El escultor (La sinfonía del caos 1) EXTRA
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EL COLECCIONISTA

Tabitha se detuvo frente al imponente edificio de la fiscalía de Montfleur, sintiendo cómo una mezcla de nervios y emoción le recorría el cuerpo.

El aire de la mañana era fresco, casi cortante, pero no lograba despejar el torbellino de pensamientos que llevaba dentro.

Apretó con un poco más de fuerza la carpeta que sostenía entre sus manos: los documentos de traslado que había recibido en la academia y un reconocimiento directo a su desempeño impecable.

Observó la entrada por unos segundos más, creía que al hacerlo podía retrasar el inevitable momento de cruzar esas puertas.

Sabía que, una vez dentro, todo cambiaría.

Ya no sería solo una estudiante destacada resolviendo casos simulados; ahora enfrentaría la crudeza real del mundo, los errores sin margen de corrección y las decisiones que no podían deshacerse.

Respiró hondo.

Luego dio el primer paso.

El vestíbulo la recibió con un murmullo constante de voces, pasos apresurados y teléfonos que no dejaban de sonar.

Personas iban y venían con carpetas, tazas de café y expresiones tensas.

Tabitha sintió por un instante que estaba fuera de lugar, todos allí parecían saber exactamente qué hacer excepto ella.

Se acercó al mostrador principal, tratando de mantener la postura firme que le habían inculcado en la academia. Sus dedos, sin embargo, delataban su ansiedad al acomodar una y otra vez la carpeta.

—Vengo por mi asignación —dijo finalmente, procurando que su voz no temblara—. Tabitha Sarid. Nueva en la Unidad de Víctimas Especiales.

La recepcionista apenas levantó la vista antes de extender la mano para tomar los documentos. Los revisó con rapidez profesional y luego señaló hacia un pasillo largo, iluminado por luces blancas que parecían demasiado frías.

—Giras a la izquierda, ala B. Unidad de Víctimas Especiales. Pregunta por el fiscal a cargo.

Tabitha asintió, agradeciendo en silencio no haber tenido que decir nada más. Recuperó su carpeta y caminó en la dirección indicada, sintiendo cómo cada paso la acercaba a aquello por lo que había trabajado tanto.

Mientras avanzaba, una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Estaba aterrada, sí. Pero también sabía que estaba exactamente donde quería estar. Donde siempre había soñado.

Tabitha llegó al ala B con el pulso todavía acelerado, aunque su expresión intentaba mantenerse serena. El pasillo de la unidad era más silencioso que el vestíbulo, pero la tensión se percibía en cada puerta cerrada, en cada mirada fugaz de los agentes que pasaban junto a ella.

Se acercó a uno de los escritorios.

—Disculpa busco al fiscal… —empezó, pero las palabras se le atoraron.

Su mente, traicionera, se quedó en blanco.

Frunció ligeramente el ceño y, con un gesto rápido, abrió la carpeta que llevaba consigo.

Sus ojos recorrieron la hoja hasta encontrar el nombre.

—El fiscal Ernest Blanchard —corrigió, un poco más firme—. Soy nueva. Vengo de la academia.

El agente frente a ella la observó un instante, como midiendo su temple, y luego señaló una oficina al fondo.

Tabitha caminó hasta la puerta, sintiendo de nuevo ese cosquilleo nervioso en el estómago. Tocó dos veces.

—Adelante.

Al entrar, encontró a un hombre de porte sobrio, rodeado de expedientes apilados con organización que rozaba lo obsesivo. El fiscal Blanchard alzó la vista y la evaluó en silencio durante un segundo antes de ponerse de pie.

—Tabitha Sarid, supongo.

—Sí, señor.

—Bienvenida —dijo, extendiendo la mano con cortesía—. Tome asiento.

El gesto la tomó por sorpresa. Había esperado algo más frío, más distante. Aceptó el saludo y se sentó frente al escritorio, manteniendo la espalda recta.

—Imagino que ya le explicaron lo básico en la academia —continuó él, cruzando las manos sobre el escritorio—, pero aquí las cosas funcionan distinto. Está en la unidad de víctimas especiales. No hay margen para errores, ni para distracciones.

Tabitha asintió, atenta.

—Últimamente estamos rebasados de trabajo —prosiguió Blanchard, con un deje de cansancio apenas perceptible—. Desde lo del Escultor todo se ha complicado más de lo que cualquiera anticipó. Necesito que ponga todo su empeño en la labor. Aquí no hay casos menores.

—Lo entiendo, señor —respondió ella con firmeza.

Y lo entendía.

Desde la desaparición del llamado Escultor, veinte años atrás, el estado entero de Morvielle no había vuelto a ser el mismo.

