31 #3
—Sí. —Nirelle se limpió el rostro con el dorso de la mano—. Desaparecía unos días y luego volvía. —Su mirada se perdió un momento en la mesa metálica—. ¿Cómo iba a sospechar de algo que hacía habitualmente?
—Nirelle… —dijo con cuidado—. ¿Sucedió algo relevante antes de que Camila se fuera? Algo diferente a lo habitual que diera pistas sobre a dónde se dirigía. En donde pudo haberla encontrado el escultor.
El aire del cuarto pareció volverse más frío. Durante un instante Nirelle no respondió. Y entonces como había estado sucediendo los últimos días, los recuerdos llegaron sin previo aviso.
—¡De nuevo estás tratando de controlar mi vida!
La voz de Mila rebotó contra las paredes del apartamento. Era más aguda de lo habitual.
Más frágil.
—¡No intento controlarte! —replicó Nirelle de inmediato—. Solo te estoy pidiendo que seas más considerada.
—¡Soy considerada! —gritó Mila llevándose las manos al cabello, tirando de él con frustración—.
¡Hago todo lo que quieres! Todo, Nirelle.
Pero parece que nada te hace feliz. —Sus ojos brillaban con lágrimas que se negaba a dejar caer.
Y la voz se le rompió a causa de la frustración—.
Nunca es suficiente para ti. Sigues viéndome como una impura.
La irritación subió por el pecho de Nirelle como un incendio.
—Eres una malagradecida —espetó Nirelle, las palabras salieron duras. Frías—. No valoras todo lo que hago por ti.
Mila soltó una pequeña risa carente de humor. Era el sonido de algo rompiéndose.
—Yo no te lo pedí.
El silencio que siguió fue pesado.
Denso.
Nirelle suspiró con fastidio y se frotó la sien.
—Tuve un mal día —dijo, intentando bajar el tono—. El caso del escultor está siendo un desastre. Es el primer caso realmente difícil que tengo y… —Tragó saliva, se detuvo, buscando paciencia—. Lo único que quería era llegar a casa y desahogarme con mi hermana.
Mila la miró fijamente. Algo en sus ojos cambió. Como si esas palabras hubieran confirmado una sospecha muy antigua.
—Claro —bufó, su voz se volvió amarga—. Para eso sirvo.
Nirelle frunció el ceño.
—No digas estupideces.
—¿Ah, no? —Mila dio un paso hacia ella—. Solo soy tu lugar para descargar todo. Tus frustraciones, tu estrés, tu enojo. —Sus manos temblaban—. Nunca te detienes a pensar que yo también existo
Respiró hondo, intentando contener el llanto.
—Tengo una vida, Nirelle. Una vida que no gira alrededor de ser tu pañuelo de lágrimas.
—No te uso de esa manera —replicó Nirelle, molesta.
—Sí lo haces.
—Solo quiero un poco de apoyo… y obediencia.
La palabra cayó en la habitación como un objeto pesado. Mila se quedó completamente inmóvil.
—¿Obediencia?
La incredulidad en su voz fue casi un susurro. Luego soltó una risa rota.
—¿Ves? —murmuró y levantó la mirada—. Eso es lo que quieres, y no un poco. ¡Lo quieres todo! —exclamó, su voz salió temblorosa y sus ojos llenos de lágrimas.
Nirelle abrió la boca para responder, pero Mila continuó, como si algo finalmente se hubiera liberado dentro de ella.
—Toda mi obediencia. Toda mi vida. Todo de mí. —Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano—. ¿Por qué no me compras un collar y una correa? Eso es lo que realmente quieres.
La frase cayó como un golpe.
Su voz se quebró.
—Una mascota.
Algo en el pecho de Nirelle explotó.
—¡Estoy harta de ti! ¡Ojalá te hubiera dejado morir en las llamas con todos los demás! —gritó sintiendo las palabras salir con veneno.
El silencio fue instantáneo.
El aire pareció volverse inexistente dentro del apartamento.
Mila dejó de moverse.
De respirar.
De parpadear.
Tardó un segundo en procesar lo que había escuchado.
Luego habló.
Muy bajo.
—Ojalá lo hubieras hecho —dijo con la voz convertida en apenas un hilo—. Morir quemada habría sido mucho mejor que pasar mi vida intentando… —Llevó una mano al pecho, como si algo dentro le doliera—. Intentando ser suficiente para ti.
Las lágrimas finalmente cayeron.
Pero no sollozó.
Eso lo hacía peor
—Porque nunca lo soy —susurró.
Nirelle no respondió.
No sabía cómo.
El apartamento quedó envuelto en un silencio insoportable, no supo exactamente durante cuánto tiempo.
Finalmente, Mila respiró hondo. Se secó el rostro. Y algo en su expresión cambió.
Había tomado una decisión.
—Estoy tan cansada. —Su voz ahora era tranquila. Vacía—. No puedo más.
Tomó su chaqueta del respaldo de la silla y recogió su mochila del suelo.
El corazón de Nirelle dio un vuelco.
—No puedes irte.
—Sí puedo.
—No puedes abandonarme.
Mila se detuvo frente a la puerta. Cuando se giró, sus ojos ya no estaban llenos de rabia.
Solo había tristeza.
Una tristeza antigua.
—Lo siento mucho.
Sonaba tal como lo había dicho: cansada.
—Te lo suplico, Mila.
—Te pagaré todo lo que has hecho por mí. Cada centavo.
Nirelle dio un paso hacia ella.
—No…
Su garganta se cerró por primera vez.
—No te guardo ningún rencor.
—Mila, no me dejes.
Por un instante Mila dudó. La mano sobre la manija de la puerta se tensó. Sus ojos enrojecidos no dejaban de gotear.
Pero negó con la cabeza.
Muy despacio.
—Lo siento.
Abrió la puerta.
El aire frío del pasillo entró en el apartamento.
—No me dejes sola, Mila, por favor no me abandones. Tú no.
—Adiós, Nirelle.
Y salió. La puerta se cerró detrás de ella, y con ese sonido se extinguió algo que jamás regresaría. Una sombra súbita nubló la vista de Nirelle; el mundo se volvió negro, y luego simplemente… se desvaneció.
—¿Nirelle? —preguntó el detective Blanchard, trayéndola de vuelta.
—No sucedió nada extraño —afirmó—. Mila solo se fue.