El escultor (La sinfonía del caos 1) 36
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DISTORSIÓN

—No está buscando solo matar.

Rita apoyó los codos sobre el escritorio y entrelazó los dedos frente a sí.

El detective sentado frente a ella fruncía el ceño mientras revisaba las fotografías del expediente abierto entre ambos.

—¿Entonces qué está buscando? —preguntó.

Rita deslizó una de las imágenes hacia el centro del escritorio.

—Control. Todos los asesinos quieren control.

El hombre levantó la vista.

Rita se inclinó un poco hacia adelante para explicar.

—Un homicida impulsivo busca liberar tensión. Un depredador sexual busca gratificación. Pero este sujeto… —Tocó la fotografía con la yema del dedo—, está organizando una narrativa.

El detective miró la imagen otra vez.

—¿Una narrativa?

—Sí.

Rita tomó otra fotografía del archivo.

—Observe la posición del cuerpo.

El hombre obedeció.

—No es aleatoria, tampoco es práctica. Le tomó tiempo colocarla así.

—Tal vez solo está jugando con nosotros.

Rita negó de nuevo.

—No. Si quisiera provocar a la policía, dejaría símbolos más obvios. Mensajes. Firmas claras. Algo que asegurara atención inmediata —deslizó la foto hacia él—. Esto no es para nosotros.

El detective levantó la mirada lentamente.

—¿Entonces para quién?

Rita se recostó en la silla.

—Para él mismo. Algunos asesinos seriales no solo buscan matar —continuó Rita—. Buscan crear un significado. Construyen rituales que les permiten justificar lo que hacen dentro de su propia lógica.

El detective suspiró.

—Así que tenemos a un psicópata con complejo de fotógrafo.

—No necesariamente psicopatía clínica —respondió Rita—. Podría ser narcisismo extremo, delirios de propósito o incluso una estructura moral distorsionada.

El detective levantó una ceja.

—¿Es así?

Rita asintió.

—Muchos asesinos organizados desarrollan sistemas morales propios. Si cree que está purificando algo, corrigiendo algo o cumpliendo un rol superior, el acto deja de ser asesinato en su mente y se convierte en su misión de vida.

Rita cruzó los brazos.

El detective se quedó pensativo.

—¿Cree que va a volver a hacerlo?

Rita no dudó.

—Sí.

—¿Por qué?

Ella señaló nuevamente las fotografías.

—Porque aún no ha terminado su historia.

El detective cerró lentamente la carpeta.

—Bueno —dijo poniéndose de pie—. No es exactamente lo que esperaba escuchar.

Rita sonrió apenas.

—Nunca lo es.

El hombre recogió el expediente.

—Gracias, doctora Jimenez.

—Llámeme si aparece algo nuevo —respondió ella.

—Lo haré.

El detective salió de la oficina y cerró la puerta detrás de sí.

El silencio regresó al pequeño despacho.

Rita se recostó en su silla y dejó escapar un suspiro largo. Había pasado la mañana entera revisando informes y perfiles criminales. Su mente empezaba a sentirse pesada.

Extendió la mano hacia su teléfono sobre el escritorio. La pantalla se encendió. Rita parpadeó.

Primero vio la hora.

09:02.

Frunció el ceño.

Luego vio las notificaciones y su estómago se contrajo. Había más de cincuenta llamadas perdidas. Todas del mismo nombre.

Nirelle.

Rita se enderezó en la silla.

—¿Qué?

Buscó en el teléfono rápidamente. Las llamadas comenzaban a las 03:11 de la madrugada.

Luego otra.

03:14.

03:18.

03:20.

03:23.

Docenas.

Una tras otra.

Su corazón empezó a latir más rápido. Había dejado el teléfono cargando durante la sesión con el detective. Y antes de eso no lo había revisado por lo rápido que salió del departamento. Durante la madrugada había estado dormida.

Rita tragó saliva.

