45 #3
—Te estoy ayudando —escuchó decir a su propia voz—. El Señor de la Luz verá tu grandeza.
Sus dedos acariciaron el borde de la máscara con ternura, como si realmente creyera estar salvándola.
El siguiente recuerdo llegó antes de que pudiera escapar del anterior. Era más antiguo.
Muchísimo más antiguo.
Nirelle despertó de pie frente a algo imposible. Una escultura hecha de carne y huesos rotos recolocados en posiciones antinaturales, atravesaban la piel de una persona que aún respiraba apenas. El cuerpo había sido moldeado hasta perder cualquier forma humana reconocible.
Las figuras cubiertas con túnicas rojas la rodeaban en silencio, aplaudiendo y felicitándola.
Y entonces apareció él.
El Arconte Nasher.
Su voz profunda resonó entre las velas.
—Incluso sucia, sigues siendo Inmaculada.
Nirelle bajó lentamente la mirada.
Vestía de blanco. O lo que alguna vez había sido blanco. La tela estaba cubierta de sangre y sus manos también.
La suciedad le provocó una desesperación inmediata, insoportable. Sintió ganas de arrancarse la piel. De lavarse hasta desaparecer.
Debo estar limpia.
Siempre limpia.
El recuerdo se fracturó violentamente. Y el último espejo se abrió frente a ella.
El guardia de seguridad cayó al suelo con un ruido húmedo.
Nirelle vio sus propias manos cubiertas de sangre sosteniendo el arma mientras el hombre se desangraba lentamente a sus pies. No hubo duda. No hubo vacilación.
Después vio el carrito metálico, la plataforma con ruedas y sobre ella Rita.
Perfecta.
Inmóvil.
Nirelle empujó la estructura lentamente a través de la galería de los espejos, observando el reflejo de la escultura desde distintos ángulos, ajustando detalles invisibles con manos temblorosas y obsesivas hasta llegar al lugar exacto donde quería exhibirla.
Entonces una voz sonó por el altavoz de su celular.
Sebastian.
—Estoy en camino. Es hora.
La habían encontrado, al fin la habían encontrado.
Nunca más estaría sola.
Escuchó su propia voz susurrar con calma:
—Pronto volveremos a casa.
El recuerdo se rompió.
Todos los espejos estallaron dentro de su mente al mismo tiempo.
Y Nirelle entendió por fin que no podía soportar saber todo lo que había hecho.
Marcus sintió el cambio antes de comprenderlo. Seguía aferrado a ella en el suelo, sosteniéndola con desesperación mientras Nirelle se quebraba entre jadeos y susurros incomprensibles. Las lágrimas le corrían libremente por el rostro, mezclándose con el temblor de su voz.
—Por favor, por favor, vuelve —suplicó, sujetándole los hombros con cuidado, temía romperla todavía más—. No tienes que hacer esto sola, ¿sí? Yo… yo voy a ayudarte.
Nirelle seguía perdida detrás de sus propios ojos.
Marcus tragó saliva con dificultad y apoyó la frente contra su cabello por un instante, derrotado.
—Haré lo que quieras —susurró—. Lo que sea. Solo vuelve conmigo por favor.
Sus dedos se aferraron con más fuerza a su ropa.
—Puedes odiarme si quieres. Puedes encerrarme, golpearme, matarme si eso hace que regreses, pero no… no desaparezcas así.
La voz se le quebró completamente, porque el terror real no era que Nirelle fuera el Escultor.
Era verla irse.
Sentir cómo se hundía en algún lugar donde él ya no podía alcanzarla.
—Nirelle, mírame por favor.
Entonces lo sintió.
Primero fue su respiración. Los jadeos frenéticos comenzaron a desacelerarse poco a poco hasta volverse largos, lentos, perfectamente controlados. El temblor desapareció de sus manos, de sus hombros. De todo su cuerpo.
Marcus levantó apenas la cabeza.
Algo estaba mal.
Muy mal.
La rigidez llegó después.
Nirelle dejó de encogerse sobre sí misma. Cada músculo de su cuerpo pareció tensarse de golpe bajo sus manos con una quietud antinatural. Calma absoluta.
Marcus sintió un escalofrío subirle por la espalda.
—¿Nirelle?
Ella se movió rápido. Se apartó de él con fuerza y lo tomó completamente desprevenido. Marcus perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, quedando sentado sobre el suelo frío, sosteniendo su peso con ambas manos mientras la observaba con el pecho subiendo y bajando violentamente.
Nirelle se puso de pie lentamente en toda su altura.
Toda su presencia.
Y por un instante el silencio pareció doblarse alrededor de ella. Ya no estaba temblando ni parecía rota.
Su rostro se había vaciado de emoción hasta quedar extrañamente sereno. Tranquilo de una manera profundamente incorrecta. Los ojos, antes inundados de terror, ahora lucían apagados, muertos, como si algo hubiera cerrado la puerta detrás de ellos.
Marcus dejó de respirar.
Porque seguía siendo ella.
Y al mismo tiempo no.
Nirelle inclinó apenas la cabeza mientras lo observaba desde arriba. Luego habló con una voz suave, fría y completamente estable.
—Cállate ya.
Marcus sintió cómo el miedo le atravesaba el pecho.
Ella lo miró apenas, sin rabia, sin dolor, casi con fastidio.
—¿No ves que le haces daño?
El mundo pareció detenerse.
Marcus sintió un vacío abrirse lentamente en su estómago mientras algo horrible terminaba de acomodarse dentro de su cabeza.
No estaba hablando con Nirelle.
Ya no.