39
TRAUMA
El pincel raspaba el lienzo con pasión.
Cada trazo encontraba su lugar exacto antes de existir.
Cada línea nacía completa, inevitable, el error no era una posibilidad.
La pintura le cubría los dedos y la ropa: seca en algunas zonas, húmeda en otras, adherida como una segunda piel.
Era pegajosa, invasiva. El olor metálico se espesaba en el aire hasta llenarle la boca, obligándola a tragar saliva una y otra vez, intentando deshacerse de un sabor que no terminaba de irse.
El cuarto —si es que aún podía llamarse así— había desaparecido bajo capas de caos. Lienzos apoyados contra las paredes, algunos volcados, otros rasgados. Pinceles tirados en el suelo. Huellas de pintura marcando caminos erráticos que ella no recordaba haber recorrido.
El teléfono vibró de nuevo.
Nirelle no lo miró. Sabía que sería Rita diciéndole dónde estaba y lo que hacía. Y disculpándose por haberla abandonado.
Le aterraba pensar que algo le podría suceder a su mejor amiga, cuando no estaba cerca para protegerla. Se había marchado sin importarle cómo ella se sentiría al respecto.
Como Mila.
Se concentró de nuevo en su pintura. Había un cuerpo en el lienzo. La postura era bellísima, parecía diseñada para lucir rota. Las extremidades suplicando perdón y el cuello inclinado en un ángulo que sugería rendición. Con la piel abierta exactamente dónde podía revelar algo mejor.
Nirelle sintió un escalofrío recorrerle la espalda. De un momento a otro, el aire en sus pulmones se volvió insuficiente.
Respiro.
No bastó.
Respiró otra vez.
Su pecho se cerró y la ansiedad subió como una ola negra. Se giró de golpe en busca del frasco de pastillas.
Lo tomó y agitó. Estaba vacío.
El frasco cayó al suelo. El envase de plástico rodó hasta chocar contra la pared. El sonido fue pequeño, pero en el silencio retumbó. Nirelle se quedó inmóvil, con la respiración rota, los dedos aún curvados sosteniendo nada.
Vacío.
Otra vez.
Siempre vacío cuando más lo necesitaba.
El aire no entraba.
O entraba mal.
Se llevó una mano al pecho, apretando con fuerza, obligando a su cuerpo a recordar cómo respirar.
—No… —murmuró.
Pero su voz no sonó como la suya. Sonó lejana, ajena.
El teléfono vibró de nuevo, más insistente esta vez.
Nirelle giró la cabeza apenas, lo vio sobre la mesa con la pantalla encendida, latiendo en la penumbra.
El nombre de Rita brillaba con insistencia y ella no quería contestar.
Estaba molesta, se sentía abandonada, pero no era solo eso lo que la preocupaba.
Era consciente de que, si escuchaba la voz de su mejor amiga, algo dentro de ella iba a romperse.
El teléfono dejó de vibrar.
Nirelle dio un paso, solo uno, pero fue suficiente para que el mundo se inclinara ligeramente bajo sus pies.
Se sostuvo del borde de la mesa. La pintura húmeda se pegó a su palma manchando su blanca piel de rojo. El líquido estaba frío. Demasiado frío. Nirelle miró su mano, ya no la sentía suya. El rojo no parecía pintura, brillaba distinto.
Su estómago se contrajo. El aire volvió a fallar. No era solo falta de oxígeno ahora. Era algo peor. Cada respiración se quedaba atrapada a mitad del camino, incapaz de llegar a donde debía. Su pecho se movía rápido, desesperado, pero no servía de nada.
Uno. Dos. Tres.
—Respira… —intentó decirse.
Pero su cuerpo ya no escuchaba.
El latido en sus oídos creció hasta volverse ensordecedor. Un golpe tras otro, violento, irregular. Su visión tembló. Los bordes del cuarto comenzaron a oscurecerse, como si alguien estuviera apagando la luz desde afuera.
