El escultor (La sinfonía del caos 1) 38
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FRENESÍ

Rita avanzaba por la acera con el teléfono en la mano, escribiendo sin apartar la mirada de la pantalla mientras se abría paso entre el flujo constante de la gente de la mañana.

Ya salí del hotel.

Voy camino al tribunal.

Leyó el mensaje una vez antes de enviarlo.

Lo envió.

Guardó el teléfono en el bolsillo del abrigo, pero no avanzó de inmediato. Sus dedos permanecieron ahí, cerca de la tela, esperando sentir la vibración.

La ciudad de Edera estaba despierta desde temprano. Los autobuses rugían al pasar, la gente caminaba con café en la mano, y las vitrinas de las cafeterías dejaban escapar el aroma dulce de pan recién horneado.

Rita apenas lo notaba.

El teléfono vibró y lo sacó de inmediato.

Nirelle contestó: Ok.

Rita soltó un pequeño suspiro. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Escribió otro mensaje mientras reanudaba la caminata.

08:35 a.m.

Voy a pasar primero por seguridad y luego a la sala de juntas.

Te aviso cuando termine.

Enviar.

Esperar.

Mientras caminaba, levantó la vista hacia los edificios de piedra gris que rodeaban la avenida. El cielo estaba nublado, pesado, como si fuera a llover en cualquier momento.

El teléfono volvió a vibrar.

08:36 a.m.

Ok.

Rita guardó el móvil otra vez.

Había empezado a hacer eso desde que encontró a Nirelle entre los cuadros destrozados. Escribirle. Avisarle. Decirle dónde estaba, qué estaba haciendo, con quién, cuánto tiempo tardaría.

Al principio no le había parecido extraño. Después de todo, Nirelle había pasado por demasiado en muy poco tiempo. Primero Mila. Luego Katherina. Cualquiera estaría al borde después de algo así. Si un par de mensajes al día ayudaban a tranquilizarla, ¿qué tenía de malo?

Últimamente sentía algo distinto, algo que le resultaba incómodamente familiar. Rita apretó un poco más el abrigo contra su pecho mientras esperaba el semáforo.

El teléfono volvió a salir de su bolsillo.

08:38 a.m.

Estoy cruzando la avenida.

El edificio ya se ve desde aquí.

Enviar.

Esperar.

La vibración llegó casi de inmediato.

08:38 a.m.

Ok.

Rita observó la pantalla unos segundos más antes de guardarla. Se había acostumbrado a ese pequeño ritual. A decirle a Nirelle cada movimiento. Avisarle cuándo salía. Cuando llegaba. Cuando se iba a reunir con alguien.

Una parte de ella entendía por qué lo hacía. Esa ferviente necesidad de protegerla que le había expresado.

Pero otra parte se sentía extraña. Era una sensación que le recordaba demasiado a cuando vivía con sus padres. Cuando tenía que avisar a dónde iba, con quién estaba, a qué hora regresaría. Como si su vida tuviera que pasar primero por el filtro de alguien más.

Rita cruzó la calle cuando el semáforo cambió. El viento frío le rozó el rostro y sacó el teléfono otra vez.

08:40 a.m.

Voy a entrar al edificio del tribunal.

Enviar.

Esperar.

El icono de escritura apareció.

Desapareció.

Volvió a aparecer.

Finalmente:

08:40 a.m.

Ok.

Rita sonrió con cansancio. Aún así, algo dentro de su pecho se relajó. Siguió caminando hacia las puertas de vidrio del edificio.

¿Así de posesiva y controladora era Nirelle con Mila?

El pensamiento apareció de repente. Intrusivo. Incómodo.

Rita frunció el ceño de inmediato.

No.

No era justo pensar eso.

Sacudió la cabeza mientras subía los escalones.

Nirelle estaba herida. Asustada. Intentando mantener el control de algo en una vida que se había desmoronado demasiado rápido. Eso era todo. Además, solo serían un tiempo, mientras retomaba el rumbo de su vida y su carrera.

