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CULPA
Nirelle despertó sin saber dónde estaba.
No fue un regreso limpio. Fue abrupto, torcido, como si la hubieran empujado de golpe hacia la consciencia.
El mundo llegó primero en sensaciones.
Un olor químico y dulzón que se impregnó en sus fosas nasales. Era como plástico recién abierto mezclado con pintura fresca. Denso. Pegajoso. Se le quedó en la lengua, invadiéndole la boca como si pudiera masticarlo.
Luego el piso frío y duro bajo su cuerpo. Abrió los ojos lentamente, pero la luz la atravesó como una aguja. Gimió apenas y se llevó una mano a la cabeza. El dolor le latía en las sienes, profundo, insistente, como si algo estuviera golpeando desde dentro y quisiera salir.
Se incorporó despacio. El movimiento le revolvió el estómago. Respiró por la boca, intentando no vomitar y entonces otro olor, más fuerte y metálico le llenó el olfato.
Sangre.
Nirelle se quedó quieta.
Frente a ella se alzaba una escultura. La figura, arrodillada, recogía las manos en un gesto de plegaria.
La frente descansaba sobre los pulgares, de alguna manera buscaba consuelo en ese contacto mínimo.
Todo su cuerpo se inclinaba hacia adelante en una rendición absoluta, silenciosa.
Había en su postura serenidad sagrada, tanta devoción que parecía suspender el tiempo.
De su espalda emergían las costillas, tensas y marcadas, mientras la piel se extendía entre ellas, sugiriendo las frágiles alas de un ángel que nunca llegó a alzar el vuelo.
El primer pensamiento de Nirelle fue la belleza. Brutal, casi ofensiva. La composición y su significado parecían entrelazarse en una sinfonía caótica y perfecta, cada línea y cada sombra obedecían a un orden incomprensible.
No supo precisar qué fue exactamente lo que cambió.
Tal vez algo en su interior, una hebra invisible que la ataba a la escultura.
Tal vez esa pulsación insistente detrás de sus ojos, como un latido ajeno que la obligaba a permanecer alerta.
Pero, desde algún lugar más hondo que el pensamiento, otro sentimiento comenzó a abrirse paso entre la bruma de su contemplación. Reconocimiento.
Su pecho se contrajo con violencia. Como si su cuerpo traicionero, hubiera entendido antes que su mente, y ahora se negara a olvidar.
Se arrastró un poco más cerca ignorando el temblor en sus brazos. Cada centímetro que avanzaba hacía que el aire se volviera más pesado, espeso, el lugar mismo le impedía la llegada a su destino. Cuando estuvo frente a ella extendió la mano, queriendo tocar el arte a su alcance.
Evidencia , susurró su mente.
Fue más un impulso que un sonido, una orden grabada en lo más profundo de su entrenamiento.
Su extremidad temblorosa quedó suspendida en el aire, a pocos centímetros de la figura.
Y entonces le puso su total atención a la obra de arte.
Los poros, las pequeñas irregularidades, las sombras de la tortura que no podían fingirse.
Y debajo tensión, parecía haber sido forzado a permanecer en esa forma.
Pero fue la cicatriz en el hombro derecho lo que atrapó por completo su atención.
«Hay un alambre suelto en la pista», había dicho su amiga.
El estómago se le encogió.
—No… no, no, no…
Subió la mirada con lentitud, hacerlo demasiado rápido podría romper algo dentro de ella.
Su cabello corto caía hacia atrás, endurecido por alguna sustancia brillante. Había sido acomodado con cuidado, casi con cariño.
El aire se le quedó atrapado en la garganta.
—¿Rita?
El nombre salió roto, incompleto, como si no tuviera derecho a existir en ese lugar.
Se acercó otro poco, jadeando. Las lágrimas comenzaron a nublarle la vista, pero no podía parpadear. No quería perder ni un segundo de aquello, aunque cada segundo la estuviera destruyendo.
No podía ver su rostro con claridad porque las manos le cubrían la vista, pero vio un atisbo de sus labios ligeramente entreabiertos y los párpados cerrados con fuerza daba la impresión de que estuviera conteniendo un grito de dolor.
Un sonido seco escapó del pecho de Nirelle. No era un sollozo todavía. Era algo más primitivo. Más profundo.
—No… no eres tú… no eres tú…
Pero lo era.
Cada línea. Cada curva. Cada detalle que su memoria conocía demasiado bien.
Rita.
Su cabello corto y lacio que presumía a Nirelle, sus manos suaves que se aferraban con fuerza a ella cuando quería deshacer un abrazo, el pecho en el que descansó cuando todo se había vuelto mucho para soportar.
Todo estaba ahí.
Y al mismo tiempo, no quedaba nada.
Nirelle dejó caer la frente contra el suelo, incapaz de sostener el peso de lo que veía. Su respiración se volvió errática, rota.
No podía tocarla.
No debía tocarla.
Pero quería. Quería sacudirla por los hombros hasta que despertara riendo y le dijera que todo aquello era una broma. Quería abrazarla tan fuerte que aquella capa transparente que la cubría se resquebrajara hasta liberarla de la prisión en la que la habían sometido.
Quería que nada de aquello fuese real.
No.
No es ella.
No puede serlo .
Nirelle negó con la cabeza una y otra vez, el movimiento torpe, desesperado, quería poder sacudir la realidad hasta deformarla en algo soportable.
Una risa baja le cortó el pensamiento, no venía de la habitación, sino de dentro de su cabeza.
