El escultor (La sinfonía del caos 1) 46 #2
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Nirelle cayó de rodillas abruptamente, llevándose las manos al rostro mientras un sollozo desgarrador escapaba de entre sus dedos. Marcus reaccionó sin pensar y corrió hacia ella justo cuando su cuerpo comenzaba a desplomarse.

La sostuvo antes de que golpeara el suelo.

Y esta vez, cuando ella levantó la mirada, Marcus sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Nirelle había vuelto.

No por completo, pero estaba ahí. Destrozada, con los ojos inundados de terror puro, demasiado conscientes de todo.

—Yo fui… —jadeó entre lágrimas—. Dios… Marcus, yo fui.

Él la sostuvo con más fuerza mientras ella comenzaba a temblar violentamente entre sus brazos.

—Está bien, estás aquí. Estás conmigo, yo voy a protegerte.

—¡No! —sollozó ella, aferrándose a su ropa como si estuviera ahogándose—. ¡No está bien! ¡Yo las maté!

Marcus sintió cómo algo se rompía dentro de él.

Nirelle negó frenéticamente con la cabeza mientras las palabras comenzaban a salir atropelladas, imparables.

—Rita, Trina, todas esas personas… —la voz se le quebró por completo—. Mila…

El nombre la destruyó.

Su cuerpo entero se dobló sobre sí mismo mientras un sonido horrible, pequeño y agonizante, escapaba de su garganta.

—Mi niña… —lloró—. Dios, mi pequeña niña.

Marcus le sostuvo el rostro con cuidado desesperado.

—Ey, ey, mírame… mírame, por favor.

Pero ella ya estaba cayendo otra vez.

Los recuerdos seguían desgarrándola desde dentro. Marcus podía verlo en sus ojos: cada imagen regresando una tras otra, aplastándola bajo el peso insoportable de la culpa.

—Yo le hice daño… —susurró Nirelle con horror—. Ella intentó detenerme y yo…La asesiné.

La respiración volvió a cambiar.

Marcus lo sintió de inmediato.

La tensión regresó a sus músculos poco a poco. La rigidez. La calma artificial filtrándose nuevamente bajo la piel.

No.

No, no, no.

Nirelle levantó lentamente la cabeza.

Y cuando volvió a hablar, la voz ya no le pertenecía del todo.

—Deja de insistir.

Marcus se quedó inmóvil.

El Escultor seguía atrapado entre grietas visibles ahora. La serenidad ya no era perfecta; había cansancio debajo de ella. Fracturas. Pero seguía ahí.

—¿No lo entiendes todavía? —murmuró con frialdad—. Lo único que lograrás será romperla por completo.

Marcus negó inmediatamente.

—No está rota, puedo ayudarle.

—¡Ella ya está rota porque la dejaron sola! ¡Nos abandonaron, Marcus! Una y otra vez. —El Escultor lo observó en silencio—. No puede sostenerse más —continuó, ignorándolo—. Se está desmoronando poco a poco. Apenas puede respirar bajo el peso de lo que recuerda. Apenas puede existir.

Marcus sintió lágrimas subirle otra vez a los ojos.

—Lo que hicieron estuvo mal, pero…

Por primera vez, algo parecido a molestia cruzó el rostro del Escultor.

—No entiendes —interrumpió.

—¡No, tú no entiendes! —Marcus dio un paso hacia ella otra vez—. Lo que te hicieron no convierte esto en algo correcto. ¡No convierte el dolor en salvación! ¡Esa no es la única opción!

El silencio cayó entre ambos.

Marcus tragó saliva con dificultad, pero no retrocedió.

—Déjame ayudarla —dijo finalmente, con la voz quebrándose otra vez—. Por favor, déjame ayudarla.

El Escultor permaneció en silencio durante varios segundos, observándolo, intentando comprender algo que aún no terminaba de decidir.

Marcus seguía frente a ella, respirando agitadamente, con los ojos húmedos y las manos temblando por la desesperación de sostener a alguien que se le escapaba una y otra vez entre los dedos.

Entonces, para su sorpresa, ella sonrió apenas y no era una sonrisa cruel.

—Me agradas, Marcus.

El muchacho frunció el ceño, confundido.

—¿Qué?

El Escultor inclinó ligeramente la cabeza mientras lo estudiaba con atención tranquila, demasiado íntima.

—Las ocasiones anteriores en que hemos hablado me pareciste un muchacho con un futuro prometedor.

El corazón de Marcus se detuvo un instante.

—Nosotros nunca hemos hablado.

Ella sostuvo su mirada.

