El escultor (La sinfonía del caos 1) 34
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NIEBLA

Marcus se pasó una mano por el rostro.

Lo hizo con lentitud, arrastrando el cansancio como si pudiera desprenderse de su piel. No funcionó. Nada funcionaba.

El estudio —que alguna vez había pertenecido a su padre—, ya no parecía un lugar habitable. Los instrumentos musicales estaban amontonados en una esquina; violines y violonchelos dentro de estuches abiertos, un piano cubierto por una tela mal puesta, partituras arrugadas siendo restos de otra vida.

Una vida que nunca fue suya.

Ahora el espacio de concentración de su padre era usado para otra cosa. Le pertenecía por completo a su obsesión con el caso.

La pared frente a él estaba completamente cubierta de papeles e hilos rojos que cruzaban de un punto a otro como venas abiertas de las que esperaba extraer información.

El aire era denso, pesado. Olía a sudor, a encierro, a cigarrillos consumidos hasta el filtro, y a café. Había tazas abandonadas por todas partes, como objetos inútiles que ya cumplieron su misión.

Marcus se inclinó sobre el escritorio, apoyando ambas manos sobre la madera. Sus dedos temblaban, no sabía si debido al cansancio o por la ansiedad.

Tiene que haber algo , pensó.

Su mirada recorrió la pared una vez más.

Forzándose a ver algo distinto, algo que no hubiera notado antes.

Sus ojos se detuvieron en el caos que él mismo había construido: papeles superpuestos, fotografías torcidas, recortes de periódicos, anotaciones hechas con letra cada vez más errática y los hilos sosteniendo la verdad que se negaba a revelarse.

Había recreado el pizarrón de Nirelle. Recordaba cada anotación, cada conexión e hipótesis. Cada línea de pensamiento que ella alguna vez había seguido, pero llevándola más lejos.

Más obsesivo.

Más desesperado.

Inició su recorrido, moviendo la vista de punto en punto entre las fechas, las ubicaciones, las víctimas y los símbolos.  Y como siempre se concentró en el centro.

Sebastian Mourier.

Marcus entrecerró los ojos. Todo conducía a él. Había investigado su pasado, y estaba seguro de que su presencia constante en los márgenes del caso no eran coincidencia. Sebastian Mourier parecía saber demasiado.

Hojeó la investigación que tenía en el escritorio. La copia que planeaba entregarle a la detective Northon si ella hubiera contestado alguna de sus llamadas.

Descubrió que Mourier había crecido en un orfanato ahí mismo en Montfleur.

Criado entre sacerdotisas y custodios, inició su preparación para ser un líder de la casa de oración, pero desvió su camino al arte.

Aunque desviar era solo una manera de decir que se concentró más en el arte que en la religión.

Porque era de conocimiento general que los niños criados en los orfanatos aprendían de arte tanto como de historia.

Cualquiera diría que el éxito en galerías y museos habría corrompido tanto el alma del famoso crítico, que abandonó su misión de crianza, pero se había convertido en Arconte recientemente, entonces Marcus creía que todo era parte de su mismo plan de vida.

Podía escuchar la voz de la detective Northon asegurando que el Escultor pertenecía a los iluminados.

Y él le creía, tanto como creía que Mourier era el Escultor.

No era una teoría lanzada al aire, Nirelle no hacía eso.

Encajaba demasiado bien. Que Sebastian perteneciera también a los iluminados a Marcus no le parecía descabellado.

El problema real era que eso no podía probarlo. No tenía acceso ni poder suficiente para meterse en un círculo tan cerrado y protegido.

Sus dedos se tensaron contra el borde del escritorio.

—Maldita sea.

Estaba seguro de que la detective Northon ya habría conectado la información. Ella lo sabría con solo ver su intento mediocre de recrear su pizarrón. Y si ella lo podía anticipar, entonces él también tenía que llegar ahí.

Sus ojos se desplazaron hacia otro grupo de documentos.

Las fotografías eran borrosas y amarillentas por el tiempo y las impresiones un poco distorsionadas por el mal escaneo.

Pero el orfanato Los Hijos de la Luz ubicado en Vioren podía apreciarse a pesar de todo.

Las ruinas y la ceniza eran claras aún en la mala calidad.

Marcus se levantó de la silla y se acercó a la pared, como si la proximidad fuera a revelarle algo nuevo. El informe policial estaba pegado en diagonal, con anotaciones escritas a mano por él mismo:

«Origen del incendio: Oficina administrativa.

Archivo destruido.

Propagación: Dormitorios/cocina

Explosión por gas.»

Exhaló lentamente.

El fuego había empezado justo donde estaban los registros. Marcus aún no investigaba si existía un registro electrónico, pero sabía con certeza que el físico había sido lo primero que se quemó en aquel orfanato.

Todo convenientemente reducido a nada.

Sus ojos bajaron hacia otro papel.

«Víctimas mortales: 95%

Sobrevivientes: 7»

Dos sacerdotisas lograron escapar del caos y las llamas antes de que el edificio sucumbiera a la gravedad.

Una de ellas, leyó, había muerto poco después de llegar al hospital.

La otra fue llevada a un centro psiquiátrico por los estragos que el incidente ocasionó en su mente.