Abrió el registro de llamadas. Intentó devolverlas durante casi una hora. No tuvo éxito.

Sin rendirse, miró la pantalla. Llamada saliente y luego sin respuesta.

Llamada saliente.

Sin respuesta.

Llamada saliente.

Sin respuesta .

Su pulso se aceleró. Presionó el nombre otra vez y el teléfono comenzó a marcar. El tono de llamada sonó en el altavoz.

Una vez.

Dos.

Tres.

Rita apretó el teléfono contra la oreja.

—Vamos, Nirelle… —murmuró.

Cuatro tonos y se cortó. Rita volvió a marcar inmediatamente. Su estómago se sentía cada vez más tenso porque conocía demasiado bien a Nirelle. No llamaba cincuenta veces, nunca. Y no pedía ayuda ni siquiera cuando algo estaba muy mal.

El teléfono insistía en sonar en el vacío, sin que nadie respondiera. Y la inquietud, al crecer, empezaba a mutar en una sombra más profunda.

Rita volvió a marcar.

El teléfono sonó.

Y sonó.

Y volvió a sonar.

Nada.

El silencio al otro lado de la línea empezó a pesarle en el pecho. Colgó antes de que el buzón de voz se activara y respiró hondo. Su mente, entrenada para analizar conductas ajenas, ya empezaba a construir escenarios que no le gustaban.

Miró la hora otra vez.

09:07.

Demasiado temprano para entrar en pánico. Pero no podía atreverse a ignorarlo. Tomó el teléfono y llamó a su propia oficina, la extensión de recepción.

—¿Sí, doctora? —respondió la voz de su secretaria.

—Carla, necesito que me hagas un favor —dijo Rita mientras ya empezaba a recoger su bolso del escritorio—. Tengo dos citas esta mañana, a las diez y a las once. ¿Puedes reagendarlas?

—Claro, ¿todo bien?

Rita dudó apenas un segundo.

—Sí. Solo… surgió algo urgente.

—No se preocupe, yo me encargo.

—Gracias.

Colgó.

Tomó las llaves del coche, el bolso, el teléfono y salió de la oficina casi sin darse cuenta de que había dejado la taza de café intacta sobre el escritorio.

El trayecto hasta el departamento de Nirelle se sintió más largo de lo habitual. Rita no dejaba de mirar el teléfono cada vez que se detenía en un semáforo.

Ninguna llamada o mensaje. El nudo en su estómago se tensaba más con cada minuto.

Cuando finalmente estacionó frente al edificio, salió del coche casi de inmediato. Subió las escaleras con rapidez. Frente a la puerta del departamento de Nirelle, respiró hondo y tocó una vez. Luego dos más.

—¿Nirelle? —llamó.

Esperó.

Silencio. Tocó otra vez.

—Nirelle, soy yo.

Nada.

Rita frunció el ceño. Entonces recordó y metió la mano en su bolso y sacó el pequeño llavero metálico que Nirelle le había dado una semana atrás, debido a que había estado durmiendo ahí.

Insertó la llave en la cerradura y la giró.

La puerta se abrió con un clic suave.

—¿Nirelle?

Entró con cautela.

La primera sensación que la golpeó fue el olor. Trementina. Y algo más. Algo agrio.

La sala estaba hecha un desastre. Pedazos de marcos rotos, lienzos rasgados. Restos de tela y madera esparcidos por el suelo como si alguien hubiera desatado una tormenta dentro del apartamento.

Rita se quedó quieta un segundo.

—¿Nirelle?

Entonces la vio.

Estaba sentada en el suelo, apoyada contra la pared al fondo de la sala. Rodeada de cuadros destrozados, con la cabeza ligeramente inclinada y los ojos abiertos, pero desenfocados.

Como si estuviera mirando algo que no estaba ahí.

—Dios…

Rita cruzó la habitación rápidamente, esquivando los restos en el suelo.

Se agachó frente a ella.

—Nirelle.

