39 #2
Lanzó el aparato contra la pared. El impacto resonó seco.
—¡CÁLLATE! —gritó— ¡¿ESO ES LO QUE QUIERES?! ¡¿ENLOQUECERME?!
Giró sobre sí misma.
Buscando.
Subió a la silla. Arrancó la cortina como si pudiera desgarrar la casa entera.
Cayó de rodillas.
Se levantó.
Siguió.
Uno a uno.
Buscando ojos donde no debía haberlos. Buscando cámaras que pudieran estar vigilándola. La habitación quedó reducida a ruinas.
Vidrio.
Yeso.
Madera.
Tela.
Y en medio de todo aquello, Nirelle temblaba, respirando con dificultad el aire que pesaba toneladas. Las voces ya no hablaban; no hacía falta. Ya habían cumplido su propósito. Habían demostrado, sin palabras, el punto del escultor.
Nunca estuvo sola.
Nunca.
Y ahora lo entendía, el escultor nunca se iba. Siempre había estado ahí. Con ese pensamiento flotando en el inmenso silencio de su habitación, cerró los ojos.
Nirelle no volvió del todo, iba y venía. Su conciencia se encendía y apagaba sin previo aviso.
Despertó con un sobresalto seco. Tenía el cuerpo rígido y la respiración entrecortada.
Por un segundo no sabía en dónde se encontraba.
Luego el cuarto volvió; destrozado y silencioso.
Intentó moverse y una ola de dolor la ahogó.
Tanto dolor en todas partes —en las manos, en los brazos, en el pecho— que no podía darse cuenta en dónde empezaba y en dónde terminaba.
Miró sus dedos manchados, había algo seco que se pegaba a su piel y vivía en sus uñas.
Parpadeó.
Luego cerró los ojos otra vez.
Abrió los ojos. La luz había cambiado.
¿O era la misma?
No lo sabía.
La ventana estaba cubierta de polvo. La claridad que entraba era débil, enfermiza.
Se encogió sobre sí misma, las rodillas contra el pecho. Tenía frío. O tal vez no. Su cuerpo ya no distinguía bien.
El silencio pesaba demasiado y dentro de él las voces regresaban con fuerza:
—Nirelle me preferiría muerta.
Se repetía una y otra vez dentro de su mente. Apretó los ojos con fuerza y golpeó su cabeza contra el suelo intentando callarlas, pero no se iban.
No se iban.
Parpadeó
Oscuridad.
Parpadeó.
Penumbra.
El tiempo no avanzaba. O avanzaba demasiado rápido.
No podía saberlo.
No comía. No recordaba haber comido.
No dormía.
O tal vez sí, pero no lo sentía como descanso: eran apagones, cortes en blanco que atravesaban su mente dolorida. Ya no vivía; apenas existía entre los restos, entre los lienzos rotos, entre los vidrios.
Entre el polvo que empezaba a cubrirlo todo como una segunda piel.
Despertó jadeando, con el corazón golpeándole débil, cansado. Le dolía la garganta como si hubiera gritado durante horas.
Intentó incorporarse y no pudo.
Sus brazos no respondían como antes, ahora estaba pesada. Frunció el ceño, algo no encajaba.
El suelo no se sentía igual, ahora era demasiado blando y alto. Se obligó a girar la cabeza con lentitud torpe.
No estaba en el suelo. La realización llegó tarde, pero llegó.
Estaba sobre algo.
Una superficie distinta, irregular, inestable. Su respiración se volvió más rápida, no recordaba haberse levantado, haber llegado ahí.
El zumbido volvió más fuerte, y con el, el pozo negro de la inconciencia.
Despertó.
El regreso fue brusco, igual que si alguien la hubiera empujado de vuelta a su cuerpo.
El cuarto seguía destrozado, nada había cambiado, excepto sus manos.
Nirelle tardó unos segundos en entender lo que estaba viendo.
Ya no sangraban.
Las heridas habían desaparecido bajo vendas limpias, ajustadas. La tela blanca contrastaba con la suciedad de su piel, con la pintura seca, con todo lo demás que seguía en ruinas.
El olor la golpeó después.
Alcohol, fuerte y penetrante.
Demasiado puro para pertenecer a ese lugar. Frunció el ceño. El mareo llegó casi de inmediato.
No recordaba haber hecho eso.
No recordaba nada.
Solo la voz de Mila repitiendo: Nirelle me preferiría muerta.
Despertó otra vez, o creyó hacerlo.
La luz ya no estaba.
El cuarto era una masa oscura, apenas definida por sombras más densas que otras. El aire se sentía distinto, más cerrado, más íntimo. Tenía la sensación de que el espacio se hubiera reducido mientras ella no estaba.
Nirelle no se movió al principio.
Algo no encajaba.
Había una presencia, sin sonido o movimiento claro, pero podía sentirla.
Alguien estaba cerca.
Su respiración se volvió más superficial sin que lo decidiera. Lenta, silenciosa, preparada para no ser descubierta.
Entonces lo vio. Una forma borrosa inclinada sobre ella.
No podía distinguir rasgos. Solo una silueta recortada contra la oscuridad, demasiado cerca, demasiado real para ser un resto de sueño.
El aire se le atoró en la garganta.
No gritó.
No pudo.
La figura se movió apenas, un gesto mínimo.
Vió una mano descendiendo lentamente en su dirección. Los dedos rozaron su brazo vendado, el contacto fue suave, cuidadoso.
Nirelle se tensó por completo.
El pánico y la rabia le subieron de golpe, quemándole el pecho, desgarrándole la garganta. Intentó hablar.
—Voy a matarte —susurró llena de rabia, aunque su voz salió rota.
Apenas un hilo de aire.
La figura se quedó inmóvil un segundo. Dos. Y aunque no podía ver su rostro, lo supo, lo sintió.
Sonreía.
No dijo nada.
El silencio pesó más que cualquier amenaza.
Nirelle intentó apartarse.
Empujar.
Gritar.
Pero su cuerpo no respondió. El cansancio cayó sobre ella como una losa, aplastándola, hundiendo cada intento antes de nacer.
Sus dedos apenas se movieron. Inútiles. Sus párpados empezaron a cerrarse.
Imposibles de sostener.
No.
No ahora.
No con él ahí.
La figura se inclinó un poco más.
Más cerca.
Demasiado.
Si extendía apenas el rostro podría sentir su aliento. La última imagen se le clavó en la mente. Esa cercanía, esa calma. Ese control absoluto.
Y luego la oscuridad la tragó por completo.
Despertó una última vez.
No fue como las otras, con esa confusión inmediata. Solo el vacío lento arrastrándola con impaciencia; y el dolor. Muchísimo dolor.
Hacía calor.