El escultor (La sinfonía del caos 1) 43
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VACÍO

Marcus sentía que no podía respirar bien.

El oxígeno entraba a sus pulmones, pero se acumulaba en su pecho y se negaba a salir. Se quedaba ahí hasta que todo en él dolía y se obligaba a exhalar.

También se sentía frustrado y decepcionado. No de la detective Northon, aunque quisiera nunca podría pensar mal de ella, no podría verla con otros ojos ni con otro sentimiento que no fuera la adoración absoluta que le profesaba.

Estaba decepcionado de sí mismo, por no ver antes toda la información que estaba ahí. Y es que, si hacía memoria, las señales eran claras.

Su mente volvió a Nirelle sin permiso. A su rostro, a esa calma casi antinatural con la que hablaba de cosas que a cualquiera le revolverían el estómago. A su piel blanca, limpia, intacta incluso en medio del horror. A sus ojos azules siempre tan fijos, tan profundos, tan seguros.

Marcus apretó la mandíbula.

—¿Quién eres? —susurró otra vez, más bajo.

Pero esa no era la pregunta correcta. Lo supo casi de inmediato. Se pasó una mano por el rostro, intentando ordenar algo que ya no podía ordenarse. No importaba quién fuera ella, si no qué papel jugaba en todo el teatro que había construido el escultor.

Pensó de nuevo en Camila. En el orfanato y en el incendio.

De pronto, como una carga que había estado descendiendo en silencio, todo detonó. No de golpe, fue poco a poco con claridad brutal. Las piezas dejaron de resistirse y encajaron con tanta violencia que le revolvió el estómago.

Se quedó mirando la información, pero ya no leía. Su mente iba más rápido.

Si Nirelle creció en ese orfanato y si Los Hijos de la Luz no era solo un nombre común.

Si realmente estaba ligado al grupo sectario de los Iluminados.

Si ella había pertenecido a eso, entonces no era solo una niña más.

No habría crecido y sido criada como una niña normal.

Ella era una Inmaculada, y él sabía que ese grupo de gente la habrían visto como una creación del mismo Señor de la Luz.

Él mismo le había pedido que tuviera cuidado meses atrás, cuando descubrieron que los Iluminados podrían tener algo que ver con los asesinatos del escultor.

Su respiración se volvió más lenta, tensa. Las piezas siguieron moviéndose.

Encajando.

Si las reglas de esa secta eran las que la historia sugería y esas prácticas arcaicas seguían vigentes bajo la sombra,  entonces la detective Northon no debió haber vivido más allá de los dieciocho años, cuando hacían el sacrificio.

Marcus apretó la mandíbula, desbordando desprecio puro. Pero también algo más, miedo por ella. Aunque, de alguna forma la detective Northon había escapado de aquel horrible destino de los Inmaculados.

¿Cómo?

Volvió a mirar la fecha del incendio.

1994.

El mismo año en que el acta falsa fue creada. El mismo año en que, según el cálculo, Nirelle habría cumplido dieciocho años.

El aire se le quedó atrapado en el pecho.

—No… —susurró, pero ya no había forma de detenerlo.

Si el incendio ocurrió en 1994, entonces ella escapó antes de cumplir los dieciocho años, antes del ritual y de convertirse en lo que ellos querían que fuera.

El incendio.

Las llamas.

La nota de la sacerdotisa.

«Luz del Señor encendió el fuego…»

Marcus cerró los ojos un segundo. Había leído aquella nota suicida tantas veces que se la sabía de memoria, y siempre la había interpretado como la obra de una mente contaminada por el fanatismo, pero no era así.

Era una acusación.

Sus ojos se abrieron de golpe.

El nombre Nirelle . Lo había escuchado tantas veces, lo había dicho tantas veces, admirando lo adecuado que era para alguien tan perfecta como ella.

Hasta ahora.

Nirelle. Luz del Señor.

El mundo se le desmoronó en silencio.

—No… —repitió, pero esta vez su voz se quebró.

Sus ojos se llenaron sin que pudiera evitarlo. Todo encajaba demasiado bien. Demasiado perfecto.

Nirelle Northon no existía.

Nunca lo había hecho.

Era una máscara, una construcción. Su forma de sobrevivir, porque su verdadero nombre, su verdadero peso era otro.

Luz del señor.

Marcus sintió cómo las lágrimas le caían sin control, pero no hizo nada por detenerlas. No era solo la revelación. Era todo lo que implicaba.

Ella no solo había escapado. Había tenido que reinventarse, enterrarse viva para poder existir. Y aún así no se había alejado lo suficiente. No realmente. Su pasado y quien era en realidad la habían alcanzado tanto que incluso perdió a su hermana menor.

—¿Qué te hicieron? —murmuró, apenas audible.

Pero la respuesta ya no importaba tanto como lo que venía después. Si todo eso era cierto y ella era eso entonces estaba en peligro. Siempre lo había estado.

Seguramente quien fuera el escultor estaba detrás de ella por esa misma razón, la perseguía por la condición casi divina que su nacimiento le había otorgado.

Seguía sin encontrar al Escultor. Entonces aún corría peligro. Y ahora Rita ni siquiera contestaba sus llamadas.

Marcus se puso de pie de golpe.

