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RUPTURA
La lámpara seguía encendida.
Marcus no recordaba cuándo había sido la última vez que la había apagado.
El escritorio estaba cubierto de papeles, carpetas abiertas, notas marcadas con tinta roja. Había repasado cada documento de la detective Northon hasta el cansancio, buscando un patrón, una fisura, algo que confirmara lo que ya intuía.
Sebastian.
Todo apuntaba a él, pero nada lo sostenía. Al menos nada que pudiera usar. Nada que cerrara el círculo vicioso de perseguir sombras. Y muy en el fondo, algo le decía que estaba persiguiendo a la persona equivocada, que Sebastian no era el escultor, pero su orgullo no le permitía verlo.
Marcus de verdad quería que aquel hombre fuera el culpable, deseaba con todo lo que era poder demostrarle a la detective Northon que él no le convenía. Que no era bueno para ella. Pero no hallaba ni siquiera un vestigio que le indicara que iba por buen camino.
Eso lo irritaba más de lo que quería admitir.
No le gustaban las suposiciones. No le gustaban los vacíos. Y ese caso estaba lleno de ellos.
Se recargó en la silla, frotándose el puente de la nariz. Su mente no estaba completamente ahí. No desde hacía cuatro días cuando habló con la psicóloga Jimenez.
Y su intención no había sido hablar con ella directamente, pero llevaba días intentando comunicarse con la detective Northon para darle la información que había obtenido, esperando que ella aclarara un poco su mente y lo guiara, pero no la encontró.
Cada vez que llamaba sonaba y sonaba hasta que iba directo al buzón de voz. No quiso pensar que ella lo estaba ignorando, así que se tomó el atrevimiento de llamar a Rita Jimenez.
La llamada seguía repitiéndose en su cabeza con una claridad obsesiva. Su voz al otro lado de la línea, tensa, pero intentando sonar tranquila. Le había dicho que Nirelle había tenido una especie de colapso emocional pero que ya estaba mejor, que la habían dado de alta, que la tenía con ella.
Le prometió que le llamaría por la mañana para informarle cómo seguía la detective Northon. Marcus creía que la psicóloga Jimenez podía percibir la insana preocupación en su voz, pero no le importó.
La llamada que debería hacerle al día siguiente nunca llegó. Y cuando la noche volvió a llegar, Marcus había intentado contactarla una y otra vez, sin éxito.
En un arranque desesperado había ido al departamento de la detective Northon.
Golpeó la puerta y esperó.
Nada.
El silencio detrás de esa puerta no era normal. Era como si aquel lugar estuviese totalmente deshabitado. Desde entonces, algo se le había quedado clavado en el pecho. Una inquietud constante, como un presentimiento que no lograba sacudirse.
Se enderezó en la silla, obligándose a concentrarse. No podía permitirse perder el enfoque. La detective Northon estaba colapsando por la desesperación de no encontrar al escultor, lo sabía. Y si quería ayudarla, si quería darle un poco de paz a su alma, debía hacer el trabajo completo.
Por un momento se permitió imaginar a la detective regresando a su puesto, llamándolo para que fuera de nuevo su novato… no, para que fuera su compañero, si le demostraba su valía, tal vez empezaría a verlo como un igual y le permitiría acompañarla hasta el fin del mundo.
Dejó escapar una risa.
Sabía que su imaginación estaba llegando al extremo cuando el fin del mundo se había materializado en su mente.
Aunque es verdad, pensó. Si ella lo permitiera estaría a su lado para siempre .
Negó aun burlándose de sí mismo, y con el espíritu renovado se concentró de nuevo en su trabajo. Sabía que, si algo estaba mal, la respuesta tenía que estar ahí, entre esos documentos.
Su mirada cayó sobre otra carpeta. Era más discreta y estaba menos intervenida.
La tomó y en contra de sí mismo la abrió.
Sabía lo que había dentro, o más bien se hacía una idea. Cuando encontró las carpetas descartó esa al ver que parecían documentos personales de la detective Northon. Y por alguna razón que desconocía, esta vez se permitió hojearla.
El primer documento era un contrato de arrendamiento. Lo revisó por encima: dirección, fechas, firmas. Nada que destacara de inmediato, así que lo dejó a un lado.
El siguiente papel lo hizo detenerse.
Era un acta de nacimiento.
Camila Switz.
Marcus la observó un segundo más de lo necesario, como si ese nombre cargara ahora un peso distinto. En su mente, la fecha que marcaba ese papel era el inicio de todos los problemas que había atravesado su tan querida detective Northon. Luego la dejó junto al contrato.
Había más documentos.
Registros.
Notas sueltas.
Referencias cruzadas.
Hojeo los papeles una vez, sin ponerle mucha atención. Hasta que notó que solo una palabra se había quedado en su mente. Queriendo descartar lo que estaba pensando, regresó al inicio de la carpeta y comenzó a hojear con más lentitud y atención.
Algo empezó a llamar su atención. Se repetía en más de un documento el nombre de un lugar.
Los Hijos de la Luz.
Sabía a qué se refería, era el orfanato en Vioren.
Marcus frunció el ceño y tomó la laptop. Empezó a buscar. Archivos públicos, informes antiguos, registros institucionales. Tardó menos de lo esperado en encontrarlo. Había notas y reportes sobre el incendio ocurrido poco más de una década atrás.
