El escultor (La sinfonía del caos 1) 35
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SUEÑOS

El lienzo respiraba.

Nirelle lo supo antes de verlo. El pincel temblaba entre sus dedos y el silencio a su alrededor era tenso. Como si las paredes se hubieran acercado unos centímetros cuando ella no estaba viendo.

En ese momento en que les prestaba atención, parecía que todo el espacio contenía la respiración con ella.

Observó de nuevo el lienzo. No recordaba haber comenzado ese cuadro. Y, sin embargo, lo conocía. Un tirón seco en la muñeca la sorprendió. Parecía querer obligarla a continuar con la tarea. Nirelle intentó soltarlo, pero no podía, sus dedos no le respondian. No eran suyos.

Su mano se movió como si alguien más la habitara, creando trazos grotescos en la tela.

El lienzo volvió a respirar.

No se agrietó ni se rompió. Se hundió lentamente como cascarón cediendo bajo presión. Nirelle dejó escapar un sonido ahogado, o al menos lo intentó, porque su garganta se cerró de golpe, apresando el sonido en la carne. La superficie vibró y la pintura comenzó a desplazarse.

Iba directo hacia afuera, como si quisiera escapar. Un líquido espeso brotó de la pintura, desbordándose y cayendo al suelo en un sonido húmedo, denso, insoportable. Una gota caliente alcanzó su pie descalzo.

Nirelle bajó la mirada con lentitud, asustada de lo que pudiera encontrar sobre su piel.

Rojo.

Todo era rojo y parecía vivo.

El líquido avanzó por el suelo, arrastrándose hasta enroscarse alrededor de sus pies, subiendo apenas hasta sus tobillos.

En el reflejo del líquido carmesí observó un par de ojos que la miraban de vuelta. Nirelle alzó la vista de golpe. El lienzo en el que había estado trabajando había desaparecido, sustituido por algo más.

Una figura arrodillada la hizo olvidar la sensación del líquido espeso en su piel. Estaba frente a ella, tallada en piedra gris, erosionada, quebrada en los bordes como si hubiera sobrevivido a algo antiguo. Sus manos estaban extendidas hacia ella, suplicantes.

Nirelle intentó retroceder, su cuerpo no le respondió. El pincel seguía en su mano, ahora más pesado, más real. Sintió cómo algo se deslizaba entre sus dedos y goteaba al suelo, pero no quiso mirar.

No se atrevió.

Un sonido seco quebró el aire. La cabeza de la figura se alzó apenas. Un movimiento antinatural.

—Inmaculada.

La palabra apareció dentro de su cabeza en el mismo instante en que una grieta atravesaba el rostro de la estatua. Luego otra y otra. Hasta que una parte cayó al líquido rojo que inundaba el suelo y burbujeaba mientras se hundía.

Entonces el primer hilo de humo brotó desde el interior de la piedra. Llenó el espacio oscureciendo poco a poco su visión. Nirelle abrió la boca para gritar. Nada salió. El humo entró, llenando sus pulmones y su mente, haciendo estallar las imágenes.

Fragmentos de manos, fuego y piel arrancada.

Muchas voces superpuestas rezando y suplicando por ayuda.

Inmaculada.

Inmaculada.

Inmaculada.

Su pecho ardió; su cabeza pareció abrirse en dos, y de pronto ya no pudo distinguir qué era recuerdo y qué era realidad.

Entonces alguien susurró.

—Ya casi volvemos a casa.

El humo le llegó a los ojos y lo oscureció todo por completo; le fue imposible seguir luchando.

Nirelle despertó de golpe, como si la hubieran expulsado desde dentro del sueño. El aire entró con violencia a sus pulmones de manera tan dolorosa que la hizo toser. Se llevó las manos al pecho, sintiendo su pulso y trató de acompasar su respiración.

Poco a poco logró respirar con normalidad. Sentía la garganta seca y el sabor del humo se impregnaba al interior de su boca. Buscó a tientas a Rita, y encontró el lugar vacío.

Su mejor amiga solía quedarse a dormir con ella la mayoría de las noches desde hacía una semana, y a Nirelle aún le costaba despertarse y no encontrarla.

La idea de que algo malo podría pasarle a Rita si no la mantenía cerca se apoderaba de su mente y no la dejaba descansar, hasta que su amiga volvía a ocultarse bajo su ala.

La oscuridad de la habitación era su única compañía. Intentó tragar saliva sin éxito, así que decidió levantarse a buscar un vaso de agua.

Salió de su cuarto con rumbo a la cocina.

El reloj de la pared marcaba las cuatro y diez, pero no sonaba; las pilas habían muerto hacía semanas, entonces Nirelle no podía saber exactamente qué hora de la madrugada era.

El sofá, cubierto por una manta arrugada, conservaba la huella de un cuerpo que ya no estaba.

