El escultor (La sinfonía del caos 1) 33 #2
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La tensión aumentó. Sus dedos formaron un puño contra la muñeca que él sostenía.

—Lo sabía. Yo sabía, solo estaba esperando —añadió Nirelle, con la voz cargada de reproche—. Esperando a que lo explicaras. Pero nunca lo hiciste.

El hombre esbozó una sonrisa ligera, casi avergonzada. Totalmente fuera de lugar. Nirelle frunció el ceño, confundida por la reacción.

—¿Qué es tan gracioso? —espetó.

Sebastian soltó una pequeña risa por la nariz, desviando la mirada un segundo. Como si, por primera vez, no supiera exactamente cómo decir algo.

—Eso… —murmuró— es un poco difícil de explicar sin que suene mal.

Volvió a mirarla. Y ahí estaba otra vez esa intensidad.

—¿Cuánto tiempo llevas siguiéndome? —preguntó Nirelle, esta vez con un filo peligroso en la voz.

Sebastian sostuvo su mirada.

—Más del que me gustaría admitir —afirmó con seguridad.

El mundo se detuvo.

El pulso de Nirelle se disparó.

—¿Qué?

Pero él no retrocedió.

No suavizó la respuesta.

—Mucho antes de que tú supieras de mí.

La confesión cayó como algo pesado. Irreversible.

—¿Antes de la galería? ¿Antes del museo? —preguntó Nirelle casi en un gruñido.

—Te vi por primera vez cuando tenías dieciséis años. Yo tenía veintiuno, el Arconte Nasher me llevó a un ritual al orfanato de Los Hijos de la Luz.

El aire se le atoró en la garganta. El estómago de Nirelle se revolvió y el olor metálico que acompañaba a sus pesadillas le llenó las fosas nasales.

—Luego del incendio creímos que habías muerto —continuó Sebastian—. Pero hace cinco años, te vi en televisión. Los medios te llamaban la detective más joven con más efectividad dentro del equipo. En seguida supe que eras tú. Luz del señor estaba viva y se hacía llamar Nirelle Northon.

Algo dentro de Nirelle se quebró. No era solo que la hubiera observado. Era que siempre había estado ahí.

—¿Por qué? —susurró, apenas audible. Parecía ser la única frase que era capaz de pronunciar.

—Porque tú nunca fuiste alguien cualquiera, Luz del Señor.

Las palabras de Sebastian no se desvanecieron. Se quedaron ahí. Clavadas. Repitiéndose una y otra vez dentro de su mente.

Algo dentro de Nirelle se aclaró de forma desagradable, violenta. Irreversible. Sus ojos se abrieron apenas. Ahí estaba el modus operandi .

—Tú…

La respiración se le volvió errática. Sebastian frunció levemente el ceño.

—¿Qué?

—Las observas —continuó, su voz creciendo, temblando—. Las sigues. Te metes en sus vidas y luego las empujas al abismo.

Su pulso se desbordó. Su cuerpo volvió a tensarse, intentando liberarse.

—Luz del Señor —pronunció Sebastian en advertencia.

Otro tirón.

—¡Como Mila! —estalló—. ¿Eso hiciste con ella? —su voz se quebró, cargada de furia—. ¿La seguiste? ¿La acosaste? ¿La llevaste al límite hasta que…? —No pudo terminar. Pero no hacía falta. Sus ojos ardían—. ¿Eso haces con todas? —escupió—. ¿Las eliges? ¿Las rompes? ¿Y luego las conviertes en arte?

Su voz se llenó de asco. Intentó moverse otra vez. Más fuerte, más desesperada.

Pero Sebastián no cedió. Su agarre seguía firme. Inamovible.

—¿Dónde ocultaste a Katherina? —exigió, prácticamente temblando—. ¿A dónde la llevaste? —El silencio de él la volvió loca—. ¿Cuánto tiempo la tuviste? —continuó, cada palabra más afilada—. ¿Cuánto la hiciste sufrir? ¿Qué tanto lo disfrutaste?

