43 #2
La espalda se le tensó cuando se dio cuenta de que eran cuerpos inmóviles, rígidos en posiciones imposibles, sostenidos por armazones metálicos que los obligaban a permanecer en posturas que no pertenecían a la vida.
Extremidades extendidas con delicadeza, torsos girados con intención, cabezas inclinadas en ángulos que sugerían algo más que simple muerte.
Marcus sintió un nudo cerrarse en su estómago.
Había capas sobre la piel. Materiales aplicados. Tratamientos que intentaban conservar, transformar, fijar. Pero debajo de todo eso seguían siendo personas.
No había duda, eran prácticas.
Algunas figuras estaban incompletas. Un brazo aún sin recubrimiento. Un rostro a medio trabajar. Otras parecían más avanzadas, más cercanas a algo terminado.
Pero ninguna era perfecta.
Ninguna alcanzaba el nivel de las últimas obras que habían investigado.
Y entonces lo recordó.
La conversación con la detective Northon, su voz tranquila, analítica, completamente distante de lo que describía.
—Eso me hace pensar… tal vez practicó más antes de esta última obra —había dicho él.
—También lo he considerado —respondió ella.
Marcus cerró los ojos un instante. Podía escucharla, verla.
—Pero si existen esas piezas previas, aún no las hemos encontrado.
Marcus tragó saliva.
Abrió los ojos y ahí estaban todas. Frente a él.
—A mí me parece… inhumano —había dicho entonces.
La respuesta llegó a su memoria con una claridad que ahora le resultó insoportable.
—Lo es —admitió ella—, pero también es arte. Arte retorcido, sí, pero arte. Tiene técnica e intención. Es muchísimo mejor que muchos graduados de la academia.
Marcus sintió un escalofrío recorrerle la espalda. En ese momento no lo había cuestionado. No de verdad. Había asumido que era frialdad profesional.
Pero ahora, rodeado de eso, la frase sonaba distinta.
Demasiado… conocedora.
Su mirada recorrió de nuevo las figuras. La forma en que estaban colocadas. La coherencia entre ellas, la evolución.
Había ensayo.
Error.
Corrección.
Progreso.
Como si alguien hubiera aprendido y perfeccionado su técnica con cada cuerpo.
Marcus retrocedió un paso sin darse cuenta. El aire le pesaba en los pulmones todo encajaba demasiado bien. Y la voz de Nirelle, en su cabeza, describiéndolo todo como si lo entendiera desde dentro.
Marcus apretó los dientes.
—No… —murmuró, pero no supo si estaba negando lo que veía… o lo que empezaba a pensar.
El silencio del taller lo envolvió. Pesado. Expectante. Daba la impresión de que el lugar mismo lo observaba de vuelta.
Marcus retrocedió otro paso.
Luego otro.
Esperando que la distancia pudiera deshacer lo que estaba viendo. No tenía sentido. Sí, ese era el taller del escultor. Todo gritaba eso. La técnica, el método, la repetición obsesiva, la evolución en las piezas. No había duda.
Pero el nombre en el contrato…
Marcus negó lentamente, intentando rechazar la idea antes de que terminara de formarse.
—No… —susurró.
No.
Eso significaría algo que su mente no estaba dispuesta a aceptar. Porque entonces el Escultor no era alguien del pasado de Nirelle. No era una sombra que la perseguía. No era una amenaza externa.
Esa…
No.
Marcus apretó los dientes con fuerza. No iba a pensar eso. No podía. Sintió algo parecido a un cortocircuito en la cabeza. Las piezas encajaban, pero la conclusión era imposible. Su mente la rechazaba con violencia.
No eso.
No puede serlo.
Su respiración se volvió irregular. Pero los recuerdos no se detuvieron. Llegaron igual, implacables.
—Usted suena como si estuviera criticando un trabajo de fin de semestre, no un homicidio —la voz de Marcus, más ligera, intentando bromear.
Podía verse ahí, en esa conversación, sin entender todavía.
—Estos homicidios son artísticos. Debemos conocer el arte para comprender al artista, ¿no?
La respuesta de Nirelle.
Tan natural.
Tan lógica.
En su momento había tenido sentido.
Ahora…
Marcus sintió un escalofrío.
Volvió a mirar el taller, las piezas, las herramientas. La precisión.
—¿Usted… usted vio estos cuerpos?
—No —había dicho ella—. Me dieron el caso justo después.
Marcus cerró los ojos un segundo.
—¿Entonces cómo es que nota todos esos detalles?
La respuesta llegó, clara, intacta.
—Observación. Observación y conocimiento. Es una de las bases principales para este trabajo, Marcus. Debes pensar como ellos lo harían y ver más allá de lo que cualquier otro haría. Hasta el mínimo detalle cuenta una historia, que si aprendes a leer puedes tener el panorama completo.
Marcus abrió los ojos.
Y por primera vez, esas palabras no sonaron como teoría.
Su mirada recorrió de nuevo el espacio.
—No… —repitió, esta vez con más fuerza, como si necesitara escucharse—. No eres tú.
Su voz se perdió en el taller.
No hubo respuesta. Solo el zumbido del ventilador y el silencio. Marcus negó de nuevo, más rápido ahora, casi desesperado.
—No eres tú… —insistió, aunque ya no estaba seguro de a quién se lo decía.
A ella.
O a sí mismo.
Porque aceptar esa idea significaba destruir todo lo que creía haber entendido. Significaba que cada conversación, cada análisis, cada momento en el que ella parecía un paso adelante no era intuición.
Era conocimiento directo.
Marcus sintió un dolor seco en el pecho. Físico. Real. Negó con la cabeza, una vez, dos, como si el gesto pudiera deshacer lo que estaba viendo.
No.
No ella.
La imagen que tenía de la detective —precisa, brillante, casi intocable— chocaba de frente con ese lugar. Con ese olor. Con esas… cosas.
Y aun así todo seguía encajando.
Apretó los dientes y apartó la mirada de las figuras, buscando algo más. Algo distinto. Algo que rompiera esa lógica enfermiza que lo estaba arrastrando.
Y entonces lo vio.