El escultor (La sinfonía del caos 1) 46
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ETERNA

Marcus permaneció inmóvil sobre el suelo, observándola como si cualquier movimiento pudiera provocar otra ruptura.

Nirelle —o lo que fuera que estuviera frente a él ahora— desvió la mirada hacia los espejos. Caminó lentamente entre los reflejos, serena, casi elegante, mientras cientos de versiones idénticas le devolvían la misma expresión vacía.

No había rabia en ella, ni siquiera un deje de culpa.

Solo quietud.

El Escultor levantó una mano y observó la sangre entre sus uñas, comprendiendo que se había hecho daño a sí misma tratando de callar las voces de su cabeza.

—La forzaste. Insististe y empujaste y casi logras que se rompa —dijo aquella mujer—. Siempre le cuesta después de recordar —explicó.

Marcus sintió un escalofrío inmediato.

La forma en que hablaba de Nirelle.

Como si fueran personas distintas.

—¿Qué… quién eres tú?

Ella inclinó apenas la cabeza, como si la pregunta no tuviera importancia real.

—Yo soy parte de ella. Soy quien la mantiene entera.

El silencio volvió a caer.

Marcus tragó saliva, incapaz de apartar la vista de ella.

—¿Tú hiciste esto? —preguntó finalmente, aunque sabía la respuesta.

El Escultor observó el reflejo de Rita detrás de ellos y sonrió apenas.

—La ayudé a trascender —dijo, con una nota de orgullo en su tono de voz—. La estaba anclando a este asqueroso mundo mortal. Igual que la otra impura.

Las palabras le revolvieron el estómago a Marcus.

El Escultor avanzó lentamente hacia la escultura, recorriendo con la mirada cada detalle de la resina, las alas deformes, la postura de plegaria.

—Ella estaba sufriendo —continuó con voz suave—. Todos sufrían. Siempre sufren. El Señor de la Luz nos enseñó que el dolor desaparece cuando alcanzamos nuestra forma perfecta. Como último acto de amor la convertí en arte.

Marcus sintió náuseas.

—Eso no es arte —gruñó Marcus.

Por primera vez, la expresión del Escultor cambió apenas. Una sombra mínima cruzó su rostro antes de desaparecer.

—En Morvielle, todo lo es.

El muchacho sintió cómo el pecho se le comprimía bajo el peso de todo lo que acababa de descubrir.

Los recuerdos seguían girando dentro de su cabeza como fragmentos de vidrio, encajando unos con otros de maneras cada vez más insoportables.

Nirelle. El culto. El Escultor. Todo estaba conectado desde mucho antes de que él apareciera en su vida.

El sonido repentino de una llamada entrante atravesó el silencio de la galería.

Marcus levantó la mirada de inmediato.

Observó cómo Nirelle llevaba una mano al bolsillo de sus pantalones y sacaba un teléfono celular. El mismo que, meses atrás, había asegurado haber perdido. El gesto fue tranquilo, mecánico, y contestó sin mirar la pantalla, activó el altavoz.

Entonces una voz masculina llenó el lugar.

—Estamos cerca.

Marcus sintió que el terror le recorría lentamente la espalda.

Sebastian.

Lo reconoció al instante.

El Escultor cerró los ojos por un breve momento, como si aquella voz fuera una plegaria finalmente respondida. Había algo profundamente devoto en la serenidad de su expresión.

—Entendido —respondió con calma—. La Inmaculada está lista para volver a casa.

La llamada terminó.

Marcus se puso de pie de golpe.

—No.

La palabra salió más rota de lo que pretendía.

Ella giró lentamente hacia él. Los espejos replicaron el movimiento hasta el infinito, cientos de versiones idénticas observándolo con la misma quietud inhumana.

—No puedes detener esto —susurró el Escultor, su voz era suave, paciente—. Hemos vivido demasiado tiempo… demasiado. Esto debió terminar hace años. Cuando todavía conservábamos la edad de la perfección.

Marcus sintió un vacío abrirse dentro de su pecho.

—¿Por qué? —preguntó apenas, incapaz de entender cómo alguien podía hablar de muerte con aquella tranquilidad.

El Escultor lo observó en silencio durante unos segundos.

—Porque debemos ser elevados —respondió finalmente, con la sonrisa más real que le había visto en el rostro—. Ese siempre fue nuestro propósito.

Marcus negó lentamente, todavía intentando aferrarse a algo reconocible dentro de ella.

La figura frente a él conservaba el rostro de Nirelle, la misma voz, incluso la misma forma de inclinar apenas la cabeza cuando observaba algo con atención.

Pero todo lo demás estaba mal. Vacío. Alguien tomó a la mujer que conocía y había arrancado de ella cualquier resto de calidez humana.

—Eso no es un propósito —dijo con la voz tensa—. Es un suicidio.

El Escultor no reaccionó de inmediato. Caminó despacio entre los reflejos, observando las esculturas invisibles que parecían existir solo para ella dentro de aquel laberinto de cristal. Sus dedos rozaron distraídamente una de las manchas de sangre seca sobre su ropa, apenas notaba que estaba ahí.

—La muerte es imperfecta —respondió al fin—. Pudrición. Tiempo. Decadencia. Todo lo humano termina deformándose. Nosotros no haremos eso, preservaremos la pureza. La perfección de lo que puso el Señor de la Luz en nosotras.

