40
SALVAME
El café estaba amargo.
Rita lo sostuvo entre las manos como si el calor pudiera anclarla a algo real. No lo estaba logrando. Llevaba demasiado tiempo ahí, en esa sala de espera de luz blanca y silencio doloroso, mirando el mismo punto en la pared sin verlo realmente.
Habían pasado tres días.
Tres días desde que había encontrado a Nirelle.
El recuerdo no llegaba completo. Venía en fragmentos, como imágenes sueltas que su mente intentaba rechazar y aún así, repetía sin descanso.
El departamento destrozado. Muebles volcados, vidrios rotos, ropa tirada decorando el piso, y la pared en la habitación.
Rita cerró los ojos un segundo, apretando el vaso de café con más fuerza.
Podía ver en su mente los dibujos que habían decorado aquella habitación. Las figuras torcidas, líneas violentas, y los ojos. Demasiados ojos superpuestos, repetidos, observando desde cada rincón del muro como si la siguieran incluso cuando los miraba directamente.
Eran aterradores.
Pero no fue lo peor que halló en aquel departamento.
Lo fue la sangre.
Había sangre en todas partes. En el suelo, en las manos de Nirelle, en los restos de lienzos y objetos rotos. Era muchísima.
Rita había sentido el estómago caerle hasta los pies en ese instante en que el aroma agrio y metálico le había llenado las fosas nasales.
Temió lo peor y corrió al cuarto. Agradeciendo cuando encontró a Nirelle viva. Estaba delirando, ardiendo en fiebre, pero viva. Le había suplicado a los paramédicos que se dieran prisa justo antes de que su mejor amiga se desmayara en sus brazos.
Rita abrió los ojos, el café ya estaba caliente. No recordaba haber bebido ni un solo trago. Ahora Nirelle estaba ahí, detrás de esas puertas.
Llevaba tres días internada, sedada la mayor parte del tiempo.
Los médicos habían hablado de deshidratación severa, debilidad extrema y pérdida de sangre.
Habían necesitado trasfundirla, conectarla al suero y mantenerla dormida para que su cuerpo no colapsara intentando sostener una mente que claramente no estaba bien.
Rita tragó saliva.
La palabra no dicha flotaba en todo momento, pero nadie la había pronucnciado directamente todavía.
Bajó la mirada al café.
Sus manos temblaron cuando el sentimiento de culpa se incrementó. Si no hubiera ido a Edera, si no la hubiera dejado sola, o si no hubiera tardado tanto, nada de eso habría ocurrido.
Se suponía que sería un viaje corto, un par de días nada más.
Apretó los labios.
No debi dejarla sola , pensó. No así, no en ese estado.
El peso de la culpa se le asentó en el pecho, denso, constante. Irremovible.
Dio por fin un pequeño sorbo al café. Estaba frío y desagradable, así que lo dejó a un lado.
Sus ojos volvieron automáticamente hacia la puerta del área de hospitalización, como si en cualquier momento alguien fuera a salir a decirle algo, cualquier cosa.
Pero nadie salía.
El tiempo seguía avanzando de esa forma extraña que tienen los hospitales, lento, pesado e insoportable. Rita entrelazó las manos, intentando contener el temblor.
—Por favor… —murmuró, apenas.
No sabía a quién se lo decía. Tal vez a Nirelle. Tal vez a sí misma. O quizá a algo en lo que ni siquiera estaba segura de creer.
Solo sabía que no podía perderla, no después de todo, y por supuesto no de esa forma.
El día siguiente llegó sin que Rita lo sintiera realmente. Solo lo supo porque la luz había cambiado y porque su cuerpo dolía por estar en aquella silla incómoda.
Salió del baño de la sala de espera secándose las manos en la ropa, con la mente todavía espesa, cuando una voz la detuvo.
—¿Familiares de Nirelle Northon?
Rita levantó la cabeza de golpe.
—Yo —respondió casi sin aire, acercándose rápido—. Yo la traje. Soy su amiga.
La enfermera asintió con una sonrisa profesional.
—Puede pasar. El médico está en la habitación, le dará información sobre su estado.
El corazón de Rita se aceleró.
Asintió sin decir nada más y caminó tras ella por el pasillo blanco, cada paso cargado de una tensión que no lograba soltar.
La habitación estaba en silencio cuando entró. Nirelle seguía en la cama, pálida y demasiado quieta.
El médico estaba de pie junto a la gráfica, revisando algo. Al notar a Rita, se giró.
—¿Usted es la persona responsable?
—Soy su amiga —respondió ella, más bajo esta vez—. ¿Cómo está?
El doctor tomó aire, con esa calma entrenada que no tranquilizaba tanto como pretendía.
—Su estado físico ha mejorado. Estaba severamente deshidratada, con debilidad generalizada y una pérdida considerable de sangre, probablemente por las múltiples heridas superficiales mal atendidas. La transfusión y la hidratación intravenosa han estabilizado sus signos vitales.
Rita asintió, intentando procesar cada palabra.
—¿Y… lo otro?
El médico la observó un segundo más.
