El escultor (La sinfonía del caos 1) 37 #2
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—Me dejaste sola —la acusación salió cortante—. Te fuiste con ellos.

Rita soltó una pequeña exhalación.

—Solo estaba hablando con mis amigos.

—Me abandonaste.

La palabra cayó pesada dentro del coche. Rita giró la cabeza un segundo hacia ella.

—No te abandoné.

—Sí, lo hiciste. —Nirelle finalmente la miró. Sus ojos estaban vidriosos, pero la ira seguía ahí—. Sabes que no puedo estar sola ahora. Que no me gusta que te alejes.

Rita tragó saliva.

—Pensé que estabas bien.

—Pues no lo estaba.

El coche siguió avanzando por la calle oscura.

Nirelle apretó las manos sobre sus rodillas.

—Si algo te hubiera pasado… —murmuró—. Se supone que debo cuidarte. ¿Cómo voy a hacerlo si te alejas de mí? No puedes alejarte de mí.

Rita no respondió. La frase salió casi como una orden y sintió un pequeño escalofrío recorrerle la espalda. Pero no discutió. Recordó los reproches de sus padres y le pareció que la situación era tan similar, que lo mejor sería mitigar el enfado dándole exactamente lo que quería.

Mantuvo los ojos en la carretera.

—Lo siento —dijo finalmente.

La respuesta pareció saciar algo en Nirelle, aunque no del todo.

Se recostó contra el asiento otra vez, mirando la oscuridad detrás de la ventana. Y en el reflejo del vidrio, por un segundo, juraría haber visto a Katherina sentada en el asiento trasero.

Sonriendo.

Sebastian estaba terminando de prepararse para dormir cuando escuchó los golpes en la puerta. Frunció el ceño y miró el reloj de pared que estaba en su habitación.

1:02 a.m.

¿Quién me visitaría a esyta hora?

El golpe se repitió, así que, en contra de su buen juicio, bajó las escaleras con calma mientras su mente repasaba las posibilidades. Nadie llegaba a su casa a esa hora, al menos no que quisieran problemas.

Giró el seguro y abrió.

En cuanto sus fosas nasales se llenaron del aroma fresco, supo que era Nirelle. La sorpresa se transformó en una sonrisa inmediata.

—Vaya —dijo con suavidad—. Gracias por venir a verme. Ya estaba empezando a pensar que tendría que ir yo a buscarte para poder volver a verte.

Apoyó el hombro en el marco de la puerta, relajado.

Al ver que Nirelle no contestaba, extendió la mano en su dirección dispuesto a acariciar su suave y blanca piel.

Se detuvo a medio camino cuando los orbes azules de ella lo enfocaron. Y pudo apreciar que lo que había en sus ojos, no era enojo, ni tristeza. No había nada, como si algo detrás de ellos se hubiera cancelado.

Su sonrisa murió lentamente, retiró la mano con cuidado y tragó saliva cuando sintió un escalofrío recorrerle la piel.

Se hizo a un lado, dio un paso atrás y permitió que Nirelle entrara. No dijo ninguna palabra, sus pasos fueron lentos mientras su mirada recorría el loft . Observó cada rincón con detenimiento: los muebles, las paredes impecables y las luces tenues.

Sebastian no se atrevió a cerrar la puerta. Algo en su instinto le dijo que no lo hiciera. En lugar de eso, avanzó un paso hacia ella.

—Sabía que tarde o temprano vendrías a buscarme.

Nirelle se giró para verlo. Recorrió con su mirada azul cada centímetro del cuerpo masculino. A él le fue imposible no reaccionar ante la atención. Enderezó los hombros, tensó ligeramente los brazos, como si inconscientemente se preparara para una pelea.

—Dijiste que puedes ayudarme a recuperar mi propósito —dijo Nirelle, con la voz desprovista de emociones.

—Sí. Eso dije. —Asintió Sebastian, despacio.

—¿Y realmente puedes? —inquirió Nirelle, inclinando apenas la cabeza.

Sebastian observó el gesto, era tan humano en comparación con la mirada que le estaba ofreciendo. A pesar de las advertencias en su mente, le sostuvo la mirada.

—Yo te acerque a donde perteneces —respondió con calma—. Por supuesto que puedo.

Nirelle dio un paso más dentro del loft . Sus dedos rozaron la superficie con asco, como si estuviera comprobando que estuviese impecable.

—Entonces hazlo.

Sebastian titubeo.

—¿Ahora?

—¿Puedes o no?

—Puedo, pero eso depende de lo que estés dispuesta a dar —dijo Sebastian, manteniendo la distancia.

—Estoy dispuesta a ofrecerlo todo —afirmó ella.

Sebastian sostuvo su mirada unos segundos más, como si intentara leer algo detrás de esos ojos vacíos.

—Tomará algo de tiempo.

—¿Cuánto?

—Necesito unos días para arreglarlo todo, para hablarlo con los iluminados y que los fieles acepten.

—Es un gran honor. ¿Por qué se negarían?

Sebastian no supo qué contestar. Poco a poco el silencio se instalaba como un animal ponzoñoso que poco a poco los infectaba con su veneno.

Sebastian la observó de nuevo, había algo en su postura, en la rigidez de sus hombros, que no era normal.

Como si estuviera conteniéndose, como si cualquier demora pudiera romper algo dentro de ella.

Exhaló despacio.

—¿Cuándo? —exigió Nirelle entre dientes.

—La noche de los lamentos —contestó al fin Sebastian.

Así es como se hacían en la antigüedad los rituales importantes de adoración. Así es como los fieles aceptarían hacerlo ahora.

La noche de los lamentos era una costumbre que aún conservaban de sus antepasados.

Cada año, los días treinta y uno de diciembre antes de medianoche, los panteones se llenaban de gente que llevaban velas y se mantenían arrodillados sobre la tumba de sus muertos.

Se decía que el fuego guiaba a las almas perdidas, y que, con los primeros rayos de sol, en el amanecer de un año nuevo, las almas cruzaban hacia la luz acompañadas por las velas de quienes las recordaban.

Sus ojos volvieron a encontrarse, y por primera vez esa noche, Sebastian pudo notar un brillo de complacencia en los de ella.

—Faltan dos semanas —dijo Nirelle.

—Es tiempo suficiente. —Asintió Sebastian.

—Bien.

La respuesta fue tan simple que Sebastian sintió un leve alivio.

—Iré por ti cuando sea el momento —añadió él.

Nirelle ya estaba dirigiéndose a la puerta. No hubo despedida, solo pasó junto a él y se alejó lentamente por las escaleras.