No hubo reacción inmediata.

—Nirelle, mírame.

Rita extendió la mano y tocó su brazo con cuidado.

—¿Estás bien? ¿Qué pasó aquí?

La reacción fue fulminante. Demasiado veloz para ser natural. Los ojos de Nirelle se clavaron en ella de golpe, y la ira surgió en su mirada como una chispa prendiendo pólvora.

—¿Dónde estabas? —exigió saber Nirelle, su voz sonaba seca.

Rita parpadeó.

—Yo…

—¡Te llamé! —continuó Nirelle, levantándose de golpe—. ¡Te llamé toda la maldita noche!

Rita se puso de pie también, sorprendida por la intensidad.

—Nirelle, yo…

—¿Te parece gracioso? —la interrumpió ella—. ¿Desaparecer así? ¿No contestar? ¿Dejarme sin saber si estás bien?

Las palabras salían atropelladas. Desordenadas.

—Yo tenía el teléfono en silencio —intentó explicar Rita con calma—. Estaba trabajando y…

—¡Claro! —soltó Nirelle con una risa amarga—. Trabajando. —Caminó por la sala con pasos erráticos—. Porque tu trabajo es más importante, ¿no?

—Nirelle…

—¿Sabes lo que es no saber dónde estás? —continuó ella—. ¿No saber si algo te pasó?

Rita abrió la boca, pero no encontró cómo responder.

—¿Te gusta hacerme esto? —siguió Nirelle—. ¿Te gusta preocuparme? ¿Te gusta que esté aquí preguntándome si estás viva o muerta?

Rita la observó en silencio unos segundos. Las preguntas no tenían lógica. No eran acusaciones reales.

Eran otra cosa.

Ansiedad.

Miedo.

Pánico mal canalizado.

—Nirelle… —dijo finalmente, con voz suave.

Pero Nirelle seguía hablando.

—Porque yo sí te contesto cuando llamas —continuó, la voz empezando a quebrarse—. Yo sí estoy ahí.

Rita dio un paso hacia ella.

—Oye…

Pero Nirelle seguía atrapada en la espiral.

—Yo siempre estoy ahí —susurró con la voz rota.

Entonces Rita la abrazó sin avisar. Simplemente cerró los brazos alrededor de ella intentando calmarla, sacarla del abismo en el que se estaba sumergiendo.

Nirelle se quedó rígida por un segundo. Y luego dejó de hablar. Como si su cuerpo no supiera cómo reaccionar. Luego la tensión comenzó a aflojarse lentamente. Su respiración, que segundos antes era agitada, empezó a estabilizarse contra el hombro de Rita.

El silencio duró varios segundos.

—Lo siento —murmuró Rita finalmente, con voz suave, casi culpable—. No debí dejar el teléfono en silencio.

Nirelle no respondió de inmediato.

Rita apoyó la mejilla contra su cabello.

—No volveré a hacerte eso —continuó Rita—. Te lo prometo. Siempre voy a contestarte.

El cuerpo de Nirelle seguía tenso. El silencio se alargó un momento más.

Entonces habló.

—Eso espero.

Rita parpadeó. Se separó apenas para mirarla. Los ojos de Nirelle estaban húmedos, pero su expresión había cambiado. Ya no había furia en su rostro, solo algo duro, parecía más cercano al reproche.

Nirelle hizo un gesto hacia la sala.

—Mira todo esto.

Rita giró ligeramente la cabeza. Los cuadros rotos. Los marcos partidos. Los pedazos de tela por todo el suelo.

—Mira lo que me hiciste hacer —continuó Nirelle—. Me volví loca de la preocupación.

Rita sintió un pinchazo en el pecho.

—Lo siento —repitió de inmediato—. De verdad lo siento —su voz salió más baja esta vez, sincera—. No quería que te preocuparas así.

Nirelle la observó un segundo.

Rita bajó la mirada, sintiendo el peso de la culpa asentarse en su estómago.