—Presentó un episodio agudo de desequilibrio emocional. Delirio, fiebre elevada, posible cuadro psicótico transitorio desencadenado por estrés extremo. No es algo que podamos diagnosticar completamente en este momento, pero es claro que no se trata solo de un problema físico.
El aire se volvió más pesado.
—¿Va a estar bien?
—Ha mostrado mejoría —respondió él—, pero necesitará reposo, supervisión constante y evaluación psiquiátrica. Es importante que no permanezca sola por ahora.
Rita bajó la mirada.
—No lo estará.
El médico asintió levemente.
—En unas horas podremos considerar el alta, si se mantiene estable.
Rita levantó la vista de inmediato.
—¿De verdad?
—Sí. Pero bajo esas condiciones.
Rita volvió a asentir, esta vez con más firmeza. No iba a dejarla sola otra vez; nunca.
El eco de voces comenzó como algo lejano, difuso, como si atravesara capas de agua. Nirelle no abrió los ojos de inmediato. Primero escuchó.
—¿Así que ya puede irse?
Reconoció la voz de Rita, cansada, rota.
—Sí, ha mostrado mejoría. Necesitará reposo y compañía. No debe quedarse sola por ahora.
La respuesta fue masculina, clara, distante.
El silencio que siguió pesó más que las palabras. Luego llegaron los pasos, acercándose poco a poco, cada vez más nítidos, hasta que la puerta se abrió.
—Nirelle…
Entonces abrió los ojos.
Lento. Pesado.
Rita estaba ahí, sonriendo… pero en sus ojos enrojecidos y cansados se delataba el agotamiento que ya no podía ocultar.
—Ya podemos irnos —dijo suavemente—. ¿Cómo te sientes?
Nirelle la miró e intentó hablar; quiso decirle que tenía miedo, que no entendía nada, que aquel silencio no era paz, que algo peor estaba acechando. Pero algo la detuvo.
Porque no estaba sola.
Mila estaba sentada a los pies de la cama, mirándola en silencio. Katherina, apoyada contra la pared, con los brazos cruzados y una sonrisa apenas insinuada. Y más atrás, en la penumbra, Sebastián. Quieto. Paciente. Observando.
Solo Marcus estaba ausente.
Nirelle sintió cómo el aire se le atoraba en la garganta.
No.
No podía hablar.
No debía.
Ellos estaban esperando, como buitres.
Así que guardó silencio.
—Bueno —susurró Rita, limpiándose una lágrima—. Hay que cambiarte, ven.
Nirelle obedeció sin resistencia, sin alzar la mirada, mientras las manos de Rita temblaban al ayudarla. El contacto era cálido, real… pero el cuarto no lo era. Nada más lo era.
Se dejó mover, como si ya no tuviera control sobre nada.
De pronto, el mundo se inclinó. Su cuerpo cedió, pero Rita la sostuvo antes de que cayera.
—Tranquila, yo te ayudo.
La hizo sentarse de nuevo y le acomodó el abrigo, mientras Nirelle permanecía en silencio, incapaz —o quizá no dispuesta— a decir una sola palabra.
Sintió los brazos de Rita rodearla, sosteniéndola para ponerse de pie. Caminar fue difícil. Cada paso arrastraba algo invisible, algo que no se quedaba atrás.
Salieron de la habitación. El pasillo blanco se abrió frente a ellas: demasiado largo, demasiado limpio, demasiado falso. El olor a desinfectante quedó atrás, pero no lo suficiente. Nunca lo suficiente.
Atravesaron la salida y la noche las recibió, fría, brusca. Un taxi esperaba con el motor encendido, la luz cálida iluminando el asiento trasero.
—Vamos a casa, Nirelle —dijo Rita, con la voz quebrándose apenas—. Yo te voy a cuidar.
Nirelle la miró de reojo y quiso creerle; lo necesitaba. Se acomodó en el asiento mientras el mundo seguía moviéndose afuera, aunque ya no importaba. Nada lo hacía.
Rita la abrazó con fuerza cuando llegaron, demasiado fuerte, como si temiera que desapareciera o que saliera huyendo.
—Entremos, en casa estarás más tranquila.
No.
Nirelle lo sabía.
No iba a estarlo porque las voces no se habían ido. Solo estaban en silencio. Esperando. Respirando con ella.
Entraron al edificio y caminaron hasta el elevador.
El trayecto hasta el departamento fue borroso para Nirelle. Pasillos, llaves, el clic de una cerradura, todo se desdibujó en una secuencia sin peso hasta que cruzó el umbral.
Entonces lo sintió.
La casa de Rita olía a café recién hecho y a lavanda. A algo cálido, vivo. El contraste la golpeó de inmediato: los cojines mullidos, la manta doblada con cuidado sobre el sofá, las fotos enmarcadas de viajes y cumpleaños, instantes donde la vida parecía simple, contenida, segura.
Demasiado segura.
—Aquí estarás mejor —dijo Rita, dejando el bolso a un lado—. Nada de soledad, nada de puertas cerradas.
Nirelle asintió en silencio.