El archivo se desplegó frente a él con una crudeza seca, burocrática.
Todo lo que él ya había memorizado sobre el incendio, los sobrevivientes y el lugar al que llegaron cada uno de los niños rescatados.
Jared.
Ithai.
Ibri.
Noelia.
Tharis.
Los mismos que había visto antes en los registros oficiales. Los mismos que constaban como sobrevivientes del incendio en el orfanato Los Hijos de la Luz y estaban registrados y pegados en la pared de su nueva oficina en casa.
¿Y qué tenía que ver Nirelle y Camila?
Marcus entrecerró los ojos.
Eso ya no le cuadraba del todo, pero no era lo que lo inquietaba ahora.
Desplazó la pantalla. Había algo más. Un apartado que antes no había revisado con atención. Leyó el nombre del informe:
«Dichos de menores.»
No eran confesiones, no oficialmente.
El término estaba corregido en varias partes del documento, reemplazado por formulaciones más cuidadosas, más legales. Declaraciones. Testimonios preliminares. Registros de observación.
Porque los niños, después de un trauma así, no eran considerados fuentes estables. Sus palabras podían cambiar, distorsionarse o contaminarse.
Pero aún así se registraban.
Marcus abrió el primer archivo.
Jared.
El texto estaba fragmentado en respuestas cortas. Algunas incoherentes. Otras demasiado claras para alguien de su edad.
Describía fuego, gritos, oscuridad. Y luego:
«Vi a Camila salir.»
Marcus se detuvo.
Volvió a leer.
«Camila estaba corriendo. No estaba llorando.»
Frunció el ceño y siguió.
Nada más relevante, así que cerró el archivo y abrió el siguiente.
Ithai.
Este era más caótico, desordenado. Pero había una constante en todo lo que decía.
«Camila dijo que corriéramos.»
«Camila abrió la puerta.»
«Camila no regresó.»
Marcus sintió un leve nudo formarse en su estómago.
Pasó al siguiente.
Ibri.
Era más breve, más contenido.
Pero decía exactamente lo mismo.
«Camila y ella estaban ahí.»
«Camila nos vio.»
Marcus ya no respiraba igual.
Abrió el siguiente.
Noelia.
El archivo tenía más intervención. Más anotaciones del psicólogo que tomó el testimonio.
«Camila estaba manchada de algo.»
«Camila nos dijo que no miráramos atrás y corriéramos.»
Marcus cerró los ojos un segundo.
Luego pasó al último.
Tharis.
El más pequeño.
El más fragmentado.
Las frases eran casi incomprensibles, pero una se repetía varias veces.
«Camila se fue con ella.»
Silencio.
Marcus se quedó mirando la pantalla, inmóvil.
Todos.
Los cinco niños la mencionaban. No como acusación ni señalándola como responsable, pero estaba ahí. Presente en todos los relatos, en medio del caos.
Pero no había registros de alguien llamado Camila como sobreviviente, ni en traslados o en adopciones.
Ni siquiera en fallecidos identificados.
Camila no existía en los registros posteriores al incendio.
Marcus sintió cómo algo encajaba con una violencia silenciosa. Su mirada se deslizó lentamente hacia el documento que había dejado a un lado, aquellos que mencionaban el orfanato una y otra vez.
El acta de Camila Switz, la hermana menor de la detective Northon.
El aire en la habitación se volvió pesado.
—No… —murmuró.
Pero ya lo estaba pensando, ya lo estaba uniendo.
La Camila de los niños.
La Camila sin registro.
La Camila que «se fue con ella».
Y la Camila que pertenecía a la vida de Nirelle podrían ser la misma persona.
¿Era posible?
Marcus pasó una mano por su rostro, sintiendo el peso de la idea asentarse. No era una coincidencia.
No podía serlo, ¿o sí?
El informe anterior volvió a su mente como un eco.
Todo empezaba a unirse demasiado bien. Demasiado claro.
Volvió a los documentos en la carpeta de la detective Northon, y buscó todos los que tuvieran algo que ver con Camila. Hasta que encontró un acta de defunción. Parecía ser de la madre de Camila, y databa del año 1985.
Luego un informe expedido por el estado.
« REPORTE DE CANALIZACIÓN DE MENOR
Fecha: 12 de marzo de 1985
Nombre de la menor: Camila Switz
Edad: 5 años.
Estado: Orfandad confirmada
Antecedentes:
Tras la verificación de los hechos y la revisión de los registros civiles correspondientes, se confirma que la menor Camila Switz ha quedado en estado de orfandad, sin que existan familiares consanguíneos directos o indirectos que puedan asumir su tutela legal.
Se realizaron las diligencias pertinentes para la localización de posibles responsables legales, sin obtener resultados favorables.
Determinación:
En virtud de lo anterior, y con fundamento en los lineamientos vigentes de protección a menores en situación vulnerable, se determina la canalización de la menor a una institución que garantice su resguardo, cuidado y desarrollo integral.
Resolución:
Se autoriza el traslado de la menor Camila Switz al orfanato “Los Hijos de la Luz”, ubicado en Vioren en el estado de Morvielle, el cual, cuenta con disponibilidad para su ingreso inmediato.