45
DERRUMBE
El mundo dejó de hacer ruido. No de golpe. No completamente.
Los espejos seguían vibrando como ecos lejanos. Algún conducto en el techo zumbaba con electricidad defectuosa. En algún lugar, una gota caía con una cadencia insoportable.
Pero para Nirelle todo se volvió distante.
Ahogado.
Como si las palabras de Marcus hubieran partido el aire en dos. O la hubieran sumergido en un pozo profundo.
«El escultor eres tú.»
No.
Su mente rechazó la frase antes siquiera de comprenderla. La sintió deslizarse dentro de ella como algo vivo, algo podrido, y cada parte de su cuerpo reaccionó con violencia.
Retrocedió un paso.
Luego otro.
Negando.
—No.
La palabra salió vacía.
Marcus no avanzó. Permaneció inmóvil entre los reflejos, respirando con dificultad, observándola como si cualquier movimiento pudiera terminar de romperla.
—Nirelle…
—No.
Más fuerte esta vez.
Sus ojos comenzaron a moverse frenéticamente entre los espejos. Cientos de versiones de sí misma le devolvieron la mirada. Algunas cubiertas de sangre. Algunas deformadas por el cristal. Otras demasiado quietas.
Todas parecían culpables.
—No fui yo…
—¿Por qué, Nirelle?
La voz atravesó su mente como vidrio rompiéndose.
Nirelle se quedó inmóvil.
Por un instante no la reconoció. Sonó distante, deformada por el dolor, demasiado frágil para pertenecer a alguien real. Pero entonces volvió a escucharla, temblando dentro de su cabeza con claridad.
Rita.
El aire abandonó sus pulmones.
—Yo confiaba en ti.
—No… —susurró Nirelle, retrocediendo apenas—. No. Tú no…
—Por favor.
La voz se volvió más cercana. Más pequeña.
Como alguien hablando entre lágrimas.
—Nirelle… por favor… no…
Las manos de Nirelle comenzaron a temblar violentamente. Negó una vez. Luego otra. Frenética.
—No está pasando… no está pasando…
—¿Por qué me hiciste esto?
Algo cambió en la voz esta vez. Ya no sonaba débil.
Sonaba herida.
Fría.
—¡NO!
—Por favor, detente…
—No fui yo.
—Me estás lastimando.
—¡NO FUI YO!
—¿Por qué, Nirelle?
El mundo empezó a romperse alrededor de ella. Las voces regresaron de golpe, superponiéndose unas sobre otras hasta volverse insoportables.
Mila riendo cerca de su oído.
Trina susurrando desde algún rincón oscuro de su mente.
Rita llorando.
—Te lo dije.
—No tienes salvación.
—Por favor… por favor… callense.
—La arrastraste contigo.
—Nirelle, duele .
—Siempre haces esto.
—No, no, no.
—Mírame.
—Míranos.
Nirelle gritó.
Un sonido crudo y desgarrado le salió desde lo más profundo del pecho, tan violento que incluso los espejos parecieron estremecerse con él.
—¡CÁLLENSE! ¡CÁLLENSE! ¡CÁLLENSE!
Pero las voces no se detuvieron.
Se deformaron.
Se mezclaron.
Se fundieron en algo único y monstruoso.
—¿Por qué nos hiciste esto, Nirelle?
—Déjanos.
—Por favor.
—Tú lo hiciste.
—Tú siempre lo haces.
El eco golpeaba dentro de su cráneo una y otra vez, multiplicándose hasta no dejar espacio para nada más.
Nirelle cayó de lado sobre el suelo frío, encogiéndose sobre sí misma. Sus dedos se aferraron a su cabeza con desesperación, temía que fuera a partirse.
—No fui yo… —susurró, rota—. No fui yo… no fui yo.
Pero incluso esas palabras sonaban débiles ahora, huecas. Como una mentira repetida demasiadas veces.
Y frente a ella, inmóvil, perfecta, eterna, Rita no respondió.
El silencio que vino después fue peor.
Pesado.
Espeso.
Definitivo.
—No fui yo —repitió Nirelle con la voz quebrándose entre sollozos secos—. No fui yo.
No ella.
Nunca ella.
Nirelle seguía encogida sobre el suelo frío, temblando, cuando una sensación extraña le atravesó las manos.
Sus dedos se contrajeron de golpe, como si todavía sostuvieran algo espeso entre las palmas.
Algo húmedo. Pegajoso. Por un instante creyó que era pintura secándose sobre su piel, endureciéndose lentamente en las líneas de sus dedos y debajo de sus uñas.
Pudo sentir cómo se quebraba al mover las manos, tirando de la piel en pequeñas tensiones incómodas.
Pero no era pintura.
El olor metálico llegó un segundo después.
Sangre.
Nirelle abrió los ojos de golpe, jadeando, pero el recuerdo no se detuvo.
Sus brazos comenzaron a dolerle entonces, un dolor profundo, enterrado en los músculos, como el eco de un esfuerzo repetido demasiadas veces.
Sintió el peso de algo descansando contra ella.
Pesado. Inerte. Arrastrándose entre sus brazos mientras intentaba moverlo.
La presión le quemó los hombros y la espalda, provocando que se encorvara sobre sí misma.
Y junto a esa sensación llegaron sonidos.
Metal.
El ruido seco de correas ajustándose con fuerza.
El chirrido de hebillas tensándose.
Un clic.
Luego otro.
Nirelle se llevó una mano a la cabeza, respirando cada vez más rápido. Las imágenes seguían sin aparecer del todo, pero su cuerpo reaccionaba como si ya supiera exactamente lo que venía después.
