El escultor (La sinfonía del caos 1) 32
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SOSPECHA

En algún momento las preguntas terminaron.

Nirelle no supo exactamente cuándo. El tiempo dentro del cuarto de interrogatorios se había vuelto extraño, como si alguien hubiera apagado los relojes. Recordaba la voz de Blanchard: pausada, paciente. Recordaba su propia voz respondiendo casi en automático.

Sí.

No.

No lo recuerdo.

Tal vez.

En algún punto cerró la libreta, le dijo que agradecía su cooperación y le pidió que lo llamara si recordaba algo más. Aunque fuese pequeño e insignificante, cualquier cosa que pudiera ayudar.

Nirelle había asentido. Después la puerta se abrió y todo terminó. El pasillo del departamento de unidad de víctimas especiales la recibió con la misma luz blanca de siempre, con el mismo olor a café recalentado y papeles viejos. Durante años ese lugar había sido una extensión de su casa.

Ahora se sentía como un edificio ajeno.

Sus pasos resonaron suavemente contra el piso mientras avanzaba sin prisa, sin un destino preciso, guiada solo por el impulso de seguir.

Al doblar la esquina, su mirada se detuvo: la puerta permanecía ahí, inmutable, exactamente donde siempre había estado.

Un umbral de vidrio firme, coronado por una pequeña placa de metal que brillaba como un recordatorio silencioso.

«Nirelle Northon

Detective UVE»

Las letras parecían burlarse de ella. Durante años ese nombre había representado algo: horas interminables de trabajo, casos resueltos; y respeto ganado a base de esfuerzo y terquedad.

Había sido una de las mejores. No. Era la mejor.

Y todo eso estaba guardado detrás de esa puerta, pero la mujer que había construido esa reputación ya no existía.

Nirelle sintió una punzada desagradable en el pecho. Rechazo. Como si ese nombre ya no le perteneciera. Y es que en realidad nunca había sido suyo Era tan solo la imagen a la que se sostuvo cuando ya no tuvo a dónde ir.

Apartó la mirada. No tenía derecho a sentirse orgullosa de esa placa, no después de Camila, no después de Katherina. No después de besar al hombre que lo había destruido todo.

Continuó caminando.

Unos pasos más adelante, una figura se apoyaba contra el marco de una puerta, observándola con una expresión que Nirelle conocía demasiado bien.

Los labios del fiscal Lavoisier se curvaron lentamente en una sonrisa apretada.

—Detective Northon —saludó. La forma en que pronunció su antiguo título fue deliberada, casi teatral—. ¿Todo bien con la charla?

Nirelle lo miró apenas un segundo, su rostro denotando cansancio.

—Fiscal Lavoisier. Todo bien —respondió con una inclinación mínima de cabeza, negándose a ofrecerle la reacción que quería.

Lo dejó atrás sin detenerse. El hombre soltó una pequeña risa seca a su espalda, pero Nirelle ya no lo escuchaba. Las puertas automáticas del edificio se abrieron con un suave suspiro hidráulico.

El aire frío del exterior golpeó su rostro.

La tarde se había tornado gris, envuelta en nubles pesadas.

El estacionamiento casi desierto, dejaba que el silencio se extendiera como un velo.

Y junto a la acera, apoyada contra el coche, aguardaba Rita: brazos cruzados, el gesto marcado por una impaciencia que no intentaba ocultar.

Cuando vio a Nirelle, su postura se enderezó inmediatamente. La recorrió con la mirada. Evaluando. Buscando grietas.

—¿Terminaste? —inquirió.

La voz era tranquila, pero sus ojos estaban atentos.

Nirelle asintió lentamente.

—Sí.

Rita la observó unos segundos más.

—¿Cómo fue?

Nirelle tardó en responder. Sus ojos se desviaron hacia el cielo gris.

—Quien sabe.

Rita frunció ligeramente el ceño. Luego suspiró y abrió la puerta del coche.

—Bien. —Señaló el asiento del copiloto—. Sube.

Nirelle la miró.

—¿A dónde vamos?

Rita se encogió de hombros mientras se acomodaba en el asiento del conductor.

—Quien sabe —la imitó.

El motor del coche ronroneó suavemente mientras salían del estacionamiento.

Durante los primeros minutos ninguna habló. La ciudad se extendía gris frente a ellas, las calles húmedas reflejando la luz opaca de la tarde. Nirelle observaba por la ventana como si los edificios fueran algo distante, algo que no tuviera nada que ver con ella.

—Deberíamos comer algo —sugirió Rita, mirándola de reojo.

Nirelle ni siquiera volteó.

—No tengo hambre —respondió de manera seca, cortante.

Rita tamborileó los dedos contra el volante.

—Podemos ir al café de la esquina de Saint Claire —propuso—. El que te gusta de las tazas horribles y el pastel de limón.

Nirelle soltó una pequeña exhalación por la nariz.

—Claro —contestó con filo—. Porque nada arregla mejor un asesinato y un interrogatorio policial como un buen pastel.

Rita guardó silencio un momento.

—Bien —dijo finalmente, con calma—. Entonces pasemos por hamburguesas, las llevamos a casa, ponemos películas y tenemos una noche de chicas. Como antes.

Se encogió de hombros, ilusionada de pronto por su propia propuesta. La mujer albina en cambio soltó una risa breve, carente de diversión y giró la cabeza hacia ella.

