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BÚSQUEDA
Rita permaneció inmóvil hasta que la respiración de Nirelle se aquietó, volviéndose lenta, profunda y constante. Permaneció ahí, atenta a cada pequeño cambio, como si el más mínimo descuido pudiera traer de vuelta el caos.
Cuando por fin estuvo segura de que dormía, se separó con cuidado, acomodó la manta sobre sus hombros y la observó un instante más. Se veía frágil, ajena, como si algo esencial se hubiera quebrado por dentro. Luego salió de la habitación y cerró la puerta con suavidad.
La sala estaba en silencio. El reloj marcaba el paso del tiempo con una insistencia que ahora le resultaba insoportable. Rita se dejó caer en el sofá, pero no pudo quedarse quieta. Se levantó casi de inmediato, pasándose una mano por el rostro. No podía dormir. No después de lo que había visto.
Se detuvo en medio de la habitación, sin mirar nada en particular.
¿En qué momento había pasado todo esto?
Pensó en Mila. En la forma en que su ausencia había dejado un hueco imposible de llenar. Luego en Trina. Todo había sucedido demasiado rápido. Sí, eso debió haber sido el detonante, pero no el origen. Nirelle ya venía arrastrando algo antes. Algo que Rita no supo ver o no quiso ver a tiempo.
Soltó un suspiro largo y se obligó a moverse. No podía quedarse atrapada en eso ahora. Tenía que hacer algo, aunque fuera pequeño.
Las bolsas que había traído del departamento de Nirelle seguían junto a la mesa.
Se arrodilló frente a ellas y comenzó a sacar la ropa, doblándola con cuidado, separando lo que aún podía usarse de lo que no.
Evitaba pensar en la ropa manchada que había dejado atrás.
Se concentró en lo práctico, en lo inmediato, en lo que podía controlar.
Entre las cosas, encontró el celular.
Se quedó inmóvil unos segundos antes de tomarlo. Lo había recogido casi sin pensar, entre el desastre, como tantas otras cosas. Ahora, al sostenerlo, la duda apareció de inmediato. Podía dejarlo ahí. Apagarlo. Seguir con lo suyo. Tal vez eso era lo correcto.
Pero su pulgar rozó la pantalla casi por reflejo. El teléfono vibró levemente y se encendió.
Rita parpadeó. No fue una sorpresa real. Siempre habían tenido acceso a los teléfonos de la otra. Por confianza y costumbre. Porque eran así de cercanas.
La pantalla se llenó de notificaciones: mensajes, llamadas perdidas, nombres que reconocía. La vida de Nirelle, detenida en ese pequeño rectángulo de luz.
Rita tragó saliva.
Podía apagarlo. De verdad podía hacerlo, y dejarlo cerca de Nirelle para cuando ella misma decidiera usarlo. Presionó el botón indicado y la pantalla se apagó. El reflejo oscuro le devolvió una imagen cansada, ojerosa, casi desconocida.
Pero no lo soltó.
Pasaron unos segundos. Tal vez menos. Tal vez más.
Su pulgar volvió a moverse y presionó el botón, entonces el teléfono se encendió otra vez. Esta vez, no apartó la vista.
Rita entró primero a los mensajes.
Deslizó el dedo con cuidado, casi con culpa, como si en cualquier momento alguien fuera a detenerla.
Conversaciones abiertas, nombres conocidos, fragmentos de días normales.
Saludaba, respondía, a veces desaparecía por horas, nada fuera de lo común.
Nada que explicara lo que había visto en ese departamento.
Todo era normal, demasiado normal. Eso fue lo que empezó a inquietarla. Porque no había rastro del quiebre. Ninguna señal evidente de que algo se hubiera torcido hasta ese punto. Era como si la caída de Nirelle hubiera ocurrido en un espacio al que nadie más tenía acceso.
Rita frunció el ceño, apartó el celular y siguió revisando la improvisada maleta sin saber exactamente qué estaba buscando.
Y entonces en el fondo lo vio.
Un aparato gris, rectangular, escondido entre unas playeras viejas que recogió al azar. Tenía la carcasa rayada y una antena corta plegada a un costado. Rita lo reconoció después de unos segundos.
El rastreador.
Recordó la conversación sin querer. Nirelle lo había explicado con una naturalidad mientras le cambiaba las pilas. «Como los que usan para seguir animales», había dicho. «O mochilas en excursiones. Si Mila desaparece otra vez, al menos voy a saber dónde está.»
A Rita nunca le había parecido correcto, pero tampoco dijo nada. Nunca iba a decirle a su amiga cómo cuidar a su hermana menor.
Aunque siempre hubo algo extraño.
Mila desaparecía durante días enteros y Nirelle salía a buscarla de inmediato. Sabía exactamente hacia dónde iba. Tenía una herramienta para encontrarla. Pero aquella última vez —la vez en que no volvió—, ni siquiera insistió demasiado.
Aunque también era cierto que Mila siempre terminaba regresando.
Así que Rita lo dejó pasar.
Hasta ahora.
Encendió el aparato.
La pantalla tardó varios segundos en iluminarse con un zumbido débil.
Primero aparecieron líneas vacías, luego coordenadas, y finalmente un mapa rudimentario hecho de cuadrados verdosos.
Un punto parpadeaba lejos del centro. Rita se quedó inmóvil.
El transmisor seguía activo, no estaba roto ni perdido.