Su voz se rompió. Un segundo.

Dos.

Y entonces…

—No sé de qué estás hablando.

La frase fue tan simple que dolió más. Nirelle lo miró como si acabara de decir la peor mentira del mundo.

—No te atrevas a mentir.

—Nirelle, yo no…

—¡Vi tus manos! —lo interrumpió, casi gritando—. Tus manos, Sebastian. —Levantó la barbilla, desafiante. Herida.

Sebastian frunció el ceño, parecía realmente confundido.

—¿Qué tienen que ver mis manos?

—Son manos de escultor.

Silencio. Sebastian la sostuvo la mirada.

—Por supuesto que lo son. Soy escultor —respondió sin dudar.

Los ojos de Nirelle se humedecieron.

—Ni siquiera lo ocultas… —susurró, con una mezcla de rabia y dolor.

Pero algo no encajaba. Sebastian no parecía culpable. Ni siquiera nervioso. No parecía alguien que acababa de ser descubierto.

Parecía muy confundido.

—¿Qué crees exactamente que hago? —preguntó con calma.

—Eres el escultor —afirmó Nirelle.

—¿Lo soy?

Nirelle parpadeó, observando el remolino de confusión en los ojos oscuros de él y por primera vez dudó.

—Yo…

Las palabras no salieron.

Algo se movió en la expresión de Sebastian. Un cambio sutil y peligroso. Abrió los ojos, incapaz de controlar por copleto el gesto de sorpresa, como si acabara de entender algo importante y aun no diera crédito de ello. Luego, sus ojos se oscurecieron lentamente con comprensión.

—Tú crees que yo soy… —murmuró, más para sí mismo que para ella.

Se detuvo.

La observó. Con más atención esta vez, intentando llegar más allá de la superficie. Más allá de la detective. Como si estuviera buscando algo dentro de su alma. O encontrándolo.

Sonrió.

—Nirelle —dijo en voz baja—. Tú no tienes idea ¿verdad?

El aire cambió.

Él inhaló despacio. Como si necesitara reorganizar algo dentro de sí mismo. El pulso de Sebastian cambió, Nirelle pudo sentirlo en su pecho que estaba unido al de ella. Su corazón que había estado rivalizando con la rapidez del de ella, comenzó a ralentizar su paso.

Sus hombros se relajaron apenas. Su expresión se suavizó.

—Significa —empezó, eligiendo ahora cada palabra con cuidado — que estás viendo esto desde un solo ángulo.

Nirelle entrecerró los ojos.

—No me des rodeos.

Pero Sebastian ya no estaba respondiendo a la misma conversación. Había cambiado el tablero, redirigiendo la atención, esperando que el mosntruo se encargara de lo demás.

—Estás buscando a alguien externo —dijo—. Un culpable, claro. Un monstruo que puedas señalar. —Dio un paso sutil hacia atrás, dandole espacio—. Pero no todo funciona así.

Nirelle frunció el ceño. Algo en su tono había cambiado y no le gustaba.

—No juegues conmigo.

—Puedo asegurarte que no soy el Escultor —su voz volvió a ser suave, la soltó por completo dando otro paso hacia atrás—. ¿Puedes asegurarme que confías en todos los que te rodean?

La pregunta la tomó por sorpresa.

—¿Qué?

—En tu equipo. —Avanzó un paso lateral, rodeándola apenas—. En las personas que han estado cerca de este caso.

El pulso de Nirelle se tensó.

—¿A qué estás jugando?

Sebastian se detuvo a su lado, no demasiado cerca.

—A nada. —Se encogió de hombros—. Solo estoy ofendido de que me llamaras asesino en mi propia casa y estoy ampliando tu perspectiva.

La frase cayó con suavidad.

—Tú eres el Escultor —insistió Nirelle.

—No lo soy. Pero si lo que dices es cierto, y alguien está observando, eligiendo; esperando el momento perfecto para asesinar y luego convertir en arte a las personas, entonces no necesita estar oculto en las sombras.

