37
DELIRIO
El bar ardía en luces cálidas y música que vibraba contra las paredes. Risas dispersas. Cristales chocando en un ritmo desordenado. El aire, espeso de tabaco y perfume barato, se adhería a la piel como una segunda capa.
Rita la guió del brazo entre la multitud, casi con la misma fuerza con la que la había arrastrado hasta allí.
—Relájate, Nire —dijo con una sonrisa ligera—. Solo es una salida.
Y antes de que Nirelle pudiera responder, Rita ya se estaba apartando, deslizándose entre los cuerpos hasta alcanzar a sus amigos.
Nirelle sintió su mandíbula endurecerse cuando la vio alejarse. Vio cómo reía con ellos. Cómo alguien le tocaba el hombro. Cómo otro hombre se inclinaba demasiado cerca para decirle algo al oído.
El estómago se le cerró.
Se rezagó, fingiendo interés por la decoración mientras tragaba los celos y ese sabor agrio que le subía desde el estómago.
Los murales de neón parpadeaban sobre las paredes, proyectando una luz enferma.
Los espejos, opacos, arrastraban años de humo y alcohol.
Las mesas, pegajosas, conservaban los círculos fantasmales de bebidas olvidadas.
El calor la abrumaba. Las voces llegaban todas juntas, superpuestas, como si alguien hubiera subido demasiado el volumen del mundo. La pista de baile giraba frente a sus ojos.
Demasiada gente. Demasiados cuerpos. Demasiadas manos tocando a Rita.
Y entonces lo sintió. La mirada de alguien que la estaba observando.
Giró la cabeza.
Un chico bebía cerveza sin prestarle atención. Una pareja discutía cerca de la barra. Una mujer reía demasiado fuerte.
Nadie la miraba.
Intentó convencerse de que estaba siendo paranoica. Que estaba cansada y su mente estaba buscando peligro donde no lo había. Repitió esa idea una y otra vez. Hasta que lo vio. En el reflejo distorsionado de uno de los espejos: una silueta.
Katherina.
El corazón de Nirelle se detuvo. El mismo cabello. La misma sonrisa nerviosa que había tenido la noche del concurso.
Estaba sentada al fondo del bar, mirándola. Culpándola.
Nirelle parpadeó.
La silla estaba vacía. Tragó saliva. El sudor empezó a deslizarse por su espalda mientras sus manos permanecían heladas.
—¿Quieres un trago?
La voz de su amiga apareció a su lado. Nirelle se giró bruscamente, Rita sostenía dos copas.
—Sí —masculló Nirelle.
Tomó una. Sus dedos temblaban y se obligó a sonreír. Pero el bar se había vuelto sofocante. Cada vez que recorría el lugar con la mirada encontraba rastros de ella.
Una carcajada idéntica.
Una melena de cabello oscuro moviéndose entre la gente.
Una sombra entrando al baño de mujeres.
Katherina está muerta , se lo repitió una y otra vez. Pero el pensamiento no la calmaba, porque, por más que intentara negarlo, seguía viéndola acecharla entre la multitud.
—Nirelle.
La voz llegó como un eco. Como si alguien hubiera pronunciado su nombre dentro de su cabeza. Nirelle apretó la copa y se obligó a beber.
El alcohol le quemó la garganta.
—Está muerta —murmuró para sí misma—. Está muerta.
No supo en qué momento terminó sentada en uno de los sillones, junto a los amigos de Rita.
Las conversaciones se superponían: risas demasiado altas, chistes que no alcanzaba a comprender.
Ella asentía, sonreía cuando los otros lo hacían.
Todo en automático, como si habitara su propio cuerpo desde lejos.
Pero cuando alzó la mirada, la vio.
Katherina avanzaba entre la multitud, esquivando cuerpos. Como si todos se apartaran para dejarla pasar.
Caminaba hacia ella con calma. Sonriente. Esta vez no había duda de que era ella.
— Nirelle …
El susurro rozó su oído. Tan real que la copa casi se le resbaló de la mano. Una mano la sacudió del hombro.
—¿Estás bien? —preguntó Rita—. Te pusiste pálida.
Nirelle cerró los ojos. Cuando los abrió, Katherina ya no estaba. Solo la pista de baile, la música y la respiración acelerada en su pecho.
—Estoy bien —mintió—. Solo… no he dormido mucho.
Rita la estudió un momento.
Alguien la llamó desde el otro lado de la mesa y su atención se desvió otra vez.
Otra vez alejándose.
Otra vez riendo con otros.
Nirelle sintió un nudo oscuro retorcerse dentro de su estómago.
Le gusta más estar con ellos.
Hablar con ellos.
Reír con ellos.
—Te está dejando sola —susurró la voz de Katherina.
Intentó ignorarlo, pero cada vez que apartaba la mirada del grupo Katherina volvía a aparecer. De pie junto a la barra. Reflejada en la ventana empañada. Entre los cuerpos que bailaban, mirándola con esa sonrisa frágil.
Nirelle se mordió la lengua hasta sentir el sabor del hierro. Necesitaba recordar que era imposible. Que era la culpa atormentándola.
Solo culpa.
—¿Nirelle? —la llamó Rita, volviendo a tocarle el hombro—. ¿Segura que no quieres bailar?
Nirelle negó con la cabeza.
—Prefiero quedarme aquí.
Rita se encogió de hombros y desapareció otra vez en la multitud dejándola sola.
Sola… y con ella.
Porque ahora Katherina estaba en la silla vacía de enfrente. Ya no sonreía, solo la observaba en silencio.
Nirelle se inclinó hacia adelante.
—Déjame en paz —susurró.
Katherina sonrió.