En la mesa baja, un cuaderno abierto mostraba garabatos que empezaban como palabras y terminaban en manchas de tinta.

El olor a trementina flotaba en el aire, tan fuerte, que se mezclaba con un sabor metálico en su lengua.

El caballete estaba en el centro del estudio improvisado en la esquina de la sala, bañado por la luz de una lámpara que no recordaba haber encendido.

Una punzada inquietante le recorrió la espalda: tenía la sensación de que alguien la estaba observando.

El tarro de agua para enjuagar los pinceles estaba teñido de un rojo opaco, y un pincel húmedo descansaba sobre la paleta, como si alguien hubiera interrumpido su trabajo apenas un segundo antes de que ella saliera de la habitación.

La alfombra tenía una mancha oscura que podría ser cualquier cosa.

Café.

Pintura.

Vino.

Pero Nirelle reconoció el olor del hierro incluso cuando intentaba convencerse de lo contrario.

¿Aún no salía del sueño?

Se quedó quieta.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente: la respiración se volvió más lenta, el peso de sus pasos desapareció, los músculos de sus hombros se tensaron de forma automática. Años de entrenamiento volvían a su lugar, ocupando el espacio que el miedo intentaba reclamar.

Alguien había estado ahí.

Su mirada recorrió la sala centímetro a centímetro.

La ventana estaba casi cerrada. La cortina apenas se movía con una corriente débil que se filtraba por el espacio abierto.

El silencio era tan profundo que podía escuchar el leve zumbido de la única lámpara que enfrentaba la oscuridad.

Observó entonces la puerta principal, cerrada.

La cadena seguía puesta desde dentro. Nada parecía forzado o fuera de lugar.

Excepto el lienzo y los materiales recién usados.

Una imagen cruzó su mente con violencia: un par de ojos cafés.

Marcus.

El recuerdo apareció tan claro, que casi pudo verlo de pie en medio de la sala, con ese gesto incómodo que tenía cuando no sabía qué hacer con las manos y su nerviosismo.

Ahora creía que el Escultor era él. No podía dejar de pensarlo.

¿Había entrado a su casa?

¿Había estado ahí mientras dormía?

¿Había pintado eso?

Su mirada regresó al caballete. Algo en el lienzo llamó su atención. Se acercó despacio, esta vez con más cuidado.

La imagen tardó un segundo en acomodarse dentro de su mente. Pero cuando lo hizo, el reconocimiento fue inmediato.

Era ella.

Estaba de espaldas, con la cabeza girada apenas por encima del hombro. Sus ojos, fijos y directos en quien se atreviera a mirar el cuadro, destilaban un odio oscuro y espeso, un abismo helado enmarcado por aquel par de iris azules.

Nirelle sintió que algo se apretaba dentro de su pecho. Conocía ese cuadro, lo había visto en la exposición en honor a Camila. Recordaba perfectamente el dolor en su corazón cuando vio cómo Mila la había retratado.

Pero a pesar de que la imagen era la misma, no era el mismo cuadro. Mila pintaba sin técnica, con sombras mal resueltas y anatomía ligeramente desproporcionada. Este era…

Perfecto.

Cada línea del rostro estaba resuelta con precisión. La tensión en los músculos del cuello, la forma en que la luz rozaba el borde del pómulo, la textura de la piel. Incluso la expresión. Ese odio silencioso que Mila había intentado capturar, aquí estaba terminado.

Pulido.

Refinado.

Llevado a su forma más cruel.

Era el mismo cuadro, pero hecho por alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Nirelle retrocedió, tratando de alejarse del caballete, de la pintura, de quien fuera que hubiese violado su intimidad. Su pie descalzo pisó algo duro y perdió el equilibrio cayendo al suelo. Con su mano izquierda buscó qué era lo que la había lastimado, mientras con la derecha se sobaba.

Encontró la causa de su dolor: los cuadros de Camila.

Habían estado ahí todo el tiempo, apilados unos contra otros en la esquina de la sala, apoyados contra la pared como si fueran algo que no valía la pena. No los había tocado desde que los recogió de la academia hacía meses, por eso el polvo se había acumulado sobre los marcos.

Nirelle se puso de rodillas y los acercó más a la luz. Tomó el primero del montón. El polvo se levantó en una nube fina cuando lo movió, haciéndola arrugar la nariz.

Lo observó unos segundos, las formas humanas rígidas, retorcidas en posturas dramáticas. Cuerpos congelados en algo que Camila había intentado capturar como belleza, pero que solo lograba parecer grotesco.

Nirelle tomó otro.

Y luego otro.

Camila siempre había demeritado el trabajo del escultor por considerarlo violento, entonces Nirelle no lograba comprender por qué Camila parecía intentar replicarlo como si fueran imágenes sacadas directamente de sus pesadillas.