El trabajo la había obligado a viajar a Edera para evaluar psicológicamente a un sospechoso en un caso federal. Una entrevista, un par más los siguientes días y volvería a casa. Nada complicado.

Rita se detuvo antes de entrar al edificio.

No le gustaba haber dejado a Nirelle sola. Había insistido en quedarse, pero el trabajo no le había dado opción.

Sacó el teléfono otra vez.

Sus dedos dudaron un momento antes de escribir.

08:43 a.m.

Estoy bien. Solo un poco nerviosa por la reunión.

Borró la última palabra.

La volvió a escribir.

08:43 a.m.

Prometo llamarte cuando salga.

Enviar.

Esperar.

La pantalla permaneció quieta durante varios segundos. Rita se quedó ahí, frente a las puertas automáticas del tribunal, observando el reflejo gris del cielo en el vidrio.

Finalmente, el teléfono vibró. Rita sonrió apenas, un gesto pequeño, cansado.

Escribió un último mensaje.

08:45 a.m.

Voy a entrar a la reunión ahora.

Lo envió.

Pero no entró.

Se quedó mirando la pantalla.

Esperando.

La gente pasaba a su lado entrando y saliendo del edificio. Un guardia de seguridad la miró brevemente, como preguntándose por qué seguía parada ahí.

Rita no se movió.

Solo necesitaba una cosa más.

Un pequeño mensaje.

Una confirmación.

La pantalla vibró.

08:46 a.m.

Ok.

Rita exhaló. Guardó el teléfono. Y entonces, por fin, cruzó las puertas del tribunal.

Nirelle no podía más con la presión en su pecho, así que descargó el pincel contra la tela. Trazó primero la sombra de un rostro alargado, severo, con ojos que parecían hundirse en la oscuridad.

Sebastian.

Después, con pinceladas violentas, dibujó otro semblante, suave, amable, con las facciones difusas, como si el lienzo mismo temiera darle forma.

Marcus.

Pintar no era una elección, estaba invocándolos. Cada trazo abría un espacio donde ellos podían entrar.

— Ahí estoy —ronroneó Marcus ¿el Escultor? Pegado a su oído—. Reconócelo. Me pintas con rabia, pero es devoción por mi talento .

Sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.

—No —replicó con la voz quebrada—. Solo quiero sacarlos de mi cabeza.

— Ingenua —respondió Sebastián desde el otro extremo del lienzo. Su tono era calmado, casi tierno—. No puedes expulsar lo que eres. Mira bien lo que estás pintando: es tu verdad .

Sus manos temblaban, sus brazos ardían. La dualidad en la tela parecía observarla, como si ambos rostros estuvieran a punto de cobrar vida. Uno la devoraba con su violencia; el otro la seducía con promesas de trascendencia.

El Escultor rió por lo bajo.

—¿Sabes por qué sigues viva? ¿Por qué aún no estabas colgada en un sótano, convertida en carne y mármol?

Se quedó paralizada, el pincel suspendido en el aire.

— Porque eres arte. Porque no mato a los maravillosos, Nirelle. Solo a los mediocres. Los que imitan, los que repiten. Esos son barro que merece romperse.

El corazón le latía con fuerza en la garganta. El rostro de Sebastián en el lienzo pareció girarse hacia ella, como si la observara desde la pintura.

—¿Lo ves? —susurró —. Esa es su verdad. Él es verdugo, sí, pero también juez. Y tú, Nirelle todavía estabas a prueba.

Se sorprendió hablando sola otra vez.

No, no sola. Nunca sola.

—Basta… —murmuró, llevándose las manos a las sienes.

Pero no bastó. No callaban.

En su cabeza, dos voces la desgarraban como cuchillas tirando en direcciones opuestas.

Él. El Escultor. Su tono áspero, retorcido, que le susurraba con la voz de Marcus.