—¿Te refieres a antes de que mataran a Mila? —hizo una pausa—. ¿O antes de que mataran a Katherina?

Las palabras quedaron flotando en el interior del coche. Rita apretó un poco más el volante. Luego suspiró.

—Me refiero —dijo con paciencia—, a antes de que la vida se pusiera difícil.

Nirelle dejó escapar otra risa. Esta vez más fría, como si se le hubiera helado en la garganta.

—La vida siempre ha sido difícil. Solo que tú no te diste cuenta, porque estabas en la burbuja de protección paterna que muchos no se pueden permitir.

Rita apretó los dientes. Tenía respuestas cosquilleándole la punta de la lengua, preparadas para herir el orgullo de su mejor amiga.

Pero las retuvo, eso era exactamente lo que Nirelle quería en ese momento, ser atacada, lastimada, para sentir que era el exterior quien le hacía daño, no ella misma.

Así que se guardó el veneno y contó del diez al uno y de regreso.

Nirelle, al contrario, no estaba contenta con el silencio de su mejor amiga. Así que la miro de arriba abajo con una mueca irónica.

—¿No tienes nada mejor que hacer con tu tiempo? —escupió con su tono deliberadamente cruel—. ¿Alguna vida propia, quizá?

Rita no reaccionó.

—Sí —dijo con tranquilidad, su vista fija en el camino—. La mejor forma de ocupar mi tiempo es dedicándotelo a ti.

Miró por la ventana, observando las luces de la ciudad deslizarse sobre el vidrio, dispuesta a ignorar la punzada en el pecho que le había causado las palabras de su amiga.

Los semáforos cambiaban de rojo a verde, los autos pasaban, la gente caminaba por las aceras como si el mundo siguiera funcionando con normalidad.

Pero su mente no lograba quedarse en el presente. Las imágenes regresaban una y otra vez:

Las fotografías. La piel pálida de Katherina. Las mariposas negras. La marca de purificación en el cuello. El museo Aldama.

Justo donde había sido el concurso.

Justo donde la había visto reír.

Su respiración empezó a acortarse. Primero fue un roce leve, apenas una presión tímida en el pecho. Luego, un segundo latido más duro, más profundo. Una opresión que crecía, cerrándose sobre ella con la lentitud cruel de una mano invisible que empezaba a estrangular su aliento.

Intentó ignorarlo.

Respirar con normalidad.

Pero el aire no entraba bien.

Las luces de la ciudad empezaron a sentirse demasiado brillantes y el interior del coche demasiado pequeño. Demasiado cerrado.

Sus dedos comenzaron a temblar. Rita lo notó de inmediato. Giró la cabeza un segundo.

—Nire.

No obtuvo respuesta.

La respiración de Nirelle se había vuelto irregular, rápida, casi desesperada.

—Hey, hey…

Rita redujo la velocidad y se orilló junto a la acera. Apagó el motor sin quitarle los ojos de encima.

—Nire —repitió Rita con voz firme.

Se inclinó hacia ella y le tomó suavemente la muñeca.

—Respira conmigo.

Nirelle tenía la mirada perdida en el parabrisas.

Su pecho subía y bajaba demasiado rápido.

—Mírame —dijo Rita con suavidad.

Esperó.

Finalmente los ojos de Nirelle encontraron los suyos.

—Bien —murmuró Rita—. Inhala.

Le mostró el ritmo con su propia respiración.

Lento.

Controlado.

—Eso es. Exhala.

Obedeció.

—Otra vez.

Durante varios segundos solo se escucharon sus respiraciones. Poco a poco el aire volvió a entrar en los pulmones de Nirelle. La presión en su pecho empezó a aflojarse, sus manos dejaron de temblar.

Rita no la soltó.

Solo siguió respirando con ella.

—Ya está —le aseguró—. Ya pasó.

El silencio volvió al coche.

Nirelle cerró los ojos un momento, avergonzada por lo que acababa de suceder.

—Gracias —murmuró.

Rita le dio un pequeño apretón en la muñeca antes de soltarla.

—No tienes que agradecerme por eso.

Pero Nirelle negó ligeramente con la cabeza. Porque en ese momento otra idea había empezado a formarse en su mente. Una que hizo que el frío volviera a recorrerle la espalda.

Si el escultor estudiaba a sus víctimas, si las observaba durante días antes de tomarlas…

Katherina no había sido la única persona cerca de ella últimamente. Rita también había estado ahí.

¿Estaría observándola a ella ahora?

El silencio volvió al coche, haciéndose aún más pesado, porque Nirelle no tenía una respuesta para eso.

Así que se quedó callada mientras sentía que la velocidad se reducía, hasta detenerse en el estacionamiento de un pequeño local iluminado con luces amarillas.

Un letrero de neón parpadea anunciando hamburguesas y papas fritas a cualquier hora.

Rita apago el motor.

—Bien —dijo finalmente—. Quédate aquí, regreso enseguida.

Nirelle no respondió.

Rita tomó su billetera del compartimento de la puerta y luego se inclinó hacia ella.

Como Nirelle era considerablemente más alta, incluso sentada, Rita tuvo que estirarse un poco para alcanzarla.

Depositó un beso suave en la parte superior de su cabeza.

Un gesto breve, natural. Como si fuera lo más normal del mundo.

—Ahora regreso.

Abrió la puerta y salió del coche, cerrándola con un golpe suave.