El escultor (La sinfonía del caos 1) 41 #2
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Observó también las estructuras metálicas, los armazones clavados en el techo como esqueletos de esculturas en proceso. Cuerdas, abrazaderas y soportes ajustables. Todo dispuesto en su lugar para su uso.

No era caos, todo estaba en completo orden.

Había herramientas de carpintería mezcladas con utensilios de artista.

Prensas. Marcos. Elementos para fijar posiciones.

Un ventilador industrial giraba lento, moviendo el aire sin limpiarlo realmente.

Solo desplazando el olor. Había figurillas de mármol talladas con delicadeza, agrupadas en una esquina.

Tenían la apariencia de ser pequeñas pruebas destinadas a perfeccionar una idea más grande.

Una de ellas despertó un recuerdo inesperado.

Nirelle le había contado que el Escultor había dejado una estatuilla semejante en su habitación el día de su cumpleaños.

Las paredes tenían manchas. Salpicaduras translúcidas que atrapaban la luz de forma extraña. Y en el centro de la habitación había una mesa distinta, más limpia.

Más allá siluetas inmóviles cubiertas con lonas o plástico, con formas inquietantemente humanas.

Rita dejó de respirar por un segundo.

No.

No podía ser.

Su mirada recorrió el lugar, cada detalle encajando con una claridad aterradora. Sabía que lo que veía eran esculturas incompletas. Personas, no moldes.

Personas.

El horror le subió por el cuerpo como una descarga. El conocimiento de en dónde estaba de pie le llegó tan de pronto, que lo sintió como una bofetada.

Era el taller del Escultor.

Y entonces lo vio. En el suelo a un lado de una de las mesas estaba una mochila que conocía demasiado bien.

La mochila de Mila.

Rita se quedó completamente inmóvil. El mundo se redujo a ese objeto. El sonido del ventilador, el goteo lejano, incluso su propia respiración, todo se volvió secundario.

El aire dejó de entrar con normalidad.

El corazón golpeó su pecho con fuerza, descontrolado. Ya no era una posibilidad. Mila realmente había estado ahí.

Rita no escuchó nada. Ni la puerta exterior al abrirse, ni el golpe seco al cerrarse de nuevo o los pasos.

Nada.

Estaba demasiado lejos de sí misma, atrapada en esa escena imposible, en la mochila de Mila, en el peso de lo que significaba. Su mente seguía intentando negarlo cuando la sensación llegó.

Cuando la presencia de alguien detrás de ella se hizo más que evidente.

El aire cambió como una advertencia tardía.

Rita se giró lentamente y lo vio.

No supo decir qué era lo primero que la delató. No fue el rostro, no del todo. No fue la silueta. Fue algo más primitivo. Más inmediato.

El Escultor.

No necesitaba pruebas. No necesitaba lógica para saber que era esa persona.

—¿Te gusta? —preguntó la figura, con una voz extrañamente neutra, difícil de fijar—. ¿Eres fan de mi arte?

Rita tardó en responder. La garganta se le había cerrado.

—¿Por qué…? —logró decir al fin—. ¿Por qué haces esto?

La cabeza del Escultor se inclinó apenas, como si la pregunta le resultara curiosa.

—Estoy tratando de atraer la atención de las personas correctas —respondió con simpleza y una sonrisa de medio lado, vacía de culpa.

Rita negó con la cabeza, retrocediendo un paso.

—Tienes que detenerte… esto es horrible.

El Escultor soltó una pequeña exhalación que podría haber sido una risa.

—No es horrible —corrigió—. Es perfección, le muestro al mundo lo que es el arte de verdad.

Algo en la forma en que lo dijo hizo que el frío le recorriera la espalda.

—Esto no es arte —bufó la mujer.

—En Morvielle todo lo es —afirmó el Escultor, soltando un suspiro.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó, con la voz temblando, pero firme.

El Escultor avanzó un poco, lento, sin prisa.