— Eres mía. Siempre lo fuiste. ¿De qué huyes? ¿De ti?

Y Sebastián. El crítico, el arconte, elegante, casi paternal, pero demasiado frío para confiar en él del todo. Su tono era suave, envolvente.

— Tienes talento, Nirelle. No lo desperdicies en miedo. Ríndete, pero a tu arte. Yo puedo enseñarte a trascender.

Los escuchaba discutir entre ellos, aunque sabía que eran su propia voz, desgarrada en dos máscaras que la devoraban desde dentro.

—¡Cállense! —gritó, arrojando el pincel contra la pared. La mancha roja se escurrió como sangre.

Sebastian rió, bajo, húmedo, como un animal.

— Él no existe. Yo soy el único que toca tu piel. Yo soy la verdad .

—¿La verdad? —respondió ella, jadeando—. La verdad es que me destruyes.

— Y en tu destrucción brillas —le devolvió él, cruel, gozoso.

Entonces Sebastián avanzó en su mente, como si su sombra se dibujara sobre el lienzo que tenía enfrente.

— Él quiere tu cuerpo, tu dolor, tu vida. Yo no. Yo quiero tu mente. Tu mirada. No tu carne.

Se llevó las manos al rostro.

¿A quién creer?

¿A quién rendirse?

Si el Escultor la arrastraba, sabía que terminaría muerta o desecha un muñeco más en sus manos.

Pero Sebastián ¿qué quería realmente? Su ambigüedad era peor que cualquier amenaza. ¿Quería moldearla? ¿Convertirla en algo que ni siquiera reconocería?

—No… no puedo —susurró.

El cuarto giraba. El aire sabía a trementina y a hierro. La pintura roja en su lienzo se deformaba en rostros que la miraban expectantes, aguardando su veredicto.

Se arrodilló frente al lienzo y rió.

Una risa rota, húmeda.

No sabía si era un intento de huir o de arrancarse lo que llevaba dentro, pero lo hizo con desesperación. Cargó de nuevo el pincel con color rojo y lo deslizó sobre el lienzo con violencia, casi arañando la tela. Quería sacar de sí la oscuridad, purgarla; pero lo que apareció no fue alivio.

Fue grotesco.

Lo que había nacido en la tela no se parecía a ella, ni a nada que pudiera reconocer como humano.

Las formas se retorcían en una anatomía imposible, obscenamente cercana a lo que él creaba: torsos abiertos como si algo hubiera intentado salir desde dentro, rostros despojados de ojos —cuencas vacías que aun así parecían mirar—, cuerpos quebrados en ángulos antinaturales, congelados en un ruego silencioso.

El olor ferroso de la pintura la sofocaba, pero siguió. Se obligó a trazar, aunque la mano le temblara. Aunque las heridas en sus brazos ardieran. Aunque cada línea fuera un eco de su sombra.

Se descubrió pintando curvas que semejaban dientes, mordidas abiertas, como si su cuello hablara en lugar de ella.

Los colores se oscurecieron, el rojo se expandió como una hemorragia sobre la tela.

Y no importaba cuántas veces intentara rehacer el trazo: siempre volvía a lo mismo.

Carne rota, bocas abiertas, figuras retorcidas que llevaban algo de su huella.

Se detuvo un instante, jadeando. Se pasó los dedos por el cuello sin darse cuenta, tocando la marca. El roce la estremeció. No sabía si era dolor o placer, y ese era su mayor terror.

Dejó el pincel. Observó el lienzo y sintió náuseas. No era ella quien estaba pintando.

Eran sus manos.

Su aliento en su oído.

Como si él le dictara desde algún lugar que no alcanzaba a ver. Y se repitió, una y otra vez, que no iba a ser suya. Que no iba a dejar que la poseyera.

Pero entonces sus ojos regresaron al cuadro.

Y todo lo que vio fue a él.

La pintura se convirtió en su voz.

El lienzo en su mirada.