El teléfono vibró otra vez, el fuerte sonido la atravesó. Era demasiado. Nirelle se llevó ambas manos a la cabeza.
—Para… —susurró, aunque no sabía a qué se lo decía.
Al teléfono.
A su pecho.
A sus pensamientos.
A todo.
El aire seguía sin entrar. Intentó tomar una bocanada profunda, pero solo consiguió un jadeo roto. Su garganta se cerró, seca, áspera. Sintió un mareo súbito, más intenso esta vez. Daba la impresión de que el suelo hubiera desaparecido un segundo bajo sus pies.
La mesa ya no bastaba para sostenerla.
Sus dedos resbalaron. El rojo dejó una marca irregular sobre la madera mientras perdía el agarre y el mundo se inclinó otra vez.
Más.
Mucho más.
Las paredes parecían cerrarse sobre ella. Los lienzos se deformaron, ondulando en los bordes de su visión. Y el cuerpo en la pintura —ese cuerpo— se agitó en su periferia, apenas un temblor, una torsión mínima… Respiraba.Y lo hacía mejor que ella.
No.
No.
No.
Nirelle intentó dar otro paso hacia atrás, pero su pierna no respondió como debía. Fue torpe, tardía. El suelo subió a su encuentro. Primero las rodillas, luego las manos. El impacto fue suave, casi insignificante, pero su cuerpo reaccionó como lo haría tras una caída desde mucho mayor altura.
El aire se le escapó por completo.
Esta vez no volvió.
El sonido de su propia respiración desapareció.
Silencio.
Su visión se cerró aún más, reduciéndose a un túnel estrecho donde solo quedaba un punto borroso de luz.
El teléfono vibraba.
Lejos.
Muy lejos.
Nirelle parpadeó una vez.
Otra.
La tercera no llegó a completarse.
Su cuerpo se inclinó hacia un lado, lento, sin resistencia.
Y entonces todo se apagó.
Nirelle volvió a la conciencia, emergiendo desde el fondo de un pozo.
Primero llegó el sonido.
Un zumbido bajo, constante, instalado dentro de su cabeza. Luego, el peso de su propio cuerpo contra el suelo frío. La mejilla adherida a algo pegajoso. El olor metálico seguía ahí, más intenso, más cercano.
Parpadeó y la luz le dolió.
No sabía cuánto tiempo había pasado. Segundos. Minutos. Horas. El cuarto seguía igual o peor. Inclinado. Distorsionado. Parecía que estuviera atrapada en una pesadilla.
Intentó moverse.
Un error.
El mareo volvió de golpe, violento, arrancándole un quejido seco. Su pecho aún dolía, cada respiración recordaba una carrera interminable. La respiración era irregular, pero al menos existía.
Aire.
Aire de verdad.
Cerró los ojos un momento, aferrándose a eso.
Inhala. Exhala. Inhala
Entonces lo escuchó.
Una voz baja, quebrada, surgía de algún lugar lejano: otro cuarto, las paredes, quizá su propia cabeza.
—…me dejaba sola. Siempre sola…
Nirelle congeló la respiración.
No.
Su cuerpo entero se tensó contra el suelo.
No puede ser.
Intentó convencerse: estaba débil, desorientada, su mente jugándole trucos. Pero la voz volvió, más clara, más cerca. Demasiado cerca.
—Ni siquiera me mira. Yo le hablo y ella me ignora. Sé que no me ama… soy una carga en su vida.
El estómago se le hundió.
Esa voz.
No .
Imposible.
Pero la reconocía. La había escuchado en recuerdos, en sueños, en culpas que nunca terminaban de cerrarse.
Mila.
El nombre no salió de su boca, pero se formó completo en su mente.
—Pero me tienes a mí, Cami. Sabes que siempre estaré contigo.
Otra voz. Suave falsa en su calma.