El movimiento fue brusco, decidido. Necesitaba encontrarla, asegurarse de que estaba bien. Tomó las llaves casi sin mirar, el teléfono, las carpetas y su laptop, asegurándose de no dejar en su escritorio nada que otros pudieran encontrar y descubrir lo que ahora él sabía.

Sus manos aún temblaban, pero su mente estaba completamente fija en un solo punto. Tenía que encontrarla, llegar antes de que fuera demasiado tarde.

Y se le ocurría un sitio en el cual podría empezar a buscar.

Marcus no recordó el trayecto completo solo fragmentos. Semáforos que no estaba seguro de haber respetado. Calles vacías que cruzó demasiado rápido. El sonido constante del motor y su propia respiración, descompasada, como si su cuerpo fuera un paso atrás de su mente.

Cuando llegó, lo supo, antes incluso de ver el punto exacto.

La bodega estaba aislada. Separada del resto como si el mundo mismo hubiera decidido no tocarla. Apagó el motor y se quedó unos segundos dentro del auto, con las manos aún en el volante. La adrenalina le recorría el cuerpo, pero debajo había otra cosa. Nerviosismo mezclado con expectación.

El aire era frío. Caminó directo hacia la entrada principal, observó que estaba cerrada con un candado que colgaba firme.

Marcus lo observó apenas un segundo antes de girarse y volver al auto. Abrió la cajuela y rebuscó sin cuidado hasta encontrar lo que necesitaba: una palanca de metal, pesada, oxidada en los bordes.

Regresó sin dudar.

Insertó la palanca en el arco del candado y aplicó fuerza. Una vez y el metal crujió. Otra. El sonido se amplificó en el silencio de la zona. A la tercera, el candado cedió con un chasquido seco.

Marcus lo dejó caer sin mirarlo. Sin detenerse a pensarlo, empujó la puerta.

El interior lo recibió con oscuridad y polvo suspendido en el aire. No era el núcleo del lugar, eso lo supo de inmediato. Era solo una capa superficial.

Avanzó y entonces la vio.

La puerta interior estaba entreabierta. Y más allá, escaleras. El pulso se le aceleró, sin dudar, bajó. Cada paso lo hundía más en un aire distinto. Más denso.

Y entonces lo percibió.

El olor agrio con una nota dulzona que se quedaba pegada en la garganta. Marcus se detuvo un segundo. Ese olor ya lo conocía y el recuerdo le llegó sin aviso.

Cuando subió al auto de la detective Northon. Ese mismo fondo metálico, casi imperceptible en su momento, pero ahora era inconfundible.

Sangre.

Marcus tragó saliva y siguió bajando. Cuando llegó al final, el espacio se abrió ante él y lo que vio no fue solo el lugar de almacenamiento que esperaba.

Un lugar diseñado con un macabro propósito.

La luz blanca de las lámparas industriales caía desde el techo, algunas parpadeando, creando una sensación intermitente, casi enferma.

No había calidez en esa iluminación. Solo exposición.

El suelo estaba cubierto con láminas de plástico endurecido, capas superpuestas de resina y otros materiales que habían solidificado en formas irregulares.

Cada paso producía un leve crujido seco.

Había mesas metálicas distribuidas con precisión, no al azar. Sobre ellas descansaban recipientes opacos, espátulas, herramientas manchadas de sustancias que variaban entre tonos translúcidos y oscuros. Algunas aún tenían restos recientes. Secos. Pero no antiguos.

Marcus lo notó de inmediato.

Había manchas de sangre por todos lados.  En las mesas. En el suelo. En las herramientas. Y aunque estaba seca en su mayoría, conservaba un brillo tenue en ciertas zonas, como si no llevara demasiado tiempo ahí. Como si el proceso hubiera sido reciente.

El olor lo confirmaba.

En un rincón, vio cubetas grandes con mezclas endurecidas en los bordes, como si alguien hubiera interrumpido el trabajo a mitad del proceso. En los estantes, envases etiquetados a mano: algunos ordenados con obsesión, otros abandonados.

Equipo de protección colgaba cuidadosamente: guantes gruesos, mascarillas, gafas. Todo limpio. Todo listo para reutilizarse.

Eso lo inquietó más que el desorden, porque no era un lugar abandonado, parecía más bien la oficina de una persona obsesiva.

Estructuras metálicas ocupaban parte del espacio, armazones que recordaban esqueletos incompletos. Ajustables. Preparados para sostener algo o a alguien. Había abrazaderas, cuerdas, soportes. Herramientas de carpintería mezcladas con utensilios de escultura. Prensas, marcos, fijaciones.

Un ventilador industrial giraba lentamente en una esquina, empujando el aire pesado sin realmente limpiarlo. Solo redistribuyendo el olor. Las paredes tenían manchas translúcidas que atrapaban la luz de forma extraña.

Y entonces notó las formas.

Siluetas cubiertas, inmóviles, con proporciones humanas.

Marcus se quedó quieto.

Su mente intentó racionalizarlo.

Esculturas.

Debían ser esculturas.

Pero el entorno y el contexto no ayudaba. Dio un paso más. Y otro. El sonido de sus propios pasos parecía fuera de lugar ahí.

Y entonces las vio bien.

Las estructuras no estaban vacías. No del todo. Algunas estaban cubiertas, sí. Pero otras no. Las formas humanas no eran aproximaciones. No eran moldes.