La marca en su piel en la cadena que ataba sus manos al pincel.

Intentó romper la tela, rasgarla, pero se quedó inmóvil, paralizada, como si al destruirla, se destruyera a sí misma también.

De pronto, el lienzo ya no fue suficiente.

El cuadro grotesco todavía la observaba desde el caballete, exigiendo más, como si no lo hubiera dejado salir del todo. Como si él siguiera allí, respirándole encima. Agarró un carboncillo y corrió a su cuarto, decidida se acercó a la pared. No pensó en lo que iba a hacer; simplemente trazó.

Ojos.

Docenas de ojos que se abrían entre las sombras. Todos fijos en ella. Todos acusándola y deseándola al mismo tiempo.

No fue suficiente.

Tomó una navaja —no supo de dónde había salido— y se hizo un corte en la mano. Utilizó el líquido para terminar su obra.

La pintura roja llenó los espacios que había dejado el carboncillo. Los ojos se multiplicaron sin que pudiera detenerse, hasta que la pared entera se convirtió en un enjambre de miradas.

En medio de ellas surgió un rostro.

Apenas visible. Apenas insinuado entre las líneas oscuras.

El suyo.

La curva de un pómulo. La insinuación de unos labios. Y esos ojos… siempre esos ojos que le arrancaban la respiración.

Se quedó quieta frente a aquella aparición, con la respiración agitada.

El cuello le ardía. Lo tocó sin pensar, sus dedos recorriendo la marca, y sintió un cosquilleo que se expandió por su pecho, por su vientre.

Era como si aquella mordida no solo hubiera quedado en la piel, sino en su carne entera, reclamándola.

Se dejó caer de rodillas. Sus manos buscaron refugio: una sobre la horrible e imperfecta cicatriz cerca de su hombro y la otra entre la calidez de sus piernas.

No quería hacerlo.

No quería… pero lo hizo.

Cada roce la traicionaba.

En su mente, su voz volvía —baja, cercana— deslizándose por su piel como un eco imposible de callar. Cada exhalación se mezclaba con su sombra, cada latido parecía pronunciar su nombre.

Lo sintió sin verlo.

La idea de él sobre ella, demasiado cerca, demasiado real. Su aliento rozándole la piel. Su presencia, firme, inevitable.

Y entonces ocurrió: un estremecimiento que no supo si era deseo o rechazo.

Ambos, tal vez.

Indistinguibles.

El calor creció dentro de ella, traicionero, devorando cualquier intento de resistencia. Un sonido quebrado escapó de su garganta, sofocado contra sus propios labios, como si pudiera contener lo que ya la desbordaba.

Y en el punto más alto, cuando todo se tensó al límite, lo odió.

Lo odió con fuerza, porque aquello no le pertenecía.

Porque ese impulso no era limpio, no era suyo.

Era una huella. Una semilla oscura que él había dejado, creciendo sin permiso dentro de ella.

Cuando terminó, su cuerpo quedó temblando, la respiración rota, el pulso desbocado como si intentara huir de sí misma.

Y entonces se quebró.

El calor se apagó de golpe, disuelto en un frío repentino. Las lágrimas llegaron sin aviso, silenciosas al principio, luego inevitables. Se abrazó a sí misma, como si pudiera contener lo que se deshacía por dentro.

Se sentía invadida.

Habitada por algo que no entendía.

Como si ya no quedara en ella un solo rincón intacto.

Frente a la pared, los ojos dibujados parecían brillar en la penumbra.

La observaban.

La juzgaban.

Y el rostro de él, apenas insinuado, sonreía en silencio.

Se limpió el rostro con rabia, pero siguió tocándose el cuello, buscando la marca como si fuera una cadena invisible.

Y susurró, entre lágrimas:

—Déjame en paz… por favor.

Pero sabía que no lo haría.

Porque en el fondo, en lo más oscuro de ella, tampoco quería que lo hiciera.