Lo que comenzó como una serie de crímenes imposibles de ignorar terminó convirtiéndose en algo mucho más grande, más oscuro.

Los Iluminados habían dejado de ser un rumor para convertirse en una presencia silenciosa, operando entre sombras, infiltrándose donde nadie los esperaba.

Y lo peor no era eso.

Lo peor era que ya no se trataba de un solo monstruo. Habían surgido imitadores. Otros asesinos, otros fanáticos, todos adoptando el mismo símbolo, la misma firma retorcida en cada escena del crimen. Cada cuerpo encontrado parecía un mensaje. Una declaración en nombre del Señor de la Luz.

Tabitha apretó ligeramente las manos sobre su regazo.

No era un mundo sencillo.

Pero tampoco había venido buscando algo fácil.

Blanchard la observó con atención, daba la impresión de poder leer todo eso en su mirada.

—Bien —dijo finalmente—. Entonces no perdamos tiempo. Tiene mucho que aprender… y nosotros mucho que resolver.

El fiscal Blanchard entrelazó los dedos sobre el escritorio y la observó con mayor detenimiento, evaluando algo más que sus credenciales.

—No voy a asignarla a algo menor para que “se adapte” —dijo finalmente—. No tenemos ese lujo. Va a integrarse de inmediato a un caso activo. El Coleccionista.

El nombre cayó con peso entre ellos. Tabitha sintió cómo su atención se afilaba, incluso aguantó la respiración esperando más información.

—Un asesino en serie —continuó Blanchard—. Extrae los corazones de sus víctimas y deja fotografías. Imágenes de ellas sonriendo, tomadas antes del crimen. Aún no sabemos cómo las obtiene, ni en qué momento. Pero siempre están ahí.

Un silencio breve se instaló.

—Trabajará con un detective senior. Estará bajo su cargo, aprenderá de él y hará exactamente lo que le diga. ¿Está claro?

—Sí, señor.

Blanchard se levantó.

—Entonces venga conmigo.

Salieron de la oficina y comenzaron a avanzar por el pasillo.

Pronto, el orden contenido del área administrativa dio paso a un caos controlado: filas de cubículos, voces superpuestas, teléfonos sonando sin descanso.

Algunos agentes discutían en voz alta, otros tecleaban con urgencia, y entre ellos había rostros jóvenes que, al igual que Tabitha, parecían estar dando sus primeros pasos.

Varias miradas se posaron sobre ella al pasar. Algunas curiosas, otras indiferentes.

Tabitha mantuvo la vista al frente.

Siguieron avanzando hasta una sección más apartada. El ruido disminuyó ligeramente. Blanchard se detuvo frente a una puerta.

Ella alzó la mirada y observó una placa de metal que brillaba bajo la luz blanca. Leyó el nombre y su corazón dio un vuelco.

Lo conocía.

Todo el mundo en la unidad lo conocía.

Su historial, sus casos resueltos, su forma casi quirúrgica de desentrañar lo imposible, Tabitha había leído cada informe disponible en la academia. Era, sin exagerar, uno de los mejores detectives que existían.

Sintió una chispa de emoción recorrerle el cuerpo, no solo trabajaría en un gran caso, sino que sería con el mejor de los detectives.

Blanchard abrió la puerta sin ceremonia.

—Amigo mío —saludó entrando a la oficina.

Dentro, el contraste fue inmediato.

El hombre sentado tras el escritorio no se parecía en nada a la imagen pulcra y casi mítica que Tabitha había construido en su mente.

Estaba ligeramente encorvado, con el cabello desordenado, ojeras marcadas y una taza de café a medio terminar que no lograba ocultar del todo un tenue aroma a alcohol.

Papeles, fotos y expedientes cubrían la superficie en un aparente desorden funcional.

Aún así había algo. Algo en su presencia, en la forma en que alzó la mirada, que hacía evidente por qué su nombre tenía tanto peso.

—Te traigo refuerzos —dijo Blanchard con tono neutral—. Tabitha Sarid. Nueva. Estará bajo tu cargo, ayudándote con el caso del Coleccionista.

Tabitha no esperó.

Casi tropezó cuando dio un paso apresurado al frente y extendió la mano, con una mezcla de respeto y entusiasmo imposible de disimular.

El detective la observó por un segundo. Su mirada era aguda, cansada, pero profundamente atenta.

Luego tomó su mano.

—Será un placer trabajar con usted, Sarid —dijo con voz grave—. Soy el detective Marcus Delarge.

Y, en ese instante, toda la tensión, el miedo y la emoción de Tabitha se alinearon en una sola certeza: ese era el comienzo real de todo.