45 #2
Y entonces ya no era Mila.
Era otra mujer, mucho más atrás en el tiempo. Desconocida y, aún así, extrañamente familiar.
El cuarto estaba iluminado únicamente por velas. Decenas de llamas pequeñas danzaban alrededor de figuras inmóviles cubiertas con túnicas y velos rojos que ocultaban completamente sus rostros. No había ojos presionándola, solo sombras observando en silencio que hiciera lo correcto.
La mujer estaba arrodillada en el centro.
Atada.
Temblando.
Y entonces una voz masculina atravesó el recuerdo, profunda y solemne, cargada de una devoción enfermiza.
—Es momento de que la Inmaculada purifique a esta mujer impura.
Algo dentro de Nirelle se quebró, porque conocía esa voz.
El Arconte Nasher.
Las imágenes comenzaron a desmoronarse unas sobre otras. Los rostros se mezclaron. Rita. Mila. Trina. La mujer desconocida. Todas mirándola igual.
Todas esperando algo de ella.
Entonces llegó el calor devorándolo todo.
El fuego apareció tan rápido que le arrancó el aire de los pulmones. Llamas subiendo por las paredes. Madera crujiendo. Gritos. Humo llenándole la garganta hasta hacerle imposible respirar.
Nirelle jadeó y se dobló sobre sí misma mientras el recuerdo terminaba de arrastrarla.
Corría.
Corría desesperadamente entre árboles oscuros, mientras el incendio iluminaba el bosque detrás de ella como un segundo amanecer.
Y había una mano pequeña aferrada a la suya.
Temblando.
Confiando en ella.
Nirelle no alcanzó a ver el rostro, solo sintió el terror y la certeza insoportable de que estaba huyendo de algo mucho peor que el fuego.
Iluminados.
Marcus vio el momento exacto en que algo dentro de ella comenzó a romperse de verdad. En ese vacío absoluto que apareció en sus ojos mientras observaba algo que ya no estaba frente a ella, algo atrapado en un lugar al que él no podía seguirla.
—Nirelle —la llamó otra vez, más cerca ahora—. Ey, mírame. Por favor.
Pero ella seguía cayendo.
Sus pupilas se movían frenéticamente bajo los párpados temblorosos, igual que si estuviera viendo escenas proyectarse detrás de sus ojos. Su respiración era errática, rota por jadeos pequeños que parecían dolerle físicamente. A ratos murmuraba palabras incompletas. Nombres.
Rita.
Mila.
No fui yo.
Marcus sintió un nudo cerrarse en su garganta.
Se arrodilló completamente frente a ella y esta vez no dudó al tomarle las manos. Estaban heladas. Temblaban tan fuerte que apenas podía sostenerlas entre las suyas.
—Escúchame —susurró desesperadamente—. Estás aquí conmigo. ¿Sí? Respira, solo respira.
Nirelle no reaccionó.
Su cabeza se movía apenas de un lado a otro, atrapada en alguna pesadilla que seguía desarrollándose lejos de él. Marcus podía verla quebrándose segundo a segundo y la impotencia le resultó insoportable.
Porque no sabía qué hacer.
No sabía cómo alcanzarla.
Toda su vida había sobrevivido arreglando cosas. Escapando. Adaptándose. Peleando. Pero aquello era distinto. No había nada contra lo que pudiera luchar. Nada que golpear. Nada que detener. Solo Nirelle destruyéndose desde adentro mientras él la observaba.
—Por favor… —la voz se le quebró antes de terminar la frase.
Sintió lágrimas acumulándosele en los ojos y agachó la cabeza un instante, apretándole las manos con más fuerza, quería eso pudiera mantenerla anclada al presente.
—No me dejes solo aquí… —susurró casi sin darse cuenta.
El dolor le atravesó el pecho con violencia.
Porque entendió algo horrible en ese momento: no le tenía miedo a la verdad. No le importaba quién había sido Nirelle ni qué había hecho realmente.
Le aterraba perderla.
Marcus levantó la mirada otra vez. Había lágrimas corriéndole por el rostro ahora, silenciosas, impotentes.
—Nirelle, mírame… por favor… mírame…
Pero ella ya estaba demasiado lejos.
Los espejos comenzaron a cambiar. Al principio fue apenas una distorsión en los reflejos, una vibración casi imperceptible recorriendo el cristal.
Marcus seguía frente a ella, sosteniéndole las manos, hablándole con desesperación, que ya sonaba lejana, ahogada bajo el ruido creciente dentro de su cabeza.
Luego los reflejos dejaron de obedecer la realidad. Nirelle levantó la vista lentamente y el mundo se deformó alrededor de ella. Cada espejo se convirtió en una ventana.
No.
En una herida abierta.
Y detrás de cada superficie brillante había un recuerdo esperándola.
El primero apareció a su derecha.
Ella y Mila estaban gritando.
El departamento era el suyo, pero se sentía distinto, más pequeño, sofocante.
