la muralla de patrullas policiales y personas que bloqueaban su visión de lo que sea que hubiera del otro lado. Y detrás de él, la ciudad brillaba indiferente, ajena a su derrumbe. Apretó el teléfono con más fuerza.
—Respóndeme, Nirelle —susurró, con la voz rota—. Por favor…
Nada.
La oscuridad antes del amanecer envolvía la fachada de las estructuras que rodeaban la plaza. Mármol blanco, cristales tallados y un reflejo hermoso y vacío.
—Ey, muchacho… por aquí, vamos —ordenó el detective Blanchard, impaciente.
Marcus bajó el teléfono lentamente y lo guardó. Lo siguió.
Observó al detective senior abrirles paso entre la multitud haciendo uso de su placa oficial. De un momento a otro, el aire se volvió distinto, pesado, casi solemne.
El murmullo de la multitud murió apenas cruzaron la cinta policial.
Y ahí estaba la nueva obra.
Quince figuras, alineadas en un semicírculo perfecto. Estatuas que parecían de dioses y diosas, serenas e intactas. No había dolor en sus rostros, ni señales de violencia en sus cuerpos. Solo perfección.
Marcus intentó aferrarse a esa idea. Necesitaba que fuera mármol, algo frío, inerte, explicable.
Pero mientras más las observaba, más se desmoronaba esa certeza.
Había algo en la superficie que no encajaba: algo incómodo, como si la materia no estuviera imitando la vida, sino reteniéndola justo antes de desaparecer.
Se acercó lo suficiente para que la luz del amanecer rozara uno de los rostros.
Entonces lo vio. No fue inmediato, ni evidente, sino un detalle mínimo que se incrustó en su percepción y lo arruinó todo: la piel tenía profundidad y una leve translucidez irregular casi imperceptible.
No era piedra, había un poro. Luego otro.
El estómago se le contrajo.
No respiraban. Pero tampoco parecían completamente muertos.
Una línea fina recorría el cuello de una de las figuras. No era una grieta natural ni una fractura de escultura. Era una capa, algo añadido, endurecido sobre lo que yacía debajo. La palabra apareció sin permiso: resina.
Resina sobre piel.
Retrocedió apenas, pero ya era tarde. La imagen había cambiado. Ahora los veía como realmente eran. Demasiado blancos, como carne que nunca conoció el sol. Cabellos casi inexistentes, rasgos suaves, antiguos, ajenos a cualquier vida común.
Albinos.
Inmaculados.
El término se instaló en su mente con tanta claridad que le resultó insoportable. Y con él, una comprensión aún peor.
No estaban representando dioses.
Los estaban fabricando.
Marcus sintió que algo dentro de él se quebraba en silencio, como esa capa endurecida sobre los cuerpos. Porque entonces entendió lo más perturbador de todo. No había dolor en sus rostros porque alguien se había encargado de borrarlo antes de convertirlos en eternos.
Un recuerdo le cruzó la mente: su abuela hablándole de los inmaculados de antes de la independencia, de los cuerpos antiguos guardados bajo museos y galerías.
Había pensado que era una historia y ahora se daba cuenta que se equivocaba.
Entonces el centro de toda la obra llamó su atención.
La pieza principal flotaba apenas sobre el pedestal, como si rechazara el mundo.
Con sus manos abiertas, una de ellas, extendida al cielo suplicando al Señor de la Luz la salvación de los impuros que la observaran.
Su rostro elevado y los ojos abiertos esperando su propia salvación con su expresión pura.
La obra principal no era una víctima, era un ídolo. Una diosa suplicando por los mortales.
Marcus dejó de respirar.
El mundo se inclinó.
No.
Su pulso se desordenó. Dio un paso más, incapaz de detenerse, había una fuerza ajena que lo arrastraba hacia el pedestal. La manera en que sus labios descansaban, parecía que en cualquier momento fueran a pronunciar su nombre.
Por un segundo, quiso mentirse, quiso creer que era una ilusión.
Observó cada facción con lentitud, su mente necesitaba fragmentarla para no reconocerla de golpe. La inclinación del rostro, la curva de los labios, la delicadeza imposible de los mechones de cabello encapsulados, todo era perfecto.
El zumbido llenó sus oídos. El aire se le atoró en la garganta, convirtiéndose en algo áspero, insuficiente. Sus manos temblaron sin control, y por un instante creyó que iba a caer ahí mismo.
El pecho le ardió, algo dentro se desgarraba sin remedio. Quiso tocarla, comprobarlo, sentir, aunque fuera el frío de la resina, pero su mano se detuvo a medio camino.
Sus rodillas cedieron apenas, obligándolo a sostenerse del borde del pedestal. El mármol estaba frío, indiferente, como todo lo demás en esa sala.
—No, por favor no… —susurró, y su voz se quebró al pronunciarlo.
Entonces vio la placa pulida en la pared del frente del mármol.
«La inmaculada luz del Señor.»
No supo cuánto tiempo pasó, ni cómo salió de ahí.
Solo recordaba el vacío, el peso insoportable en el pecho.
Y luego su cubículo envuelto en silencio y olor a alcohol.
Marcus se dejó caer en la silla, temblando.
Su mirada vagó sin rumbo hasta detenerse en algo que no recordaba haber visto antes.
Un sobre negro con unas iniciales muy familiares grabadas cuidadosamente en tinta dorada en el extremo inferior izquierdo.
«S. M.»
El pulso le falló por un instante.
Lo abrió con rapidez y desesperación. Encontrando dos fotografías instantáneas que se deslizaron sobre el escritorio. Marcus las observó confundido al principio, todavía demasiado aturdido para comprender.
La primera imagen le robó el aire. Era ella.
Nirelle llevaba un vestido blanco largo, delicado, casi ceremonial. Su piel pálida parecía fundirse con la tela mientras observaba directamente a la cámara. No estaba sonriendo, pero había algo extrañamente suave en su expresión. Sereno. Íntimo. Como si la fotografía hubiera sido tomada para él.
Marcus sintió un dolor horrible abrirse paso por su pecho al recordar en lo que habían convertido a su Inmaculada.
Se contuvo lo suficiente para seguir explorando. Sus dedos temblaron al tomar la siguiente fotografía. Era él. Arrodillado frente al pedestal de la Inmaculada mientras se derrumbaba. La imagen había sido tomada desde atrás, a la distancia.
Observado.
Registrado.
Marcus levantó lentamente la mirada hacia la oscuridad silenciosa de la oficina, sintiendo por primera vez miedo real recorrerle el cuerpo. Algo le dijo que diera vuelta a la fotografía, y obedecio a su instinto. Detrás, con la misma letra elegante de tinta dorada había una oración.
«La Inmaculada no se equivocó contigo.»
Contuvo la oleada de nauseas que se apoderaron de su cuerpo, quiso tirar todo, quemarlo igual que había hecho con la información días atrás.
Pero no lo hizo, se quedó en su lugar lamentándose de la conclusión de los acontecimientos.
Entonces notó la tarjeta negra que aún permanecía dentro del sobre.
Reconoció de inmediato el emblema de los Iluminados. Le dio la vuelta lentamente. Y al igual que la foto, en el reverso encontró una única frase escrita a mano.
«Aquí estamos y hemos vuelto.»
Marcus sintió que el aire desaparecía de la habitación, porque entonces lo entendió.
Esto nunca había terminado.
Apenas estaba comenzando.