Poco después se dio por vencida y se suicidó.

Marcus leyó de nuevo la nota que dejó la sacerdotisa, aunque ya se la sabía de memoria.

«Luz del señor encendió el fuego y las llamas limpiaron nuestros pecados.»

Cerró los ojos un segundo. Sabía que las palabras de la mujer suicida eran obra del fanatismo en el que vivía, pero por alguna extraña razón sentía que había algo de verdad en el mensaje.

Su mirada se deslizó hacia otra línea roja que conectaba ese lugar con otros casos. Las muertes clasificadas como especiales en la base de datos por no tener relación aparente con otros casos.

Pero Marcus podía ver la línea que los unificaba en un solo evento catastrófico. Las tres víctimas antiguas fueron encontradas en ciudades distintas del estado de Morvielle. Pero provenían del mismo orfanato en Vioren.

—Las movían —murmuró con la voz ronca, empezando a hilarlo en voz alta—. Sacaban los cuerpos de aquí y los dispersaban…

Sus dedos siguieron el hilo rojo que conectaba Vioren con Narel y Dornelle y la carretera en la que encontraron al camión.

La respuesta estaba ahí, un asesinato religioso. Solo que en ese entonces nadie sabía qué estaba viendo. Sus ojos regresaron inevitablemente al centro.

Sebastian Mourier.

El problema. El punto que encajaba y no.

Era él.

Tenía que ser él.

Pero las fechas no cuadraban. Al menos no en el pasado. Se alejó un poco, pensando. Forzándose a ser lógico.

Las primeras muertes ocurrieron en Vioren y en esas fechas Sebstian estaba en Montfleur. Entonces no podía ser él. No físicamente ni directamente.

Pero aún así estaba en medio de todo, porque, aunque no pudiera probarlo, Marcus sabía que estaba involucrado. Estaba unido a los Iluminados, a las esculturas y a lo que sea que hubiera empezado en ese orfanato.

Un grito de rabia se le escapó, áspero y crudo, como si le arrancaran algo desde dentro. No era cansancio lo que lo consumía, sino una desesperación afilada, un estrés que le mordía los nervios. Estaba cerca, podía sentirlo como un latido bajo la piel… pero no lo suficiente. Nunca lo suficiente.

Se quedó en silencio unos segundos. Luego soltó el aire de golpe, ni siquiera notó que lo estaba conteniendo.

—Necesito despejarme —dijo a la nada.

Se apartó del muro. Sus músculos protestaron de inmediato, el cuerpo le pesaba como si cada hora sin dormir se le hubiera acumulado en los huesos.

Miró sus manos, temblaban ligeramente. Entonces bajó la vista hasta su ropa arrugada, estaba manchada y apestaba a sudor, tabaco y café rancio.

Hizo una mueca.

Definitivamente debo salir de aquí , pensó.

El estudio ya no le estaba ayudando, lo asfixiaba. Así que se dirigió hacia la puerta y salió rumbo a su habitación. Se metió al baño y abrió la regadera mientras se despojaba de la ropa.

El agua tibia cayó sobre su cuerpo durante largo rato. Marcus no se movió. Dejó que el chorro descendiera por su cabello, por su rostro, por sus hombros tensos, arrastrando consigo el sudor, el olor a tabaco, la mugre acumulada de días sin descanso.

Cerró los ojos, y por primera vez en quién sabía cuánto tiempo, respiró.

El vapor llenaba el baño, empañando los bordes del mundo, volviéndolo todo más suave, lejano. Más soportable. Apoyó una mano contra la pared, inclinando ligeramente la cabeza. El calor le aflojó los músculos, pero no la mente. Nunca la mente.

—¿Dónde estás? —preguntó a la nada en su susurro.

Nirelle.

El nombre apareció sin permiso. Como siempre.

Se había metido en él de una forma que no sabía explicar. No era solo preocupación o admiración profesional, era algo mucho más profundo. Incómodo y difícil de arrancar.

A veces sentía que la llevaba adherida a la piel, como una sombra que no podía arrancarse. No era una presencia externa, sino algo que parecía pertenecerle, o peor aún, como si fuera él quien le pertenecía a ella.

Soltó una risa breve y amarga ante la oscuridad de sus pensamientos. Apoyó la frente contra los azulejos.

Pensaba en ella más de lo que le gustaría admitir.

Se descubría constantemente preguntándose qué diría, qué haría, cómo resolvería algo.

Intentaba reconstruir su voz en su cabeza.

Pero no era lo mismo. Su imaginación no lograba alcanzarla.

No lograba reproducir esa seguridad afilada, esa forma de hablar que parecía atravesarlo todo.

Nada era tan preciso, tan real o suficiente.

Se quedó unos segundos más bajo el agua. Luego cerró la llave y el silencio volvió de golpe. Se secó sin prisa, cada movimiento le pesaba menos que antes, pero aún lo suficiente para recordarle el cansancio.

Salió del baño y en su habitación se vistió con ropa limpia. Después bajó las escaleras. Cada paso resonó suavemente en la casa. La cocina estaba iluminada con luz tenue y familiar. La sensación de claridad duró apenas unos segundos. Lo suficiente para ver a su madre.