44 #2
Golpeó uno de los espejos con la palma abierta. El impacto vibró a lo largo de su brazo, seco, brutal, pero el vidrio no cedió. No se rompió. No le ofreció salida. Su respiración se volvió errática, descompuesta, el aire ya no sabía cómo entrar en sus pulmones.
—¡Sal! —volvió a gritar, la voz rasgándose—. ¡Sal y termina esto!
El silencio cayó de golpe.
Un segundo.
Dos.
Entonces, un sonido sutil llenó el lugar. Apenas un roce justo detrás de ella.
Nirelle se quedó completamente inmóvil. Por primera vez desde que había despertado, las voces se apagaron. No se desvanecieron: se cortaron. Dejando tras de sí un vacío denso, casi irreal.
Y en ese vacío, un pensamiento claro, afilado la embriagó.
Alguien está aquí.
Giró lentamente, con el pulso desbocado retumbando en los oídos.
Entre los reflejos, algo se movió.
Una figura avanzaba desde uno de los pasillos formados por los espejos, abriéndose paso entre las múltiples Nirelles que no eran ella. Nirelle entrecerró los ojos, intentando enfocar, aferrándose a esa única certeza en medio del caos.
Y entonces lo vio.
Marcus.
—Te encontré —susurró el muchacho, aunque la voz sonó extraña, ajena, daba la impresión de que había atravesado demasiadas cosas antes de llegar a sus labios.
En Nirelle en cambio, la ira llegó rápido, como una ruptura que abrió paso al río desbordante de furia pura que la cegó por completo.
—¡TÚ!
No hubo espacio para pensar. Ningún instante donde la lógica pudiera intervenir. Su cuerpo reaccionó antes que ella misma, impulsado por una necesidad salvaje y desesperada de destruir aquello que tenía enfrente.
Se lanzó hacia él con un grito desgarrado, atravesando el laberinto de espejos y sus reflejos fracturados. El cristal devolvió decenas de versiones de ella misma corriendo hacia Marcus, todas deformadas por la rabia. Ya no existía nada más.
Solo violencia.
Solo la certeza insoportable de que el monstruo estaba frente a ella. Y que debía desaparecerlo. Necesitaba su venganza.
El impacto fue brutal. Nirelle chocó contra él con toda la fuerza de su cuerpo y ambos cayeron al suelo. El golpe seco resonó entre los espejos, multiplicándose en ecos irregulares que parecían provenir de todas partes al mismo tiempo.
—¡MUÉRETE! —gritó, fuera de sí.
Sus puños descendieron sin control.
Uno.
Otro.
Otro más.
Marcus apenas alcanzó a cubrirse el rostro mientras se encogía bajo el ataque.
—¡Detective… espere!
Pero ella ya no escuchaba. Cada golpe era una descarga desesperada, una forma de aplastar la imagen de Rita arrodillada, de ahogar el horror antes de que pudiera alcanzarla por completo.
—¡Lo hiciste! —gritó entre impactos—. ¡Tú hiciste todo esto!
Marcus giró el cuerpo como pudo, intentando protegerse sin lastimarla.
—¡Escúcheme! —insistió, recibiendo otro golpe en el hombro—. ¡No soy yo!
—¡Cállate! —escupió ella antes de golpearlo otra vez—. ¡Cállate! —Le temblaban las manos, pero no se detenía—. ¡Yo te ayudé! —otro golpe—. ¡Yo te di una oportunidad!
Marcus consiguió atraparle las muñecas por un segundo. No para hacerle daño, solo para detener el siguiente impacto.
—¡Nirelle, por favor! —suplicó siendo consciente de que era la primera vez que la llamaba por su nombre.
Un nombre que no existía.
—¡Cuando nadie más lo hizo! —Forcejeó, liberándose con una sacudida violenta—. ¡Yo creí en ti!
Se movía demasiado rápido, impulsada por una mezcla imposible de adrenalina y dolor. Marcus intentó incorporarse, pero ella volvió a lanzarse sobre él. Esta vez él reaccionó a tiempo: giró con el impulso y terminó encima, sujetándola con firmeza contenida, evitando presionar demasiado.
—¡Detente! —gritó, agitado—. ¡Vas a lastimarte!
—¡Suéltame! —rugió Nirelle, retorciéndose como un animal atrapado—. ¡Suéltame!
Sus rodillas golpeaban el suelo. Sus uñas arañaban sus brazos, buscando cualquier punto débil, cualquier forma de escapar.
Y lo logró.
Con un movimiento rápido e instintivo se deslizó fuera de su agarre y rodó hacia un lado. Un segundo después ya estaba de pie, respirando con dificultad, el cuerpo entero rígido por la tensión.
Retrocedió.
Un paso.
Luego otro.
Poniendo distancia.
Sus ojos ya no parecían verlo a él, sino algo mucho peor. Una amenaza. Una pesadilla que había tomado forma humana.
—No te acerques —advirtió con una voz baja, cargada de veneno.
Marcus se incorporó lentamente y levantó apenas las manos, como si estuviera frente a alguien al borde de un precipicio.
—Nirelle… no es lo que crees…
—¡Cállate! —lo interrumpió, señalándolo con un dedo tembloroso—. ¡No te atrevas a hablar! —Nirelle respiraba de forma irregular, casi hiperventilando—. Yo te saqué de la maldita colmena —continuó, y esta vez la rabia no alcanzó a ocultar la fractura en su voz—. Yo vi algo en ti cuando eras nadie.
Marcus tragó saliva e intentó acercarse un paso.
—Escúchame…
—¡TE DI TODO! —gritó ella, avanzando ahora hacia él—. ¡MI TIEMPO! ¡MI CONFIANZA! —Sus ojos brillaban húmedos, desbordados—. ¡Te enseñé! ¡Te formé! —su voz se quebró todavía más—. ¡Te hice mejor!
—Nirelle…
—¡Y ASÍ ME PAGAS! —lo cortó de nuevo—. ¿Así? ¿Con esto?
Señaló hacia atrás sin mirar. Hacia Rita.
O hacia lo que quedaba de ella.
—¿Convirtiéndola en… eso?
Marcus negó lentamente, desesperado.
—No… no. Estás equivocada…
—¡NO ME DIGAS ESO! —rugió—. ¡LO SÉ!
El silencio cayó de golpe.
Pesado.
Irreal.
Marcus no podía soportar más el dolor en su pecho, ella, su inmaculada creía que él había hecho todo eso.
O estaba intentando manipularlo.
Marcus cerró los ojos un instante, como si algo dentro de él acabara de quebrarse definitivamente. Cuando volvió a abrirlos, había algo distinto en su mirada.
Estaba totalmente agotado y casi roto.
—Eres tú.
Las palabras cayeron entre ambos como una sentencia.
Nirelle dejó de moverse.
—¿Qué…? —susurró.
—Eres tú —repitió él, esta vez con más fuerza, aunque la voz seguía cargada de dolor.
Marcus negó apenas con la cabeza, como si incluso pronunciarlo le resultara insoportable. No entendía lo que estaba sucediendo, pero se daba una idea. Así que habló con claridad.
— El escultor eres tú.