—Sus ojos se clavaron en ella, invitándola a negarlo.

El aire se volvió más denso—. Puede estar justo frente a ti.

Silencio.

Nirelle no apartó la mirada, ya no estaba completamente firme. Había algo pequeño e incómodo moviéndose en el fondo de su mente.

Sebastian lo notó y avanzó, dispuesto a aprovechar el atisbo de aquella grieta. Tomó a Nirelle de la cintura y la guió hasta quedar ambos frente a la ventana, observando la ciudad.

—Piénsalo —murmuró—. Dices que alguien las observa. Que las estudia y sabe cuándo están solas.

Nirelle tragó saliva. Sintiendo el aliento cálido de Sebastian golpeando su cuello.

—Si espera el momento perfecto requiere cercanía. Acceso. Confianza.

La última palabra quedó flotando. El corazón de Nirelle dio un golpe seco.

—Estás intentando desviar la atención —dijo, pero su voz ya no tenía el mismo filo.

Sebastian negó suavemente.

—Estoy siguiendo tu lógica, no la mía —dijo, llevó ambas manos a los brazos de Nirelle, dejando caricias de arriba abajo—. ¿Quién más estuvo cerca de Katherina? ¿Y de tu hermana?

La pregunta fue directa, profesional. Como si él fuera el detective.

Nirelle frunció el ceño. Le gustaría pensar que Sebastian estaba delirando, que lo que decía no le hacía ningún sentido. Pero cada palabra resonaba con fuerza en su mente.

—Mucha gente.

—¿Es así? —preguntó rodeándola por completo en un cálido abrazo.

—¿No?

Sebastian dejó salir una risa oscura.

—¿Quién sabía realmente? ¿Quién conocía su rutina? ¿Quién sabía dónde vivía? ¿Quién tenía acceso a los reportes? ¿Quién sabía que estaba siendo vigilada y cuándo dejó de estarlo? Piensalo, debe ser alguien que supiera exactamente lo que buscarían los detectives para poder esconderlo.

Cada pregunta caía como un golpe. El aire se volvió más pesado. Nirelle sintió cómo su mente empezaba a trabajar sola.

Reconstruyendo.

Conectando.

—Eso no prueba nada —dijo, pero más bajo, menos segura.

Sebastian no la contradijo.

—No. —Se acercó un poco más—. Pero es un patrón, y tú eres buena encontrándolos. Entonces dime —continuó él—. ¿Quién ha estado a tu lado en todo este caso?

El nombre no fue dicho, no era necesario. Aun así, apareció en su mente.

Nirelle parpadeó una vez.

Otra.

—No —dijo de inmediato.

Sebastian inclinó la cabeza observándola.

—¿No?

—Él no… —se detuvo. Su mente empezó a llenar los espacios—. Él no haría eso.

Pero la frase ya no sonó como certeza.

Sebastian no atacó. No necesitaba hacerlo.

—No dije que lo hiciera. Solo digo que encaja.

El golpe fue limpio. Nirelle negó con la cabeza.

—No.

Pero ahora había imágenes, recuerdos. Detalles que antes no importaban.

—Él siempre estaba ahí. Siempre sabía lo que pasaba, siempre queriendo ayudar, serte útil.

Su estómago se tensó.

El aire se volvió más frío. Las palabras de Sebastian eran suaves, pero escondían la letalidad que la apuñalaba.

Nirelle levantó la mirada.

—Cállate —suplicó con la voz en un hilo.

Sebastian dio un paso atrás, dándole espacio. Como si quisiera dejarla procesar la nueva información.

—No tienes que creerme. Solo… míralo.

Nirelle no dijo nada, no fue capaz. Su mente ya no estaba en la habitación. Estaba hurgando en recuerdos, en miradas. En acciones que antes no entendía.

Y por primera vez la duda no apuntaba a Sebastian. Apuntaba a alguien más.

Marcus Delarge.