31 #2
—Sí. —Abrió nuevamente la libreta y revisó una línea—. Encontramos un gas lacrimógeno usado en el piso de la sala. El cartucho estaba vacío. Por la dispersión del aerosol y los residuos que encontramos en la pared, es probable que Katherina haya logrado usarlo, sus huellas eran las únicas.
El mundo pareció detenerse por un instante. Nirelle lo vio con claridad. El recuerdo del pequeño cilindro negro en la palma de la mano de Katherina cuando se lo entregó.
Para emergencias , le había dicho.
Su garganta se cerró. Nirelle sintió una punzada amarga en el pecho. Trina había peleado. No se había dejado, y de alguna manera eso la hacía sentir más culpable.
—¿Entonces hay restos en el atacante? —preguntó.
Su voz volvió a sonar más como la de una detective. Blanchard negó lentamente.
—Eso es lo extraño. —Se inclinó un poco hacia adelante—. No encontramos huellas útiles. Ni rastros, ni ADN que no pertenezca a Katherina o a su abuela.
Nirelle frunció el ceño.
—¿Nada?
—Nada.
El detective apoyó la espalda contra la silla.
—Ni huellas de zapatos visibles, ni fibras, ni cabello. —Miró el techo un momento, frustrado—. Es como si hubiera sabido exactamente qué tocar y qué no.
El silencio volvió a caer entre ellos.
Nirelle sabía lo que eso significaba. Un atacante cuidadoso. O uno experimentado. Acostumbrado a invadir el espacio personal de sus víctimas.
Blanchard volvió a mirarla.
—Quienquiera que haya entrado a esa casa, sabía lo que estaba haciendo.
—Sus dedos tamborilearon una vez sobre la mesa—.
Al principio pensamos que se trataba de un secuestro con sustracción e invasión del hogar —dijo con tono profesional—.
El escenario encajaba con eso: entrada forzada, señales de pelea, la víctima desaparecida.
También consideraron que podía tratarse de la misma persona que había estado acosándola.
Pero esta mañana encontramos a Katherina, y ya no hizo falta preguntarnos quién fue su atacante.
Nirelle permaneció en silencio. Las palabras dejaron un peso denso flotando en la habitación. Blanchard no apartó la mirada ni un instante. Por un momento, el aire pareció retirarse del cuarto, como si todo contuviera la respiración.
—Es otra víctima del escultor —afirmó Nirelle.
No lloró. Pero dentro de su pecho algo ardió con violencia.
Le prometí que la protegería.
La imagen de Katherina sonriendo en el concurso Aldama cruzó su mente como un relámpago. Estaba feliz. Había confiado en ella. Había creído que estar cerca suyo la mantendría a salvo.
Y ahora estaba muerta.
—Pasaron cuatro días —continuó Blanchard con cuidado— entre la hora estimada del secuestro y el momento en que encontramos el cuerpo.
Cuatro días.
Cerró los ojos. La palabra retumbó en la mente de Nirelle. Cuatro días en manos de ese monstruo. Cuatro días mientras la policía revisaba informes y llenaba formularios.
Inútiles.
El pensamiento apareció como una serpiente. Sabían que había sido secuestrada. Tenían la escena, tenían las pruebas, tenían el tiempo. Y aún así no la encontraron antes de que le hicieran…
Su mandíbula se tensó.
La dejaron morir.
Pero entonces otra voz surgió en su mente. Fría. Cruel.
¿Y tú qué hiciste?
La respuesta fue un vacío insoportable.
Nada.
Estaba ocupada besando al hombre que probablemente la había matado. La culpa regresó como un golpe. Nirelle abrió los ojos lentamente.
Miró al detective.
—Quiero verlas.
Blanchard frunció el ceño.
—¿Las fotos?
Nirelle asintió. El detective dudó.
—Nirelle, no es necesario que…
—Quiero verlas —interrumpió ella con voz firme.
Blanchard la estudió unos segundos. Conocía esa expresión. La de un detective que necesitaba mirar el horror directamente para entenderlo. Finalmente, suspiró. Abrió la carpeta que había dejado a un lado de la mesa.
Dentro había varias fotografías forenses. Las sacó con cuidado. Durante un segundo pareció considerar si realmente debía hacerlo, luego las deslizó lentamente sobre la mesa metálica.
—Prepárese —advirtió en voz baja.
La primera fotografía quedó frente a Nirelle. Y el mundo volvió a romperse. Al principio su mente se negó a procesarla. Vio formas, luces, sombras. Luego la imagen se acomodó.
El cuerpo estaba dispuesto con una delicadeza inquietante.
La piel antes morena había adquirido ese tono pálido, casi marmóreo, que el escultor parecía buscar en todas sus obras.
El rostro inclinado, los ojos cerrados como si descansara, la mano elevada cerca de la mejilla con suavidad imposible en un cadáver.
Parecía estar envuelta en tela tan fina, que simulaba telarañas, y entre sus dedos reposaba una mariposa negra.
El resto del cuerpo estaba rodeado por otras, algunas posadas sobre su cabeza, otra en la punta de su nariz, y otras alrededor de su cuerpo.
Era grotesco y al mismo tiempo… hermoso.
El pensamiento la atravesó antes de que pudiera detenerlo. Nirelle sintió una punzada de vergüenza por pensar algo así, pero no apartó la mirada.