Seguía emitiendo señal. Estaba ahí entre sus manos, marcando una ubicación alejada del centro.
Reconoció la zona casi de inmediato. Áreas industriales y de almacenes con calles poco transitadas. Un lugar donde nadie se mete demasiado.
El corazón le dio un vuelco.
No.
No podía ser.
¿O sí?
Una idea peligrosa, incluso ridícula empezó a formarse lentamente en su mente.
Tal vez no era Mila, no ella físicamente, porque ya la habían encontrado, sino sus cosas. Habían podido tirar sus pertenencias ahí para deshacerse de todo.
Eso pasaba.
Tenía sentido. Podría ser el último lugar en el que estuvo el escultor y si encontraba algo, podría ayudar a los investigadores a descubrir nuevas pistas.
A cerrar el caso.
Y a Nirelle quizá podría darle paz.
Rita apretó el aparato con más fuerza, sabía que no era buena idea.
Lo sabía.
No debía ir sola de noche a un lugar así. Pero la idea ya estaba ahí. Instalada y creciendo como hiedra venenosa que empezaba a infectar todo su sistema.
Miró hacia el pasillo, hacia la habitación donde Nirelle dormía vulnerable.
Rita dudó solo un momento. Luego volvió la vista al mapa, el punto seguía ahí parpadeando, esperando a que tomara una decisión.
Tragó saliva.
—Solo voy a ver… —murmuró para sí misma.
Como si decirlo en voz alta lo hiciera más razonable.
Se levantó despacio, tomó su chaqueta, las llaves y el teléfono. Luego volvió a mirar una vez más hacia la habitación.
No iba a tardar.
Solo sería un momento.
Eso se dijo.
Eso decidió creer.
Y salió.
Rita siguió el punto en el mapa hasta que la ciudad empezó a desdibujarse.
Las calles comenzaron a ensancharse hasta quedar casi desiertas, como si la ciudad las hubiera abandonado.
Las luces, cada vez más escasas, titilaban a lo lejos, incapaces de ahuyentar la sensación de vacío que se abría a su alrededor.
La zona industrial apareció poco a poco, con sus naves silenciosas, estructuras metálicas y sombras alargadas que parecían estirarse sobre el asfalto.
El rastreador no se movía, señalando siempre en el mismo sitio.
Giró por una calle más angosta, casi sin iluminación, hasta que lo vio. Era una bodega pequeña, apartada del resto, encajada en la zona más oscura del terreno, donde no había actividad, ni ruido, ni una sola señal de vida.
El punto estaba ahí.
Exacto.
Rita detuvo la camioneta a unos metros y apagó el motor. El silencio la envolvió de inmediato, pesado, expectante. Se quedó unos segundos dentro, con las manos en el volante, sintiendo cómo el pulso le subía a la garganta.
No había nada alrededor.
Ningún rastro.
Ninguna señal evidente de que alguien hubiera estado ahí recientemente.
Bajó.
El aire era frío, y parecía sucio. Tenía algo denso, industrial, que se quedaba en la nariz. Caminó despacio hasta la puerta principal que estaba bien asegurada con un candado. Era viejo, pero parecía firme y mantenía el lugar cerrado.
Rita miró alrededor.
No podía irse, no ahora que había llegado tan lejos.
Rodeó la bodega, buscando algo, cualquier acceso. Encontró una ventilación lateral, alta, parcialmente abierta. Dudó solo un segundo antes de trepar, ayudándose con una estructura oxidada.
Se lastimó las manos al forzarse a entrar, pero no se detuvo hasta que cayó dentro con un golpe seco. La oscuridad y el polvo la abrazaron.
El aire ahí dentro era distinto. Más pesado.
Se incorporó lentamente, dejando que sus ojos se acostumbraran. No era toda la bodega. Era solo una antesala vacía, casi abandonada.
Pero había algo más.
Una puerta interior entreabierta. Y más allá una estructura que descendía.
El estómago se le tensó.
No debía seguir, lo sabía. Pero ignorando todas las alarmas de su mente, bajó.
Cada escalón crujió bajo su peso. El aire se volvió más denso a medida que descendía. Más cargado.
Y entonces lo percibió.
Un aroma agrio, putrefacto e inconfundible.
Sangre.
Rita se detuvo un segundo, la respiración cortándosele. Pero ya estaba ahí. Ya había cruzado el punto sin retorno, así que continuó.
Cuando llegó al final, la escena se abrió frente a ella.
Era un taller.
Pero no uno cualquiera. Era un taller de escultura.
El olor era insoportable: químico, dulzón, mezclado con algo orgánico que no debería estar ahí. Se pegaba a la garganta, y dificultaba la respiración. La luz era blanca, fría, proveniente de lámparas industriales colgantes. Algunas parpadeaban, creando pulsaciones irregulares de claridad y sombra.
El suelo estaba cubierto con láminas de plástico endurecido, capas de resina solidificada que formaban relieves irregulares bajo sus pies.
Había mesas metálicas, manchadas, con recipientes opacos, espátulas, y herramientas pegajosas abandonadas a medias. También cubetas grandes con restos endurecidos en los bordes, como si alguien hubiera dejado el trabajo inconcluso.
Estantes llenos de envases, etiquetados a mano. Algunos perfectamente ordenados. Otros descuidados, olvidados. En un rincón, equipo de protección: guantes gruesos, mascarillas, gafas, colgados con orden y cuidado.