Mila caminaba de un lado a otro con las manos temblando de rabia mientras Nirelle intentaba acercarse a ella.
No podía escuchar todas las palabras, solo fragmentos rotos, frases superpuestas por el pánico que envolvía el recuerdo.
—No puedes seguir haciendo esto.
—Solo necesito tiempo.
—¡Tú necesitas ayuda!
Entonces Mila tomó su abrigo y salió.
La puerta se cerró de golpe. El sonido atravesó a Nirelle como un disparo. La había abandonado.
Mila la había dejado sola por primera vez.
Se vió quedándose sola en medio de la habitación, respirando demasiado rápido, las manos hundidas en el cabello mientras algo empezaba a quebrarse dentro de ella.
Y entonces apareció la idea. No como un pensamiento racional, era más bien una revelación enfermiza abriéndose paso dentro de su mente.
No estaría sola si volvía con ellos.
Los Iluminados.
Su salvación.
Su hogar.
Pero inmediatamente después llegó el horror: no sabía dónde encontrarlos. Había destruido el único lugar que conocía. Lo había quemado todo años atrás.
La desesperación le deformó el rostro. No quería estar sola, no podía quedarse sola. ¿Qué haría consigo misma? No sobreviviría sin alguien que la protegiera.
Entonces otra idea surgió lentamente.
Si no podía encontrarlos haría que ellos la encontraran a ella, haría algo lo suficientemente bello para gritarles: «aquí estoy» .
El espejo se oscureció de golpe.
Otro reflejo se abrió inmediatamente, era de años después que el anterior, pero con los mismos personajes.
Mila irrumpió furiosa en una habitación.
Llevaba la misma ropa de cuando la vio por última vez. Nirelle acaba de verla irse después de que le suplicara que se quedara a su lado.
La carpeta golpeó el suelo frente a ella y decenas de fotografías se dispersaron sobre la madera. Imágenes de cuerpos preservados. Diagramas. Notas. Símbolos. El caso del Escultor.
—¿Qué mierda estás haciendo? —gritó Mila.
Nirelle sintió el recuerdo desde dentro y desde fuera al mismo tiempo. Era como estar atrapada detrás de sus propios ojos. Intentó hablar. Intentó decirle que huyera.
Corre.
Por favor, corre.
Pero su boca no obedeció.
Porque ella ya no estaba conduciendo su propio cuerpo.
—Se que eres tú. ¿Por qué estas haciendo esto, Nirelle? En el orfanato eran ellos quienes te obligaban a crear esos horrores. ¿Por qué lo replicas ahora?
Nirelle se abalanzó primero.
El impacto las hizo chocar contra la pared. Nirelle sintió cada movimiento daba la impresión de estar ocurriendo en el presente: los dedos forcejeando, respiraciones agitadas, el dolor repentino y brutal cuando Mila le mordió el espacio entre el cuello y el hombro con toda la fuerza que tenía.
Un grito desgarró la habitación.
Luego el golpe.
La nariz de Mila crujió y la sangre comenzó a correrle por los labios mientras Nirelle lograba tirarla al suelo e inmovilizarla.
Por un instante creyó que iba a detenerla.
Que todavía podía salvarla.
Entonces escuchó su propia voz, fría y vacía.
—Me encargaré de ti, impura.
Y todo volvió a hundirse en negro.
Nirelle jadeó violentamente en el presente mientras otro espejo se abría frente a ella.
La siguió por última vez una tarde de lluvia ligera.
No porque todavía importara. Lo supo desde el inicio, cuando caminar detrás de ella ya no le provocó nada. Antes era distinto. Antes verla despertaba una rabia vieja que le ardía bajo las costillas. Pero esa tarde solo quedaba cansancio.
La muchacha cruzó la calle abrazando unos cuadernos contra el pecho y entró a una casa pequeña de pintura descascarada.
Una anciana apareció apenas escucharla llegar y Katherina sonrió de inmediato.
La mujer le acomodó el cabello mojado mientras la regañaba por andar bajo la lluvia.
Después ambas desaparecieron dentro de la casa entre luz amarilla, olor a comida y el sonido lejano de una televisión.
Nirelle se quedó quieta mirando la puerta cerrada.
Esperó sentir odio otra vez, pero no llegó nada. Y por fin entendió que ya se había cansado de odiarla. Eso fue hasta que ganó injustamente el Aldama.
El siguiente recuerdo no la hizo esperar.
Esta vez el cuarto estaba iluminado por lámparas quirúrgicas.
Había una mujer inmóvil frente a ella, suspendida dentro de una estructura metálica mientras la resina transparente descendía lentamente sobre su cuerpo.
Nirelle observó sus propias manos trabajando con una delicadeza aterradora, acomodando el cabello de la mujer antes de colocar sobre su rostro una máscara blanca sin facciones.
No había odio en ella.
No había placer.
Solo devoción.