Porque sabía quién era.
Katherina.
Pero el escultor había logrado algo inquietante: la chica —a diferencia de obras anteriores— parecía tranquila, casi etérea, como si la muerte hubiera sido una transición suave hacia otra forma de existencia.
Blanchard observó su reacción con atención.
—La encontramos esta mañana —explicó—. En el ala oeste del Museo Aldama.
El nombre golpeó algo dentro de la mente de Nirelle.
Museo Aldama.
Justo donde se había realizado el concurso la semana pasada el mismo día. Su mirada volvió a la fotografía. No era casualidad.
El escultor elegía lugares con significado. El cuerpo estaba dispuesto como una instalación artística. La iluminación del lugar —visible en la fotografía— parecía haber sido manipulada para proyectar sombras suaves alrededor del rostro. Como si realmente fuera una obra de exposición.
Blanchard pasó otra foto. Un ángulo diferente. Nirelle la observó con más detenimiento ahora. Entonces lo vio. En el cuello se visualizaban marcas de quemaduras, pequeñas cicatrices superpuestas como un patrón ritual.
La purificación con metal caliente.
Miró otra vez el rostro de Katherina. La textura de la piel. La tensión en los tendones del cuello. La forma en que los dedos estaban doblados. Y de pronto empezó a notar cosas que no podían verse realmente en una fotografía.
Su mente trabajaba a toda velocidad para completar los espacios. Sabía cómo debía sentirse esa piel al tacto. Estimó el tiempo que había pasado desde la muerte por la posición del cuerpo. Por la manera en que la gravedad había trabajado en los músculos.
Sabía que las mariposas no estaban ahí por azar. Las había visto antes, en la pintura que le dio el premio Aldama a Trina.
¿Fue eso lo que provocó la ira del escultor?
Nirelle sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Katherina no había muerto de inmediato. La posición del cuerpo.
La leve contracción en los dedos. La tensión de la mandíbula.
Eran señales del dolor que había soportado.
Había luchado por sobrevivir. No habían descuartizado su cuerpo para transformarla, la habían usado por completo, envuelta en el capullo de una mariposa esperando para emerger.
Como una ofrenda.
Su estómago se tensó. Porque en ese instante recordó la voz de Sebastian en la torre.
« Tu propósito es dar luz y guiar a la luz a todos los que la han estado esperando .»
Nirelle sintió que el aire del cuarto se volvía más pesado. Sus dedos se cerraron lentamente sobre el borde de la mesa. Y por primera vez desde que vio las fotos, apartó la mirada.
Blanchard dejó que Nirelle mirara las fotografías el tiempo que necesitara. No dijo nada al principio. Solo observó cómo sus ojos recorrían la imagen una y otra vez, deteniéndose en detalles que la mayoría de la gente evitaría mirar.
Finalmente habló.
—Creemos que el escultor estudia a sus víctimas.
Nirelle levantó la mirada lentamente.
El detective señaló las fotografías con dos dedos.
—No actúa de forma impulsiva. Todo esto… —Hizo un gesto breve hacia la imagen—, requiere tiempo. Preparación. Observación. Control del entorno.
Pasó otra fotografía.
Su voz tenía un matiz de cansancio, como si llevara semanas pensando en lo mismo.
—Nuestra hipótesis es que las secuestra días antes de exponerlas como esculturas. Pero no podemos afirmarlo con certeza.
Nirelle frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
El detective cerró la carpeta con suavidad.
—Porque Katherina es la primera víctima que tenemos registrada como desaparecida antes de aparecer como obra —explicó—. En los otros casos los cuerpos aparecieron sin que hubiera un reporte previo de desaparición. Nadie sabía exactamente cuándo habían sido tomadas.
Nirelle sintió un pequeño vuelco en el estómago.
Blanchard continuó.
—Con Katherina es distinto. —Sus dedos golpearon una vez la mesa—. Tenemos un punto de partida claro. Sabemos cuándo desapareció. Sabemos que hubo una pelea. Sabemos que fue llevada contra su voluntad.
El silencio se instaló de nuevo. Blanchard observó a Nirelle unos segundos más antes de continuar.
—Eso nos hizo revisar nuevamente los casos anteriores. Incluyendo el de tu hermana. Camila desapareció por un tiempo antes de que apareciera. ¿Expresó alguna vez que alguien la estaba acosando?
Nirelle no se movió.
El nombre cayó en la habitación como una piedra en agua quieta.
Nirelle respiró hondo.
—No. —Sus dedos se tensaron sobre sus piernas—. Camila no fue acosada.
Blanchard frunció ligeramente el ceño.
—Entonces… ¿qué pasó?
Nirelle bajó la mirada.
—Se fue.
La palabra quedó suspendida.
—¿Simplemente se fue? —El detective la observó con atención— ¿No la reportaste como desaparecida?
Nirelle negó lentamente.
—No. —Las lágrimas volvieron a amenazar con atacarla—. Después de… lo que pasó años atrás… —su voz se quebró—. Fue demasiado vergonzoso.
Blanchard asintió despacio. Lo sabía. Todo el departamento lo sabía. Ese caso había sido un desastre, por poco le quitó la credibilidad a la detective Northon en su momento.
Nirelle continuó:
—Además… Camila siempre hacía eso.
El detective levantó una ceja.
—¿Irse?