Katerina.
Nirelle tragó saliva, pero su garganta seguía seca. Se obligó a incorporarse. Las manos le temblaban mientras buscaba apoyo. Todo su cuerpo protestó, pero logró ponerse de rodillas, luego de pie. Cada paso fue una decisión consciente.
Pesado.
Lento.
El suelo quería retenerla.
—Por eso me encantó conocerte… contigo puedo hablar de todo. Me escuchas y me apoyas.
—Siempre voy a apoyarte…
Las voces venían del cuarto.
Su cuarto.
Nirelle avanzó.
El pasillo pareció más largo de lo que recordaba. O tal vez era ella la que ya no medía bien las distancias.
Al cruzar el umbral, la escuchó otra vez.
Ya no había duda.
—Tú sí me entiendes, ¿sabes? Me escuchas… ella nunca lo hace…
El aire volvió a volverse inestable.
Sus rodillas temblaron.
—No… —susurró, apenas— no eres real…
Pero la voz no se detuvo.
—A veces creo que soy egoísta… siento que le robé su sueño… y ella me odia por eso…
—No creo que te odie…
El mundo se estrechó alrededor de Nirelle. Las paredes, los restos, los lienzos. Todo girando suavemente.
—¿Sabes? A veces siento que Nirelle me preferiría muerta.
El golpe fue directo.
Sin defensa.
Sin filtro.
—No creo eso, Cami. Ella te ama.
Nirelle se quedó clavada en medio del cuarto. Inmóvil, temblando. Las palabras no se disiparon. Se repitieron. Se incrustaron.
—Ella estaría mejor si yo muriera…
Algo dentro de su cabeza empezó a zumbar más fuerte.
—Una vez la escuché… me lo dijo mientras yo fingía que dormía…
—No lo decía en serio…
El zumbido creció.
Se volvió insoportable.
—Lo hizo, me dijo que ella estaría mejor si yo muriera…
—¡CÁLLATE! —gritó.
Su propia voz la rompió.
El sonido estalló en el aire como vidrio y el control se le escapó entre los dedos.
Arremetió contra lo primero que encontró. El buró cayó. La lámpara se hizo añicos contra el suelo. La luz murió, dejando sombras duras, deformes.
—¡CÁLLATE!
Su respiración era salvaje, irregular. Dolorosa.
Arrancó los lienzos de las paredes. Los clavos cedieron. El yeso se desmoronó en polvo blanco sobre su piel manchada de rojo.
—¡¿DÓNDE ESTÁS?!
Pateó uno. Lo desgarró con las uñas.
Pero las voces seguían.
Dentro.
Fuera.
En todas partes.
—¿Cómo hago para que deje de pasar?… A veces hasta yo misma lo pienso…
—Yo no estaría mejor si murieras, Cami. Te amo de verdad.
Nirelle giró, desesperada. Abrió el armario, arrojó la ropa, buscó algo que no sabía nombrar. El espejo le devolvió una versión irreconocible de sí misma: ojos abiertos demasiado, rostro manchado.
Roto.
Lo golpeó.
El vidrio se astilló.
—¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE!
Los cajones volaron. Papeles. Restos. Fragmentos de algo que ya no entendía.
Y entonces lo vio.
Entre los escombros un destello pequeño. Negro. Una micrograbadora de voz. Nirelle se quedó inmóvil. El mundo se redujo a ese objeto, lo tomó. Sus manos ensangrentadas dejaron marcas sobre la superficie.
El aire se volvió hielo en sus pulmones.
No.
No, no, no.
Él había estado ahí.
Otra vez.
El escultor.
¿Pero en qué momento había grabado aquella conversación entre las chicas? ¿Cuando Mila se quedaba en casa de Trina? ¿O aquella única vez que Mila invitó a Trina a quedarse en el departamento, convencida de que Nirelle no regresaría hasta el día siguiente?
Su ira estalló.