Entonces otra voz apareció. Grave y siendo susurrada directamente en su mente.
— No perteneces aquí.
Nirelle se quedó inmóvil. La silla frente a ella estaba vacía, Katherina había desaparecido. Pero la voz que reconoció como la de Sebastian continuó.
— Míralos. —La música parecía haberse alejado—. Vulgares. Vacíos. No merecen tu presencia.
Nirelle tragó saliva. Rita y sus amigos regresaban a la mesa. Golpeaban los vasos y reían. Nadie notaba la rigidez en su cuerpo.
—¿Y esos hombres que te miran? —dijo aquella voz, esta vez sonando distinta, más familiar —. ¿Crees que pueden comprenderte?
Marcus.
Sonaba como Marcus.
— Solo te desean. Nada más.
Nirelle levantó la vista. Dos hombres desde la barra la observaban y se inclinaban entre ellos. Reían sin notar que justo en medio estaba Katherina.
Los labios de la chica se movían sin sonido, como si se burlara. El estómago de Nirelle ardió. Tomó la copa y la vació de un trago. Cuando Rita volvió traía más bebidas.
No supo en qué momento aparecieron más vasos frente a ella. Pero cada vez que las voces hablaban, ella bebía. Mezclándose entre sí como un cántico violento de dos hombres que la instaban a marcharse:
— Eres mía, Inmaculada.
—No de ellos.
—Esa sonrisa que finges…
—Es para mí.
Las risas, la música, los cuerpos. Todo se transformó en un zumbido pesado. Y Katherina no desaparecía.
Seguía allí.
Más cerca cada vez.
Observándola.
Acusándola.
Nirelle bebió otra vez. Y otra. El alcohol ya no quemaba, solo era un calor espeso deslizándose por sus venas. Enturbiando lo poco de cordura que aún le quedaba.
Y en medio del ruido una última voz susurró:
— Mi Inmaculada.
El Escultor.
El zumbido del bar se volvió espeso. Como si el aire se hubiera llenado de agua. Las luces de neón se estiraban en los espejos, deformando los rostros de las personas hasta convertirlos en algo extraño, casi grotesco. Las risas llegaban distorsionadas, demasiado agudas, demasiado lejanas.
Pero Katherina seguía ahí, ahora con un par de mariposas negras posadas en su rostro. Cada vez más cerca. Apenas a unos metros.
Mirándola.
Nirelle apretó el vaso entre los dedos.
—Déjame en paz… —murmuró.
La figura inclinó ligeramente la cabeza. Con la misma sonrisa nerviosa que dibujaba cuando estaba a punto de disculparse.
Las voces regresaron.
— Te están mirando.
—Se ríen de ti.
—Te dejaron sola.
Nirelle giró la cabeza hacia la pista. Rita estaba ahí, bailando. Riendo con dos de sus amigos. Uno de ellos le tenía una mano en la cintura. Otro se inclinaba para hablarle cerca del oído.
La ira subió como una ola negra.
— La ves —susurró la voz—. Se divierte sin ti. No te necesita.
Nirelle sintió que algo se rompía dentro de su pecho. El vaso tembló en su mano.
—No… —murmuró.
Pero cuando volvió a mirar, Katherina estaba sentada frente a ella otra vez, en la silla vacía. Esta vez mucho más cerca.
Sus labios se movieron.
—Nirelle.
El sonido fue tan real que algo dentro de ella estalló. El vaso salió volando antes de que su mente pudiera detenerla. El cristal golpeó la mesa con un estruendo seco y rodó al suelo, rompiéndose en varios pedazos.
Algunas miradas se volvieron hacia ella cuando Nirelle se levantó de golpe.
—¡Déjame en paz!
Su voz atravesó la música. Varias cabezas se giraron hacia ella.
Katherina seguía ahí, sonriendo.
Nirelle empujó la silla frente a ella con violencia, cayó hacia atrás con un golpe que hizo callar a los presentes.
—¡Dije que me dejes en paz!
Alguien la sujetó del brazo.
—Nirelle.
Rita.
La voz de Rita.
La música seguía sonando, pero ahora parecía demasiado fuerte.
—Nire, mírame.
Nirelle respiraba rápido. Demasiado rápido.
—No está aquí —dijo Rita con calma—. No hay nadie.
Nirelle la miró. Luego miró la silla.
Vacía.
Katherina había desaparecido.
Las personas alrededor observaban en silencio incómodo. Algunos murmuraban, otros fingían no mirar.
—Vámonos —dijo Rita en voz baja.
Nirelle no respondió. Rita la tomó del brazo y tiró de ella con rumbo a la salida.
—Vamos a casa.
El aire frío de la noche le golpeó el rostro a Nirelle en cuanto cruzó la puerta.
La música quedó atrás. Las luces, las risas…
todo se apagó de golpe. Y entonces el alcohol la alcanzó.
Le subió de pronto, como una ola tardía: el mundo se inclinó apenas, el suelo dejó de ser del todo firme, y el aire helado le quemó la garganta mientras intentaba respirar.
La música quedó atrás. Las luces, las risas. Todo.
El estacionamiento estaba casi vacío. Rita abrió la puerta del coche y la ayudó a entrar. Nirelle se dejó caer en el asiento, apoyando la cabeza contra el vidrio, mientras el motor cobraba vida bajo sus pies.
El silencio dentro del coche era pesado. Solo el sonido del motor y el roce de los neumáticos contra el asfalto.
Pasaron varios minutos hasta que Nirelle habló.
—Es tu culpa.
Rita apretó ligeramente el volante.
—¿Qué?
Nirelle no la miró.
—Todo esto —dijo en voz baja, fría—. Es tu culpa.
Rita frunció el ceño.
—Nirelle…