— Te lo dije —susurró la voz de Mila deslizándose por su mente como un cuchillo húmedo y sonando divertida—. Te dije que la ibas a arrastrar contigo.
Nirelle se tensó. Sus dedos se clavaron contra el suelo.
—Cállate…
— Igual que a mí —continuó Mila, ignorándola, con una dulzura cruel—. ¿Recuerdas? Siempre tan segura, tan fuerte… hasta que me rompiste.
—CÁLLATE.
Su voz rebotó en las paredes, pero no logró silenciar nada. Otra risa la acompañó, distinta, más aguda y venenosa.
Trina.
—¿De verdad pensabas que ella iba a salvarte? —susurró—. Qué patético.
Nirelle apretó los ojos con fuerza, intentando aplastar las voces dentro de su cráneo.
—No… no están aquí… no están aquí…
— Tú no tienes salvación —escupió Trina, saboreando cada palabra—. Nunca la tuviste .
—¡CÁLLENSE! —gritó Nirelle, llevándose las manos a la cabeza, presionando, deseando poder arrancarse algo desde dentro—. ¡CÁLLENSE TODOS!
Todo es una mentira.
Mentira, mentira, mentira, mentira.
No eres tú.
—No eres tú… no eres tú… —insistió, en voz alta ahora, casi con rabia—. Esto es… Esto es obra de él.
Tenía que serlo.
Siempre había sido él.
El escultor .
El aire volvió a sus pulmones de golpe.
Claro.
Claro.
Claro.
—Fue él… —susurró, aferrándose a la idea como si fuera lo único sólido en un mundo que se derrumbaba—. Él hizo esto…
Sus manos dejaron de temblar por un segundo. Lo suficiente.
—Nos encontró —continuó, ahora más rápido, desesperada por construir algo coherente—. Estábamos en casa, Rita y yo. Él nos encontró.
Las imágenes en su mente eran borrosas, incompletas, pero no importaba. Las rellenó. Las necesitaba completas.
—Nos secuestró… —dijo, asintiendo para sí misma—. Nos trajo aquí.
Sí .
Eso encajaba.
Eso tiene sentido.
Se obligó a respirar hondo, a empujar el temblor fuera de su cuerpo. Sus piernas protestaron cuando intentó levantarse, pero lo hizo de todos modos, tambaleante, apoyándose contra el suelo.
—Tengo que… —murmuró.
Tengo que salir de aquí.
Su mirada se apartó por fin de Rita. Tuvo que hacerlo. Si la miraba más tiempo, algo dentro de ella iba a romperse de una forma que ya no tendría arreglo.
Si no es que ya lo había hecho.
Entonces lo vio, a unos metros había un cuerpo tirado de lado. La sangre oscura aún estaba húmeda, extendida en una mancha irregular que brillaba bajo la luz artificial. Por la ropa que usaba dedujo que era un guardia de seguridad o un policía, pero no se atrevía a acercarse para comprobarlo.
Después observó a su alrededor, comprendiendo al fin en dónde estaba.
Los espejos se extendían por las paredes como si el edificio tuviera mil ojos.
Cada superficie devolvía fragmentos de su figura: su rostro distorsionado, su cuerpo desdibujado en infinitas copias, reflejaban la escena desde todos los ángulos.
Cien versiones del mismo cuerpo multiplicadas hasta el infinito.
La galería de los espejos.
Nirelle giró sobre sí misma, lentamente, observándose en cada espejo cubierta de manchas oscuras. El cabello desordenado y la mirada rota.
—¡SAL YA! —gritó Nirelle, girando sobre sí misma con los ojos abiertos de par en par, buscando en cada reflejo—. ¡Sé que estás aquí!
Su voz rebotó en los espejos, multiplicándose hasta deformarse, convirtiéndose en un coro distorsionado que parecía burlarse de ella desde todas direcciones.
La rodeaban cientos de versiones de sí misma, todas con la misma expresión desencajada.
Todas señalando, acusando, temblando al borde de romperse.
—¡Deja de esconderte! —escupió, señalando al vacío que la cercaba—. ¡Da la cara!
Las imágenes replicaron el gesto al unísono, un enjambre de Nirelles que parecían saber algo que ella aún no terminaba de aceptar. Sintió cómo su voz perdía firmeza, resquebrajándose a medida que continuaba.
—¡Esto es tuyo! —insistió, cada palabra más inestable que la anterior—. ¡Tú hiciste esto! ¡Tú!
El escultor tenía que estar ahí, en algún lugar, observándola. Siempre lo había estado, ¿no? Aquello no era más que otro de sus juegos, otra puesta en escena. Un espectáculo cuidadosamente diseñado para llevarla al límite.
—¿Te gusta? —rió, aunque no había rastro de humor en el sonido—. ¿Esto es arte para ti?
Las voces regresaron entonces, filtrándose en el silencio como humedad en una grieta. Primero suaves, apenas perceptibles, pero cargadas con tanta intención que erizaba la piel.
—Te está mirando.
—Siempre te está mirando.
—Como tú nos mirabas.
Nirelle apretó los dientes con fuerza, llevándose las manos a la cabeza tratando de arrancarlas de su mente.
—No… no ahora… cállense…
—¿De verdad crees que es él? —susurró Mila, con una diversión cruel.
— Mírate —añadió Trina—. No necesitas a nadie más.
—¡CÁLLENSE! —rugió.