32 #2
Nirelle la observó caminar hacia el local. Rita cruzó el estacionamiento con paso decidido, el viento moviendo ligeramente su cabello corto mientras se acercaba a las puertas de vidrio del establecimiento. La luz cálida del interior la envolvió cuando entró. Y desapareció.
Nirelle se quedó sola en el coche. Sus ojos seguían fijos en la puerta del local, aunque Rita ya no estaba ahí. Una pregunta empezó a formarse lentamente en su mente.
Una que llevaba años evitando.
¿Por qué?
¿Por qué Rita seguía ahí?
Desde lo de Mila, Nirelle no había hecho más que arrastrarla con ella hacia abajo. Problemas, discusiones, silencios interminables, noches en vela, llamadas a mitad de la madrugada.
Rita había visto lo peor de ella. Su obsesión con el caso del escultor. Su carácter cada vez más agrio. Su incapacidad para dejar ir el pasado.
Y ahora esto.
Otro cadáver. Otra culpa. Otro fracaso.
Nirelle apretó los dedos contra sus propias manos. Le había hablado con sarcasmo y crueldad. Había intentado empujarla lejos una y otra vez. Pero Rita nunca se iba.
Nunca.
Seguía apareciendo. Seguía sentándose a su lado. Seguía besándole la cabeza como si todavía hubiera algo en ella que valiera la pena cuidar. Nirelle bajó la mirada hacia sus manos entumecidas.
No entendía por qué.
Y lo peor era que una parte de ella temía preguntarlo. Porque si alguna vez Rita respondía, tal vez descubriría que ni siquiera ella sabía cuánto más estaba dispuesta a soportar.
Nirelle siguió mirando la puerta del local. La gente entraba y salía bajo la luz cálida del interior, sombras que iban y venían sin importancia. Pero sus pensamientos ya no estaban en el estacionamiento.
Estaban en otro lugar.
En otra cara.
Katherina.
Cerró los ojos un momento.
Había intentado convencerse de que solo era una estudiante.
Una joven talentosa a quien quería ayudar.
Pero en el fondo sabía la verdad. Había intentado llenar un vacío.
Intentó reemplazar a Mila con ella. No de la misma forma.
No con el mismo nombre. Pero sí con la misma necesidad desesperada de proteger a alguien.
De cuidar a alguien. De no volver a fallar.
Y aún así…
El mismo destino. Otra chica joven. Otra vida truncada y convertida en una grotesca obra de arte. Otra promesa rota. Los dedos de Nirelle se tensaron sobre su regazo, rígidos, como si intentaran aferrarse a algo que ya no podían salvar.
Ya no le quedaba nada.
Mila se había ido.
Katherina estaba muerta.
Su carrera se desmoronaba poco a poco.
Su nombre, el respeto que había ganado; todo empezaba a sentirse como algo que pertenecía a otra persona. A alguien que ya no existía. A alguien que nunca había existido.
Nada.
No tenía nada.
Nada salvo…
Rita .
Su mirada volvió lentamente hacia la puerta del local. Recordó el primer día en la academia. Cuando todavía era la nueva. La chica demasiado alta, demasiado seria, demasiado distante para encajar con los demás. Las miradas. Los murmullos. Las bromas.
Y Rita.
Rita había sido la primera en hablarle, en sentarse a su lado sin miedo. Cuando algunos intentaron hacerla pasar un mal rato, Rita fue la que se plantó frente a ellos sin dudarlo. Rita la había cuidado cuando todavía no era nadie. Cuando apenas empezaba.
Rita había estado ahí cuando Mila murió.
Había estado ahí cuando Nirelle empezó a romperse por dentro.
Había estado ahí incluso ahora, cuando Nirelle no hacía más que herirla con palabras crueles.
Y aún así seguía regresando.
Seguía besándole la cabeza.
Seguía sentándose a su lado.
Y Nirelle sabía algo con absoluta certeza, si algún día necesitaba llorar. Si algún día necesitaba derrumbarse por completo. Rita no se molestaría en absoluto por ser su pañuelo de lágrimas.
Porque Rita siempre había estado ahí.
Un pensamiento nuevo se abrió paso lentamente entre la oscuridad de su mente. Tal vez no lo había perdido todo. Tal vez todavía quedaba algo bueno en su vida.
Su mejor amiga.
Una hermana que la vida le había dado.
Alguien que todavía necesitaba de su protección.
La puerta del local se abrió. Rita salió cargando dos bolsas de papel. Caminaba con cuidado para no tirar las bebidas, con una expresión casi alegre en el rostro. Como si aquel pequeño plan improvisado realmente pudiera arreglar algo.
Nirelle la observó acercarse.
Y por primera vez en todo el día, algo se acomodó dentro de ella.
No iba a perderla también. No iba a permitir que nadie se la arrebatara. Cuando Rita abrió la puerta del coche, el aroma a comida caliente llenó el interior.
—Misión cumplida —anunció con una pequeña sonrisa, levantando las bolsas.
Nirelle la miró y esta vez no hubo sarcasmo en sus ojos.
Rita no lo sabía, pero Nirelle acababa de tomar una decisión.
Iba a cuidarla. Y nadie, absolutamente nadie, iba a quitársela.