Marcus sintió náuseas.

La serenidad con la que hablaba resultaba mucho más aterradora que cualquier grito. No intentaba justificar sus actos. No parecía creer que había hecho algo malo en absoluto.

El Escultor se detuvo frente al reflejo de Rita. Durante un instante, Marcus creyó ver algo moverse detrás de aquellos ojos muertos. Una sombra mínima de dolor. Pero desapareció antes de que pudiera estar seguro.

—Ella tenía miedo, por eso escapó —gruñó Marcus.

El Escultor rio.

—Ella no tenía miedo. Escapó porque le quitarían a esa impura.

Estaba lista para bendecirla y entregarla al Señor de la Luz antes de ser elevada.

Pero supo que no se lo permitirían. Iban a darla en adopción y la Inmaculada no iba a permitir que le arrebataran su juguete —sonrió con burla—.

Si nosotras no tuvimos la oportunidad de ser aceptadas por una familia, ¿por qué la impura sí?

Marcus dio un paso hacia adelante sin pensar.

—¡Ella no quería esto! La amaba, amaba a Camila.

La reacción fue inmediata.

El cuerpo de Nirelle se tensó apenas. No mucho. Solo lo suficiente para que Marcus comprendiera que había tocado algo sensible bajo la superficie tranquila del Escultor.

—No hables de lo que no entiendes —dijo ella, todavía calmada, aunque ahora había un filo peligroso escondido en la voz—.

La inmaculada es un ser egoísta, siempre lo fuimos, nos merecemos todo lo que pedimos.

¿Por qué protegería a un ser impuro que no merecía nada?

Mila estaba sucia, infectada por el mundo mortal.

Igual que la otra niña mediocre. Igual que Rita. Igual que todos los demás.

El nombre cayó entre ambos como una herida abierta.

Marcus vio algo cambiar por un instante en la mirada del Escultor. Una vibración breve. Un esfuerzo invisible bajo la piel.

Nirelle.

Seguía ahí.

Atrapada en algún lugar profundo.

—Ella no está descansando, ¿verdad? —preguntó Marcus con cuidado, sintiendo cómo el corazón le golpeaba violentamente contra las costillas—. La estás escondiendo.

El silencio llenó la galería.

El Escultor sonrió apenas, y aquella sonrisa fue peor que cualquier expresión de violencia.

—Descansar es lo único que ella ha querido desde hace mucho tiempo, niño.

Marcus apretó los dientes. La desesperación comenzaba a ganarle nuevamente terreno al miedo.

—No. Lo que quería… lo que necesitaba era ayuda.

El Escultor lo observó largamente, casi con curiosidad.

—¿Y tú crees que podías salvarla?

Marcus abrió la boca, pero no encontró respuesta inmediata. Porque parte de él empezaba a entender algo horrible: Nirelle no había comenzado a romperse recientemente. Aquello llevaba años creciendo dentro de ella. Tal vez toda su vida.

El Escultor avanzó un paso lento hacia él.

—La viste fuerte y confundiste eso con estabilidad —susurró—. Todos lo hacen. Nadie mira realmente a las personas rotas mientras todavía son útiles.

Las palabras lo golpearon más fuerte de lo que Marcus esperaba.

Porque había verdad en ellas. Porque recordó cada vez que vio a Nirelle agotada, distante, cubierta de ojeras, empujándose a sí misma más allá del límite y decidió no insistir, no interferir, se veía tan poderosa en su mente que ignoró las señales.

Era más fácil creer que ella podía soportarlo todo.

El Escultor inclinó apenas la cabeza, estudiando su reacción. Marcus sintió que el miedo comenzaba a mezclarse con algo mucho peor.

Compasión.

Porque frente a él ya no veía únicamente a un monstruo. Veía a alguien sosteniéndose apenas sobre los restos de sí misma, fragmentándose poco a poco bajo el peso de demasiados años, demasiada sangre y demasiadas voces.

Y aún así, él seguía intentando alcanzarla; que lo viera. Que reconociera su valor.

—No tienes que hacer esto —dijo con la respiración temblorosa—. Ella todavía está ahí, ¿verdad?

El Escultor no respondió.

Pero Marcus vio el leve temblor en la mandíbula. Entonces recordó el expediente. El culto. El nombre que jamás había mencionado en voz alta.

Marcus dio un paso lento hacia ella, ignorando el terror que le retorcía el pecho.

—Luz del Señor.

El efecto fue inmediato.

El Escultor retrocedió como si las palabras le hubieran golpeado físicamente. Sus ojos se abrieron apenas y por primera vez la serenidad perfecta de su rostro se resquebrajó.

—No —susurró ella.

Marcus sintió una chispa desesperada de esperanza.

—Luz del Señor —repitió con más firmeza—. Escúchame. Sé que sigues ahí.

Nirelle llevó ambas manos a su cabeza de golpe.

El cambio fue brutal.

Su respiración comenzó a desordenarse otra vez mientras el cuerpo entero se le tensaba violentamente, dos fuerzas opuestas parecían estar tirando de ella desde dentro. Retrocedió otro paso y chocó contra uno de los espejos. El cristal vibró detrás de su espalda.

—Detente —murmuró con una voz rota que ya no sonaba igual.

—Luz…

—¡CÁLLATE!

Pero el grito no había salido completamente del Escultor.

Marcus lo entendió de inmediato.

Ella estaba peleando.