36 #2
—No volveré a dejar de contestarte —añadió—. Lo prometo —dudó un segundo—. Por favor, perdóname.
El silencio regresó entre ellas.
Nirelle la miró unos segundos más.
Luego asintió.
—Está bien.
Rita levantó la vista lentamente.
—Pero no vuelvas a hacerme eso —dijo Nirelle—. No sabes lo que se siente.
Su tono ya no era agresivo.
Era casi cansado.
—Lo siento —añadió después, más suave—. Sé que solo te preocupas.
Rita frunció ligeramente el ceño.
—Te amo —continuó Nirelle—. Y lo único que quiero es protegerte.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellas.
Algo en esa frase le resultó extraño a Rita. No por el afecto. Nirelle siempre había sido intensa con las personas que quería, pero la forma en que lo dijo…
La necesidad detrás de esas palabras. La sensación de vigilancia implícita en proteger. Algo no encajaba del todo.
Aún así, Rita asintió.
—Lo sé —dijo con suavidad.
Volvieron a abrazarse. Esta vez el abrazo fue más corto. Más tranquilo. Cuando se separaron, el cambio en Nirelle fue casi inmediato. Su expresión se aligeró. La tensión en su rostro desapareció como si alguien hubiera apagado un interruptor.
—¿Tienes hambre? —preguntó Nirelle de repente.
Rita parpadeó.
—¿Qué?
—Puedo preparar café —dijo Nirelle mientras miraba alrededor de la sala—. Y algo de comer. —Hizo un gesto hacia el desastre—. Mientras tanto podrías ayudarme a levantar todo esto.
Rita dudó apenas un segundo.
—Sí… claro.
Nirelle sonrió ligeramente. Luego se dio la vuelta y caminó hacia la cocina.
Rita permaneció inmóvil en el centro de la sala, cercada por los restos de cuadros destrozados.
Bajó la mirada hacia el suelo, luego hacia la puerta de la cocina, y finalmente hacia las heridas abiertas en la pintura.
Cada fragmento parecía murmurar algo que ella aún no alcanzaba a comprender.
No sabía exactamente qué había pasado ahí antes de que llegara, pero decidió no presionar.
No todavía.
Nirelle había perdido a Mila.
Había perdido a Katherina.
Demasiadas cosas en tan poco tiempo. Rita suspiró suavemente y empezó a recoger uno de los marcos rotos del suelo. Probablemente solo era eso. Dolor que aún no sabía cómo salir.
Mas tarde, cuando ya habían recogido los marcos rotos, apilado los lienzos rasgados y barrido los pedazos de madera, se percibia en el ambiente algo parecido a la tranquilidad.
Rita aún intentaba asimilar cada palabra de Nirelle; su mente seguía repitiéndolas como un eco inquieto.
Pero al menos, la sala ya no tenía el aspecto de un huracán recién desatado: el caos se había aquietado lo suficiente para que pudiera respirar de nuevo.
Nirelle estaba en la cocina. El sonido del agua corriendo y de los platos moviéndose dentro del fregadero llegaba hasta la sala.
—Voy por algo dulce —dijo Rita, intentando sonar casual—. Iré a la cafetería que está a unas cuantas calles.
Nirelle asintió, sonriendo.
—No traigas pastel de zanahoria.
—Obvio no. Ya vengo.
Rita salió del departamento y se adentró en las calles tranquilas. Era lunes por la mañana, y la ciudad avanzaba en su rutina: rostros apresurados, manos cargando café, el murmullo suave de un día que apenas despertaba.
Cuando llegó a la cafetería, sintió por fin que el aire le sabía un poco menos pesado.
La campanilla sobre la puerta sonó cuando Rita entró. El lugar olía a café recién molido y a mantequilla caliente. Durante un segundo se permitió respirar ese aroma.
Pidió pastel de chocolate en el mostrador y esperó mientras se lo preparaban para llevar. Fue entonces cuando escuchó su nombre.
—Doctora Jimenez —saludaron a su espalda.