El taxi, el hospital… todo había quedado atrás. Pero no el peso en su pecho. Ese seguía ahí, intacto.
Se sentó donde Rita le indicó. La siguió con la mirada mientras iba y venía, preparando algo, moviéndose con esa urgencia suave, intentando reparar algo que no sabía cómo arreglar.
Colocó una taza de té frente a ella.
—Quiero que duermas bien esta noche, ¿sí? Yo estaré en el cuarto de al lado. Si necesitas algo… lo que sea, solo háblame.
Nirelle la observó.
Tan concentrada.
Tan presente.
Por un instante, algo se aflojó dentro de ella.
¿Y si de verdad aquí podía descansar?
El sofá parecía invitarla a hundirse, a soltar, a olvidar.
Más tarde, ya en la habitación de invitados, se recostó con cuidado. La manta era suave, ligera. El murmullo lejano de Rita hablando por teléfono en la sala le llegaba como un eco amortiguado.
Escuchó un nombre.
Marcus.
¿Estaba hablando con él?
No, debía estar alucinando.
Cerró los ojos y se repitió que estaba a salvo.
Una vez.
Otra.
Hasta que el sonido de la voz de Rita desapareció y llegó el silencio. Como si alguien respirara muy despacio junto a su oído.
Nirelle abrió los ojos de golpe.
La habitación estaba a oscuras, apenas iluminada por la luz tenue del pasillo. Todo parecía en su lugar.
Todo excepto la sensación de estar siendo observada.
—¿De verdad crees que ella puede protegerte?
La voz de Katherina surgió desde la esquina más oscura.
Nirelle contuvo el aire.
— Mírate —susurró Mila desde la cabecera—. No fue suficiente con nosotras. Ahora la arrastrarás a ella contigo .
El frío le recorrió la espalda. Giró la cabeza hacia la puerta.
Quería salir.
— No finjas —dijo Sebastián demasiado cerca.
Sintió el calor de su aliento en la nuca.
— Sabes que me necesitas. Yo soy el único que sabe quién eres en realidad .
Nirelle se aferró a la manta.
Temblaba.
Quiso llamar a Rita, gritar. Pero no lo hizo porque sabía que, si abría la boca, ellos gritarían más fuerte.
— Cobarde —escupió Katherina.
— Siempre nos dejaste solas… y ahora te toca pagar —susurró Mila, tan cerca que su voz parecía rozarle la piel.
— Deja de fingir que puedes huir —la voz de Sebastián retumbó dentro de su cabeza.
Nirelle se cubrió los oídos.
No sirvió.
Nunca servía.
Estaban dentro.
Se levantó de golpe.
Torpe.
Desesperada.
Corrió hacia la puerta, buscando la luz, una salida, cualquier cosa que la sacara de ahí, pero tropezó con el borde de la cama y el mundo se inclinó.
Cayó de rodillas.
El golpe resonó seco, aunque no dolió tanto como las risas. Las voces se superpusieron, se encimaron.
La desgarraron.
—No mereces dormir.
—Nunca nos escuchaste.
—Yo soy lo único que te queda.
Nirelle se tapó los oídos con fuerza.
Apretó los ojos.
Pero seguían ahí.
Más fuertes.
Más cerca.
Un impulso la atravesó.
Urgente.
Brutal.
Necesitaba callarlas.
De cualquier forma.
Se levantó tambaleante y se lanzó contra la pared.
El impacto de su frente retumbó, el dolor estalló. Y por un segundo llegó el silencio.
Respiró jadeando.
Otra vez.
Necesitaba otra vez.
Se lanzó de nuevo, esta vez con el hombro. Más fuerte. Más desesperada. El ardor se expandió y se aferró a él como a un ancla.
—¡Nirelle!
El grito la arrancó del trance.
Rita estaba en la puerta.
Pálida.
Descompuesta.
Corrió hacia ella y la sujetó antes de que volviera a golpear la pared.
—¡Suéltame! —forcejeó Nirelle—. ¡Tengo que callarlos! ¡No paran!
—¡Basta! —Rita la rodeó con fuerza—. ¡No hay nadie aquí, solo yo, mírame!
Nirelle intentó soltarse.
Pero el calor de Rita la envolvió.
Real.
Sólido.
Tan distinto al frío que llevaba dentro.
Su cuerpo tembló y las lágrimas llegaron de golpe, sin control. Se derrumbó contra ella.
—No… no los escuchas… —susurró entre sollozos—. Están aquí… me hablan… no paran…
—Ya… ya… —la voz de Rita se quebró, acariciándole el cabello—. No voy a dejar que te hagas daño. ¿Me oyes? No voy a dejarte sola.
El silencio duró apenas unos segundos.
Detrás del hombro de Rita, Katherina sonreía burlona.
Y Mila susurró, suave, cruel:
— Ella no puede salvarte. Nadie puede.
Y luego una voz que hacía años no escuchaba, la voz de la madre sacerdotisa:
—La Inmaculada Luz del Señor no tiene amigos.
Nirelle cerró los ojos deseando desaparecer, hundirse antes de volver a escucharlas otra vez.