El escultor (La sinfonía del caos 1) 36 #3
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Abrió la puerta del departamento y entró para encontrarse de frente con la mirada furiosa de Nirelle.

—¿Por qué tardaste tanto?

La colmena estaba llena de ruido como cualquier lunes a mediodía.

Teléfonos sonando, teclados golpeando con impaciencia, conversaciones a medio volumen que se mezclaban con el zumbido constante de las luces blancas. Era el mismo caos organizado de siempre.

Marcus apenas lo escuchaba. Estaba sentado frente a su computadora, con la mirada fija en la pantalla sin leer realmente nada. Sus dedos inmóviles descansaban sobre el teclado.

Había salido de su casa esa mañana después de varios días encerrado en aquel estudio que había convertido en su propia prisión, y se dirigió a la fiscalía esperando que el aire envuelto en desesperación y el caos le ayudaran a despejar la mente.

No lo habían hecho.

De hecho, sentía que había empeorado las cosas. Uno de los novatos le había soltado la noticia casi por accidente mientras se servían café, y él añoraba el café caro que compraba la detective Northon.

—Ah, por cierto… la detective Norton estuvo aquí el jueves pasado.

Marcus había levantado la cabeza de golpe.

—¿Qué?

—Sí —había dicho el chico, encogiéndose de hombros—. Estuvo hablando con Blanchard.

Y eso había sido todo.

Marcus no entendía por qué el detective Blanchard no le había dicho nada. No sabía por qué razón la detective Northon había estado ahí, hasta que le dieron la carpeta de la última víctima del escultor y encontró el nombre de Katherina.

Marcus miró la pantalla otra vez. El cursor parpadeaba en el informe que llevaba diez minutos llenando.

Pensó en tomar la iniciativa y buscar a Blanchard para que le diera la información.

Pero a Marcus le parecía hipócrita solicitar información, si el mismo no se atrevía a compartir la que tenía.

Sabía que debía ir a hablar con su detective a cargo, reportar lo que había encontrado sobre el incendio, el orfanato, los Iluminados, y cómo creía que estaba vinculado de alguna forma con el caso del Escultor. Eso era lo correcto.

Pero cada vez que lo pensaba, algo en él se resistía. Porque si lo hacía, todo quedaría fuera de sus manos y le sería imposible compartir la información también con la detective Northon. Y no podía fallarle.

No a ella.

Marcus apretó la mandíbula. Tampoco podía ir a buscar a su Inmaculada, no cuando todo lo que tenía eran simples teorías, conjeturas, piezas sueltas. No tenía nada sólido que ofrecerle. Y la detective Northon necesitaba respuestas.

Su mirada se desenfocó ligeramente mientras su mente, como había hecho tantas veces en los últimos días, se desviaba hacia ella.

Su rostro, la forma en que fruncía el ceño cuando pensaba, el tono exacto de su voz cuando encontraba una pista.

Marcus cerró los ojos un segundo e intentó reconstruir ese sonido en su mente. No era lo mismo. Nunca lo era.

Nada que su imaginación produjera era tan claro como la Nirelle real. Abrió los ojos y entonces pensó algo que lo hizo reincorporarse un poco en la silla.

Nirelle. Ella debe tener respuestas .

Su mirada se levantó lentamente y se detuvo en una de las puertas del otro lado de la colmena. El letrero aun estaba ahí mostrando que esa seguía siendo la oficina de Nirelle.

Marcus sintió algo moverse en su pecho. Una mezcla de respeto y algo más difícil de nombrar.

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y extrajo el juego de llaves que cargaba a todos lados.

Entre ellas estaba la que necesitaba. La que la detective Northon le había dado cuando estaba bajo su mando.

Marcus la sostuvo un segundo entre sus dedos y miró alrededor. Nadie estaba prestandole atención. La colmena seguía zumbando con su rutina habitual.

Se levantó y caminó hasta la puerta. Cada paso se sentía más pesado que el anterior. Insertó la llave en la cerradura de la puerta y giró. Se abrió dándole el primer vistazo desde hacía mucho tiempo del interior.

Todo estaba igual de ordenado, como si cada objeto tuviera un lugar asignado en un sistema invisible que solo Nirelle entendía.

Marcus entró y cerró la puerta tras él. El silencio dentro de la oficina era casi reverencial, como si las paredes contuvieran la respiración a la espera de quien había sido su dueña.

Se acercó al escritorio, sus ojos recorrieron la superficie.

Nada fuera de lugar. Pero Marcus había pasado demasiado tiempo observando cómo trabajaba Nirelle.

Sabía que ella no dejaba lo importante a la vista.

Pensó, intentó recordar. Entonces vino a su mente la forma en que ella se sentaba.

Cómo giraba ligeramente la silla cuando buscaba algo.

Y lo recordó.

El cajón debajo del escritorio. Colocado de forma que quedara oculto detrás de la silla cuando alguien entraba. Marcus se inclinó y lo abrió con cuidado. Dentro había dos carpetas gruesas repletas de papeles.

Marcus dejó escapar una pequeña exhalación.

—Gracias, detective —murmuró.

Porque claro que Nirelle había guardado todo ahí. Claro que había pensado en eso.

Tomó la primera carpeta, la abrió y empezó a leer.