—¿Estás segura? —preguntó Rita desde la ventana de su auto.
Nirelle sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario. Los ojos de su amiga eran demasiado expresivos, demasiado transparentes. La preocupación estaba ahí, latiendo, aunque Rita intentara disfrazarla de calma.
—Por supuesto —respondió, con una seguridad que no sentía del todo—. Vuelve a casa. Te llamaré por la mañana.
Rita no respondió de inmediato. Sus dedos se tensaron sobre el volante. Hubo un instante en el que pareció que iba a insistir. Pero al final solo asintió, resignada.
—Llámame si me necesitas.
—Lo haré —respondió de manera automática.
Rita encendió el motor. El auto vibró suavemente antes de incorporarse a la calle. Avanzó despacio, como si le costara irse, como si algo la mantuviera atada a ese lugar.
Aun así, se marchó.
Nirelle la vio por el espejo lateral, luego por el parabrisas, y finalmente solo como un par de luces rojas que se alejaban.
Hasta que giró en la esquina y desapareció.
El silencio cayó de golpe.
Nirelle bajó la mirada hacia su teléfono.
22:00.
Aún tenía tiempo.
Exhaló despacio, como si con ese aire expulsara cualquier duda. Luego se giró y caminó hacia su propio auto. Le tomó un segundo más de lo normal decidirse a abrir la puerta.
Pero lo hizo.
Se sentó, encendió el motor, y el coche respondió con un sonido grave y familiar, casi olvidado. Avanzó por las calles de la ciudad, dejando atrás las luces, los edificios, el murmullo constante de la gente. Poco a poco, todo quedó atrás.
Entonces lo notó.
El olor.
Era sutil al principio, pero imposible de ignorar una vez que estaba ahí. Sucio, viejo, agrio. Como si el aire hubiera permanecido demasiado tiempo sin moverse, como si algo hubiera estado respirando dentro de ese espacio mucho antes que ella.
Nirelle frunció apenas el ceño y contuvo la arcada. Abrió ligeramente la ventana para que el aire frío de la noche entrara. Aún así, el olor persistía.
No dijo nada.
Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que conducía ese auto. Desde que su vida se había quebrado en dos, lo había dejado abandonado, igual que tantas otras cosas. Así que, suponía, era normal que apestara.
Pero el motor seguía funcionando. Como si nunca hubiera estado ausente. Nirelle apretó un poco más el volante mientras tomaba la carretera que salía de la ciudad. Sus ojos se fijaron al frente.
El camino se volvió más estrecho conforme avanzaba. Las luces de la ciudad quedaron atrás por completo, reemplazadas por la oscuridad abierta que envolvía las afueras. Solo los faros del auto rompían la noche, iluminando brevemente el asfalto antes de que volviera a ser devorado por las sombras.
Entonces la vio.
La casa de oración.
Nirelle redujo la velocidad. Sintió su mandíbula tensarse mientras el lugar aparecía ante ella: el mismo sitio donde había desenmascarado al monstruo. Necesitaba respuestas. Necesitaba enfrentarlo. Saber por qué Mila, por qué Katherina, por qué todo lo que tocaba terminaba hecho pedazos.
Y, sobre todo, si Rita estaba en peligro. Porque si lo estaba, entonces esto terminaba esa misma noche.
el auto frente a la entrada y apagó el motor.
Cuando abrió la puerta y salió, el silencio fue absoluto, casi solemne.
El aire, frío y denso, le rozó la piel como un presagio.
Sus pasos resonaron contra la piedra mientras subía los escalones y empujaba las puertas.
El interior la recibió con un silencio reverente, antiguo, como si hubiera estado esperando su regreso.
Vacío.
Demasiado vacío.
No había sacerdotisas ni fieles. No había nadie. El lugar parecía abandonado, o dispuesto para algo que solo ella debía presenciar. Nirelle no se detuvo. Caminó directo hacia el interior, guiándose por la memoria.
El pasillo lateral.
La misma ruta.
El mismo eco de pasos que había escuchado aquella noche. Pero esta vez, no había manos guiándola, ni voces susurrando. Solo su propia respiración.
Avanzó.
Dobló.
Y entonces vio la escalera en espiral. Oscura. Elevándose como una herida abierta en el corazón del edificio. Nirelle empezó a subir.
Uno.
Otro.
Otro mas.
Cada paso retumbaba en las paredes de piedra. El ascenso se sentía más largo que la primera vez. Más pesado. Como si algo en su interior supiera que al final de esa escalera no encontraría respuestas, sino algo peor.
Finalmente llegó arriba.
Su corazón latía con fuerza cuando levantó la mano y tocó. El sonido resonó seco en la madera. Por un instante, nada ocurrió. Luego, muy leve al principio, se escuchó movimiento al otro lado.
Un clic.
La puerta se abrió.
Sebastian apareció en el umbral.
La luz cálida del interior delineó su figura. Su expresión cambió apenas al verla, una mezcla de sorpresa y algo más difícil de nombrar. Sus ojos se fijaron en los de ella.
—Nirelle —saludó con su voz profunda—. No esperaba verte esta noche. —Se hizo a un lado, abriendo el espacio—. Pero me alegra que hayas venido.