El escultor (La sinfonía del caos 1) 43 #3
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Sobre una mesa lateral, más limpia que el resto —casi cuidada— había una carpeta que parecía de aquellas que había visto a los estudiantes de artes llevar bajo el brazo. La tomó con cuidado, como si temiera dañarla con su toque.

La abrió.

Las primeras páginas estaban llenas de anotaciones técnicas. Ordenadas. Precisas. Frías.

Marcus frunció el ceño.

«Registro 01 .

Mezcla de dos componentes… mantener proporción consistente… 24 horas de secado tras la última capa. Aplicación en capas delgadas. Condiciones ambientales. Tiempo de endurecimiento…»

Su mirada avanzó.

Nada fuera de lo esperable si ignoraba el contexto, si ignoraba dónde estaba.

Pasó la página.

«Registro 05.

Capas sucesivas generan mejor definición. La superficie final depende de la paciencia. El proceso exige repetición…»

Siguió.

«Registro 10.

Las imperfecciones son fallas del proceso.»

Abajo.

«No. Son fallas mías.

No. Tampoco.»

Marcus sintió algo romperse en su pecho.

«Las imperfecciones son decisiones que aún no entiendo.»

Más abajo las frases cambiaban. Menos rígidas.

«Registro 11.

La mezcla responde distinto cada vez. El entorno ya no es una variable externa.

La consistencia ideal no se mide: se reconoce.»

Marcus sintió un leve vértigo.

«Registro 14.

Control absoluto necesario. Falso. El control excesivo arruina la naturalidad. Seguir el método . Escuchar el proceso. No intervenir. Ya no hay correcciones. »

Marcus dejó escapar una risa breve sin humor, casi sin aire. Había tanta naturalidad en lo que escribía que era risible. Tomando en cuenta el contexto, ese lugar y esos cuerpos.

Otra página.

«Registro 17.

Las primeras piezas eran rígidas, ahora entiendo que no basta con cubrir deliberadamente, hay que preservar lo esencial.

La próxima vez intentaré capa por capa.»

Sus ojos se movieron más rápido, dejó escapar el aire, lento.

Preservar.

La palabra le heló la sangre.

Cerró los ojos un segundo.

No.

No.

Pero siguió leyendo.

«Registro 23 .

He dejado de corregir errores, empiezo a anticiparlos. La obra ya sabe en qué quiere convertirse…»

«Registro 3 0.

¿Cuántas mas tengo que hacer para que me encuentren?»

Marcus apretó la carpeta con más fuerza. Eso no era un simple registro. Era una transición de técnica a algo más. Algo que cruzaba una línea.

Y lo peor, lo verdaderamente insoportable era que podía escuchar su voz mientras leía.

La de ella.

Debes pensar como ellos lo harían…

Marcus cerró la carpeta de golpe.

—No —dijo en voz baja, pero firme esta vez.

Se negó a aceptarlo, porque si eso era verdad, si todo esto era de ella, entonces la mujer que admiraba, la mujer a la que habría seguido sin dudar no era quien creía. Y Marcus no estaba listo para destruir esa imagen.

Aún no.

Aunque una parte de él quería dejar la carpeta ahí, como si no tocarla pudiera mantener todo en duda, sus manos siguieron moviéndose. La siguió hojeando.

Las páginas siguientes ya no eran solo texto, había dibujos.

Trazos firmes, seguros, sin titubeos. No eran bocetos improvisados. Eran estudios detallados, precisos. Figuras humanas capturadas en posiciones imposibles las mismas que estaban frente a él.

Marcus sintió cómo el estómago se le cerraba.

Cada dibujo correspondía a algo real, lo sabía. Podía reconocerlos tras días estudiando sus informes. Ahí estaban retratados con una precisión inquietante, como si hubieran sido observados durante horas antes incluso de existir.

Entonces vio las fechas anotadas al pie de cada creación. Y la familiaridad de ellas le golpearon la cara.

Eran las fechas de hallazgo.

Las mismas que figuraban en los reportes.

Marcus se quedó quieto.

El aire se volvió denso otra vez.

Las páginas avanzaban y los dibujos se volvían más complejos. Más seguros, intencionales. Ya no eran solo representaciones, parecía ser planeación. La composición previa a la obra maestra. Como si cada escena hubiera sido concebida mucho antes de ser ejecutada.

El pensamiento lo golpeó con violencia.

Las siguientes páginas eran distintas, el trazo se volvía más irregular, agresivo. Más visceral. La tinta ya no era uniforme y algunas líneas tenían una textura que no coincidía con ningún bolígrafo.

Marcus pasó los dedos sin tocar del todo.

No necesitaba confirmarlo.

Lo sabía.

Sangre.

Los dibujos eran más caóticos. Rostros deformados. Siluetas distorsionadas. Fragmentos de cuerpos repetidos, superpuestos, como si intentara capturar algo que no podía fijar del todo.

No había orden, era puro impulso.

Eso no era parte del proceso. Era otra cosa, una capa oscura más cercana a la ruptura que al control.

Pasó la página.

Y entonces se detuvo en el último dibujo.

Era distinto, más limpio, pero no menos inquietante. Reconoció el lugar de inmediato por el primer caso, el que vio en primera fila.

La galería de los espejos.

Las líneas marcaban estructuras reflejadas, ángulos imposibles, duplicaciones visuales. Había una figura central, apenas definida, rodeada por reflejos fragmentados.

Pero lo que le heló la sangre fue la fecha anotada con claridad al pie de la hoja.

30 de diciembre de 2005.

Marcus sintió cómo el pulso le estallaba en los oídos.

—Es hoy —murmuró.

El dibujo era un plan.