34 #2
Estaba sentada en el mismo lugar de siempre, luciendo perfecta, con un libro entre las manos como si nada en el mundo pudiera alterarla.
Marcus fue directo a la cafetera, evitando mirarla demasiado tiempo.
El silencio duró apenas un instante.
—¿Vas a seguir perdiendo el tiempo en ese estudio? —preguntó ella, sin levantar la vista.
La voz fue suave, pero cargada de burla y reproche.
Marcus apretó la mandíbula mientras servía café en una taza grande.
—No estoy perdiendo el tiempo —respondió—. Estoy trabajando.
Su madre pasó la página.
—¿Trabajando? —Lo miró con frialdad por encima de sus gafas, buscaba fallas en cada aspecto de su hijo—. A los policías mediocres como tú no les dan casos importantes.
Marcus soltó una risa seca. Meses atrás, el comentario de su madre le habría molestado, le habría dolido la falta de fe. Pero en ese momento sentía que ya nada de lo que ella dijera le importaba.
—No soy policía —corrigió, girándose hacia ella—. Soy detective de homicidios.
Ahí estaba. Lo había confesado. Y, contra todo lo que alguna vez imaginó, decirlo en ese instante no le provocó nada. Ni alivio. Ni culpa. Solo un vacío inquietante.
Su madre arqueó una ceja.
—Qué título tan elegante para alguien que no destaca en nada.
El golpe le tensó el pecho.
—Estoy en medio de una investigación importante.
—¿Importante? —repitió ella, cerrando el libro con cuidado—. Si realmente fuera importante, no estarías escondido en el estudio de tu padre jugando a ser alguien que no eres.
Marcus dio un paso hacia la alacena que había dejado abierta.
—No estoy jugando.
—Claro que sí —su tono no subió, y aún así le pegó con fuerza—. Siempre lo has hecho.
Marcus sintió que algo empezaba a hervirle bajo la piel.
—No tienes idea de lo que estoy haciendo.
—No necesito tenerla —replicó ella, inclinando ligeramente la cabeza—. Eres igual que cuando eras niño, una carga molesta. Empiezas cosas que no puedes terminar.
El muchacho soltó el aire por la nariz.
—Estoy resolviendo un caso.
—No —afirmó —. Estás obsesionado, cuando te aburras lo botarás igual que todo lo demás.
Eso lo hizo tensarse.
—Estoy trabajando.
—Te estas consumiendo —corrigió ella—. Y lo peor es que no es por algo en lo que seas bueno.
Marcus miró fijamente a su madre.
—¿Y en qué soy bueno, según tú?
Su madre no dudó.
—En nada que valga la pena.
El silencio que siguió cayó con un peso casi insoportable. Marcus sintió el golpe más profundo de lo que quería admitir.
—Deberías haber sido como tu padre —añadió ella—. Él tenía disciplina, talento, presencia.
Marcus negó la cabeza.
—No me interesa ser como él.
—Porque no puedes —replicó ella de inmediato—. No tienes lo necesario.
Eso lo hizo soltar una risa amarga.
—Claro. Porque tú decides eso, ¿no?
—No. —Enfocó la mirada en él, sus orbes llenos de decepción—. La realidad lo hace. Eres mediocre, Marcus, siempre lo has sido. Y ahora intentas esconderte detrás de un caso que claramente te queda grande.
Marcus regresó a su infancia, a los sentimientos de inferioridad que sus padres habían tatuado en su alma. Ya le habían provocado suficiente daño en el pasado, y aun así sintió cómo algo dentro de él se quebraba, quizá lo único que todavía permanecía entero.
Así que se aferró con más fuerza a su Inmaculada. A su voz, su mirada. A la única persona que alguna vez lo había visto. Ella creía en él, le había suplicado su ayuda, y eso era todo lo que necesitaba para poder ignorar las palabras crueles de su madre.
—Di lo que quieras, seguiré ayudando a la detective Northon.
Su madre lo analizó y luego sonrió.
—Ah, sigues necesitando que alguien te valide para sentirte capaz —soltó con desprecio—. Te aferras a lo poco que alguien te da como si fuera suficiente para tapar todo lo que te falta.
Marcus intentó responder, pero no podía. Porque una parte de él sabía que su madre no estaba completamente equivocada.
La mujer volvió a abrir su libro y dejó de prestarle atención.
—Cuando te des cuenta de que no eres especial, tal vez dejes de perder el tiempo y regreses al chelo. Tal vez aún tengas tiempo de perfeccionar tu arte.
Eso fue todo, para ella, la conversación había terminado.
Marcus se quedó ahí unos segundos, quieto, con el café enfriándose en su mano. Luego, sin decir nada más, sus dedos encontraron la botella de whisky que estaba dentro de la alacena, y al fin cerró las puertas con más fuerza de la necesaria y se dirigió a las escaleras.
Subió un paso.
Luego otro.
Tenía la mandíbula apretada y el pecho ardiendo. Y la voz de su cabeza repitiendo una y otra vez la conversación. Y entonces, al fin la voz de la detective Northon se hizo presente, recordándole que sí lo veía, que creía en él.
Pero algo de lo que dijo su madre seguía rondando su mente.
Perfeccionar tu arte.
Rio bajito y negó lentamente. Su madre menospreciaba su trabajo y aun así le había ayudado a entender el modus operandi del Escultor.
Porque eso es lo que hacía, perfeccionaba el arte, y si lo que dijo la detective Norton sobre el arte de Katherina era cierto, entonces lo que él estaba pensando era verdad.
El escultor no buscaba a artistas magníficos, asesinaba a los mediocres.
Volvió a meterse al estudio y cerró de golpe la puerta tras de sí.