Rita se giró, encontrando a la doctora Grenvriar sentada cerca de la ventana, con una taza de café frente a ella y un libro abierto sobre la mesa.
Observó a su colega, su postura recta y elegante. La conocía desde hacía años y parecía que el tiempo no podía tocarla.
—Doctora Grenvriar. ¿Cómo está? —preguntó Rita, acercándose con una pequeña sonrisa.
—Muy bien, gracias. Que sorpresa encontrarte aquí.
—Lo mismo digo.
Rita se apoyó ligeramente en el respaldo de la silla frente a ella.
—Salí a comprar un café, me topé con este lugar —explicó Caelli, cerrando el libro con suavidad—. ¿Y tú? No sabía que tu consultorio nuevo estuviera cerca de aquí.
—No lo está. Estoy pasando el rato con Nirelle.
Hubo una pequeña pausa. Entonces Caelli inclinó la cabeza ligeramente.
—¿Cómo está la detective Northon?
Rita sonrió.
—Bien —respondió rápido, tratando de sonar natural—. De hecho, me está esperando ahora mismo, vine a buscarle pastel —añadió.
Caelli la observó un segundo más de lo necesario. Luego asintió lentamente.
—Me alegra escuchar eso. —Tomó un sorbo de café—. No asistió a su cita el viernes pasado.
Rita parpadeó.
—¿El viernes?
—Sí —dijo, la mirada de Caelli era tranquila—. Tenía sesión conmigo.
Un pequeño hilo de incomodidad se deslizó por la espalda de Rita, porque recordaba perfectamente esa conversación. Nirelle había dicho que había ido, que la cita había salido bien y que hablar con Caelli la estaba ayudando.
Rita forzó una sonrisa ligera.
—Ah… sí. —Se encogió de hombros con naturalidad ensayada—. Estábamos en casa ese día. Creo que simplemente lo olvidamos. —Hizo un gesto con la mano.
Caelli no respondió de inmediato. Mantuvo la mirada anclada en Rita unos segundos más, como si sopesara un juicio silencioso. Finalmente asintió, aunque un leve pliegue en su expresión revelaba que, en el fondo, aún no estaba del todo convencida.
—Entiendo.
Rita sintió un leve peso en el estómago. Intentó ignorarlo. En ese momento el empleado del mostrador llamó su número.
—Un segundo —dijo Rita, acercándose a recoger la caja con el pastel.
Pagó, agradeció, y cuando volvió a mirar hacia la mesa de Caelli, la doctora seguía observándola.
—Rita.
Ella se detuvo.
—¿Sí?
Caelli entrelazó las manos sobre la mesa.
Su voz seguía siendo tranquila.
—Vigílala de cerca.
Rita frunció el ceño.
—Siempre lo hago.
Caelli sostuvo su mirada.
—Y corre cuando sea necesario correr.
El silencio que siguió fue incómodo. Rita sintió una punzada de molestia.
—No entiendo a qué se refiere.
Caelli no respondió directamente.
—A veces —dijo simplemente— querer ayudar a alguien no es suficiente.
Rita apretó un poco más la caja del pastel entre sus manos.
—Nirelle no es peligrosa —respondió con frialdad.
La expresión de Caelli no cambió.
—No dije que lo fuera.
Pero Rita ya estaba molesta.
—Con permiso.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta. La campanilla volvió a sonar cuando salió de la cafetería. El aire fresco de la calle la golpeó en el rostro.
Caminó de vuelta al edificio de Nirelle, intentando sacarse de la cabeza aquella conversación.
Intentando convencerse de que Caelli estaba exagerando, que estaba viendo problemas donde no los había.
Además, que la hubiera abordado de aquella manera con ese tema en específico, era una falta de respeto y profesionalismo.
Abrió la puerta del edificio y comenzó a subir las escaleras. La idea de que Nirelle le había mentido el viernes no dejaba de rondarle la mente, y es que ¿qué necesidad tenía de mentirle?
Rita exhaló lentamente. Sacudió la cabeza. Probablemente solo había sido un malentendido. Aún así, la duda ya estaba ahí. Y no se iba tan fácil.