El escultor (La sinfonía del caos 1) 39 #3
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Demasiado calor, un fuego poderoso se estaba tragando su cuerpo. La cabeza le latía, pero la presencia de alguien más se manifestó con fuerza.

—Nirelle, ¿Qué está pasando? Mírame —exigió alguien con la voz temblorosa, pero era real—. Dime qué está pasando.

Rita.

El nombre se formó con dificultad entre el ruido.

Nirelle parpadeó varias veces, tratando de enfocar. El rostro frente a ella estaba borroso, como si aún estuviera viendo a través del agua. Pero ahí estaba.

De verdad.

Era real, no una sombra ni una voz en su cabeza. Era Rita.

Intentó hablar, explicar o decir algo que tuviera sentido. Pero las palabras se le enredaron en la garganta.

¿Cómo explicar lo que le había sucedido?

Lo que vio y escuchó.

¿Cómo decirle que la habían destruido y ahora nada quedaba intacto? Solo era una cáscara vacía temblando en medio de…donde sea que estuviera.

—Hablame, dime qué sucedió —suplicó Rita.

—Claro que no puedes explicárselo.

El susurró llegó desde atrás de su amiga.

No necesitaba mirar para saber que ahí estaba Mila. Pero lo hizo igual, enfocó sus ojos en la visión de su hermana. La encontró en una esquina, sentada como si nunca se hubiera ido, con los ojos hundidos y la piel apagada, observándola.

—Nunca me escuchaste. Nunca estuviste para mí — susurró con furia —. Y ahora pretendes que alguien esté para ti.

Nirelle cerró los ojos con fuerza.

No.

No.

No.

Cuando los abrió Katherina estaba junto a la ventana, de pie y sonriendo con amargura.

—No pudiste proteger a nadie y ahora ella está para ti. ¿Por qué tú sí la mereces?

El mareo volvió con más fuerza, al mismo tiempo que el aire a su alrededor se volvió pesado, aplastante.

Rita apretó sus manos, tratando de anclarla al mundo real con ese gesto.

—Nirelle, mírame —insistió, al borde del llanto—. ¿Qué está sucediendo?

Pero las voces no se detuvieron.

Nunca lo hacían.

—Ellas no importan — dijo la voz grave de Sebastián.

Estaba demasiado cerca.

—Solo yo puedo decidir tu valor —afirmó el escultor.

Era Marcus susurrando, arrastrándose por su mente.

—¡CÁLLENSE! —gritó.

Rita se sobresaltó y retrocedió apenas, con el rostro quebrado por el miedo.

—¿Quién debe callarse? —preguntó, casi sin voz.

Y entonces todas las voces respondieron al mismo tiempo.

—Ella.

—Tú.

—Todos menos yo.

Nirelle se tapó los oídos pero no sirvió para dejarlas fuera de su mente.

Nunca servía.

Las voces se superpusieron, se mezclaron, se clavaron unas sobre otras. Mila reclamando, Katherina riendo Sebastián y Marcus juzgando.

Rita suplicando.

—Nirelle, basta —dijo Rita, poniéndose de pie, temblando—. No puedes seguir así. Voy a sacarte de aquí, aunque no quieras.

Nirelle la miró, aún desorientada, lejana. Ya no podía alcanzarla del todo.

Rita fue al armario, buscó algo, volvió con un abrigo.

—Te vas a vestir, ¿me oyes? Nos vamos. A un hospital, a mi casa, donde sea, pero no puedes quedarte aquí sola.

Sus manos la envolvieron con firmeza, eran reales. Intentó levantarla, pero el cuerpo de Nirelle falló. Seguía hirviendo, tenía la garganta seca y sus piernas no respondieron.

Rita la sostuvo igual, apenas podía con el peso de su amiga, pero necesitaba sacarla de ese lugar.

—Tú me abandonaste, Rita… —balbuceó Nirelle—. No estuviste aquí… y yo…es tu culpa por dejarme.

—¡Basta, Nirelle! —la interrumpió, quebrándose—. ¡Eres mi amiga! ¡No voy a dejar que te hundas en esto!

Pero entre sus palabras se mezcló otra voz pegada a su oído.

—Ella no puede sacarte de aquí —dijo Mila con frialdad—. Tú me ignoraste… tú me dejaste sola. ¿Ahora ella va a salvarte?

Nirelle se estremeció.

Rita la sostenía.

Cálida.

Pero Mila también estaba ahí.

Helada.

— Ni siquiera te ve como eres realmente —añadió Katherina desde la ventana—. Si supiera… nunca habría regresado.

—Cállense… —murmuró Nirelle.

—Nirelle, no digas eso —Rita la sostuvo más fuerte—. No hay nadie más aquí. Solo tú y yo.

—¿Solo tú y yo? —preguntó Nirelle al borde del llanto.

Sebastián susurró en su cuello.

— Qué ingenua.

El aire se rompió.

—¡No! —gritó Nirelle, apartándose.

Casi caen ambas al suelo, pero Rita se aferró con fuerza, clavando los pies en el piso ganando equilibrio.

La desesperación le llenó el pecho.

—¡Concéntrate en mí! ¡Soy yo, soy Rita, mírame!

Pero Nirelle ya no podía. Los rostros se superponían, se deformaban, se mezclaban haciéndola dudar de qué era realidad y qué locura.

Todos hablando.

Todos presentes.

Todos reales.

O ninguno.

Rita logró arrastrarla fuera del cuarto y luego al pasillo del departamento. El cambio de aire la golpeó, de repente hacía mucho frío.

Nirelle quería que Rita avanzara más rápido, que corriera si era necesario, porque las voces no se quedaban atrás, estaban siguiendola.

Nirelle ya no sabía distinguir qué era real y qué no. Solo una cosa permanecía clara e inamovible.

El escultor había comenzado con todo eso, era la causa de todos sus males y aún no había terminado. No la había soltado. Le había quitado algo más que la paz, le había arrebatado la realidad que con tanto esfuerzo había construido.

Y lo que quedaba era eso, una ruina viva, rota.  Irrecuperable.

Lo había conseguido.

Nirelle ya no estaba cayendo. Ya había caído, y no quedaba nada que la sostuviera.