En algunos, las figuras estaban rodeadas de pequeños puntos de luz pintados con pinceladas rápidas, nerviosas. Parecía intentar retratar veladoras.

—¿Qué demonios? —murmuró para sí misma.

Siguió revisando. Más intentos de pintar esculturas. Siguió sacando incluso los que lucían más viejos, hasta que uno de los cuadros la hizo detenerse.

Era distinto, mucho más grande. Nirelle lo limpió con la palma de su mano; el polvo cedió revelando lentamente la imagen de una mujer de piel oscura.

Hermosa.

Su rostro estaba pintado con una delicadeza que Camila no mostraba en ninguno de los otros cuadros. Los ojos eran grandes, cálidos, castaños. El cabello negro caía en ondas largas sobre los hombros. Había algo en esa mirada, algo vivo, amoroso.

Nirelle frunció el ceño.

Esos ojos los conocía, los había visto demasiadas veces. Eran los ojos de Camila. La misma forma, el mismo brillo.

La comprensión fría atravesó su mente.

—Su madre —susurró.

Era ella.

La madre de Camila.

Nirelle se quedó mirando el cuadro unos segundos más. Luego dejó escapar una respiración lenta. Algo no estaba bien. Había demasiados cuadros escondidos debajo. Se arrodilló frente al montón y empezó a sacar los que estaban al fondo. Estaban más cubiertos de polvo.

Más escondidos.

Como si Camila los hubiera ocultado deliberadamente.

Como si no quisiera que nadie los encontrara.

Nirelle sintió irritación subirle por el pecho.

Sacó otro.

La misma mujer.

Otro más.

La misma.

Otro.

Otra vez.

La madre.

Siempre la madre.

Siempre hermosa.

Siempre bañada en luz.

Los cuadros se acumulaban alrededor de Nirelle mientras los sacaba del montón. Todos eran de ella en distintos momentos, con distintas expresiones, pero la misma devoción.

La misma ternura en cada pincelada.

Como si Camila hubiera intentado reconstruir una y otra vez. Como si no quisiera dejarla ir.

Nirelle sintió algo torcerse dentro de su pecho. Su respiración se volvió más pesada, rápida. Y entonces lo vio.

Entre los cuadros estaba el suyo. El retrato donde ella aparecía de espaldas, girando la cabeza sobre el hombro, con los ojos llenos de odio. Recordó inmediatamente el otro, el cuadro de la figura de luz. La forma luminosa abrazando a una niña hasta asfixiarla.

Una luz que no protegía, consumía.

Nirelle levantó lentamente la mirada hacia los cuadros de la madre.

Luz.

Siempre luz.

Cuando Camila pintaba a su madre la rodeaba de claridad, calor, belleza. Pero cuando la pintaba a ella…

Sus dedos temblaron alrededor del marco.

Monstruo.

El pensamiento apareció sin que pudiera detenerlo, Camila la había pintado como un monstruo.

Un sonido extraño salió de su garganta. Primero fue pequeño, un resoplido.

Luego otro.

Hasta que se convirtió en risa.

Una risa quebrada, incontrolable.

—Claro… —murmuró entre carcajadas—. Claro.

La risa se volvió más fuerte. Más aguda. Sus hombros empezaron a temblar. Las lágrimas empezaron a deslizarse por su rostro.

La risa se quebró en un sollozo abrupto.

—Yo la cuido toda su vida. Y aún así ella se gana los cuadros hermosos.

Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del marco.

—Ella muere… —su voz temblaba—. Y yo me quedo.

Su respiración se volvió errática.

—Yo me quedo contigo.

El llanto ahora era abierto.

Doloroso.

—¡Y ni siquiera fui suficiente para ganarme uno hermoso!

Algo dentro de ella se desgarró de golpe. Un alarido escapó de su garganta. El primer cuadro cayó hecho furia, estrellándose contra el suelo. La madera crujió al partirse; la tela, herida, se abrió en un tajo irreparable.

Nirelle tomó otro.

Lo lanzó contra la pared.

Luego otro.

Y otro.

Los marcos crujían.

Las telas se desgarraban bajo sus manos.

—¡Maldita seas, Camila! —gritó entre lágrimas. Sus manos arrancaban la pintura. Las uñas rasgaban la tela—. ¡Maldita seas!

Risa.

Llanto.

Gritos.

Todo mezclado.

Otro cuadro se rompió contra el suelo.

—¡Siempre tu madre!

La sala quedó sembrada de astillas y jirones de tela, como si la rabia hubiera estallado en mil fragmentos.

—¡Ni siquiera muerta pudiste dejar de preferirla!

Nirelle cayó de rodillas entre los restos. Sus manos seguían temblando. Su pecho subía y bajaba con violencia.

Rió otra vez.

Una risa rota.

Vacía.

Luego se cubrió el rostro con las manos y dejó que un llanto silencioso le desbordara el alma.