—Sabía que tarde o temprano llegarías aquí —dijo—. La Inmaculada es ingenua por confiar en ti… pero también sabía que eres lo suficientemente metiche como para venir a donde no te llaman.

Entonces Rita lo notó.

La voz, la falta total de emoción en cada palabra. Y esa mirada desprovista de calidez. Muerta. Como si no hubiera nadie realmente detrás de sus ojos. Y un vacío que no encajaba con una persona, sino con algo que imitaba serlo.

Y en ese instante lo supo. Lo que realmente estaba ocurriendo.

Dio otro paso atrás.

—Es conveniente —soltó el Escultor y dio otro paso en su dirección—. Así puedo deshacerme de ti y ya nada atará a la Inmaculada a este mundo asqueroso.

El corazón de Rita se disparó.

—Nirelle no lo permitiría —dijo rápido—.

Si me haces daño… ella te va a despreciar —intentó sostenerle la mirada.

Intentó que las palabras tuvieran peso—.

No puedes tocarme sin perderla. ¿Te arriesgarás a eso?

Ella está vulnerable, si me pierde entonces se romperá por completo y ni siquiera tú podrás protegerla.

El Escultor se quedó en silencio un segundo. Y luego rió.

Una risa baja, sin alegría, sin humanidad. Burla en todo su esplendor.

—¿De verdad crees que puedes manipularme a mí? —dijo con calma—. Ella no hará nada en mi contra. ¿Es que no lo ves? Soy quien la ha salvado toda su vida. Ella sabe que hago lo necesario para protegerla. ¿Y tú? —Se inclinó apenas hacia ella—. Ya la abandonaste una vez.

—Eso no es cierto. Fue un viaje de trabajo… yo…

—No te esfuerces —interrumpió el Escultor—. Ya no hace falta, ella entenderá por qué lo hice. Si no me aborreció después de lo de Mila, después de Trina, ¿qué te hace pensar que tú serás diferente?

El golpe fue directo.

Rita sintió cómo el mundo se desestabilizaba, pero no retrocedió.

—Nirelle Northon me ama —dijo, con una convicción que le salió desde lo más profundo—. Y jamás me haría daño Nirelle Northon.

Lo dijo para el Rscultor, para hacer mella en la carcasa que estaba protegiendo su interior. Pero también para sí misma, para sostenerse.

El escultor volvió a reír. Más fuerte esta vez.

Más cerca.

—Nirelle Northon… —repitió, como si el nombre fuera un error—. Nirelle Northon no existe.

El aire se rompió.

Rita frunció el ceño, confundida.

—¿Qué?

—Si no lo sabías —continuó— es porque la Inmaculada no confía lo suficiente en ti como para contártelo —dio un paso más, ahora estaba demasiado cerca—. Nirelle Northon nació cuando el fuego lo consumió todo.

Rita negó con la cabeza.

—No… no puedes hacerme daño —insistió, aferrándose a lo único que le quedaba—. Soy su amiga. Su mejor amiga.

El escultor avanzó de golpe, cortando la poca distancia que les separaba.

No hubo tiempo de reaccionar.

Las manos la atraparon por el cuello y la empujaron contra la pared con tanta violencia que el crack de algo rompiéndose llenó la habitación.

El aire se le escapó en un golpe seco. Rita intentó soltarse, pero la presión aumentó.

—La Inmaculada Luz del Señor —susurró el asesino, pegado a su oído—, no tiene amigos.

El mundo empezó a oscurecerse en los bordes cuando un calor súbito le recorrió el cuero cabelludo.

Líquido caliente.

Deslizándose por la parte trasera de su cabeza, pasando por su cuello.

Su vista se volvió borrosa, los sonidos se distorsionaron, y el aire ya no llegaba. Su cuerpo dejó de responder.

Poco a poco todo empezó a desaparecer y lo último que vio fue azul.

Todo azul.