Viento helado le acarició la piel. No estaba ahí realmente, y aún así lo sintió. Luego, una ventana abriéndose en medio de la oscuridad con el chirrido lento de las bisagras oxidadas. El aire nocturno colándose en una habitación cargada con aroma a rosas.
El aroma de Trina.
Después, las rosas se combinaron con olor de plástico recién abierto y pintura fresca. Resina endureciéndose lentamente bajo la luz artificial.
Su estómago se revolvió.
Entonces llegó otro sonido. Un chisporroteo breve, agudo. El olor apareció antes que el significado: carne quemándose.
Nirelle soltó un gemido ahogado y se dobló más sobre sí misma. El recuerdo seguía fragmentado, roto en pedazos inconexos, pero cada sensación era demasiado real. Demasiado cercana. Parecía haber estado enterrada dentro de ella todo ese tiempo, esperando el momento exacto para abrirse.
Y entonces escuchó su propia voz.
Suave.
Cariñosa.
Terriblemente tranquila.
—Es hora de ponerte la última capa y luego estarás lista para la exhibición.
El mundo pareció detenerse.
Nirelle levantó la cabeza lentamente, con los ojos abiertos de par en par, mientras el horror comenzaba por fin a filtrarse entre las grietas de su negación.
Marcus permaneció inmóvil durante unos segundos, incapaz de procesar lo que estaba viendo.
Nirelle seguía en el suelo, encogida sobre sí misma intentando desaparecer dentro de su propio cuerpo. Sus manos temblaban aferradas a su cabeza y cada respiración salía rota, desigual, demasiado rápida. Él ya la había visto furiosa. La había visto fría, violenta, incluso despiadada.
Pero nunca así.
Nunca así de destruida.
El dolor le atravesó el pecho con una fuerza inesperada. Porque aquella mujer frente a él no parecía un monstruo. No parecía alguien calculando una mentira o manipulándolo.
Parecía aterrorizada.
Marcus tragó saliva y dio un paso lento hacia ella.
—Nirelle… —su voz salió más suave de lo que esperaba—. Respira, ¿sí? Solo…
No terminó la frase.
Ella no lo estaba escuchando.
Sus labios seguían moviéndose entre susurros fragmentados, negaciones rotas que apenas lograban convertirse en palabras. Sus ojos no enfocaban nada del presente; miraban algo mucho más lejos, algo que Marcus no podía ver.
Y eso era lo peor.
La distancia.
Aunque estaba a menos de un metro de ella, sentía que Nirelle se estaba hundiendo en un lugar donde él no podía seguirla.
Marcus se agachó lentamente frente a ella. Dudó antes de extender la mano, temía que tocarla pudiera empeorar las cosas. Finalmente rozó apenas su brazo, intentando anclarla al presente.
—Ey… mírame —susurró—. Estás aquí. ¿Me escuchas?
Nirelle se estremeció violentamente bajo su mano.
No levantó la cabeza.
Pero algo cambió en su respiración.
Marcus sintió cómo el miedo comenzaba a subirle lentamente por la garganta. Porque ya había visto personas quebrarse antes. Había visto ataques de pánico, episodios psicóticos, gente consumida por culpa o trauma.
Pero esto era diferente.
Era como observar a alguien ahogándose dentro de sus propios recuerdos.
Y él no sabía cómo salvarla de eso.
Entonces el cuerpo de Nirelle se tensó de golpe. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre el suelo.
Y el primer recuerdo llegó.
Eran destellos violentos, fragmentos arrancados de algún lugar enterrado demasiado profundo dentro de ella. Flashazos que aparecían y desaparecían antes de que pudiera comprenderlos por completo.
Luz blanca. Abrumadora.
Un parpadeo cegador atravesó su mente y, por un instante, vio a Trina dormida sobre su cama. La cabeza inclinada hacia un lado. El pecho subiendo y bajando lentamente, con una expresión extrañamente tranquila en el rostro, vulnerable de una forma que Nirelle jamás había experimentado.
La imagen se quebró de inmediato.
Ahora Trina estaba contra el suelo, y una mano blanca le apretaba la garganta.
Sus ojos abiertos de par en par ya no tenían rabia, sino miedo. Un miedo tan humano que resultaba insoportable mirarlo demasiado tiempo. Sus dedos intentaban aferrarse a la muñeca que la sostenía mientras sus labios se movían diciendo algo que Nirelle no alcanzaba a escuchar.
El recuerdo volvió a desgarrarse.
Y cuando regresó, ya no era Trina.
Era Rita.
Nirelle soltó un sonido ahogado.
La vio atrapada contra la pared en exactamente la misma posición. Los dedos hundiéndose en su cuello. Sus ojos húmedos clavados directamente en los suyos, llenos de dolor.
De traición.
—No… —susurró Nirelle, sintiendo que algo dentro de su pecho empezaba a rasgarse—. No.
Las imágenes seguían cayendo sobre ella sin darle tiempo para respirar.
Mila apareció después.
Sujetada a una mesa metálica por correas en las muñecas y los tobillos.
La luz blanca del techo caía directamente sobre su rostro sudoroso.
Tenía los labios partidos y una expresión imposible de descifrar por completo, algo atrapado entre odio y tristeza.
Quería matarla y al mismo tiempo suplicarle que la dejara, que aún no era demasiado tarde.
Nirelle sintió un escalofrío subirle por la espalda.
Porque Mila la estaba mirando directamente a ella.
No al recuerdo.
A ella.
Luego observó el espejo de bolsillo que Mila tanto adoraba, tirado en el suelo, roto y lleno de sangre.
La imagen tembló.
Se deformó.