—Sí lo hicimos. Muchas veces.

Un escalofrío le recorrió lentamente la espalda.

Marcus negó de inmediato.

—No. No, eso no es verdad.

Pero el Escultor continuó hablando con la misma serenidad insoportable.

—Crees que puedes ayudarla pero antes de esta noche no sabías reconocerme.

Marcus sintió que el aire comenzaba a faltarle. No quería entender hacia dónde iba aquello.

No quería.

—Estás mintiendo.

La sonrisa del Escultor se ensanchó apenas. Triste, compasiva.

—No parecías muy afectado cuando disfrutaste de mi cariño después de convencerte de ayudarnos, cuando nos quitaron el caso.

Marcus quedó inmóvil.

El golpe fue inmediato.

Brutal.

Las palabras arrancaron recuerdos que hasta ese momento había intentado ignorar: conversaciones nocturnas, miradas extrañas, cambios sutiles en la voz de Nirelle, momentos donde había parecido distinta. Más fría. Más segura, observadora.

Y aún así él había aceptado quedarse.

Había aceptado el consuelo.

El afecto.

Porque necesitaba creer que alguien lo veía realmente.

Marcus abrió la boca, pero no encontró nada qué decir.

El Escultor lo observó unos segundos más y luego suspiró suavemente.

—Sé inteligente, Marcus.

La frase lo atravesó peor que cualquier amenaza.

Porque sonó sincera.

Marcus tragó saliva con dificultad.

—¿Vas a matarme?

Antes de que ella pudiera responder, una nueva voz rompió el silencio de la galería.

—Inmaculada.

Marcus giró bruscamente.

Sebastian acababa de entrar al laberinto de espejos.

Vestía completamente de negro y caminaba con una tranquilidad entre los reflejos fragmentados. Había sangre seca en parte de su ropa y sus ojos se posaron inmediatamente sobre Nirelle con algo cercano a la devoción.

—Todo está listo —dijo—. La están esperando.

El Escultor asintió lentamente.

Marcus sintió el terror subirle violentamente por el pecho.

No.

No podía dejar que se la llevaran.

Antes de pensar realmente en lo que hacía, avanzó y se aferró al brazo de Nirelle con ambas manos.

—No te vayas —suplicó—. Por favor… no lo hagas.

El Escultor intentó soltarse primero con calma, como si todavía quisiera evitar hacerle daño.

—Marcus…

Pero él no cedió.

Se aferró con más fuerza.

Desesperado.

—¡No! —la voz se le quebró completamente—. ¡No puedes irte con ellos!

Algo cambió entonces en la expresión del Escultor. Lentamente llevó una mano hacia el cinturón que rodeaba su cintura.

Marcus apenas alcanzó a ver el brillo metálico cuando la daga se hundió en su costado con una rapidez limpia y precisa.

El dolor fue inmediato.

Abrumador.

Marcus soltó un jadeo ahogado y perdió fuerza de golpe. Sus manos resbalaron del brazo de Nirelle mientras caía hacia atrás contra el suelo frío de la galería. La sangre comenzó a extenderse rápidamente bajo él.

El Escultor retrocedió un paso observándolo en silencio.

No había satisfacción en su rostro.

Tampoco culpa.

—No planeo matarte —dijo suavemente—. Estoy segura de que harás lo correcto.

Marcus apretó una mano contra la herida, respirando con dificultad mientras el dolor le nublaba la vista.

Ella volvió a acercarse.

Se arrodilló lentamente frente a él, que temblaba sobre el suelo, débil, incapaz de detenerla esta vez.

Y entonces lo besó.

Fue suave.

Breve.

Devastador.

Cuando se separó, apoyó apenas la frente contra la suya.

—Por favor, no me olvides.

Marcus sintió que algo dentro de él terminaba de romperse.

Entonces la voz de Sebastian sonó desde atrás.

—Nadie te olvidará, Inmaculada.

El Escultor cerró los ojos un instante.

—Se inteligente, Marcus —repitió.

Después se puso de pie.

Y se marchó junto a él.

Marcus intentó incorporarse pese al dolor, arrastrándose apenas sobre el suelo mientras la sangre seguía escapando entre sus dedos.

—¡Nirelle! —gritó desesperadamente—. ¡NIRELLE!

Pero ninguno de los dos se detuvo.

—¡POR FAVOR, NO ME DEJES!

Los espejos devolvieron cientos de versiones de él mismo desangrándose solo en medio de la galería.

Y las súplicas de Marcus fueron lo último que quedó resonando cuando las puertas finalmente se cerraron detrás de ellos.